Dos nebulosos felinos

Estándar
Pantera nebulosa

Pantera nebulosa (Neofelis nebulosa)

Por Patricio Alfonso

En su relato El Gato del Brasil, Arthur Conan Doyle describe un felino que nosotros, más informados que él en zoología, no podemos identificar. Y no podemos hacerlo por la sencilla razón de que la bestia descrita por el autor de Sherlock Holmes no existe.

El gato de Conan Doyle es una criatura imprecisa, que para constituirse toma vagas notas de aquí y de allá, agrupa  rasgos de especies que el catálogo de la zoología conoce. Pero sobre todo acude a lo que el promedio del imaginario popular de su época y de su nación consideraría un felino salvaje, un animal exótico y ciertamente muy peligroso.

¿Es tal imprecisión un defecto? Yo creo que sí. Incluso me atrevería a afirmar que merced a la misma el relato de Conan Doyle no ha envejecido con éxito. Seguramente, sus lectores contemporáneos y simpátridas  – para quienes Brasil podía ser todavía un lugar legítimamente exótico, como la Europa del Este para los de Stoker  – no requirieron de la exactitud taxonómica válida para nosotros, ahítos de eso que se llama divulgación científica, espectadores de Animal Planet.

Sin duda, aquello que podríamos designar como  lejanía mediática con el modelo puede ser considerado un atenuante en el caso de Conan Doyle. Pero la imprecisión puede ser también, y en las antípodas, algo que tiene que ver con literatura de maquetas, con un servilismo de la imagen prefabricada. Empecé a leer Un Viejo que Leía Novelas de Amor, de Luis  Sepúlveda. .Llegué – y no pasé de ahí – a un punto en donde se describe a un felino que causa estragos entre los pobladores de un caserío selvático sudamericano. De nuevo, la fiera se nos describe imprecisamente, aunando caracteres diversos, con lo que resulta un felino nebuloso, un gato a lo Conan Doyle. Sólo que aquí no vale aquello que podría exculpar, por lo menos hasta cierto punto, al caso anterior. Sepúlveda perpetra su texto en pleno auge de la “cultura de la información”, y ubica la acción del mismo en un entorno realista que debería corresponder al de un sector del  trópico sudamericano, es decir, en una zona del mundo donde los felinos salvajes de mayor tamaño son – en orden decreciente – el jaguar, el puma y el ocelote. (En verdad, atribuir al tercero ataques seriales a seres humanos entraría ya en el terreno de lo inverosímil).

Me adelanto a una objeción. ¿Por qué exigir verdades y precisiones a relatos de ficción, a tramas inventadas y consiguientemente pobladas de seres imaginarios? La respuesta es que tal exigencia no la hago yo. La han hecho los propios autores de tales ficciones, al elegir para ellas los parámetros medios de una realidad convencional o, para decirlo con todo rigor, son los textos por ellos escritos los que la demandan. En tanto lector, lo único que yo puedo exigir es consecuencia. Un ejemplo au contraire: en su colección de cuentos El Criador de Gorilas, el escritor argentino Roberto Arlt describe un África que no existe en África, sino en su cabeza. Por supuesto, nadie en su mediano juicio le plantearía a Arlt los reparos que yo acabo de plantear a Conan Doyle y a Sepúlveda.

No es mucho mas lo que podría decir sobre el nebuloso gato de Sepúlveda sin haber acabado de leer el libro.  Más, salvo que la historia de una vuelta de tuerca sobre la que yo – mea culpa – no estoy enterado, tal felino no sería sino un síntoma y un elemento de una cierta estética de la “tipicidad” en la que un gato “típico” forma parte de un trópico  también “típico”, de un cliché de tarjeta postal enteramente funcional a la imagen que podría tener un lector anglosajon ávido de exotismo y colorido “local”, de un paisaje tan impreciso como la fiera que lo asola. Ciertamente,  para tal decorado de cartón piedra no se necesita una bestia de verdad. A la caricatura del trópico le basta y le sobra con la caricatura de una fiera.

[CC 2011, Patricio Alfonso]

(*) Una versión desmejorada del presente texto fue publicada en el
número 2 de Alias & Co, fanzine editado por la Sala Novedades de
la Biblioteca de Santiago.
Anuncios

»

  1. Pingback: Erizo: Primeros de Diciembre « Erizo

  2. Interesante artículo sobre las imprecisiones literarias, o descriptivas en general.
    No pude hacer la comparación de lo escrito por el señor Alfonso con lo de Conan Doyle porque no lo he leído, pero sí a Sepúlveda en “Un viejo que leía novelas de amor”. Y enterito!
    Independiente de si me gustó o no – que no va al caso- esta lectura me hizo retraerme al instante en que tuve frente a frete ( lado a lado) a otro curioso ser lleno de imprecisiones, y créanme, no pude en todo el tiempo de osesgada observación definir qué mezcla curiosa se trataba. Si abusar de este espacio ni de su finalidad, sólo dire que me pareció …entre murciélago y erizo, o más preciso aún, entre erizo y vampiro; extrañísimo por donde se mire. Emitía un cierto sonido de corta duración y se revolvía, se movía constantemente en el espacio que lo contenía como si fuera presa de una inquietud insoslayable, seguramente, pensé, desagradable, o muy difícil de superar. Esto, que pareciera estar muy apartado del artículo de Alfonso, tan sólo tiene la intención de corroborar la existencia de estos seres indefinibles ante nuestro propio entendimiento y…cuánto más aún si deseamos explicar el encuentro a terceros!

    P.D. No piensen que este comentario es secuela de haber leído en demasía a Borges. Se los juro….fue completamente real, a la hora del crepúsculo, y hasta hoy me pregunto………………………….demasiadas, demasiadas interrogantes para expresar en tan corto espacio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s