Incendiando las esferas de carey (relato)

Estándar
Luis Saavedra

¡Quememos a Luis Saavedra!

Por Juan Calamares.

(Algunos nombres han sido cambiados, pero otros no. Cualquier semejanza con la realidad es intencional)

Luis Saavedra se apareció en mi tienda de anteojos, muy alterado y gesticulando nerviosamente. Era extraño, pues él era un tipo tranquilo y rara vez se salía de madres. Venía a exigir que le pagara los 200 mil pesos que le debía desde hacía seis meses. Él, que siempre había sido una persona moderada, tenía una razón de peso para comportarse así: lo habían despedido del trabajo ¿Qué iba a hacer con el pago del dividendo? Cuando estamos desempleados, 200 mil pesos nos vienen de perillas. Además, ya era un hombre viejo y ninguna persona en sus cabales le daría un puesto con la misma remuneración.

—Lo siento, Luis —dije y lo invité a tomar asiento. Se tranquilizó un poco e inicié un esbozo de solución.

—No tengo tu dinero en este momento. —De inmediato se puso rojo y se le marcó grotescamente la vena de la frente—. Pero te tengo una propuesta, ¿a cuanto asciende tu finiquito?

Me miró con el ceño fruncido y dijo en voz baja:

—Descontando el dinero que le pedí a la caja chica para prestarte dinero a ti, diría que unos 5 millones.

—Uff —suspiré y me puse una mano en la cabeza—, poco para una vida de esclavitud.

—El año pasado me bajaron el sueldo.

—Sí, pero por qué no ahorraste, apenas si tienes responsabilidades.

Saavedra se incorporó y tomó lo primero que encontró: una zanahoria —yo tenía unas verduras para hacerme una ensalada— e intentó golpearme. Lo esquivé y me puse a gritar auxilio. Llegaron los guardias de la galería y lo inmovilizaron.

—¿Va a presentar cargos, don Juan?

—No —respondí—, déjenlo. —He hice un gesto displicente con la mano, a la manera del César.

Pedí café por teléfono.

—Sírvete, amigo —dije—, el café es bueno para los nervios.

—Ese es el té, idiota.

—Té, café, es lo mismo.

De pronto, se puso a llorar. Era extraño ver a un hombre, más bien corpulento, chillando como una niñita, haciendo muecas extrañas y zapateando el piso de pura desesperación. Algunos de los visitantes de la galería se daban vuelta a mirarlo. Una niña estalló de risa y su mamá la hizo callar.

—Luis —dije—, por qué no inviertes esos milloncitos en mi nuevo negocio

—¿Qué negocio?

Me puse un dedo en la sien:
—Este negocio.

—¿Y de qué se trata?, ¿es seguro?, ¿cuál es el márgen de activos que habría que considerar?, ¿a qué ritmo se incrementaría la ganancia?, ¿cómo solucionaríamos..?

—Bla, bla, bla, paparruchas.

Saavedra me miró con recelo, todavía gemía y a ratos se sorbía los mocos.

—Es un negocio seguro, eso es lo importante. Lo único que debes saber es que en un corto plazo, aquellos cinco millones, se habrán convertido en cientos. Luis, voy a publicar mi novela, voy a crear una editorial de ciencia ficción.

El rostro de Luis resplandeció y pareció que de golpe había rejuvenecido 20 años. En lugar de 55, parecía de 35. No tan joven, en todo caso, pero para la medida de Saavedra, muy joven. Troné los dedos.

—¿Y entonces hacemos negocio?

Me observó con detención. Estaba destruido y medio loco. Aceptó.

Como yo tenía que trabajar y Luis no, él se hizo cargo de todo el papeleo para iniciar la sociedad. Se lo veía contento, entusiasmado, lleno de espectativas y esperanzas.

Inauguramos la editorial con una gran fiesta, cuya organización también corrió a cargo de Luis. Se gastó hasta el último peso, pero confiaba en que el futuro sería promisorio. Ese día nos dimos un caluroso abrazo y juramos amistad eterna. A la semana el negocio quebró.

Luis me persiguió por toda Providencia para asesinarme, pero una pareja de carabineros  lo detuvo. Dos semanas después, me enteré que lo habían encontrado muerto en el calabozo, pero luego supe que el occiso era otro Luis Saavedra y que el verdadero había salido libre al día siguiente. De cualquier manera, sus familiares ya estaban preparando los trámites para el funeral y cuando se apareció en la casa, se molestaron un poco.

Como sea, durante lo siguientes 6 años, nadie supo nada de Luis.

Ahora yo era un escritor exitoso y mis libros eran superventas. Ya no escribía ciencia ficción, pues me dedicaba a la literatura para señoritas y era íntimo amigo de Pato Simonteli.

Un día, acompañé a Pato a una exclusiva zapatería y ahí vi a Luis, barriendo el piso y vestido con un overol.

No quería que Pato me viera con aquellas compañías, así que me hice el que no lo conocía, pero Luis se acercó de todas formas.

—Hola, Juan.

—Hola, Luis.

Pato me miró con reprobación.

—Bueno, Luis, es muy tarde y debo dormir —me puse a bostezar—, hasta luego.

Salimos. Le expliqué a Pato que aquel sujeto había trabajado para mí, antes de dedicarme a la literatura, pero me había visto en la obligación de despedirlo, ya que se robaba la plata del balance. Asintió, levantando una ceja y supe que no se lo había creído.

—Yo no soy quien para juzgar, pero creo que Jorge debe enterarse.

—¿Quién, Eduars?

—Si, Eduars.

Había dicho el nombre separando las sílabas; así sonaba mucho más amenazante. Yo no quería que me echaran de la asociación de escritores vip. Ya tenía dos amonestaciones (la primera por leer a Pynchon y la segunda por decir que la obra de Pilar Porno era cuestionable), pero ésta, ésta era grave: “confraternizar con personas de baja casta”.  Oh, dios, Eduars me destruiría.
Eduars era un hijo de perra y yo lo odiaba. El asqueroso papanatas había intentado acostarse con mi ex mujer cuando la pobre trabajaba de garzona para mantenerme (ahora yo tenía una esposa nueva, una joven modelo de buena familia que el rey Eduars me había cedido para mantener las apariencias). Pero yo había bebido la sangre de Eduars y le había ofrecido el culo a su acólito Sambrano y mi Corvette y mi casa en Chicureo y toda mi fama se la debía a ÉL.

—Pato —rogué—, no hagas eso.

Pero Pato se subió a su Bentley y me dejó hablando solo.

Esa noche soñé que Pilar Porno se metía a mi cama y me cogía el pene y luego de sacudir un rato aquella cosa sin gracia, se la metía a la boca y comenzaba a darme lecciones sexuales, mientras me corría en su garganta.

Cuando desperté, Pato se paseaba en boxers por la habitación.

—¿Qué haces aquí? —dije.

—Tuve que hacerlo, Juan, te juro que no me quedó otra alternativa.

Pato estaba bajo la luz de la ventana, hojeando uno de sus propios libros y el pene se le pronunciaba diagonalmente por debajo de los Calvin Klein. Se lo veía más alto, mucho más guapo. Advertí que acababa de salir de la ducha. Pequeñas gotas de agua se le evaporaban en el torso desnudo.

—Pato —dije.

En ese momento la luz se apagó y apareció Eduars. Llevaba la capucha, como en todas las ceremonias y cargaba el viejo báculo donde había clavado la cabeza de José Donoso.

—Él nunca ganó el premio Cervantes —dijo—, ¿por qué?

—Porque no lo merecía, oh, maestro.

—¿Y quién lo merecía?

—Tú, oh, maestro.

—¿Quién es Luis Saavedra?

—Un tipo que trabajó para mí.

—Di la verdad, hijo mío.

Me llevé el puño a la boca y lo mordí. No sabía qué hacer. La habitación giraba y se empequeñecía y todo mi mundo estaba a punto de desmoronarse.

—Es un escritor, oh, milord, un escritor de género y yo confraternicé con él,
mea culpa, mea culpa , mea culpa.

En eso sonó un clic y el monstruo desapareció. En su lugar quedó la figura de José Luis Rosasco (el bufón del rey) danzando estúpidamente con un traje de arlequín. Decía:

—Tonto tonto tonto, ahora estarás en la lista negra. Yo puse a muchos escritores de talento en la lista negra. Tonto tonto tonto.

* * *

Luis Saavedra salió de su trabajo a eso de las diez y caminó por la oscura calle. Se detuvo bajo un farol y orinó. Le gustaba mancillar aquellos postes que alumbraban calles vibrantes, donde los chicos y las chicas se besaban. Sabía que estaba viejo para eso y que su tiempo había pasado. Ya no era el mismo Saavedra al que todos los nerds consultaban acerca de la valía de sus textos. Literariamente había muerto.

—Hola, Luis —dije.

Saavedra se guardó rapidamente el pene, pensando que yo era un policía, quizás el mismo policía que lo había detenido aquella tarde cuando me perseguía para darme muerte.

—Ah, eras tú.

—¿Cómo estás, Luis?

Se encogió de hombros.

—¿Dónde vas, Luis?

—A mi casa.

Saavedra caminó. Yo lo seguí, sin animarme a decir nada. No sabía si Saavedra continuaría así de calmado por mucho más tiempo. Caminaba con prisa y cabizbajo. Se había puesto viejo, terriblemente viejo y flaco. Daba un poco de pena.

—Luis.

—Qué.

—Te gustaría comer algo, yo invito.

Entramos al Liguria. Había como siempre una impresionante concurrencia de imbéciles y como siempre la música estaba a tope y los meseros atendían a los futbolistas con la entrepierna mojada e ignoraban a los comensales corrientes como Saavedra.

—Pide lo que quieras —dije.

Saavedra pidió la carta y empezó a nombrar todos y cada uno de los platos del menú. El mesero preguntó si era broma. Yo dije que no. Entonces se fue, contando mentalmente la propina que le tocaría, en base al porcentaje de lo consumido, el muy imbécil.

—¿Te lo vas a comer todo, Luis?

—No.

—Me lo imaginaba.

—Te lo vas a llevar a tu casa.

—Sí, lo voy a congelar.

—Me parece bien.

Cinco meseros trajeron los platos y cuando todos estuvieron en la mesa, les pedí que los envolvieran para llevar. Pudieron con todo menos con la sopa. La gente se reía y Saavedra también.

—Lo estás pasando bien —dije.

—Como nunca.

Prendí un cigarrillo y boté el humo por la nariz. Me recliné en el asiento.

—¿Sabías que me echaron de la logia?

—¿De la logia de escritores? Sí, si sabía.

—¿Y te alegras?

—Un poco.

Puse la mano derecha sobre la mesa y extendí los dedos:

—Mira, me cortaron el dedo anular, como signo de alta traición.

—Mmh —dijo Saavedra, mientras sorbía la sopa—, qué mal.

—¿Sabes que cuando pagué la cuenta me quedaré en bancarrota?

—No, no sabía.

—Pues así es, Luis, ya no tengo nada. Eduars se llevó el corvette y mi esposa joven se fue con Pablo Azócar.

Luis  terminó la sopa y se puso derecho. Eructó y se limpió con el mantel:

—Qué quieres que te diga, ¿quieres que te preste plata? —abrió su billetera—. Toma, aquí tienes 5 lucas, toma, es mi presupuesto para el mes, me lo pagas en cuotas, si quieres.

—Deja eso.

—¿Sabes lo que pasó después que me soltaron de la comisaría? Regresé a mi casa y mis tías tenían el ataud listo y cuando me vieron, dijeron: “Ah, Luchito, pero cómo se te ocurre no morirte”. ¿Y sabes lo que hicieron después? Me cobraron el ataúd y tuve que pagarlo. Así es, tuve que pagar mi propia muerte.

—Pero si ni siquiera llegaron a enterrarte.

Luis se puso de pie. Yo lo sostuve de un brazo y lo regresé a la mesa.

—Escucha, sé que estuve mal, pero no tenía otra opción. ¿Cómo te iba a ayudar, si yo también estaba en la quiebra?

—Pero después triunfaste.

—Sí, pero tú habías desaparecido.

—Sí, pero podrías haberme buscado.

—Lo hice, llamé a todos tus amigos, a tus familiares, a tus ex compañeros de trabajo, pero nadie sabía nada de ti.

—Eso es mentira. En navidad le enviaba tarjetas a todo el mundo.

—Pero parece que nadie las leía.

Luis miró la hora en su celular.

—Bueno, ya me voy —dijo.

—Oye, espera.

—Qué.

—Te tengo una propuesta.

—¿Estás loco?

—No —apagué el cigarrillo en el mantel. Un mesero llegó a reprenderme, pero le puse un billete en la cara y el tipo se fue—. Escucha, quiero vengarme y necesito tu ayuda.

—Ah, sí.

—Si —baje la voz—, voy a matar a Jorge Eduars.

***

Luis vivía en un apestoso sucucho en el que apenas cabían dos personas. Había vendido casi la totalidad de su biblioteca y solo conservaba —vaya uno a saber por qué- dos libros de Teobaldo Mercado.

—Nadie los quiso comprar —dijo cuando reparé en ellos.

Luis estaba trabajando en una colección de relatos —el perezoso seguía eludiendo el verdadero trabajo que consiste en la construcción de una novela— que trataban sobre viajes metafísicos a la mente de actores de Hollywood. El tonto había destacado con letras rojas: “Compartiendo las fantasías sexuales de Charlie Sheen”.  Era su favorito.

—Estás muy loco, Saavedra —dije.

—Me mantienen vivo —se sentó en una caja de tomates—, ¿de qué se trata tu plan?

—No tengo plan.

—No tienes plan.

—No, y quiero que me ayudes a elaborarlo.

—Tus disquisiciones son disquisiciones muy tontas.

—Gratuitas, querrás decir.

—No, tontas. Veamos, ¿dónde vive Eduars?

—En el viejo castillo encantado.

—¿Y quién lo protege?

—Cocodrilos, un foso, ogros gigantes y un robot asesino con el cerebro de Marco Antonio de la Parra.

Luis iba anotando concienzudamente en un cuaderno. Alzó la vista y dijo:

—No podrás matarlo.

—¿No?

—No, es imposible. Sugiero que descarges tu ira en otro cualquiera. ¿Podría ser Pablo Huneeus?

—No lo creo, “La cultura huachaca” es un libro fabuloso. Ganó el premio Pulitzer.

—¿Y qué te parece Antonio Skarmeta?

—¿Que no estaba muerto?

—Solo su obra.

—Podría ser, ¿dónde vive?

—No lo sé. Pero su sonrisa beatífica lo hace vulnerable a los ataques.

Me paseé por el cuartucho. Era un cuarto muy feo, pero decorado austeramente, muy a la medida de Saavedra. Creí notar cierta clase en todas aquellas chucherías.

—Me parece que el viejo pordiosero debería morir.

Me senté en un cajón de manzanas (los cajones estaban debidamente etiquetados) y miré fijamente a Saavedra.

—Bueno, pues.

—Qué —dijo.

—Bueno, hazlo.

—El qué.

—No te hagas, mátalo —me puse de pie—,  es un favor. Mataste a mucha gente para que te editaran en Suiza, todos lo saben. ¿Quién iba a publicar aquellas amables tonterías sin un poco de presión?

Entonces sentí  un dolor en la cabeza. Un agudo y lacerante aguijón en medio de mi frente. Era espantoso. Saavedra sonreía enarcando sus diabólicas cejas.

—¡Déjalo! —dije.

—Qué cosa.

—Déjalo, ¿quieres?

—Ya, tranquilo, solo estaba probando.

Suspiré con alivio y me dejé caer al suelo. Respiré profundamente.

—¿Cuándo lo utilizaste por última vez? —dije.

—¿Para matar a alguien? Solo lo utilicé con el viejo editor de Fixión. Nunca lo usé contra nadie más.

—¿Y por qué no?

—¿Y por qué sí? Si mis poderes telequinéticos sirvieran para desnudar super modelos o para desvalijar bancos, no dudes que lo usaría todo el tiempo ¿pero para matar? Juan, yo no odio a nadie.

Me quedé en silencio y vi como Luis se ponía de pie y cogía “Viajero de las estrellas” de Teobaldo Mercado.

—Este libro —dijo—, esta miserable…  obra, fue lo único que quedó de mi colección.

—Sí, ya me dijiste.

—Tengo razones para matarte a ti.

—Sí, pero no lo harás.

Giró la cabeza y me miró:

—¿Por qué no?

—Porque ya lo habrías hecho.

Saavedra arrojó el libro por la ventana. Parece que cayó sobre la cabeza de alguién, porque escuchamos un grito y una risotada.

—Dime una cosa, Juan: ¿por qué no puedo asesinar a Jorge Eduars?

—Porque tiene cocodrilos en un foso, que sé yo.

—Pero si yo soy un telépata, ¿en qué podría perjudicarme una cosa así?

Sonreí sin alegría y me puse a juguetear con la lengua.

—¿Qué quieres decir?

—Hasta  hace poco estuviste protegido por Eduars y Eduars es un brujo. Yo no podía entrar en sus dominios, pero ahora estás solo.

—Qué ironía —respondí.

—¿Cuál es la ironía?

—Que finalmente Teobaldo Mercado es considerado el Asimov de Hispanoamérica.

Saavedra escuchó esto y se puso como loco. Se arrojó sobre mí y trató de ahorcarme, pero me zafé y salté por la ventana a la calle. Saavedra iba tras de mí, con las manos en las sienes, tratando de destruir mi cerebro, al tiempo que hacía un extraño sonido con la boca: bbsss, bbsss. E iba dejando un reguero de muerte a su paso. Cabezas reventadas aquí y allá como una muestra de sus nefastas capacidades.

Me dio alcance. Yo estaba sin resuello y Luis también. Apenas si podía sostener los dedos en sus sienes (al parecer aquel era uno de los requerimientos que exigía su terrible talento) y jadeaba como un desesperado.

—Bueno —dije— hazlo de una vez.

Vi los ojos de Saavedra girando y vi sus dedos en sus sienes y vi como su cabello se erizaba con un arco voltaico y vi que se había transformado en un extraño y desesperado engendro, pero no era una pesadilla, era real y la realidad es como el infierno.

Apreté los párpados con fuerza y esperé el desenlace. Pero no pasó nada.

Abrí los ojos y vi que Luis no estaba. Entonces escuché un zumbido. Saavedra había salido volando. Agitaba las patas como una cucaracha y se retorcía y gritaba, pero a la distancia su grito era sordo, mínimo, como el de una hormiga. Ascendió por los cielos hasta desaparecer.

—¿Qué mierda? —dije.

Estaba solo en un callejón y me había salvado de una muerte espantosa, pero no sabía por qué. Era tan raro. Rarísimo.

Regresé a mi casa y vi un enorme letrero que ponía “remate”. Apreté los puños ante aquella injusticia. Yo lo había dado todo por la logia. Había traicionado mis convicciones y me había bañado en aquella vida de vacío y apariencia y cuando creí que habría de quedarme ahí para siempre, me  excluían y me cortaban un dedo para marcarme.

No tenía dónde pasar la noche y estaba sin un céntimo. Caminé por las  calles, llorando, pensando en lo que pudo, en lo que debió ser, y no fue. Llegué a la casa de Luis y me metí por la ventana y oteé todo el despelote de aquella absurda escaramuza. Me senté en un cajón de pepinos y saqué de un estante —también estaba hecho con cajones de verduras, en esa casa todo era cajones de verduras— la otra novela de Teobaldo Mercado. Aquel hombre había vivido con integridad, con una tremenda integridad y había resistido con valor los más miserables ataques, el desprecio y la muerte en vida del escritor que es el ninguneo, y finalmente había triunfado. Yo admiraba eso, cómo lo admiraba, pero también me daba un poco  de vergüenza.

No sé en qué momento advertí que estaba comiéndome una a una las hojas del libro de Teobaldo Mercado. Había sido un acto reflejo, una especie de expiación o quién sabe. No más Teobaldo Mercado, no más logia de escritores vip. No más, nada.

Pasó el tiempo y regresé con mi primera esposa que, como siempre, estaba dispuesta a perdonar mis estupideces. Volví a abrir la tienda y vivimos bastante bien por unos años. Sin embargo, para vivir bien, dentro de la medida de lo posible, un escritor debe olvidar para siempre aquellas fantasías de grandeza, que en cualquier caso, solo le sirven a él.

Un día, paseándome por Providencia, se me ocurrió detenerme en una librería. No se por qué me quedé pegado en el título del último best-seller: “Los amantes querubines”. Era extraño, pero yo conocía ese título. Mis libros, durante la época del éxito, habían llevado titulos similares —de hecho era mi única contribución, porque el libro lo escribía el ghostwriter— y el nombre del autor también me era familiar. Pero no podía ser el mismo Luis Saavedra, no, porque el universo es un constructo miserable, pero también responde a cierta lógica y yo había visto a Luis perderse en el vacío.

El destino es un cerdo y cuando me asomé por la puerta, vi que al autor de aquella memez estaba firmando su novela. Justo ahí, justo en ese momento.
La librería estaba llena de oficinistas y amas de casa y todos esos analfabetos se jalaban de los pelos por aquella novelita.

No puedo decir que no me sorprendí al verlo. Evidentemente era él, pero también era otro, es decir, era el mismísimo Luis Saavedra, pero de 30 años, como mucho.

Cuando me vio, continuó firmando su libro, pero ahora lucía una enorme sonrisa que apenas podía borrar de su cara. Verlo era tan cruel, tan insoportablemente cruel, que estuve a punto de arrojarme sobre el puto firmalibros y ahorcarlo hasta que clamara piedad con lágrimas de ahogo, en el suelo.

Salí de la librería y me paré frente a un mercedes (yo había pedido un corvette, Saavedra un mercedes, era muy propio de él).

Al salir de la librería, Saavedra caminó directamente hacia mí.

—¿Qué tal, Juan?

—¿Cómo lo hiciste?

Saavedra abrió la puerta del auto.

—Me tengo que ir, Juan. ¿Necesitas algo?

Lo agarré de la solapa y lo empujé contra el auto. Saavedra  se puso a reír y se limpió las arrugas de la ropa.

—Tranquilo, sube.

Subí. Saavedra le indicó al chofer que giráramos un rato, antes de ir a su casa. Sacó unos tragos del minibar. Me bebí el whisky de un sorbo y vi una foto pegada con imanes a la hielera.

—¿La recuerdas? —dijo Luis.

—Es mi esposa.

—Ex esposa. Es una esposa tipo. Como soy mucho más inteligente que tú, he descubierto que es un robot.

Ya temía que comenzara con una de sus peroratas cuánticas, así que lo paré en seco.

—Quiero que me digas que pasó esa noche.

—Tranquilo, bebe otro trago.

Lo hice. Saavedra encendió el aire acondicionado y empezó:

—Bien, esa noche, justo cuando estaba por destruirte, de pronto me encontré volando. Hasta ese momento yo sabía tan poco como tú sobre lo que estaba sucediendo, pero en fin, lo único que puedo asegurarte es que mientras me elevaba, seguía tratando de reventarte los sesos. Tal era mi furia incontrolada. Pero no podía, era extraño, mis impulsos no llegaban a ningún puerto.

—Qué agradable saberlo.

—Te lo juro, Juan, que volé y visité muchos planetas igual que Kilgore Trout y vi todo lo habido y por haber. Todo ese conocimiento de la eternidad, que a mi nunca me ha interesado comprender, y a ti sí, me fue revelado. A mí, no a ti. Irónico. En fin, después de viajar cientos de años como un Bowman, comprendí lo que pasaba y comprendí también por qué no había podido matarte: estaba siendo controlado por el demiurgo Eduars. En el momento de mi comprensión, el maestro me trajo a su refugio y, bueno, lo demás ya te lo imaginas.

Lo sabía, no tenía que haberle preguntado. Lo sabía, pero quería negármelo. Lo sabía  pero la experiencia de Luis me llenaba de envidia. Saqué el whisky del minibar y bebí directamente de la botella.

—Solo hay una cosa que no comprendo —dije.

—Dime.

—¿Por qué te rescató Eduars?

Luis sacó la pegatina del congelador y tomó la fotografía de nuestra  esposa. La sostuvo en la mano y mirándola respondió:

—¿No te lo imaginas?

—Supongo que quiere a alguien que lo sustituya en su reino de maldad, una vez que haya muerto.

—Sí, pero hay otra cosa —dejó caer la foto de nuestra esposa y sin mirarme continuó—. Que el maestro no tolera traiciones.

Dicho esto me miró fijamente y me voló los sesos.

[CC 2011, Juan Calamares]

Anuncios

»

  1. Pingback: Erizo: Primeros de Diciembre « Erizo

    • No te imaginas la verdad que encierra esa frase. Desde tiempos inmemoriales, Calamares ha sobrevivido a “desastres” hogareños, “accidentes” de trabajo, “extraños” sucesos en la vía pública. Todo sin ningún éxito. Esperamos en 2013, contratar un sicario, de esos que ponen avisos en los foros de la Deep Web.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s