Vidas imaginarias de mis amigos: GuajaRs de Hiboria

Estándar
Ja, ja, Crom se ríe de tu revistita de mierda.

Un primo de GuajaRs de Hiboria

Por Luis Saavedra.

No me interesa tanto saber quiénes son mis amigos como imaginarles una nueva vida llena de aventuras y significado. Me sorprende saber lo rutinarios que son. En una era en que se puede ser cualquiera, ya no es necesario ser fiel a la aburrida verdad. Como biógrafo seré el peor, pero qué importa si nada será aburrido de aquí en adelante.

Hoy en día le toca el turno un prohombre de las letras: GuajaRs, que ha venido desde la más ignominiosa noche de los tiempos a celebrar con nosotros sus 12 mil años de historia. Así las cosas se le puede denominar inmortal a este ser, aunque él espeta que su envejecimiento solo está retardado.

GuajaRs de Hiboria nace bajo las tablas de un destruido barco de guerra, en medio de una cruenta batalla. Su padre, el conde Orse, tuvo la mala idea de salir a dar un paseo justo en medio del término de la Edad de Hielo para encontrarse con una migración de zafios trolls del Norte. Su madre, la dama Ehren, no tiene más remedio que dar a luz entre los restos del naufragio, defendiéndose a la vez con la espada mágica de su marido, uno de los primeros en caer. Como resultado de la exposición a la magia, GuajaRs se impregna de extrañas e inestables cualidades que aún hoy no se descubren totalmente, pero hay quien dice que su longevidad es resultado de ellas. Lamentablemente, acabada la batalla, se encuentra solo en medio de la muerte, pero es acogido por una manada de jabalíes que lo crían a base de bayas y terrones de trufas.

Terminada la edad mágica, y con el advenimiento de los hombres nuevos, sirve en las huestes babilónicas para conquistar el mundo porque le tiraba la aventura de hacha y espada. Aprende a leer y escribir entre aquellos bárbaros. La Historia recuerda que todas las hordas son necias, pero recordemos a su vez que la Historia la escriben fifiriches intelectualoides. En realidad, al caer la noche, y después de la matanza diaria de lugareños, esta confraternidad de hombres se dedica a leer en voz alta los best-seller de la época y practicar el rito del llanto comunitario para desestrezarse. Pero nada dura para siempre, a menos que hablemos de la nada, y la horda se degrada y sufre las peores derrotas. Antes de ver el lamentable final, GuajaRs se queda en las montañas cerca del Mar Muerto y se convierte en un sabio anacoreta muy aburrido de sí mismo que comienza a escribir listas de sus colecciones de piedras en cueros de cabras, para luego relatar fantásticas historias sobre barcos gigantescos que llevan la fauna de la Tierra representada en una pareja por vez y mares que se abren ante un gesto del báculo del protagonista. Todas historias que forman parte de una saga de cinco libros sobre un mundo de su imaginación que pretende alguna vez mostrar a los pastores, para enseñarles a leer y entretener a los más pequeños. Lamentablemente, el cuero prueba ser muy mal material para escribir. Caro y apestoso, cuesta demasiado robar el ganado. Por entonces, asiste a una expo tecnológica que pregona la revolución del papiro y un ejecutivo muy convincente le asegura que no habrá nada mejor en los próximos quinientos o mil años. Su entusiasmo juvenil le hace comprar todas las existencias disponibles, que lamentablemente nunca ve. Los árabes conquistan Egipto y el mercado del papiro se derrumba. Del ejecutivo nunca más se volve a saber. Tuvo que quedarse con todas las historias que había escrito en esos años desde el siglo VII a.c. y en un arrebato de furia los deja olvidados y emparedados en unas cuevas cerca de Qumran. Finalmente consigue papiro, pero cambia radicalmente de enfoque para describir las primeras comedias pornográficas sobre un criador de camellos y su cohorte camélida que se vuelven muy populares esos años.

Recordando lo bien que lo pasaba con el filo de la espada -y aburrido de tener que verle el trasero a las cabras en forma libidinosa-, se enrola de nuevo en un ejército, el de Alejandro Magno. Al momento de llenar el formulario se da cuenta que nunca ha tenido un nombre, que su familia porcina jamás se preocupó de llamarlo ni sus primeros compañeros de armas de hablar con él. Alejandro, que pasa “casualmente” -en estas historias todo es casual- por allí, lo ve y dirime su predicamento como lo hiciera con el nudo gordiano. “Te llamarás GuajaRs”. A lo cual GuajaRs replica: “¿Y por qué?”. “¿Cuestionas mi autoridad?”, dice a su vez el conquistador tomando la cacha de su espada. “No, para nada”. “Así me gusta, GuajaRs”. Y he aquí que nuestro héroe obtiene singular nombre y tan heterogénea “R” mayúscula.

En las riberas del río Indo, Alejandro decide que todos esos países tercermundistas no valen la pena y quiere volver a Macedonia. En la ribera más lejana, GuajaRs ve a una misteriosa joven de ojos negros y seductores que lo mira fijamente. Después de diez mil años de virginidad comprende que hay remedio para esas pulsiones profundas que siempre resolvía en soledad o con el ganado ovino más a la mano. Termina entre las piernas de su primera esposa que dura solo un suspiro de cuarenta años cuando muere aplastada por Tobito, el elefante de la familia, el que en una noche de juerga se manda al pecho las barricas de vino ocultas en el patio trasero. Solo después de tres días de resaca pueden recuperar a la malograda mujer para llorarla en un funeral como no se ha visto en esa región. Traen veinte barricas de vino y se sacrifican sesenta corderos y una cantidad estimable de pollos. Pero Tobito vuelve a hacer de las suyas y termina otra vez borracho y sentándose sobre la amarga suegra de GuajaRs. Nadie se preocupa esta vez y Tobito se despierta al quinto día para ir a bañarse al río, ocasión que aprovecha para despegarse el cadáver de la vieja que hace su camino natural hacia el mar y al estómago de los peces.

Loco de dolor, incapaz de procesar la renovada soledad, nuestro héroe se convierte en un pordiosero viajero de luenga barba que pide pan y cobijo a cambio de labores sencillas y manuales como cortar el césped y dibujar corderos dentro de cajas de cartón. Así las cosas, llega a lo  más lejano del Asia rodeado de una turba de seguidores que creen que es una encarnación de Rama. Recogen su sabiduría en un libro de cocina en donde todas las recetas llevan merkén, aunque nadie consigue saber qué es. Enseña la humildad y la comprensión a través de los más minimalistas gestos, dado que ha tomado un voto de silencio, con la excepción del largo ulular de placer cuando se rasca el interior de las orejas con una ramita de árbol, en cuya punta hay una bola de algodón. Su largo peregrinar lo lleva a las costas orientales de lo que sería China y se arroja al mar para desaparecer en sus aguas. Rama vuelve al cielo y sus acólitos se disgregan por el continente para contar sus años gozosos junto a él.

Pero no, sintiéndose completamente sucio se tira un chapuzón de unas cuantas decenas de kilómetros hasta Japón, para pasar el Medioevo jugando con azules gatos cabezones. Se rapa la cabeza y entra a un monasterio budista para conocer las nobles verdades, pero solo alcanza a conocer unas tres antes de darse cuenta que la espada y sus musculosos brazos y pectorales pueden  impartir más verdad y justicia que un montón de monjes amariconados. Escucha por esos tiempos que más allá del mar queda un continente salvaje y lleno de gente con orejas que les llegan a las rodillas y pies como gualetas, siente curiosidad. Le escribe una larga carta a unos amigotes del club de armas de fogueo -al que se aficionó en los cincuenta años anteriores- invitándolos a pasarse por allí para llevarlo a ese mítico continente. Llegan a la bahía de Uraga en 1853 en unos navíos negros para gran alegría del shōgun.

Atraviesa el Pacífico hasta las costas del Callao, en donde enamora a varias cholas y se enguata comiendo ceviche de reineta. Allí conoce a su segunda esposa, la bellísima doña Mercedes del Canto e Iparaguirre, y accede por fin a una situación social económicamente independiente con cajita de rapé incluida. Pronto se da cuenta que el continente de sus sueños vale yuyo y nada funciona como debería y está curiosamente proclive a generar castas de generales petisos y belicosos dispuestos a darle una patada al tablero para quedarse con el ganado. Justamente cae en desgracia con uno de esos pequeños personajillos cuando se niega a cederle una noche de fiebre uterina de su mujer, cosa que resulta de lo más vanal cuando la esposa se entera que de petiso nada tiene el contrincante y es expulsado del Perú con camas y petacas. En realidad con ninguna de las dos cosas porque vuelve a su estado natural de pobreza monacal.

En este momento, nuestro héroe se pregunta por qué no envejece ya que ha visto pasar monarcas y pordioseros y toda la grandeza de este mundo que es solo un suspiro. Momento que solo dura cinco segundos porque solo los tontos se molestan por los misterios que no pueden resolver.

Se abre paso a través de hordas de tahúres y soldados españoles que siguen preguntando insistentemente por El Dorado y llega hasta las orillas del río Itata, en donde se pone a buscar oro. En buena hora y le llega la fortuna para comprarse una viña y tener una china de pierna pulenta con la que espera pasar unos tranquilos cincuenta años. Pero una vida de lujos con internet ilimitado y papas fritas corrompe a cualquiera y comienza a creer que el único con razón y derecho a voto entre toda esa tropa de huasos brutos es él. Comienza a usar un alazán negro y un rebenque con el cual azota a todos sus negros, traídos desde el África Septentrional para darles “capacitación”. Afortunadamente, río arriba se instala una planta de celulosa que hace pebre las aguas y provoca que nazcan culebras con hombros y que la viña se vaya al carajo. Nuevamente pobre como una rata y como todos los escritores de este sitio -que al final es redundancia-, llega a la capital a principios del siglo pasado, junto con la migración de jornaleros, a los que gusta relatar historias. Especialmente aquellas que dicen relación con gente que retrocede en el tiempo en una cabina telefónica de color rojo. Asustados de su posesión diabólica, tanto como para no quemarlo, los labriegos lo denuncian a la autoridad sanitaria y termina internado en el sanatorio El Peral con un regimen diario de lavados intestinales. Hace buenas migas con gente imaginaria y un guatón pelucón que no deja de repetir secuencias numéricas.

Luego de cincuenta años de estancia se le otorga título honorario en siquiatría y se lo libera recomendándosele encontrar su destino en el novísimo -y redituable- género de la ciencia ficción, dada su proverbial tendencia a contar relatos, que no es más que una consecuencia de su exposición a la espada mágica. Con un signo de interrogación en su mente, se entera que el mundo ha cambiado mucho y ahora existe un género literario con el que puede contar sus historias sin que intenten prenderle fuego. Buscando su suerte, se topa con un tal Juan Calamares que lo convence para invertir los pocos ahorros, que ha conseguido a través de los años confeccionando indios pícaros con corcho, en la publicación de su novela que lo hará rico. La novela es un fracaso y Calamares desaparece en la noche de los tiempos, hace mutis por el foro, se esfuma, hace un Houdini, se va al quinto pino, etcétera. Hoy en día, aún pobre como una rata y rodeado de una creciente población de wachiturros -aunque bien acompañado de su actual esposa, doña Soberrana-, intenta hacerse un nombre como escritor. De hecho, el lanzamiento de su primera novela está programado para el 21 de diciembre de 2012, como a las 23 horas. Quedan todos invitados. En una entrevista que concedió a un medio periodístico virtual, o sea inexistente, declara que su postrer deseo es que un coro de quinientos adorables gatitos le ronroneen la canción de Silvio Rodríguez, “Ángel para un final”.

[CC 2011, Luis Saavedra]

Anuncios

»

  1. Pingback: Erizo: Primeros de Diciembre « Erizo

  2. Nosotros no nos llevamos ni un solo euro de este proyecto titulado Erizo. Son 40 páginas a 1.5 euros. La mitad se la quedan los libreros, para que se queden el mismo dinero que se quedarían con la edición de 2.5 euros, y la otra mitad, se la lleva la imprenta. Poca parte del pastel, señores.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s