El Lar del Gusano (relato)

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El lar del gusano

El lar del gusano

Por Patricio Alfonso.

Como dijo Lovecraft, que tenía menos pelo que Farrah Fawcett y más que Telly Savalas pero ninguno de tonto, hay cosas que es mejor no saber. Parece  que yo he terminado sabiendo algunas, por culpa (quien lo diría) de trabajar para las monjitas del convento de Santa Isabel. Ocurre que soy escultor aficionado, y se me da bien aquello de la restauración, y un buen día se me ocurrió aprovechar esta habilidad, y como tengo una prima que estudió con las monjas, le pedí que me recomendara para componer santitos. Las hermanas vieron mi trabajo y quedaron de lo mas contentas.

El convento es un bonito lugar. Ocupa media manzana y está construido casi enteramente de ladrillo rojo. En la esquina del convento hay un paradero de micros donde yo me bajo siempre que tengo un encargo de las monjas, y junto al paradero un quiosco que no tengo idea si alguna vez habrá vendido algo porque siempre está cerrado. Yo trabajo en el mismo convento, porque algunas de las estatuas son grandes y pesadas y sería complejo trasladarlas. Las buenas hermanas me acomodaron un cuarto como taller.

La mayoría de las imágenes son de yeso, que es un material muy poco durable. La cara y las manos son las partes más frágiles, las primeras que se gastan o que se rompen. Yo trabajo con modelos. Por ejemplo, para componer la cara de las virgencitas buscó imágenes en revistas. Me sirven las de actrices antiguas, como Rita Haywoorth o Marilyn Monroe. También fotos de Britney Spears o de Madonna, que para algo le sirva el nombre. A los santos masculinos según mi inspiración les pongo la cara de Robert Mitchum o de Clark Gable, o bien de Tom Cruise o Johnny Deep. Los que me resultan más fáciles son los Cristos, porque hay muchos actores que han hecho de Jesús en el cine. Robert Powell es uno de mis favoritos.

Con las monjas, como he dicho, me llevo muy bien. Hay una hermana que es jovencita y muy linda, pero nunca se me ha ocurrido faltarle el respeto. Eso sí, converso harto con ella,  le pregunto cosas que quiero saber de los santos y de Dios. El otro día le pregunté si creía en los vampiros, y ella me dijo que los muertos no podían abandonar las tumbas hasta el día del juicio, salvo por un milagro, como el que había hecho el Señor al revivir a Lázaro. Aunque Lázaro igual se había muerto de nuevo después (hasta el día de la resurrección, dijo la hermana), de modo que tenía dos tumbas. Yo estaba un poco inquieto con ese asunto de los santos incorruptos, porque pienso que se parecen a los vampiros.

Hubo otra hermana que era la más viejita de todas, y siempre me pareció algo tocada. Ello me contó que en el convento ocurrían cosas extrañas y prodigiosas, y fue por ella que llegué a saber de esos asuntos que a lo mejor  hay que ignorar para poder vivir tranquilo. Ocurre que el convento tiene un sótano, de cuya existencia yo no sabía hasta que esta monja me llevó para allá. Bajamos por una escalera de piedra y llegamos a una sala muy amplia pero que se hacía chica por lo llena de cachivaches que estaba.

Había una imagen muy grande y deteriorada de la Virgen (por eso estaba yo ahí, me dijo la monja) que aparecía pisoteando a una figura enroscada. Eso no tenía nada de raro, yo había visto muchas veces representaciones del diablo mas o menos semejantes, es decir, en forma de serpiente, pero esta semejaba más bien una lombriz, un gusano. Incluso era blanca y como traslúcida.  La monja me explicó que en la Edad Media había una identificación entre los gusanos y los dragones y que a los dos se los llamaba con la palabra “worm”.

También me dijo que esa imagen en particular tenía una relación especial con el convento, porque el lugar que ahora ocupaba el edificio de ladrillo rojo había sido originalmente la guarida de un demonio en forma de “worm”, de gusano. Aún lo era, pero ahora estaba sometido al poder de la Purísima. Si eso era así –le pregunte a la anciana monja – ,¿dónde estaba el bicho aquel?

La monja me conminó silencio, poniéndose un dedo sobre los labios, y me indicó que la siguiera. Los dos nos acercamos mas a la imagen. Pude comprobar que a los pies de la virgen había una puerta de hierro. Ahí, según la monja, estaba encerrado el “worm”. Ahí lo habían metido en tiempos antiguos a punta de exorcismos, y su custodia había sido encargada por los siglos de los siglos a la orden a la que ella y sus hermanas pertenecían.

El “worm” estaba encerrado en el túnel al que daba la puerta de hierro, pero sólo su cola y dos terceras partes de su cuerpo. La cabeza no había cabido en el  lugar, y se encontraba emparedada viva en lo que constituía la continuación del túnel. Éste tenía forma de L y la vertical desembocaba en el exterior a través de la tierra. Seguramente yo había visto el siempre cerrado quiosco de la esquina. Tal era el remate de la L. En el interior del mismo se guardaba la cabeza del monstruo. Me convencí de que Sor Trinidad (tal era el nombre que recibía en el convento) estaba más que medianamente loca.

En los días que siguieron tuve que permanecer en el sótano por largos períodos, trabajando en el arreglo de la gigantesca imagen, Entretanto, pensaba en la historia que me había contado la monja. Incluso intenté abrir la puerta de hierro pero aunque no se le veían candados o cadenas – los que tal vez hubiesen sido más fáciles de forzar – aquella entrada, empotrada en la base de la estatua, se hallaba herméticamente asegurada.

Entonces se me ocurrió investigar el quiosco de la esquina – el que, de creer a la monja, sería el extremo opuesto y correspondiente al de la cerrada puerta metálica –  , pensando ingenuamente que un quiosco sería más fácil de violentar que una puerta de metal grueso.

Pretextando motivos de trabajo, me quedé una jornada en el sótano hasta muy avanzada la noche. Mi intención era acercarme al quiosco cuando tuviera las menores posibilidades de ser visto por algún transeúnte y confundido con un ladrón. Al amparo de la relativa oscuridad salí del convento y me dirigí a la esquina. Me agradó comprobar que en la calle no se veía un alma.

Sin dejar de vigilar los alrededores me allegué al quiosco  y saqué de mi maletín una palanca de hierro y una linterna provista de un arzón por el que me la colgué a la cintura. Estuve trabajando por espacio de un cuarto de hora, metiendo la palanca entre las calaminas y tablas que formaban la estructura del quiosco, hasta que logré abrir un forado de cerca de medio metro. Efectivamente, debajo había algo. Algo que me provocaba una gran decepción, aunque por otro lado avivaba mi curiosidad.

Porque aquel quiosco no era mas que una fachada. Debajo de las tablas y calaminas se encontraba una sólida mampostería de metal, tanto o mas inexpugnable que la puerta situada al interior del convento. De hecho, ese carácter clausurado de ambos lugares supuestamente correspondientes me resultaba sumamente sugerente, por no decir inquietante.

Golpeé  con la palanca la superficie metálica, sin conseguir nada más que confirmar su solidez. Decidí que de momento lo más prudente sería emprender la retirada, no sin antes intentar  ocultar de la mejor forma posible el estropicio que había hecho. Pero antes encendí la linterna para examinar mejor la recién descubierta estructura.

Deslicé el haz de luz por sobre la estólida superficie, sin encontrar uniones,
fisuras ni remaches, los que posiblemente se encontrarían en las partes aún sin descubrir. Fue al tratar de llegar con la luz a sectores aún ocultos que descubrí algo nuevo, un objeto adherido al metal aparentemente sin accidentes. Como estaban las cosas, no podía saber de que se trataba. Así es que olvidando mis primeras intenciones  volví al trabajo, procurando despejar el sitio de mi nuevo descubrimiento.

El objeto en cuestión era un disco de unos treinta centímetros de diámetro, construido en metal delgado. En su superficie se veían unos curiosos bajorrelieves pintados de rojo. Los más pequeños de estos bajorrelieves parecían ser letras – fonemas o ideogramas – de un idioma desconocido para mí. Se situaban en la base de una figura mayor, una silueta aproximadamente serpentiforme cuya posición en forma de L me despertó oscuras e inquietantes asociaciones.  Lo que parecía ser la cabeza de aquella imagen era un globoso abultamiento terminado en algo que podía ser un conjunto de tentáculos, una corona o unas branquias, en cuyo centro se divisaba un pico o un par de mandíbulas. El disco estaba unido a la masa metálica principal mediante un juego de anillas que no parecían especialmente resistentes. Busqué en mi bolsillo un cortaplumas y tras un breve forcejeo logré desprenderlo. Entonces vino el terremoto.

El movimiento de tierra fue tan violento y sorpresivo que caí de bruces al suelo. El sismo se acompañó de un ruido, algo como un bramido o un aullido muy diferente a lo que creí dable esperar en esas circunstancias. Y hubo viento, un viento súbito y salvaje. Creo que volaron algunas techumbres, pero dado mi aturdimiento soy incapaz de asegurarlo.

Lo próximo que advertí fue una camioneta que venía a toda velocidad, aunque zigzagueando debido a la convulsión de la tierra. Se estacionó a mi lado, y de ella se bajaron dos tipos muy altos y con cuello de clérigo. Uno de ellos se arrodilló a mi lado y sin mucha ceremonia me arrebató el disco que aún yo conservaba aferrado. Luego vi como entre ambos lo reponían en su lugar. En ese momento cesó el terremoto. En seguida, los dos sujetos, que hasta el día de hoy no se si eran curas, se subieron al vehículo y partieron con la misma celeridad con que habían llegado.

Me incorporé, sacudiendo mis ropas llenas de polvo. Al mirar hacia el convento vi que una gran cantidad de monjas había salido a la calle. Me dirigí hacia ellas.

En el convento se habían roto algunos vidrios y una cantidad impresionante de estatuas de yeso. La mayor devastación se había producido en el sótano. Algunas de las paredes del supuesto túnel estaban agrietadas e hinchadas hacia fuera, como si algo hubiese pugnado por reventarlas desde su interior. La imagen con la Purísima pisoteando al gusano estaba prácticamente reducida a polvo, y era a todas luces irrecuperable.

Pero el daño mayor era de otra categoría. Junto a los restos de la imagen yacía el cuerpo de Sor Trinidad, probablemente víctima de un ataque cardíaco. Sus ojos abiertos conservaban una expresión de terror que no olvidaré jamás.

Cuando pude me marché a casa y me instalé frente al televisor para ver las noticias. Me llevé una sorpresa cuando comprobé que en ninguno de los canales se hacía referencia a temblor o terremoto alguno.

Los días que siguieron fueron para mí de intenso trabajo Nunca había pasado tantas horas seguidas en el convento, ni había tenido que restaurar tantas imágenes.

[CC 2011, Patricio Alfonso]

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