El sueño de Dios (relato)

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El sueño de Dios

El sueño de Dios, por Juan Calamares

Por Juan Calamares.

Durante el último año una duda me ha obsesionado. Si todo sale como lo he previsto pronto la habré resuelto. Mi nombre fue el de Carlos Cienfuegos; pronto mi nombre se desgranará en el universo (he visto el universo). Ya no tengo nombre, lo busco con urgencia. Quizás estas líneas me ayuden a descubrirlo.

La fecha de mi nacimiento no existe. La fecha que dictan los certificados me sitúa abriendo los ojos al mundo en la primavera de 1970. Desde entonces hasta ahora transcurren 45 años. Durante la primavera pasada me encontraba trabajando en una obra literaria interminable y vacua, esto en el plano espiritual; mi existencia concreta (y la de mis tres hijos) era sustentada gracias a una pequeña tienda de abarrotes (en mi esnobismo la llamaba tienda de abarrotes, era en realidad un kiosco). Ambas cosas (mis tres hijos y el kiosco) me habían sido impuestas y eran responsables de mi desinterés por la vida. Mi trabajo dilataba la concreción del suicidio. No sabía ¿cómo podía saberlo? que la existencia podía transformarse así, sin mas, con mi solo deseo.

Conocí a mi esposa en la universidad. Las letras habían despertado mi interés desde niño y no fue una sorpresa para nadie que al término del liceo me abocara a los estudios formales. El caso de Claudia es distinto. Llena de intereses dispersos llego a la literatura casi por casualidad. A final del primer  semestre nos casamos. El hecho que estuviera  embarazada apresuró las cosas. Recuerdo las caras de mis tías y de los hermanos de Claudia, nada felices, con aquella actitud censuradora de los pobres diablos. Por supuesto que la boda no fue un acontecimiento.

Los primeros años fueron duros. Con la llegada del segundo hijo mis  ambiciones literarias se habían destruido. Ahora me conformaba con viajar a Buenos Aires, pero  el tercer hijo nos dejó en la ruina.  La paradoja ocurrió como siempre. No pasó mucho tiempo para que la mujer y los hijos me perdieran el respeto, creo que también el cariño. No me lamenté, no hice nada por revertir el asunto. Nos separamos en enero del 2014.

La tienda me proporcionaba el sustento; el presidente de la república decía que había que estar agradecido. Según él, los hombres como yo eran una especie de paradigma. Por otro lado atravesaba la edad crítica; la experiencia me decía que pronto acabaría convertido en un pelado; por lo demás ya tenía algo de panza. Había una luz al final del túnel, pero el túnel era largo y la luz difusa.

Durante esa época murió mi abuela.

Era una mujer vital y encantadora pero tenía 89 años. Reflexioné sobre ese asunto durante el funeral. Según la ciencia, las razones del envejecimiento eran confusas; había controversia. Por lo demás la inmortalidad era cosa literaria, no así la trascendencia. La obra de los grandes hombres trascendía, no era precisamente un consuelo. Esto fue en mayo.

En junio, me encontré con un profesor de universidad a la salida del metro. Al comienzo me ignoró, pero luego me dio una palmada de reconocimiento en la espalda (era una especie de broma, según me explicó después). Me preguntó como iban las cosas. Le dije que bastante bien. “¿Y tu libro?”, consultó. Respondí con ridículo entusiasmo que era cosa de tiempo. Le conté sobre la tienda. “Ah, la tienda,” exclamó. En el fondo, pensaba que yo era un fracasado; yo era más o menos eso, un fracasado. Al cruzar la calle me aconsejó volver con Claudia. Se despidió con una frase rara, “no te olvides de la Biblia”. Cuando llegué a casa, llovía.

Existe un principio según el cual todos nuestros actos estarían ligados a una infinita cadena de causas pretéritas. A esto se le llama causa y efecto. Dialoga con la teoría del caos; en base a esta, el aleteo de una mariposa en, digamos, China, ocasiona maremotos en Perú. Los efectos suscitados por el encuentro con mi profesor confirman esa tesis. Al día siguiente, me compré una Biblia.

Aquellos escritos me estimulaban; había simbolismos, extrañas analogías con mis negros estados de ánimo, toda una gama de bruscas evocaciones que me otorgaba fuerza. Pronto olvidé mi trabajo literario. Acometí el estudio de publicaciones apócrifas relacionadas al tema; la mayoría, sin embargo, tenía un insoportable tufillo a gnosticismo de la nueva era, pero que iba a hacer yo frente al peso del mundo. No tardé en volverme un almanaque, aunque no sabía que rumbo tomar. Es sorprendente como una nueva pasión reafirma el interés por la vida.  Pronto me consideré un adelantado teólogo. Sin embargo, despreciaba a los teólogos. Me parecían oscurantistas y semióticos, vinculados  a una equivocada idea de  fe. En suma, buscaban el trasfondo en la palabra y no había trasfondo ni palabra, por lo menos, no donde ellos buscaban.

Inevitablemente llegué a código bíblico. Newton había dedicado su vida a dilucidarlo pero el advenimiento del método científico postergó sus resultados. Estuvo tanto o más lejos que los cabalistas. No fue si no hasta la invención de los ordenadores que el código pudo ser visto como una verdadera posibilidad. El método consiste en realizar matrices con una variante de repetición constante; tales matrices se superponen al libro bíblico en estudio. Si el libro es, por ejemplo, Deuteronomio, las matrices se aplicarán entre sus márgenes. La mayoría de las veces se aprecian resultados sorprendentes. Así pues, Deuteronomio nos regala párrafos proféticos; puede leerse entre los versículos 2 y 11 del tercer capítulo: Holocausto y una palabra oblicua sobrepuesta entre los mismos versículos nombra a  Hitler. En levítico 16 al 27 las frases se aglutinan mencionando “El fuego en forma de la copa de un árbol” seguido de “Japón”, después “embestida del norte” y como corolario “Estados Unidos”. Las alusiones no se limitan a la gran guerra; en Génesis 18  dice  “asesinato” cruzada por  Ghandi, Luther King y el campeón de las conspiranoias: JFK.

Los escépticos refutan así: la extensión de la Biblia es tal, que resulta imposible que no se aprecien es clase de concordancias. Como objeción es válida; en otros libros de similar extensión, pero seculares, como “El quijote” encontramos la explosión del Columbia y el 9/11. Sin embargo, en estos casos la matriz ha sido aplicada dentro de un margen harto más amplio, cosa que invalida el sincretismo. Otra de las objeciones dice relación con su antigüedad, y sus transcripciones (cuando no interpretaciones). ¿Es lícito atribuirle carácter sobrenatural a un libro contaminado por las manos de los hombres, muchos hombres durante el paso de los siglos? El hecho que el código funcione en distintos idiomas (incluyendo el japonés) nos sitúa mas bien en el campo de la metafísica. La única objeción que advierto (o que advertí en mi ignorancia), radica en la extensión de los párrafos. Un párrafo de 15 líneas de extensión, da como resultado frases oblicuas (no así verticales u horizontales) distintas a las que podría dar un párrafo de 9 líneas. Este es un hecho y es, por otro lado, pura especulación. Los cabalistas buscan mensajes ocultos, yo buscaba “el” mensaje oculto, aquel que me particularizara como sujeto.

En julio, Claudia me telefoneó para acordar el pago de la pensión alimenticia. Nos encontramos en un café en la esquina de Moneda con Bandera. La reunión concluyó  sin contratiempos. Cada uno se fue por su lado y fin. Yo me demoré en llegar a casa, no se porqué. Me detuve en un boliche a comer algo. Había en televisión un reportaje sobre el código. Aquello era una de esas raras coincidencias que hacen que uno se sienta parte de un todo, pero un todo oculto al que solo se suscribe con contraseña. Dejé la mitad del plato e inicié una controversia sobre el  pago de la cuenta, pero entonces llamaron al gerente y el tipo me echó.

A la salida del local fui testigo de un choque, los conductores se pusieron a pelear hasta que llegó la policía. Cuadras más abajo, otro policía intercambiaba impresiones sobre el choque. Frente al cerro Santa Lucía, un niño se sonaba los mocos con una bufanda. Cada una de estas actividades representaba una porción del conjunto de la sociedad. Concluí que para que un niño estuviera sonándose los mocos en la calle, tuvo que ser necesario que alguien imaginara el plano de Santiago, vale decir, un creador. La idea de la concatenación era una constante en mis reflexiones; yo, de alguna manera, me sabía ajeno a este principio.

Por la mañana se robaron de la tienda 25.000 pesos y una caja de chocolates Capri. Di aviso a carabineros. Me dijeron que la mayor parte del tiempo estos casos no se resolvían y yo respondí que no se preocuparan, pero que en el fondo consideraba que los policías eran imbéciles y que de existir un Dios no habría estado entre sus planes aquel estúpido sindicato. Corté rápidamente.

Al día siguiente era sábado y Claudia me llevó a los niños. Iban envueltos en exageradas ropas de invierno para evitar el resfrío y parecían un poco inmóviles. A la hora de almuerzo desordenaron la cocina buscando algo de comer y cuando Claudia llegó, a eso de las 10, los niños estornudaban y tenían hambre. Claudia me insultó y se puso como una furia y entretanto me pegó una cachetada.

En agosto comencé a sufrir de insomnio. Al principio no le di importancia; la adecuada dosis de somníferos me proporcionaría el  descanso necesario. Por lo demás la vigilia me permitía profundizar mi trabajo. Eso sí, a las dos semanas ya estaba inoperante. Sabía que la supresión del sueño era una tortura ancestral (los japoneses la tenían entre sus prácticas mas queridas). Las imágenes de campos de concentración nipones ostentando prisioneros ojerosos, me aterrorizaban. Sin embargo, me acostumbré. Organicé 4 horas de trabajo en el kiosco, con 15 horas de estudio del código, lo que me dejaba 5 horas de sueño o de simulación del sueño.

Compartía la teoría clásica sobre la percepción. ¿Quién nos asegura si vemos el mismo tono de rojo que el resto de los mortales? La ciencia se arroga este conocimiento, sin embargo, no pueden ver a través de mis ojos (se cegarían). Así pues, comencé a refutarlo todo. No me consideraba un inventor, pues evocaba lo ya escrito ¿Soñaba, estaba despierto? Nadie podía convencerme de su real existencia. Imaginaba una especie similar a la humana, pero más alta, más virtuosa; como un reverso positivo de la misma. Su voz es la música, su expresión natural es el arte. Como uno de ellos, así me sentía yo. En Septiembre me tomé 2 cajas de Alprazolam, combinadas con parafina.

Hice el camino hasta la posta yo solo, a duras penas, porque los taxistas pensaban que estaba borracho. Desperté dicharachero y drogado y me puse a coquetear con una enfermera que se llamaba María. El doctor llegó por la mañana. Lo sometí a un insidioso interrogatorio sobre su existencia y me dijo que me durmiera y que si no fuera por que estaban copados me habría dejado en observación siquiátrica. Le sugerí que si fuéramos animales, yo sería un toro y él un buey, o algo así, en cualquier caso, yo era la matriz y él un reflejo. Claudia se apareció al rato, iba con los tres niños; uno se llamaba Juan, ignoro el nombre de los otros dos.

Al otro día visité al siquiatra. La entrevista versó sobre las ventajas de la vida familiar y el trabajo en mi kiosko de dulces. Le sugerí que algunos artículos del Riders Digest  y series como “La Hechizada” representaban aquella idílica representación del bienestar. Me puso cara rara. Finalmente convenimos en que el era tan real como yo, y que yo necesitaba tratamiento. Me citó para el día siguiente.

Al día siguiente fui al cine. Al sentarme en la butaca me dormí. Cuando desperté me encontré con un tipo que comía de una bolsa de cabritas. Cada vez que el público reía (era una película de Will Ferrell) el tipo se quedaba en silencio y viceversa; era una especie de desadaptado. Cuando me fui, pensé que el tipo desaparecería si no estaba en  mi presencia, que era parte de una compañía de marionetas que cobraba vida solo cuando los espectadores acudían al espectáculo.

En el camino de regreso volví a encontrarme con mi profesor. Me preguntó por Claudia. No lo tomé muy en cuenta, pero le agradecí por recordarme la Biblia. Se mostró desconcertado pero cortés. La reunión fue breve; el profesor tenía prisa por llegar al supermercado.

Despreciaba las ocupaciones de los hombres embutidos en la resolución de problemas creados por ellos mismos, cuando el profesor siguió su camino, sentí que lo odiaba infinitamente.

Comencé a olvidar cosas; los rostros eran efímeros, mi reflejo era irreconocible. Traté de recordar a Claudia, traté de unir las líneas que componían su rostro; no pude. Vivía en la amnesia. La locura estaba esperando como un ángel con una guadaña. Al otro día quemé mi trabajo. La destrucción de una obra implica la muerte de una parte del autor. Hay un desgarro, una irremediable sensación de pérdida. No sufrí ninguno de estos sentimientos altisonantes, cuanto mas, sentía un poco avergonzado por ser tan idiota. Estuve tentado de llamar a Claudia (sabía que aquel episodio excéntrico me hacía literariamente interesante, como Phillip Dick, en su período chiflado). Me recuerdo entusiasmado por los vértices formados por los ángulos del techo de mi habitación.  Una tarde, lo recuerdo, tomé un baño.

Evoco también la visita de un antiguo amigo de universidad, un tal Marco Flores. Recuerdo que rememoraba anécdotas universitarias y que estaba  preocupado de un tal Gonzalo Abarca, un amigo nuestro, que estaba enfermo y a quien yo no recordaba. Creo haber asentido a todos sus comentarios con un interés exagerado, francamente ridículo. Dejó un libro sobre la mesa de centro.

—Tienes muy preocupada a Claudia —dijo— tus hijos te extrañan.

Nos despedimos con un escuálido apretón de manos. Días más tarde recogí el libro. “Vidas medias” por Marco Flores. Uno de los libros más vívidos y sinceros que haya leído sobre la edad madura, vale decir, un libro de lo más imbécil. Al día siguiente lo arrojé por la ventana. Es curioso como la voluntad está supeditada a los otros. La inutilidad de “Vidas medias” me hizo volver a mi trabajo.

Fue una sorpresa ver como la resolución de las formulas se aceleraban. Comencé a ver patrones a simple vista, ya no necesitaba matrices. Supe entonces, que mi estado anterior había sido embrionario; estaba evolucionando.

En Octubre sufrí, lo que en nomenclatura literaria, se llama “seca”. En noviembre me repuse. El 1de enero hubo fuegos artificiales y el susto me provocó un ataque cardiaco. El 2 de enero sangré por la nariz por más de una hora. El 3 de diciembre corté el árbol del patio. El 7 de enero descubrí una nueva interpretación del código al tergiversar la conjunción de los sistemas alfa y numeral. Al extender los 523.200 caracteres del hebreo original del viejo testamento en una sola línea continua, se observa entre el capítulo 6 de Éxodo hasta el final de Job un estereograma. Su resolución da como resultado letra griega “alfa”. Si se aplica el mismo principio entre los capítulos 3 del Génesis y 5 de Levítico, se lee el número 6. Entre los capítulos 9 y 10 de Números aparece la figura de un pez o una ballena. En Jueces 16, desde el versículo 2 al 3 se aprecia un árbol. En Rut 2 versículo 4 a Reyes capítulo 7, se lee  “Daniel”. En Crónicas 6 al 17 se dibuja una pirámide. En Salmos 3 al 4, un barco. Cada uno de estos símbolos, cumple la función de señalar los márgenes sobre los cuales concentrar el estudio. Entre los capítulos y versículos predeterminados, se lee la palabra “Dios”.

El 15 de enero concedí la existencia de mi profesor como necesaria y le telefoneé. Le hablé de un gran descubrimiento. Quedó de visitarme al día siguiente. El 16 de enero apareció vestido con el cursi atuendo de maestro de letras y teología, pajarilla incluida.

—Quedé muy preocupado el otro día —me dijo—. De no haber tenido que ir al supermercado, me habría quedado a conversar.

—Ya.

Cuando comenzó a reparar en mi apariencia desastrada le dije que se metiera en sus asuntos. Le hablé sobre mis experiencias con el código: de las coincidencias incuestionables con la historia humana; de mi naturalidad para dilucidar los criptogramas; de la virtud ecuménica de mi estudio. A esto último puso  reparos:

—Vamos a asumir que lo que dice es cierto —dijo, con estudiado tono de controversia (solo le faltaba sostener una pipa)—. Es interesante, pero no nuevo, tampoco tiene sustento científico; la cábala y la numerología, no soportan los cuestionamientos empíricos. ¿Por qué? Porque un código de tales características, necesita del consentimiento universal, como Dios; un código de tales características debe, necesariamente, incluir toda la historia humana, es decir, cada uno de los eslabones que han hecho posibles el advenimiento de los grandes sucesos.

—Usted aparece en el código —dije.

Tomé un cuaderno garabateado con notas hasta en los lugares mínimos y leí en voz alta:

— “Gonzalo Carreras, licenciado en literatura inglesa y teología; casado, dos hijos; aficionado a la jardinería y los perros; suele dar paseos nocturnos….”

El profesor se encogió de hombros.

—¿Y? —dijo.

—Voy a continuar con la monografía:  “Luego de la muerte de su padre se refugia en el estudio; durante estos años conoce a la que se convertirá en su esposa; leen poemas sobre el mar; se casan a fines de marzo.” Aquí dice que usted plagio su tesis para el Magíster.

El profesor movilizó la lengua provocándose una protuberancia en su mejilla. Dijo:

—Si eso fuera cierto, pedazo de estúpido, cree que podría perjudicarme a estas alturas.

—No, pero aquí dice que usted se roba la plata de la tesorería.

El profesor se puso a toser.

—¿Qué dijiste?

—Que usted es un corrupto profesor de mala muerte.

—Yo estoy en la ruina —dijo ajustándose la pajarilla. Parecía un personaje de Dan Brown, era como un chiste—, ¿qué quiere de mí?

—Quiero demostrarle que todo está en el código: su esposa, sus hijos; el tesorero, incluso, lo que pasa por su mente en este mismo minuto.

—¿Usted cree —dijo el profesor, intentando liberar su manga de mi mano— que no puedo..?

—¿”Denunciarlo por intento de extorsión” ? ¿Es eso lo que iba a decir? ¿Eso es lo que iba a decir profesor? Se ha dicho que a Cristo le tomó treinta años aceptar su naturaleza divina; treinta años es la media. Cristo, por lo demás, es pura invención.

—¿Por qué no te callas..?

—¿“Fracasado de mierda”? ¿Le atiné otra vez, profesor?

Detenerme hubiera significado que la vida, así como estaba viviendo, prosiguiera su rumbo natural; hubiera significado también el consuelo del profesor, pero el profesor no tenía la menor importancia. Le invité a tomar asiento.

—¿Sabe lo que estoy pensando profesor? Que usted ni siquiera existe, que si está aquí escuchando, es por que así lo determiné yo ¿Desde cuando usted es profesor de teología? Desde hace 10 minutos, o sea, cuando usted se apareció en este cuarto. Si dejo de pensar un minuto en el patio, este desaparece. Mire usted por esa ventana y dígame que ve.

—De ninguna manera.

—Váyase….. ¿O no puede? ….. Claro que no. Usted es una pieza entre millones de piezas iguales. Vaya y mire por la ventana.

El profesor miró a la calle.

—¿Qué ve allá afuera?

—Usted sabe lo que veo —dijo el profesor y entonces se dobló por las rodillas.

Puse en boca de algunos hombres de ciencia la visión de un universo finito, que a su vez representa la totalidad de los elementos existentes. Según  un paralelo cinematográfico, el universo es como “La ventana indiscreta”; James Stewart espía a sus vecinos a través de su cámara, sin sospechar que él mismo se encuentra bajo el escrutinio de otra cámara, que es por donde miran los espectadores del film. La sola noción de estos espectadores observando su realidad, representaría para el, la visión del vacío. El profesor tuvo el mas grande privilegio que pueden recibir los hombres (aquello que esta vetado a los hombres), vale decir, la contemplación del vacío, que es la tela donde pinta Dios. Lo vi pensando en el mar, en la casita soñada en la playa. Vi el sol tostando en su nuca, mientras paseaba al perro; vi a su esposa; vi como la vejez los encontraba juntos. Dejé de pensar en él y desapareció. Dejé de pensar en los árboles, en las rocas, en la nieve, en las ciudades, en las montañas, en los ríos, en las puestas de sol, en el mar, en los peces, en las ideas, en los libros, en el código. Dejé de pensar en los hombres, dejé también de pensar en Claudia. Dejé de pensar en el universo. Habité, por un instante en el olvido. La víspera del 17 de enero concluí que yo era Dios. Comprendí que había soñado incontables veces, y que cada uno de esos sueños constituía un universo y una realidad particular. Aquella certeza me planteaba una nueva interrogante. ¿Aún estaría soñando? Tales dudas no competen a Dios, pues Dios es sabiduría absoluta. Durante un lapso (que bien dudo haber sido una eternidad) me mantuve en estado cataléptico. Abatido, me resigné ante la posibilidad de no ser Dios, si no, un Dios menor, perteneciente a una casta de dioses, liderados por el verdadero Dios. Dentro de esta raza de dioses, yo representaba el arquetipo del recién iniciado, ignorante de su naturaleza oculta. Entonces acometí a la búsqueda de mis iguales. Considerando que me hallaba en el vacío, la búsqueda fue infructuosa. Dejé los cuestionamientos de lado. Opté por la auto contemplación. Mas, era como un inmortal prisionero en un féretro. Finalmente abandoné el ejercicio. La incertidumbre era terrible. Comencé a acariciar la idea del suicidio. Según mis recuerdos, en septiembre del año pasado casi lo había logrado. Esto, claro está, en mi condición de hombre. Pero ¿cómo se quita la vida un Dios? Según la tradición griega de muchas maneras. Ahora bien, la tradición griega pertenecía a mi imaginación divina. Afortunadamente los recuerdos de mi vida con los hombres lograron distraer el cuchillo. Rememoré mis primeros días con Claudia; mis años escolares; incluso, el nacimiento de mi primer hijo. Curiosamente fue imposible que visualizara la vez que imaginé la escritura de “El quijote” o “La Biblia”. Tampoco logré recordar la creación de otros mundos. Aquellos vacíos eran insólitos en un Dios, aunque fuera un dios menor. ¿Era yo era un dios enfermo? ¿Estaría entonces agónico? Comencé a cuestionar las ventajas de la divinidad. Mi fantasía humana había sido más alucinante; al menos sentía que me hallaba en compañía. ¿Sería esta una nueva alucinación? Algunos sobrevivientes del coma narran fantasías similares. En cualquier caso, yo tenía la respuesta; había que accionar los mecanismos adecuados. Buscaba un punto de vista, una perspectiva.

La respuesta me la comunicó el doctor dos meses mas tarde, cuando desperté del coma. Según él, fui declarado muerto después de entrar a pabellón aquel día de septiembre luego del cóctel suicida. Mas tarde mi situación mejoró a vivo, sin embargo, seguía en coma. Claudia estuvo a punto de desconectarme dos veces; el doctor declaró que aquello era la reacción normal de un ser querido; yo me mostré un poco en desacuerdo. Una semana mas tarde regresé con Claudia y los niños a mi vacuidad existencial. Una solución prosaica para una historia trascendente. Pese a todo, la duda persiste. Acabo de tomar un frasco de Talio -una calavera en la etiqueta me dice que es veneno-; si todo resulta como lo he planeado habré muerto dentro de los próximos 15 minutos. Tal vez consiga ver a Dios, tal vez no, tal vez tú seas Dios. Espero que mis dudas terminen por resolverse.

[CC 2011, Juan Calamares]

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