La última canción para Supermán (relato)

Estándar
La última canción para Supermán

La última canción para Supermán, por Luis Saavedra

Por Luis Saavedra.

(Bueno, va la advertencia de rigor. Esta es una obra de ficción y no tiene nada que ver con la realidad. Los nombres que aparecen en el relato solo sirven de referencia ficticia y caracterización, las situaciones son producto de la imaginación y sus consecuencias no tienen efecto en el mundo real. Agreguen todo lo demás que evite que uno vaya a la cárcel o se encare situaciones incómodas.

Este relato se disfruta mejor escuchando el tema en SoundCloud que inspiró este relato.)

Las mañanas de meditación de Juan Calamares comenzaban siempre igual. Una hora antes de salir el sol, se levantaba y se abrigaba con un feo jersey, de esos que uno conserva solo por razones sentimentales, y se sentaba en la escalera del edificio donde tenía su departamento de un solo ambiente, justo en el escalón en donde el sol aparecía primero a través de la ventana de servicio. Cerraba los ojos y adoptaba lo que creía era la posición del loto, no importándole que sus vecinos tuvieran que esquivarlo al bajar. Para él, sus necesidades eran más trascendentes que cualquier cosa. La meditación terminaba habitualmente cuando el primer rayito tocaba su barba, habitualmente sin resultados trascendentes. Luego se arrimaba de nuevo a su camastro y dormía hasta el mediodía. Pero esta vez fue diferente y su rostro adquirió el tono de genialidad de cuando creía haber descubierto un nuevo El Dorado.

—¡Buenos días, Pablín! —llamó desde su celular, una vez en su departamento. Al otro lado respondió su mejor amigo.

—¿Quién es? Yo no me llamo Pablín.

—Vamos, Pablín, no seas idiota. Soy Calamares y exijo de tu ayuda. Ya tengo nuestro tema para Viña.

—¡Maldito loco, el que sea tu vecino no te da derecho a invadir mi vida!

—Voy para allá inmediatamente.

—Pero… —pero nada, Calamares fue más rápido y subió el piso que los separaba. La historia de la amistad entre ellos dos es de lo más curiosa. Comenzó una agitada noche cuando Pablín tenía una fiesta con sus amigos músicos (porque todos en el edificio tenían algún grado de artisticidad siendo el obvio pináculo, a opinión de él mismo, el propio Calamares). En esos días, la sensibilidad de Juan andaba por los suelos y explotaba fácilmente, procediendo a saltar como macaco, agitando los brazos furiosamente. Decía que eso liberaba todas las tensiones internas que su genio creador le imponía. Pero hay límites a los cuales no te debes exponer y el ruido en el piso de arriba se hizo insoportable. Decidido a terminar con ese escándalo, golpeó firmemente la puerta y, cuando abrieron, cambió totalmente de actitud: ese ambiente, esa gente, tanta creatividad contenida en una sola habitación era justamente lo que estuvo buscando tan intensamente, el mejor remedio para su sensibilidad alicaída.

—Hola, soy el dueño de casa —contestó un petiso con pinta desastrada y barba incipiente.

—Qué tal, tú no me conoces pero soy tu vecino, justo abajo tuyo, y creo que deberíamos conocernos porque compartimos tantos intereses. —Y luego se irguió orgulloso—. Yo también soy un artista.

—¡¿Qué?!

A partir de entonces se volvieron inseparables, aunque la palabra amistad también adquirió un tinte extraño, ya que Juan no comprendía muy bien que Pablín huyera de él cada vez que lo veía. Pero él siempre lo alcanzaba.
Cuando Calamares golpeó la puerta de su vecino, divisó por el rabillo del ojo que el petiso se escurría por la escalera.

—¡Detente!

—¡Aléjate de mí, maniático!

—¡Pero, Pablín!

—¡De una vez por todas, yo no me llamo así! —Y era cierto. Calamares tuvo un hamster en su infancia con ese nombre. Era mucho más fácil de retener en la memoria.

La persecución concluyó cuando ambos se enfrascaron en un forcejeo en el lobby del edificio. Cayeron en la alfombra y dieron vueltas entre gritos y gañidos, hechos una sola forma despatarrada y arrastrando los maceteros de plantas decorativas. El conserje se limitó a una mirada torva, nunca se acostumbraba a las excentricidades de los propietarios y artistas, y tenía pensado que el año siguiente pediría un traslado a un lugar más tranquilo como un penal de menores.

—¡Qué es lo quieres, suéltame! —Pablín gimoteaba al borde del llanto. Desde que conocía a Juan, su vida se había ido a pique. Sin posibilidad de dormir más de cinco horas por noche, su rostro había adquirido la tonalidad cenicienta de un ser que vive angustiado por un demonio. Ese extraño hombre, que parecía vivir en la basura, lo hostigaba cada día y a cada hora con peticiones que rondaban la locura. Desde componer melodías para sus letras crípticas hasta vestir extrañas máscaras hechas de desperdicios orgánicos para supuestos videoclips. No comprendía por qué lo había elegido a él como compañero creativo. Al principio fue amable, sí, pero luego, y ante la insistencia y lo errático del comportamiento de su vecino, entró en pánico y lo evitó a como diera lugar. Terminó aislándose en su departamento, encerrado en el amplio clóset con una batería de cuchillos.

—¡¿Qué te pasa?! ¡Debemos trabajar en mi nuevo tema! ¡Será sensación, sensación! —contestó Calamares, y mientras forcejeaban, sus ojos desorbitados rutilaban en círculos como canicas en un bol.

Con la voluntad quebrada, Pablín lanzó su última oferta: —¡Está bien, está bien! ¡Pero prométeme que me dejarás libre después de esto!

—Sí, como quieras, amigo. ¿Te veo en media hora?

Y diciendo esto, Calamares se incorporó como un resorte y se fue corriendo a cuatro patas y aullando de felicidad por las escaleras.

—¡Por favor, llame a la policía, se lo suplico! —dijo Pablín al conserje, pero éste solo sacó una página en blanco y tomando un lápiz comenzó a escribir: “Solicitud de traslado”.

***

Mira, mira, mírame
Vuelo más alto que
Una montaña
Y soy tan fugaz como
Un corazón de Alhelí
Oh-oh-oh, Supermá-án.

Calamares se desgañitaba cantando su joyita, escrita en solo veinte minutos. Pablín, mucho más tranquilo y por completo resignado a su destino, pensaba seriamente en que detrás de toda esa mala poesía podía existir una canción. La guitarra de Juan se quejaba con sus tres cuerdas, tratando de sacar los acordes, una tarea heroica para un instrumento noble. Llegó el último estribillo que se quebró en la garganta y se desvaneció en un emocionado silencio. Calamares se llevó una mano al rostro para cubrir sus lágrimas. Después de un momento de recuperación, habló:

—¿Qué te parece, Pablín? ¿No es increíblemente conmovedor? ¿No es superlativamente bello?

—Sí, Juan, me parece que es una, er, excelente canción. Tendríamos que trabajarla más.

—Sí, así es.

—Sí, tienes toda la razón.

—Sí, sí.

—Sí, qué bueno.

—Sí, amigo. ¡Pero ya basta de perogrulladas, no hay tiempo qué perder!

Tres semanas después, ya tenían un resultado. El tema no recibió ninguna modificación, quebrando la voluntad de Pablín en múltiples ocasiones. Calamares insistió en que la OBRA era perfecta y había rechazado sistemáticamente cada sugerencia de su vecino con frases como “¡Paparruchas!”, “¡Fifirichadas!” y “¡Tobermory lo haría mejor!”, ésta última inentendible sin el contexto adecuado. Y de este modo, Pablín simplemente cedió a todo y pensó que, al menos, cuando terminaran, estaría libre de la influencia de tan funesto y alocado personaje.

Las oficinas de recepción para El Festival de la Canción de Viña del Mar se abrieron justamente a las trece horas de ese día sábado. Entre los competidores, nuestros héroes tenían el ticket número trescientos cincuenta y ocho, casi de los últimos en la infinita cola de cantantes de medio pelo y rock stars en decadencia que, anualmente, concurrían a mostrar sus creaciones y soñar con tocar la fama. El contrato de grabación que incluía el primer lugar hacía que las glándulas salivales de todos se salieran de control, aunque también habían otros beneficios. Era un hecho bien sabido que las estaciones de radio se peleaban a muerte los temas que salían al aire en la competencia, y que los artistas pronto firmaban jugosos contratos –casi tanto como el del ganador– con las discográficas que inundaban el mercado con compilaciones anuales de lo “Mejor de Viña del Mar”. Los críticos las amaban, la calidad era sublime y nunca se ponían de acuerdo si la antología del año era mejor que la del anterior. Sucedió con la del año 1999, de donde el Vaticano sacó el tema “Amor, nada más pero nada menos”, de Guillermín Canales, un oscuro gásfiter que, en un arranque de inspiración que luego diría fue divina, la escribió pensando en el dolor en el mundo. Sucedió con la del año 2009, cuando el ahora presidente Pinón Sebada eligió para su campaña la pegajosa melodía del cantautor marxista Fermín “Che” Guevara, “Adelante, hacia la victoria del amor”. Pinón luego recibió a Guevara con un fuerte apretón en el palacio presidencial. Dos semanas más tarde, el artista moriría atropellado simultáneamente por tres buses del Transantiago, iniciando la leyenda negra del mandatorio y su pegajosa mala suerte.

—Mira estos pobres perdedores —dijo Calamares con un mohín de desagrado, dirigiéndose a la cola de aspirantes. A esa hora, la temperatura se empinaba por sobre los treinta grados y para Juan los rostros de la gente fluctuaban en oleadas fractales regidas por ecuaciones de quinto grado. Todos eran una amenaza potencial para su genio, la envidia y la pequeñez campeaba por todo ese lugar.

—¿No sientes calor, Juan? —dijo Pablín, que se guarecía debajo de un quiosco, junto a una apreciadísima botella de agua—.  Deberías proteger tu cabeza.

—¿Calor, calor, Pablín? ¡Solo siento lástima y asco!

—Era una sugerencia, en todo caso no creo que sirva de mucho —replicó, reconociendo en la mirada fija y sin pestañear de Juan, el germen sicopático que le daba chuchos de frío en el espinazo.

Las horas tedias avanzaron inexorablemente hasta que al fin, a las tres de la madrugada pudieron ingresar al recinto de audición. Los jurados hicieron un receso de cinco horas más para descansar, receso por lo demás saludable para la atención y el buen criterio. En el intertanto, Calamares contó relatos fantásticos de sus aventuras en la India, de cuando era joven, que creía hacer más llevadero el hecho de haber quedado encerrados por los descuidados guardias. En la más completa oscuridad, la voz de Juan aterrorizaba a Pablín, quien siempre fue proclive a la vida inmaterial de los espíritus chocarreros. “Amigo, no sientas miedo, obra en mi poder un método infalible para esa necesidad de contacto físico que aleja dicha emoción. Si me puedes guiar hacia ti con tu voz, podré rodearte con mis brazos y sentirás mi potente aura de paz y autorealización”, decía Juan. Pero la sola idea de sentir ese adiposo y pálido cuerpo cerca suyo era más terrorífica para Pablín que todos los muertos vivientes de Haití, así que calló el resto de la noche y se refugió debajo de las butacas. Se sintió una rata, pero recordó que todo tenía un fin altruista: su libertad. Soñó con praderas abiertas y manadas de animales cuadrúpedos que tenían perturbadores rostros humanos barbados y lo llamaban insistentemente: “Pablín, Pablín, Pablín”.

El petiso despertó a eso de las doce del día, cuando el guardia de turno lo encontró rodeado de los peludos brazos de Calamares en la común posición de la cucharita. El guardia solo se limitó a una mirada torva y pensar que solo hace unos días su empresa lo había transferido, a petición suya, desde un condominio de artistas, para encontrarse en una situación similar. Los odiaba con tesón, pero la prudencia lo había mantenido trabajando toda su vida.

—¿Usté viene a la cosa de las canciones? —preguntó secamente el guardia.
Pablín intentó mantener inútilmente su dignidad, mientras se deshacía del abrazo de oso:

—Sí, nos quedamos aquí encerrados y hacía mucho frío, ¡brrr! —hizo la mímica de un escalofrío. En una de esas pasaba piola.

—Estamos en verano, señor.

—Sí, pero acá dentro es como estar en un refrigerador.

Como decíamos, el guardia odiaba todo lo que oliera a artista y no quiso entrar en detalles que podían ser escabrosos: —Ya, ustedes son casi los últimos. Vayan pa’ya pa’elante antes que se vayan los jura’os.

En el estrado, terminaba recién un joven guitarrista que fue bien recibido por los grillos. Enfundó su fiel compañera melódica y se retiró cabizbajo, sabiendo que no volvería. Al pasar cerca de ellos, Juan le dedicó un resoplido despectivo que era lo único que merecía. Pero al fijar la mirada en el jurado reconoció nada más, pero nada menos, que a su odiado archienemigo. Samuel Gracia, el superdiós de la música alternativa chilena, lanzó un bello acorde que decía: “¡El siguiente!”. En su brazo lucía orgulloso la jineta de presidente del jurado.

Samuel y Juan fueron alguna vez contemporáneos y compartieron los mismos sueños, allá por los años 1980’s. Ambos eran jóvenes y querían comerse al mundo con sus nuevas temáticas que mezclaban el canto popular y el rock. Incluso coincidieron en la misma banda por un breve tiempo, “Revista Muy Interesante”, pero nunca hay dos compositores. Los protagonismos creativos fueron creciendo: en donde Gracia ponía “los anteojos de Dios”, Juan cambiaba a “las antiparras del altísimo Creador”. Al final, Calamares fue expulsado por unanimidad de los miembros, luego de una tocata en que cortó el cable del micrófono de Gracia. “Revista Muy Interesante” sacó tres álbumes en donde Samuel hacía uso de su excepcional prosa poética y el último disco, “La Morada de Basteh”, se convirtió en platino. Fue el punto de inflexión: hasta donde habían competido en igualdad de condiciones, después de eso, la figura de Samuel creció exponencialmente. Juan quedó relegado a las bandas del circuito más externo y, con los años, tanta frustración emocional lo convirtieron en un ser de un humor particularmente incómodo y errático. Una historia realmente triste.

—Pablín, he decidido que debemos irnos. Perdí el interés en estos festivales de verano.

—Pero —el petiso lo miró muy extrañado, sospechando algo, pero sin llegar ni siquiera a acercarse—, ya estamos aquí y ¿quieres irte?

—Creo que eso he dicho, así que si me perdonas.

Y Calamares trató de escurrirse lo más diminutamente posible hacia la puerta. Pablín se quedó congelado sin decidir si eso era bueno o malo para sus objetivos.

—¡Pero qué maravilla! —Gracia lo divisó vagamente desde el estrado— ¡¿Si no es mi gran amigo Juan?!

Tuvo que devolverse y ensayar la mejor de sus sonrisas: —¡Así es, Samuel, compañero de tantas tonadas!

—Pero ven, acércate para que te vea mejor. —El rock star comenzó a bajar, seguido de su tropilla de aduladores que se preguntaban en cuchilleos quién había dejado entrar al pordiosero. El encuentro fue coronado con un gran abrazo, de esos que se dan los hermanos o los políticos que se odian mutuamente. Samuel olía a “issey miyake” y se le veía tan joven y lozano, vestía un sencillo traje negro de hilo egipcio y sus manos manicuradas no sudaban. Su sonrisa amplia y sincera en un rostro bien afeitado, junto a un corte de pelo que hacía destacar su cabellera ensortijada con toques revolucionarios, hacían que en comparación Juan pareciera un ser humano que vivía en los blocks de Macul.

—¿A qué vienes, Juan, amigo mío?

—Pues, verás, acompaño a Pablín, mi sobrino, que se le ha ocurrido un estupendo tema para esta cosa de Viña. El chico es muy talentoso y lo he apoyado en todo.

—¿Pero qué..? —Obviamente, el aludido se había acercado entre la nube de lameculos y no entendía nada. Samuel lo sopesó de un solo vistazo.

—Me parece un poco… inmaduro, ¿no crees, Juan? Un rock star debe ser mucho más que unos desteñidos jeans.

—Sí, sí, Samuel, pero el chico no tiene la culpa —Calamares sonreía nerviosamente a Pablín y le hacía guiños histéricos para que entrara en el juego—, todos hemos sido jóvenes y estúpidos.

—¡Bien! ¡No hay tiempo qué perder! Después de terminar, tenemos un ponche de diez mil duraznos esperándonos acá afuera, la celebración será en grande. Por favor, acomódense junto al último competidor.

—Creí que nosotros éramos los últimos —espetó el petiso, recibiendo las miradas reprobadoras de todos.

—No, mi querido, deberán colocarse junto a aquel señor —respondió Gracia, indicando con una delicada falange a la figura en sombras, que estaba sentada al final de la fila de butacas—. Pero antes, veremos la presentación de una señorita muy especial, me dicen por interno.

—Ningún problema —y luego Calamares agregó con desmedido entusiasmo—, ¡vayamos a sentarnos, Pablín!

El hombre en sombras, tan misterioso él, no se inmutó siquiera verlos arrellanarse a su lado. El petiso sintió curiosidad en el personaje de rostro gentil, pero de profundas arrugas y canas, que vestía un jubón, capilla negra sobre los hombros y calzas blancas hasta las rodillas. Su apariencia era tan anacrónica que bien pasaba por cantor de españoladas y ya que estaban allí:

—Qué tal, cómo está, mi nombre es…

—No me interesáis en lo absoluto, hombrecillo —respondió el hombre misterioso. Pablín se volvió hacia Juan, pero el artista estaba ocupado en su butaca, espumeando por la boca y odiando profundamente a Samuel Gracia. Lo había perdido por el momento. El petiso no era de aquellos con un grado medianamente desarrollado de inteligencia emocional, hacía caso omiso de las claras señales de métete-en-tus-asuntos. Así que volvió a la carga:

—Y usted, ¿cómo se llama?

—Mirad, mono parlante, en el desconcertante caso que os interesara, mi nombre es Mauricio Mannes, cantautor reputado.

—Ah, ya —pero no había ningún eco en su memoria que le trajera algún recuerdo—, y… ¿viene a mostrar algún tema acá?

El cantautor reputado lo miró fijamente auscultando alguna chispa de aplicación en su interlocutor.

—No, mi estimado pitecántropo, espero que construyan un tren metropolitano justo delante de mi asiento para poder ir a mi lar de destino.

—Obviamente —respondió el otro. “El viejo debe estar muy loco, ¡qué gran compañía para Juan!”.

Mannes, viendo que el sarcasmo había pasado por alto, agregó:

—Y también presento un tema de mi creación con el que, por cierto y válgame, triunfaré en el certamen.

—¡Ah, nosotros también! Espero que gane el mejor.

—Habitualmente sucede. Vos no sois de muchas luces, ¿verdad?

—No, soy ecologista, en mi casa trato de mantener la menor cantidad de ampolletas.

—Revelador. Mi melodía se intitula “Tu vuelo inspirador” y es un sensible homenaje a tal gran hombre que fue Carlos Fernanduaga.

—Ah, a ese lo conozco.

El animador del show nocturno era tan querido en Chile que hasta tenía un pueblo con su nombre. Lo había comprado a bajo precio cuando la municipalidad de Pichilolcoco (la denominación antigua de la localidad) quebró debido al insuficiente presupuesto anual de quinientos mil pesos y cinco gallinas ponedoras. Fernanduaga era asiduo a los viajes reportajes que luego mostraba en su late show. Había develado la triste vida de los niños explotados que hacían artesanías en hueso, en Marruecos, y también el descarnado tráfico de figuras de taxidermia de animales en extinción, en Botswana. Su último golpe periodístico fue ir hasta la Guyana Francesa, para desenmascarar un lucrativo negocio de zapatos de lagarto, esclavizando a las comunidades nativas. Pero en su intimidad, prefería ser un hombre hogareño y sencillo que le gustaba, después de viajes agotadores, llegar a su acogedora casa a disfrutar de los tótemes de hueso, saludar a su bien afelpado rinoceronte pigmeo y calzar esas cómodas pantuflas centroamericanas que lo hacían sentirse en el cielo.

Pero luego, en un rincón de Tailandia, cayó la desgracia. Siguiendo una pista sobre comercio de prietas caninas, llegó hasta una aldea en donde se celebraba el inicio del monzón con una competición muy extraña. Lo invitaron a participar y él, siempre dispuesto a compartir con la gente, aceptó gustoso. Los participantes iban desnudos y tuvo que sacarse el atavismo de la desnudez pudorosa, los cuerpos se estampaban con dibujos tribales que significaban fuerza, destreza, flexibilidad y astucia. Como ciudadano del mundo, Carlos había aprendido de todas las culturas y creía cumplir con esos conceptos, ¡estaba seguro que conquistaría un lugar destacado porque él era un ganador! Al momento de tomar su lugar en la partida, sopesó cada competidor, los cuerpos pequeños y magros de los lugareños no parecían mucha competencia, pero no había que descartar nada. Tensó sus músculos occidentales y se concentró en la pista de obstáculos que contenían un foso de agua negra, un camino de cenizas y un túnel muy bajo de un arbusto espinoso. El jefe aldeano marcó el inicio de la prueba con la caída de una fruta parecida a un mango y los deportistas saltaron de sus posiciones como impulsados por golpes eléctricos. Aunque, los locales hicieron su mejor esfuerzo, no pudieron con la juventud y el ímpetu del chileno. La aldea entera lo recibió en la meta con vítores y cánticos, se sintió un verdadero rey, como seguramente lo hicieron los británicos a mediados del siglo XIX, y fue arrebatado por un sentimiento de euforia. Lo coronaron con hierbas aromáticas y ungieron de aceites de diversos y complejos perfumes, lo elevaron en andas y dieron vueltas con él en una ceremonia donde la alegría se veía en las caras de la gente. Lo lanzaron a una celda subterránea que contenía cincuenta jabalíes que acabaron con él en menos de media hora. Luego, como era la costumbre, los jabalíes se sirvieron en el banquete, en donde se celebraba que el guerrero más fuerte entregaba al pueblo toda su vitalidad para enfrentar la temporada de lluvias. El jefe aldeano se extrañó que ningún miembro del equipo del guerrero se quedara y luego se resignó diciéndose a sí mismo que los bárbaros occidentales nunca respetaban las costumbres de su pueblo.

—¡Bien, chicos, dénle la bienvenida a Catalina Crayones! —vociferó Samuel Gracia y la chica subió al escenario.

Calamares, que hasta ese momento había estado tan taciturno rumiendo su odio, pestañeó y le dedicó un análisis detallado al ser humano frente al micrófono. Con una sencilla prenda de lunares blancos sobre fondo negro y un furiosamente rojo peinado aplastado, que enmarcaba sus labios del mismo color, usaba una bufanda amarilla que semejaba un pollo de plástico. Al parecer le pesaban tanto sus zapatos con plataforma que prefería moverse desde la cintura hacia arriba, lo que le daba un aire robótico. Le cruzaban como charrateras diversos instrumentos entre los que distinguió un pianillo de aire, un acordeón, un ukelele, una trompetilla y luego imaginó el uso de otros que no pudo dilucidar bien qué eran. Por primera vez, Juan no tuvo ninguna frase pedante qué regalarle al mundo.

—Holic —dijo la chica, moviendo sus grandes pestañas como mariposas—, esta cancioncic esta llena de esperanzic para todis. La hice pensando en mi coleccioncic de bambúes que me despiertan en las mañana. También quiero dedicársela a mi amigui, el Samuelic.

El tema se abrió con el amplio sonido de sirenas de buques desde mar adentro y continuó con el paso del viento por los cañones esculpidos. Catalina Crayones comenzó a chillar como barraco, mientras su pequeño y delgado cuerpo se estremecía. Se acompañó del pianillo de aire que le otorgaba un aire infantil y un par de estrofas:

Caballo blanco, caballito,
Llévame a donde vi
La flor por primera vez.
Llévame hasta la habitación
Donde mi padre me hizo cariño,
Y yo no quería.

Y luego continuaban largos alaridos que conmovían y hacían pensar en padres con máscaras de demonio y niñas en habitaciones crepusculares. Crayones finalizó el tema incendiando una figura con camisa blanca y corbata, en tanto que las sirenas de los buques parecían alejarse. Luego, reinó el lento crepitar del fuego.

—¡Ja, Pablín, tenemos nuestro puesto asegurado! —comentó Calamares con entusiasmo, pero el petiso tenía una mirada ensoñadora que no parecía estar de acuerdo.

—Es maravillosa —dijo casi entre dientes Pablín.

—A esa maja se le moja la azotea —fue el aporte de Mauricio Mannes.

Pero el único con verdadero voto era Samuel Gracia: —¡Magnífico! ¡Qué despliegue de sensibilidad y fuerza! ¡Qué hondas melodías que calan en lo más profundo del ser humano! Definitivamente tenemos un finalista. Con esto cerramos la preselección del festival, muchas gracias a los demás competidores.

Y Juan Calamares se sintió regresar a esa época aciaga cuando todos los días, y aunque no quisiera, veía en la televisión y la radio noticias sobre el éxito de sus adversarios. Aquellos días en que sus furias espontáneas casi lo llevan al internado, en donde hubiera tenido que transar su cuerpo por cigarrillos. Pero se había prometido que no volvería a sentirse en la ignominia. Pablín ya se arrastraba hacia Catalina Crayones y Samuel daba una secuencia de risotadas en cámara lenta, mientras lo miraba despectivamente, y hasta sintió que Mauricio Mannes le otorgaba uno de esos pensamientos que solo se dedican a los perritos que mueren en la vía pública. La vocecita en su cabeza le indicó que tal vez debía castigarlos a todos con su visión calorífica, pero se contuvo, no era hora de mostrar sus habilidades extrahumanas. Pero la vocecita era muy decidida y presionaba cada vez más dolorosamente. Comenzó a sacudirse en su asiento y a espumear, Mauricio Mannes se retiró de su lado apenas verlo. Sus ojos rutilaron y las venas de su cuello se hincharon como las de un toro. Un momento antes del ataque cardíaco, se incorporó más rápido que político acusado de corrupción y estalló:

—¡Samuel, siempre te he odiado, cuando yo era Lennon tú eras un vil Paul, maldita rata carente de la creatividad divina que a mí se me otorgó, ladrón de todas mis letras y melodías, usurpador de la fama que me merezco, sátrapa colérico, vendedor de ringtones, pordiosero espiritual! —Y la retahíla continuó por largos cuatro minutos en los que el resto del personal escuchó fascinado el catálogo de modismos en desuso y la flexibilidad del idioma castellano. Cuando la marea bajó, se escuchó únicamente la franela del pañuelo de Gracia que, sin perder la elegancia, limpiaba sus Ray Ban. Habló:

—Qué pena que hayamos llegado a este punto, Juan, al que alguna vez consideré un compañero y un compositor mediocre. —La última expresión fue paladeada con extrema crueldad—. Ya que nos quitamos las caretas, ¡siempre te consideré un ser inferior!

Fue la gota que colmó todos los vasos, Calamares lanzó un grito que asustaría a un oso y rasgó su camisa floreada. Se había convertido en un guerrero germánico resistiendo en la última de las batallas contra los romanos, un berserker en visión de túnel que solo acabaría su matanza con su propia muerte.

—¡Traigan el ponche con la carne de diez mil duraznos! —dijo el rock star, despojándose él mismo de su chaqueta y camisa. Su musculoso y bronceado torso contrastó contra los pálidos y fofos pectorales de Juan—. Esto se termina aquí con la más dulce melodía.

—Caballeros, por favor, consideradme sin vela en este entierro —espetó nerviosamente Mauricio Mannes, usando su guitarrón como escudo.

—¡Cállate, viejo de mierda —estalló Calamares, aprovechando de buscar a Pablín entre los lameculos—, todas tus canciones me provocaron depresión en mi infancia!

—Pues, mil disculpas, gentilhombre, era lo que estaba de moda.

Pero no fue suficiente. Calamares le arrebató el instrumento y arremetió contra su enemigo, mientras su vocecita en la cabeza recitaba pasajes bíblicos. “¡No, mi última posesión valiosa! ¡Cuidadla que tengo una peña el domingo próximo!”, fue la lastimera advertencia del cantautor reputado. Samuel lo esquivó grácilmente y el guitarrón blandido por la bestia fue a estrellarse contra el cráneo de un grupie de gafas oscuras. Un concierto de cuerdas desarticuladas y una nube de astillas fue lo que quedó del instrumento. Nadie lloró al lameculos.

Con un ruido de rueditas sin aceitar, la gloriosa ponchera entró en el estudio y rápidamente Samuel se hundió en sus doradas aguas. Lo siguió un rabioso Calamares que se desorientó inmediatamente. El néctar suave y levemente alcohólico lo seducía y las mitades de duraznos flotaban en un caos frenético como un cardumen de medusas. Pero recuperó el foco y ascendió a la superficie. Gracia se empinaba húmedo y erótico en el extremo de la ponchera.

—¡¿Huyes, maldito?! ¡¿Huiría Bob Dylan?! —recriminó Juan con un dedo acusador.

—Claro que no, pelotudo, nunca aprendiste nada de la estrategia poética que no se avisa —retrucó el enemigo y lanzó una patada voladora que pegó en pleno rostro a su adversario.

Juan volvió a hundirse medio muerto, dando golpes a ciegas con tal fortuna que alcanzó a Samuel en la entrepierna. Cuando emergió, vio su rostro desencajado en el dolor y se abalanzó sobre él. Le mordió una oreja con la obvia intención de impedirle identificar la agudeza tonal, deshabilitándolo de por vida, pero solo consiguió mascar el aro de oro y perder uno de sus pocos dientes buenos, precisamente el masticador.

Samuel repelió el ataque con una nueva patada y luego se hundió con Juan, aferrándolo con firmeza del cuello, pero Calamares se defendió pellizcando los pezones de Gracia. Dieron vueltas frenéticas como dos cocodrilos del Nilo y el ponche salpicó a los presentes, que aprovecharon de ir a buscar vasos plásticos, mientras los gritos de aliento de uno y otro se transformaban en apuestas. Mauricio Mannes se sentaba desconsolado al lado de los restos de su guitarrón, imaginando la forma de devolverlo a la vida.

Ambos contendientes se retiraron agotados a sus respectivos rincones. Con miradas torvas por el alcohol y la respiración entrecortada, continuaron la lucha verbalmente:

—¡Debí haberte matado apenas te conocí, Calamares!

—¡No hubieras podido, no con esas manitas de señorita! ¡Hace falta un evento épico para acabar conmigo, algo como solo lo escribiría Wayne Coyne! —replicó Juan escupiendo trozos de durazno.

—Estúpido ególatra, cómo te comparas con The Flaming Lips.

—¡Ja!, ¿y quién afirmó ser el nuevo Cerati en la Rolling Stones? ¡Pablín!, ¿dónde estará ese hijo de puta?

—¡Al menos tengo los cojones para serlo!

—Y nada más, querido, nada de nada más. —La multitud acompañó la frase con un sonoro “Uuuuh”.

—¡Argh! ¡”En guard”, Calamares, que pretendo enterrarte aquí mismo!

—¡Entonces, veamos qué tipo de cojones tienes!

Y continuó una secuencia de quince minutos de charchazos, dentelladas y caídas estrepitosas que alargaría demasiado este cuento (los editores tienen tijeras siempre dispuestas a cortar). Pero la vitalidad de los gladiadores comenzó a mermar a medida que los duraznos traidores introdujeron estimables cantidades de alcohol al flujo sanguíneo. La visión fallaba, la precisión fallaba. Incluso la memoria; Gracia aseguró que The Clash participó en Tommy, la ópera rock, mientras que para Calamares, Víctor Manuel había escrito “El Cigarrito”. Llegó el momento en que, apoyados el uno contra el otro, apenas se levantaban la mano para darse palmaditas inofensivas en la cara como los payasos.

—Debo… reconocer, Calamares, que eres un enemigo… formidable. —Juan se limitó a mirarlo y boquear en busca de aire. Samuel se veía rendido, pero halló las ganas para continuar—. Envidiaba de ti… la fuerza de tus… composiciones. Aunque ahora… estés acabado… entonces eras todo… lo que yo quería… ser.

Samuel Gracia se separó violentamente y hundió la cabeza entre sus brazos broncíneos:

—Te envidiaba tanto… que fui yo mismo quien… corté el cable de mi micrófono aquella vez.

La confesión los sorprendió y muchos de los lameculos alzaron la barbilla ligeramente. Juan encontró en lo profundo de su corazón un nuevo sentimiento que hacía que el mundo fuera un lugar más bonito. Tal vez era eso que estaba buscando desde hace tanto tiempo: el reconocimiento de un igual, la entrada fraterna a una cofradía de rock stars que comen cócteles de camarones en el backstage. Gracia se veía diminuto,  indefenso, y él podía corregir eso:

—Te perdono —dijo finalmente y abrazó a su excompañero.

Mira, mira, mírame,
Me revuelvo debajo de Supermán,
Ese bastardo abusador,
Ese bastardo violador,
Oh-oh-oh, Supermá-án.

Pablín y Catalina Crayones hicieron su entrada magistral. Catalina cantaba las estrofas modificadas del tema de Juan con alegría, mientras el petiso aferraba la mano de la chica, ambos extasiados el uno con el otro. En la otra mano, Pablín traía un trofeo que brillaba.

—Juan, no puedes creer lo que pasó.

—Puedes apostarlo —respondió el aludido, sombrío.

—¡Ganamos! Catalina agregó unas modificaciones y el tema arrasó entre la gente. —El petiso no podía ocultar su admiración a la fémina.
Crayones, como siempre, estaba en la órbita de Saturno: —Quiero abrazar árboles.

—¡Mis felicitaciones, mi reencontrado amigo! —Samuel Gracia quiso congraciarse, augurando un final feliz para todos.

Pero:

—¡No te felicites tanto, Pablín! ¡Es una letra muy absurda! —espetó Calamares, hirviendo de envidia por dentro, aunque no se daba para nada cuenta de lo ridículo que lucía embadurnado de ponche—. No tiene técnica y es un completo y patidifuso mundungo de palabras anafilácticas.

—¿Qué? ¿Pero, Juan? ¡Ganamos! ¿No es lo que querías?

Y en ese instante, Juan Calamares decidió que la situación era insostenible y, como un King Kong atormentado, se arrojó por uno de los amplios ventanales del estudio. El ruido de los cristales tapó el pesado aterrizaje y el doloroso aullar del artista, que se fue extinguiendo hasta doblar la esquina del edificio.
Mauricio Mannes se asomó tímidamente entre el personal, con partes de su guitarrón que pensaba restaurar:

—Qué hombrecillo más excéntrico.

***

Juan Calamares encontró la paz finalmente. En una convención de ciencia ficción encontró a un insulso ser humano llamado Luis Saavedra, con quien compartía la afición de coleccionar  novelas de Teobaldo Mercado, que estuvo dispuesto a financiar la publicación de su novela con una editorial pirata. Los ejemplares se distribuyeron a todos los vendedores de cuneta del centro de Santiago. El libro fue un fracaso de ventas y Calamares tuvo que poner pies en polvorosa para que Saavedra no le pegara tres tunazos en la frente. Pero antes, aprovechó de saquear su biblioteca, llevándose los tres valiosos tomos de la obra completa de Mercado.

Pero esa no fue la paz encontrada.

Al año siguiente, con una identidad completamente nueva, vivía en los barrios bravos de Lima. Tuvo la fortuna de encontrarse con un industrial chino que necesitaba de un compositor hábil y versátil, justo lo que él era. Y a buena hora, porque sus vecinos limeños, que lo denominaban el “mapocho loco”, estaban planeando ajusticiarlo dada su insoportable tendencia de perorar su supuesta superioridad desde la ventana de su departamento, pasado el Rímac al norte. El industrial chino selló un jugoso contrato con Calamares, por los próximos sesenta años, para componer todas las partituras que le pidiera. Juan, por supuesto, sospechó en principio.

—Mi dilecto señor —respondió a la oferta con ese tono pedante que él creía era la mejor forma de negociación—, creo no estar en capacidades para decidir en este momento.

Pero luego escuchó la turba de vecinos gritar su nombre de la forma más horrible posible, aquella en donde es fácil imaginárselo mezclado con sangre, y reculó rápidamente:

—Creo que he sufrido un colapso mental, usted entenderá mis pobres circunstancias. Así que acepto y por favor recójame en el aeropuerto.

Y a continuación, reunió los tres volúmenes de Teobaldo Mercado y saltó por la ventana del baño hacia un destino incierto.

Seis meses más tarde, Pablín (que a todos luces no lo era, pero por falta de más información lo dejaremos así) recibe un paquete desde la provincia china de Guizhou. Es una caja en cuyo interior hay una mala reproducción de Supermán, de esas que se asemejan solo lo suficiente para no pagar derechos de propiedad intelectual. También podría haber sido cualquier héroe rojo con capa, pero la publicidad dice sin lugar a dudas “Supaman, the migtiest hero on Erth. Do not expos at heat, it migt explodes”. En la caja hay un agujero y una leyenda que indica que puedes apretarle el estómago al muñeco para una sorpresa. Pablín, que nunca se preocupa de las consecuencias, impulsivamente mete el dedo y se comienza a escuchar:

I am a superhero,
The mightiest hero around the world,
Nothing stops me,
I am invincible,
Oh-oh-oh, Supama-an

Y en el mismo momento que la última estrofa termina, la iluminación golpea a Pablín. “¡Yo sé de dónde viene esa tonadilla!”, espeta, pero luego con un tono lúgubre: “No puede ser”. Y la grabación se lo confirma:

“Así es Pablín, soy yo, tu amigo Juan Calamares desde la China más continental. Como podrás comprobar por el producto que tienes en tus manos, al fin he alcanzado mi destino. El triunfo en un mercado de más de tres mil millones de seres vivos es el más dulce de mi carrera como artista. Espero que no te moleste, sé de tus susceptibilidades respecto de mi excepcional condición creativa, exacerbadas después de nuestro último e infortunado desencuentro. Por eso, ésta es mi ofrenda de paz porque yo no tengo resentimientos de ninguna clase”.

La voz de Calamares sale a borbotones eufóricos que suben y bajan en la escala de los agudos, cortesía de la baja calidad del pequeño parlante chino. El rostro de Pablín toma un carácter ceniciento y se va haciendo más lúgubre con cada palabra.

“Acá la vida es muy singular porque no me dejan comunicarme con nadie y estoy cada minuto en un cataclisma de creación, una catarsis compositiva como no sabes. Imagínate cada muñeca con un tema desde lo más profundo de mi alma, cada figura de acción con melodías del rock más salvaje, cada peluche con sinfonías completas que guardan influencias de Debussy y Dvorak.” Y aquí se escucha una risa histérica que es rápidamente controlada.
Pablín se acerca rápidamente a la ventana abierta y observa el exterior con un deseo de estar muy lejos, escrutando los cielos y preguntando al gran Dios sobre el misterio insondable de su vida.

“Bueno, Pablín, mi gran amigo Pablín, no sabes lo mucho que te he extrañado. Mi único amigo en el mundo, realmente. Quería abusar de tu confianza y así como te he ayudado muchas veces en el pasado, y en honor a las innúmeras aventuras que vivimos juntos, pedirte un favor. Verás, mi empleador es una buena persona, pero cree firmemente en que el trabajo continuo y solitario es el camino hacia la perfección. No me da muchos descansos y ahora no puedo encontrar mi visa de extranjero. Mi guardia privado, que habla muy poco castellano, ¡uf!, me dice que no me preocupe, que considere este sitio como mi casa permanente, pero la verdad es que ya no aguanto compartir mi intimidad con cincuenta otras personas. ¡Mi genio creador merece mejores condiciones! Como agua caliente y dos comidas al día. Por eso, te ruego, amigo Pablín, el más amigo de los amigos, que llames a la Interpol y les digas que me pueden encontrar en…”

A medida que el muñeco vuela por los aires, la voz de Calamares se diluye en la distancia, hasta que estalla en la acera, ocho pisos más abajo. Pablín recupera una cierta serenidad y los colores vuelven a su rostro. Lentamente cierra la ventana.

—¡Qué alivio! —es su único comentario.

[CC 2011, Luis Saavedra]

Anuncios

Un comentario »

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s