Asedio a la casa del Conde Tiros

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Nido, por Ricardo Chávez

Nido, por Ricardo Chávez

Por Sergio Fritz

1

Estábamos con mi amigo y tocayo Sergio Meier en cuasi-eternas disquisiciones acerca de los controvertidos escritos alquímicos de Isaac Newton, la importancia de la letra Aleph para los kabbalistas, el pensamiento rúnico de Guido von List y las proezas imaginativas de Philip K. Dick. La tarde era agradable y luego de unos cafés en un tugurio de Santiago centro, sentíamos que la velada exigía más emociones.

Fue en esos momentos cuando Meier  sugirió la idea de acompañarlo a visitar a uno de sus curiosos amigos, quien precisamente realizaría una fiesta esa noche.

—No, Magno Tiros es alguien distinto… Sí, no me lo reproches, tengo conocidos y cofrades excéntricos.  Pero, Magno es de una especie hoy en extinción.

La voz de Meier era firme y se elevaba en frenesí.

—He conocido a muchas personas que dicen gustar de lo Oculto; pero, Magno Tiros es en todos los planos aristócrata por excelencia. Sus gustos son delicados, extravagantes, bohemios. Es uno de los pocos detentadores reales del título de “Conde” que van quedando en Chile. Su familia tiene por cierto sangre báltica, lo que le ha dado una tendencia a lo macabro, lo repulsivo, pero también a lo elegante y sublime.

Tomó la taza y, luego de mirar a las también sublimes caderas de la chica de enfrente, insistió en las singularidades del Conde.

—En su vieja casona, Magno Tiros da rienda suelta a sus deseos más retro-futuristas. Vestido a la usanza del siglo XVII invita a jóvenes a cantar ópera, sirve  exquisitos vinos de cepas extraviadas en la historia, y junto a su teclado realiza armonías lúgubres. Allí, el hashish se respira continuamente. Pero eso no es todo. Tiene una biblioteca que sin ser inmensa, posee la virtud de integrar el mejor repertorio de demonología y ciencias malditas. ¡Ah, si te dijera qué títulos he visto allí!

La joven de ropa interior preguntó si queríamos otra soda. Pero, era suficiente. Para chicos raros como nosotros dependiendo de la situación podía haber más atractivo que las curvas de Noelia, su café y su soda. Por ejemplo, la morada del misterioso Magno Tiros.

Sin pensarlo y olvidando la propina, nos dirigimos hacia el terminal de buses, para retirarnos de la capital rumbo a Talagante.

2

El viaje fue  extenuante, pero la simpatía de Meier lo suavizó. Hablamos de mil y unas cosas. Todas, verdaderas joyas de almanaques velados para la masa y su vulgaridad.

Los árboles comenzaron a ser más frondosos. La gente que subía al microbús, más campesina.

Dejábamos atrás el ruido de la ciudad y sus rostros desganados.

El aire era otro.

Pero, llevábamos una hora en un bus destartalado y que por milagro o coima a una corrupta autoridad aun contaba con permiso de circulación, lo que ponía en peligro mi escasa capacidad de paciencia.

3

Una vez en Talagante, tomamos un colectivo hasta la casa del Conde Magno Tiros.

Este último avance fue siniestro. El viento aumentó en violencia; las personas que veía por la ventana se mostraban hostiles, las casas estaban muy deterioradas.

Entonces Meier me recordó, con justa razón, los cuentos de nuestro muy admirado Lovecraft. Dunwich no debería ser muy distinto a lo que ahora veíamos.

Pero, por suerte, llegamos. Y la casa roja se alzaba ante nuestros ojos.

4

La puerta crujió como en las  viejas películas de horror y un hombre de rostro lobuno se presentó. Era Magno Tiros. Su aspecto daba la impresión de alguien que debía tener muchos años no obstante su cuerpo no lo representaba; su mirada, la de alguien que conoció millones de crepúsculos; su piel, lozana como de un joven de treinta años.

Luego de darnos la bienvenida, nos llevó a la sala de recepción,  la que hubiese sido totalmente acogedora sino hubiese sido por las plantas carnívoras y unos cuadros de motivos bastante sangrientos que colgaban en la pared. Pero, de alguna manera yo estaba acostumbrado a ese tipo de cosas, al menos en el plano en que me movía: el teórico. Aunque aquí lo grotesco y macabro era realidad respirable.

Sentados en amplios sillones había algunos invitados.

Nos presentamos.

Allí, estaba Layla, una rubia de blanca tez y ojos claros, con labios muy sensuales. Allá, Pablín Silva que la miraba descaradamente. Luego, Luis “Satanvedra” junto a su amigo Pablo Calam-Hades.  Un poco más lejos y de pie tres vampiresas con máscaras y de nombres que he olvidado. Luego llegarían cinco o seis personas más, entre ellas una pareja.

Meier conocía bien al grupo de “Excéntricos millonarios”, pues así gustaban llamarse, conformado por Silva, Satanvedra y Calam-Hades. Junto a ellos departimos éter y  gratos momentos antes que comenzara el HORROR.

5

No sé cómo empezó; pero mi piel fue sintiendo un cambio. La atmósfera se hizo más densa;  motivada sin duda por las drogas, pero no solo por eso. Las conversaciones derivaron en asuntos sádicos y Magno Tiros se hizo más insistente en realizar lo que llamaba “el Juego”. Este consistía en relatar una pesadilla que hayamos tenido. Si gustaba a los oyentes, éstos le daban al premiado más alcohol, hashish o éter, dependiendo únicamente de la voluntad de aquéllos.

El cansancio era grande y mis sentidos estaban alterados.

Solo recuerdo que por algo que dijo Pablo Calam-Hales el novio de una participante sacó de su chaqueta una daga y la dirigió a su pecho. Pero, he ahí que Satanvedra que tenía fama de tímido usó su verborrea para alejar al cuasihomicida. Algunos gritos, empujones y quebrazón de vasos.

La puerta se abrió y se fueron los conflictivos, no sin antes emitir una amenaza ridícula: que seríamos muertos por los vampiros.

6

Luego, cuando hubo más paz, la fiesta se reanimó y bailamos en una ronda de movimientos torpes.

Alguno ya dormía en el suelo, sin embargo. Y Magno-Tiros pidió ayuda a su señora para traer algo de comida.

Percibí entonces que Layla, la hermosa rubia, me miraba tras su cabellera enredada.

Aun cuando no soy un galán, y tal vez por la desinhibición que provoca el éter, me acerqué a ella. Entablamos una conversación y así supe que provenía de Arabia, la tierra de los djinns. Algo sobre su genealogía y los djinns insinuó, pero luego pasó a cosas más triviales, pero dichas con su voz que extasiaba.

Estar frente a ella y oírla era en sí mismo un acto mágico.

Quince minutos después, me tomó de la mano, para dirigirnos a una habitación.

Mientras subía la escalera, vi que las otras chicas hacían lo mismo con los hombres presentes (salvo con el pobre Pablín, que yacía en el suelo).

7

Recordar esto no es nada fácil. Su belleza era deslumbrante. Sus senos rosados, las piernas largas y abrazadoras, las uñas que acariciaban mi pecho, los ojos que me hacían flotar…

Y luego, la transformación.

Sentí una leve mordida en el cuello y en un acto instintivo y brusco empujé a Layla. Me estaba arrepintiendo de mi violencia, cuando se da vuelta y veo SU ROSTRO.

Era otro… Otro ROSTRO…

Los ojos llameaban malditos. Los dientes eran afilados.

No cabía duda: era una vampiresa.

8

Sé, o creo saber, que luego vino la huida. Pude escuchar gritos en la casa y ver sangre derramada en otras piezas, mientras buscaba a Meier.

9

Hoy a dos días de lo ocurrido rememoro que ¡Meier murió el 2009!

“¡Loco, Sergio Meier está muerto!”, me dice una voz profunda, que por algo que desconozco, recuerda a mi mente la voz cálida de Layla.

Pero, ¿cómo explicar lo vívido del sueño, en caso de ser solo un sueño?

Y, digo, en caso de serlo, pues aún permanecen dos pequeños agujeros en mi cuello.

[CC 2012, Sergio Fritz]

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