El erotismo de Thomas Dolby

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Baile en el caño

Por Juan Calamares

1

La noche del 5 de diciembre  telefoneé a mi ex empleador  Leandro Correa. Por esos azares de la vida, Correa se encontraba en mi misma situación, es decir, en banca rota y sin ofertas laborales reales. Discutimos sobre el asunto; pronto la conversación degeneró en el tema habitual de Correa: las mujeres. Célibe hace una semana, Correa disfrazaba su urgencia fisiológica condimentando la charla con clisés de actualidad. Las redondeadas nalgas alguna camarera y el bombardeo a, digamos, Tel Aviv, conformaban una misma idea. Era curioso, el éxito de Correa sobre el sexo opuesto, indiscutible, y por otro lado, todo un misterio, entraba en decadencia. “La vida es cíclica”, dije a manera de consuelo. Me respondió con un sentido “y también es corta”. Lo cierto es que a los 48 años, Correa, difícilmente alcanzaría un nuevo período de esplendor. Acabé la conversación con un “la muerte siempre es un consuelo”. Imaginé las lágrimas de Correa salpicando el teléfono. Me recosté en la cama y agradecí a Dios por estar casado.

Antes de dormir escuché que deslizaban una hoja por debajo de la puerta. Era un informe remitido por un ex miembro de la directiva del edificio; tenía aires reivindicativos, un chiste revolucionario a escala ínfima, con chismes bajo la superficie. No era nada alentador en todo caso. Según Patricio Salinas  (quien firmaba el texto), el actual administrador, acorralado por las acusaciones de mal manejo de la caja chica, estaría “alelado” y ya se comentaba en los pasillos que era todo un “trotón”. Me negué a buscar en el diccionario la palabra “Trotón” y concluí que Patricio Salinas era un  estúpido. Luego, soñé que una horda de jubilados le arrojaba mantequilla en el pelo. El sueño derivó en pesadilla barroca; ahora yo era el protagonista y me había transformado en Leandro Correa: estaba en la plaza de Armas y una mujerota me zamarreaba el brazo exigiéndome el pago de la pensión alimenticia; yo aducía que en realidad no era Leandro Correa, si no que me había transformado en el, porque sí. Se acercaba una mujer policía y me decía: “Páguele pues”, mientras me pegaba con una naranja en la cabeza. Yo me defendía: “mi nombre es Juan Calamares”, gritaba. Pero al final me llevaban detenido y tenía que pagar 3 años de pensión retroactiva. Me despertó la campanilla del teléfono. No me sorprendió escuchar la voz de Correa; se había citado en un bar con tres secretarias; nada en su voz recordaba la derrota, sin duda Correa actuaba rápido. Sin mucha razón, cité a Séneca, quien decía que los hombres atareados se abandonaban fácilmente a la sensualidad y el vino. Me dijo que a veces me comportaba como un imbécil. “Supongo que si”  contesté. Finalmente, le conté mis intenciones de ganar dinero extra  diseñando pantalones de mariachi. Se despidió con un estridente “chaíto”.

Por la tarde conocí a Patricio Salinas. La toma de contacto se  desarrolló mientras yo revisaba la correspondencia ajena. Quién iba a pensar que el idiota ese era el paladín de la civilidad y las causas sin importancia. “La correspondencia es privada”, increpaba cual niño acusete. Admiré su apego a las normas cívicas. Su tarjeta de presentación lo confirmaba: “Patricio Salinas. El periodismo hecho denuncia”. Por supuesto, era periodista o estudiante de periodismo, que es igual. Incluso, llevaba anteojos de marcos gruesos para simular una miopía y verse cool. Leía a Carver, o sea, el paquete completo. En suma, un imbécil. Quedamos de juntarnos más tarde.

Luego de fallar en mi incursión como diseñador mexicano visité a Leandro Correa. Discutimos sobre nuestro futuro laboral:

—He ofrecido mis servicios en diversas empresas —dije— y mis esfuerzos han sido infructuosos. Ambos conocemos las razones de esta negativa, que por lo demás, no viene al caso, sin embargo, digamos que el modelo neoliberal privilegia el desempleo por sobre la actividad, como una forma de supervivencia.

—Es cierto —acotó Correa—, no obstante es necesario. La maquinaria social funciona, no lo niegues. Existe un costo, pero a la larga ese costo  privilegia a los innovadores. El concepto es “proactivo”.

—Estoy harto de tu jerga empresarial estúpida —dije arrojándole una zanahoria en la cabeza— Dices ser proactivo, pero para la empresa privada no representas más que este tomate —Había una bolsa con verduras sobre la mesa. En mis historias siempre hay bolsas de verduras sobre la mesa—, un tomate no es proactivo, un tomate es inactivo.

—Y pese a ello, consume.

—Pero no particularmente, es intercambiable

Leandro Correa tomó un tomate y lo hizo bailar con un pepino:

—Digamos que este pepino soy yo —la inteligencia de Correa se basaba en llevar las conversaciones al campo de la alegoría fálica—,  y este tomate es Marcela, mi ex. Marcela rueda sobre la mesa porque su fisonomía se lo permite. Sin embargo el pepino, o sea yo, me estanco, pues mi superficie es irregular. Ahora bien, pese a ser estático soy particular, libre de trazar directrices.

Correa concluyó su tesis dando una fuerte palmada. Nuestra artificiosa conversación había perdido el rumbo. Correa continuó:

—Citaste el modelo neoliberal, sin embargo, apresuraste tu juicio; al no considerar su particularidad dinámica, lo convertiste en un modelo estático.

—Y el modelo es dinámico, ¿es eso?

Correa hinchó el pecho, con orgullo.

—¿Cómo dices eso, imbécil? Una vez que el modelo asume su carácter plutócrata se vuelve inamovible. La fluctuación considera solo a los habitantes de la cúpula, por ende la fluctuación es aparente.

—¿Cumple una función decorativa?

—Sí.

—¿Y cómo ingresar a la cúpula?

—Ni con la lotería, los nuevos ricos son excluidos descaradamente. Haría falta ser un fáctico, lo cual requiere parentesco, tradición.

—Trata de pensar sin prejuicios. Insisto, ¿hay alguna forma de ingresar a la cúpula?

—Es difícil —dije, jugando con una papa, quizás subrepticiamente.

—O bien, creando una necesidad pública. El alimento del modelo neoliberal se basa en la desocupación, en eso estamos de acuerdo. Ahora, existe una vía más sutil, más cínica. ¿Adivinas?

—Las líneas de crédito.

Correa volvió a inflar el pecho, pero esta vez con más orgullo

—¿A dónde quieres llegar Correa?

2

—He estado pensando en ingresar al mundo empresarial —dijo Correa, mientras masticaba una manzana—. Específicamente al mundo gastronómico, conozco algo de eso, pues la conquista de la mujer se basa en satisfacer su apetito. Ahora bien, la venta de lencería por catálogo anda floja, apenas dispongo de capital, sin embargo, no decaigo. Dispongo de ideas. Le ofrezco a mis clientes algo sólido, algo que nadie puede darles: yo mismo. Juan, les ofrezco a mis clientes una línea de crédito única, les propongo  pagar con su propio cuerpo.

A estas alturas la conversación carecía de todo apego con la realidad, sin duda Correa estaba loco. Dije:

—Quiero creer que tus palabras obedecen a alguna clase de desafío intelectual. ¿Buscas desarrollar un tema sin pies ni cabeza y llevarlo a una conclusión razonable? ¿Eres un sofista Correa, Correa?

—No —dijo Correa después de un rato—, lo he venido pensando desde hace tiempo.

En ese momento temí por su cordura.

—Bien —dije—, digamos que tu proyecto es viable. Es más, asumamos que no está reñido con la razón y la ética. ¿Cómo pretendes obtener ganancias reales?

—Creando una cartera de clientes. Escucha, el concepto es “Sexo por servicios gastronómicos”, sin embargo es un gancho, una vez que tenga un público cautivo, las ganancias vendrán solas.

—Además de una justa retribución por tu trabajo, estarás desarrollando tu vocación.

— Justamente —dijo Correa, sonriendo y extendiendo las palmas de las manos, lo cual era su gesto característico—.  El único “pero” es encontrar la vía para hacerlo legal.

—Fácil, por medio de un eufemismo.

—Sí, pero no hay precedentes legales ¿cómo recurrir a un abogado?

—Sé de alguien que nos puede ayudar —dije—. ¿Conoces el concepto “Periodismo de denuncia”?

3

—Reitero mis disculpas —dijo Patricio Salinas— fui demasiado enfático con el asunto de la correspondencia, no era mi intención, pero pasa, por favor pasa.

El departamento de Salinas era acogedor, pero aburrido; algo en la decoración denotaba estupidez.

—Gracias por invitarme a tu hogar, es cálido, se nota el buen gusto.

—Sí —dijo Salinas balanceándose en una silla— es obra de mi novia. Perdón pero, ¿tu nombre era?

—Calamares, Juan Calamares. ¿Vives con tu novia?

—Sí, nos conocimos en la “U”.

Odiaba cuando los universitarios decían la “U”. Era como si los alumnos de escuela técnica no fueran al instituto, si no al “I”.

—Me sirves una taza de café —dije.

Salinas se fue a la cocina. Sus pasos rechonchos se escuchaban a 15 metros; su torpeza se evidenciaba en todo momento.

—Dime una cosa —dije alzando la voz—, ¿el periodismo de denuncia ejerce influencia en los asuntos legales?

—Ah, cómo —consultó Salinas en medio de la sonajera de platos y tazas.

—¿Te dedicas al periodismo de denuncia, no?

—Sí, —respondió Salinas, apareciendo repentinamente con dos tazas de café—. Trato de denunciar asuntos importantes, mi paradigma es Michael Moore.

“Otra vez con Michael Moore”, pensé, “si me vuelve a salir con Michael Moore le apago un cigarro en la oreja”.

—Michael Moore —dije—, un verdadero ejemplo.

—Así es —asintió Salinas, con entusiasmo—. ¿Sabías que Michael Moore obtuvo su….

—Sí sí sí sí, ¿te interesaría desarrollar tu oficio de, llamémosle, “denunciante” en un terreno real?

—Mmmh, vas directo al grano. Verás, siempre es grato derribar los puntales de la corrupción, enmendar las malas gestiones, en fin, acabar con eso que nos hace vomitar.

Otra cosa que detestaba de los estudiantes de periodismo era su propensión al vómito. Todo les hacía vomitar. Creo recordar un artículo de una señorita que afirmaba que los  “electrónicos de fin de semana” le “daban ganas de vomitar”. En lo personal, siempre es mejor a la defecación.

—Correcto amigo —contesté, conteniendo el deseo de golpearle la cabeza con la taza—,  te propongo lo siguiente.

Salinas escuchó mi plan con atención; era un plan endeble, desquiciado, y gestado por un psicópata (Leandro Correa). Aún así, mi capacidad de redacción, que comparada con la de un estudiante de periodismo es virtuosa, resultó persuasiva.

—Dime una cosa —consultó Salinas, tratando de disimular una risita pícara—. ¿Hay alguna posibilidad de que el pago, digamos, carnal, al cual has hecho referencia, sea cobrado por, este…. digo, terceros?

—Pero por supuesto “cochinón”. Todo es conversable.

4

—Quieres decir que tendré que compartir mis ganancias —exclamó Correa una vez enterado de la petición de Salinas.

Nos habíamos reunido en un boliche de mala muerte. Una de las meseras (larguirucha y con anteojos) había llamado mi atención. La señalé con el índice.

—Observa a aquella mesera, Correa, tus ganancias serán exclusivas, mujeres como ella constituyen el margen de pérdida, “la merma”. Así pues, no tendrás que lidiar con “la merma”, esta estará a cargo de Salinas. Toda negociación implica cierta.

—Silenció —interrumpió Correa—. OK, comprendo, no se hable más del asunto. Me has dicho que la gestión correrá a cargo de ese tal.

—Salinas, un imbécil de tomo y lomo.

—Mmmh —reflexionó Correa, zampándose la mitad del jarro de cerveza— ¿y exige solo un porcentaje de las ganancias brutas?

—Y crédito, reconocimiento, qué sé yo. Lo convencí que luchaba por una causa justa.

Mecánicamente Correa extendió el brazo con la intención de pellizcarle el trasero a una mesera. Se detuvo abruptamente.

—He elaborado un itinerario de los night clubs más conocidos de Santiago —dijo Correa con brillo en los ojos—. La ruta incluye las comunas más importantes de la gran ciudad, desde los sectores populares a los más opulentos. Mi idea es adquirir experiencia en la práctica y esto implica hacer contacto con “investigaciones” y “carabineros”, los organismos más asiduos a este tipo de comercio. Mientras, tú te encargarás de las negociaciones con Salinas.

A las seis de la tarde llegué a mi departamento. Salinas me llamó por teléfono. Me comunicó (con entusiasmo) que ya había comenzado la primera fase de la “operación”. Me mostré satisfecho. A las 9 llegó mi mujer del trabajo. Le comenté sobre el proyecto. Me llamó degenerado. A las 9: 15 me echó del departamento. Llamé a Correa desde un teléfono público. Quedamos de juntarnos a las 10.

5

A las diez cinco llegué a la boletería del metro Franklin, Correa me esperaba con molestia. Temí que me saliera con su discurso sobre la impuntualidad  como factor determinante del subdesarrollo de nuestro país. Gracias a dios no lo hizo. Amistosamente me puso una mano sobre el hombro. Dijo:

—A lo largo de la historia, el hombre se ha embarcado en la realización de empresas formidables, recuerda a Napoleón y su sueño de una Europa unificada o sojuzgada, que en el fondo es lo mismo; recuerda también al mariscal RomeI y su caballerosidad en la lucha. Estos son hombres dignos de imitar, pues sus ideales, justos o no, determinaron su acción a lo largo de sus vidas. Juan ¿es justo que hombres como yo sobrevivan relegados a tareas intrascendentes, cuando su destino es la gloria? No. Mi ideal es el dinero, Juan, y es justo que luche por conseguirlo. Puede que la sociedad me reprenda, puede que las mujeres me llamen retrógrada, puede que hasta me llamen machista, pero para el mujeriego Juan, para el mujeriego no hay límite, pues su energía se sustenta en la naturaleza. Llámame primario, Juan, tíldame de arrogante, pero debes saberlo desde ya, pues no me bajaré del carro que me conduce a la gloria. Así que espero tu respuesta, ¡estás preparado para dejarlo todo en pos del ideal del dinero! —En este punto de su discurso, Correa había alzado la voz y la gente se daba vuelta a mirarlo—, ¡¿estás preparado?¡

Nos dirigimos al night club “La Vitrina”. Por el camino, debatimos sobre la importancia de la legalización de la prostitución. Una vez frente a “La Vitrina”, Correa se secó el sudor de la frente con el puño de la camisa; un constante jugueteo de piernas delataba su erección.

Entramos. Una azafata con los dientes amarillentos nos saludó con un ruidoso beso en la cara; tenía un leve aroma a detergente, aunque bien pudo haber sido perfume. En cualquier caso olía a limpia. Correa se apresuró a meterle la mano en el trasero. Estaba en su campo de juego, se lo veía feliz, era todo un Don Juan. Recordé las veces en que lo vi triste por la falta de compañía femenina y casi sentí ternura, claro, esa ternura emparentada con la burla y la vergüenza ajena. En fin, frente a nosotros había un espantoso escenario. Una joven de unos 25 años, aunque bien pudo haber tenido menos, se bamboleaba tristemente, sostenida por un fierro. Más que bailarina de  striptease, parecía un bombero deslizándose por el tubo. Correa estaba terriblemente excitado. Exageraría al decir que jadeaba, pero no de todos modos sudaba.  La joven concluyó el espectáculo metiéndose una raqueta de tenis por la vulva. Correa dio un par de palmadas y gritó “¡Bravo!”. Con horror advertí que yo también tenía una erección.

—Correa —dije—, salgamos pronto de aquí. Temo por mi matrimonio. La carne es débil y la fuerza de voluntad también.

Tan absorto había estado en el show que no reparé en la ausencia de Correa, y me vi hablando solo. Debo haber parecido muy desesperado, pues una joven se acercó, y sentándoseme en las piernas me preguntó si quería hablar. En realidad me había dicho:

—¿Necesitas hablar, papito?

Y yo le había contestado:

—¡Váyase usted al carajo, pues hace peligrar un matrimonio tambaleante!

Corrí al baño y me masturbé. Pensé en raquetas de tenis y vulvas. Sentí vergüenza, un poco de culpa y ganas de golpear a Correa. Correa era mi chivo expiatorio. Su falta de apego a la lógica había hecho quebrar el negocio. Gracias a el me había quedado sin trabajo y ahora mi esposa no quería acostarse con migo. Me disponía a ir en busca de Correa, cuando recibí un tablazo en la cara.

Caí contra la pared y vi mi camisa salpicada de sangre. Intenté gritar por ayuda, pero recibí otro tablazo en la cara. Distinguí la cara de la putita conversadora. La muy zorra había traído a su cafiche para que me matara. Entre los dos me golpearon durante un rato. Creo que me dejaron salir del baño por que les di pena. Correa me esperaba a la salida. Tenía cara de desgracia.

—No me gusta este lugar —me dijo.

Había tres putas jóvenes en la esquina de la barra. Miraban a Correa y se reían.  Otra vez el pobre había fracasado; ahora ni las putas lo querían. Salimos.

A las dos de la madrugada telefoneé a Patricio Salinas. Quería saber si se atrevía a decirme algo, el muy imbécil.

—¿Son horas de llamar?

—Sí, estoy aquí con Leandro Correa, el ideólogo de nuestro proyecto. Está un poco decaído, ha fallado una vez más en la vida. No está viejo, pero creo que es impotente. Salinas, no creas cuando escuches que la actividad sexual del hombre se prolonga después de los cuarenta. —En ese momento,  sentí real camaradería por Correa—.  Salinas, Correa necesita concretar su proyecto. Hay algo más grande que el individuo, algunos le llaman patria, otros le llaman iglesia, yo lo llamo “Sexo por servicios gastronómicos”. Salinas, tu presencia es imperativa.

“Imperativa” era una palabra que rara vez solía usar. Imperativo era pagar el arriendo, aunque gracias a los miserables sueldos de Correa, rara vez he llegado a concretar esa meta. Como sea, Salinas accedió a salir, cosa que no me extrañó porque es un depravado. Quedamos de juntarnos a las puertas del “Lucas Club”. Salinas llegó media hora antes. Estaba agitadísimo como si se hubiera venido corriendo, era lógico. Hice las presentaciones correspondientes. Creí notar en Salinas cierta admiración homosexual hacia Correa. Este, como de costumbre, comenzó a fanfarronear.

Entramos. Salinas pagó las entradas, luego que lo amenazáramos con contarle a su novia. Había entre la penumbra algunos pelafustanes del mundo del espectáculo; Salinas decía conocerlos a todos; raro, porque por mas que se esmeraba en estrecharles la mano, ninguno le respondía el saludo. Era gracioso, pero no para morirse de la risa. Lo que si era para morirse de la risa era imaginar la cara de la mujer del señor televisión, o la del señor revista o la del señor radio, si supieran donde estaban sus esposos. Ideé un plan de chantaje y tomé unas servilletas para escribir los anónimos, pero el plan no prosperó porque un administrador se dio cuenta y me quitó las servilletas. Salinas y Correa cotorreaban de lo lindo. Había una puta que usaba medias con diseño de tablero de ajedrez, bromeé diciendo que la chiquilla era inteligente, pero a nadie le pareció gracioso, a pesar que yo seguí riéndome por un buen rato.

Rato después se subieron al escenario dos mujeres. Tras un telón transparente había una ducha. Las mujeres comenzaron a bañarse. Una le enjabonaba el culo a la otra y viceversa, todo al son de una música espantosa. Correa deliraba cuando las muchachas chupaban penes imaginarios, frotándose los pezones erizados por el agua fría y fingiendo súper orgasmos.  Los pelafustanes televisivos se hacían los muy cool, pero el resto de los mortales decíamos “Uh uuh” con entusiasmo. Las muchachas invitaron a toda la concurrencia a ducharse. Invitación falsa, pues el afortunado sería uno solo, elegido por ellas, o sea un tipo buen mozo. Mala cosa para Correa.

Con Salinas pasaba lo mismo; este no tenía reparos para mostrar su excitación, de no ser por que era católico se hubiera llevado las manos al pene. O sea que el motivo para estar allí eran las mujeres. “Sexo por servicios gastronómicos” era una cosa estúpida, Conteras lo sabía, yo también lo sabía; Correa, sin embargo, no. Una de las muchachas apuntó con el índice a Salinas, indicándole que se metiera a la ducha. Salinas se dejó desnudar, movió las caderas, acarició pechos, lamió pezones y seguramente eyaculó. Todo esto por escasos tres minutos. Cuando volvimos a reunirnos pedimos tres whiskeys. Haciendo lo posible por reanimar a Correa, inicié un debate con Salinas, con la intención de dejarle en ridículo:

—Ha sido un buen espectáculo —dije—,  digno de “Animal House”.

—No estoy de a cuerdo con lo que dices,  Juan —Salinas aún estaba un poco descolocado y en las nubes—. No me apego a las convenciones, soy autónomo. Voy contra la corriente. Déjame ponerte un ejemplo, has visto que manifiesto mi erotismo de una manera festiva y alocada, Juan… es una sátira, una acción contrasistémica.

—Salinas, ay, Salinas, se necesita inteligencia y carácter para atacar por medio de la autoironía. Buscar el ridículo a propósito requiere de valor porque la gran mayoría de la gente te tomará por imbécil. La autoironía es una inversión a largo plazo, no te entenderán hoy y puede que mañana tampoco. Para alguien como tú, tardío seguidor de la new wave, las apariencias lo significan todo. Creo que mientes Salinas, creo que eres un hombre corriente.

Salinas estaba concentrado en las exquisitas nalgas de una azafata morena. Sin embargo, replicó:

—Creo que manifiesto mi erotismo de forma alternativa. Las convenciones sexuales me parecen decadentes. —Salinas se quitó los anteojos con gesto estudiado—.  ¿Conoces a Thomas Dolby?, busco asimilar el erotismo a la manera de Thomas Dolby.

—Basta —gritó Correa, con lágrimas en los ojos—, ustedes discuten sobre la autoironía, mientras yo aquí —Correa se apuntó la sien con el índice— desarrollo el plan que nos llevará a la gloria. Ustedes parecen no tomarme en serio. Ustedes debaten, ustedes… ustedes están por su cuenta. ¿Vinieron acaso a disfrutar? Si es así estoy solo, porque yo no estoy disfrutando, les juro que no estoy disfrutando.

Durante la seudoconfesión de Correa, una pareja de chicas se besuqueaba como si se hurgaran el estómago. Una de las chicas llevaba puesto un ínfimo calzón y un corset de cuero, la otra usaba un ajustado buzo con agujeros en los lugares estratégicos. Estaban iluminadas por un cenital.

—Correa —dije—, todos tenemos nuestras excusas. “Sexo por servicios gastronómicos” es un absurdo y lo sabes, hasta el Salinas este lo sabe. Lo que no has querido admitir es la falta de trascendencia en tu vida. Te excusas, buscas no ser un mujeriego, te justificas en un descabellado proyecto, sabiendo que en el caso hipotético de que logres llevarlo a cabo, estarás continuando tu tarea. En el fondo Correa, eres un moralista, en el fondo Correa te arrepientes. ¿Yo no sé de qué? Te esmeras en buscarle finalidad a la vida, cuando esta no lo tiene. El gozador es afortunado, Correa, no es responsable de sus actos por que no tiene cuentas que rendir. No fuerces las cosas, estruja hasta la última gota de semen, pero se consecuente. Es falso aquello de que nunca es tarde para cambiar. Si me preguntas si es lícito luchar por que todas las mujeres del mundo le chupen el pene a uno, yo digo que está bien.

Correa cerró los ojos. Una horrible mueca de desamparo le recorrió el rostro.

6

Esta conversación se llevó a cabo el 15 de Diciembre del año 2003. Dos días más tarde,  me enteré de la muerte de Correa. El suicidio había tenido lugar en su casa, el médico había declarado “asfixia por ahorcamiento”, dictaminando la hora de la muerte a las 3:00 a.m. Había sido una lástima y es que nadie se lo esperaba. Dos horas antes del suceso había telefoneado a Correa, exigiéndole el pago de mi finiquito. Quiero creer que fui el último en escucharle con vida y, aunque es probable que alguna de sus ex le hubiese llamado más tarde para cobrarle la pensión alimenticia, me gusta aferrarme a esa idea. De Salinas solo puedo decir que le volví a ver durante la navidad del 2007; ambos habíamos crecido, Salinas ya era un periodista y yo, bueno, yo no era nadie. Nos dimos un sincero abrazo y no volvimos a saber el uno del otro. Con el tiempo, sin embargo, una idea enunciada por Salinas me ha quitado el sueño. “El erotismo de Thomas Dolby” había dicho Salinas, determinaba su relación con la sexualidad. Un antiguo video clip, muestra a Tomas Dolby ejecutando la danza típica de la new wave años 80; el video es modesto pero representativo de la época, o sea un paradigma. ¿Qué es entonces el erotismo de Thomas Dolby? Nada, porque Thomas Dolby no tiene erotismo. Salinas intuía esto, pero debido a su excitación y carencia de ideas propias, no pudo desarrollar la idea y la desestimó. Correa no podía imaginar un futuro sin erotismo y se quitó la vida. En este sentido, Correa es un Beatle, un Beatle pobre, un Beatle de segunda, o sea, un Ringo. Finalmente un Beatle. Correa intuyó su decadencia y le puso término, antes que se evidenciara. Thomas Dolby jamás tuvo erotismo y aún vive. ¿Entonces, el erotismo de Thomas Dolby es latente? Según un principio en biología, las madres se abandonan a la muerte una vez que sus hijos se vuelven autosuficientes, ahí acaba el erotismo. ¿Correa renunció al erotismo cuando aún era fecundo? Si es así, Correa tampoco fue un Beatle. Oh, Dios, me miro al espejo y soy Leandro Correa.

[CC 2012, Juan Calamares]

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