Negocio Redondo

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La Marca del Vampiro, de Tod Browning

La Marca del Vampiro, de Tod Browning

Por Patricio Alfonso.

A la memoria de Lucía Mortensen (1951 – 1968), arrebatada en su máximo esplendor.

Como tantas otras veces la veo regresar al filo de la alborada, envuelta en su sudario blanco. Vuelve la cabeza hacia mí y puedo vislumbrar un resto de sangre fresca deslizándose por su barbilla. Nos saludamos con una inclinación de cabeza  –yo hago la última ronda por el camino del cementerio–  y luego ella se refugia en el sepulcro de los Mortensen. Pero esta ocasión es distinta.  El hombre de las estacas y los crucifijos le sigue los pasos. Ella me dirige una mirada intensa, quizá preñada de alguna forma de desesperación. Le hago un gesto y me sigue a la tumba de Ignacio Balladares, una de las más lujosas e imponentes del camposanto. Lo que casi nadie sabe es que esta tumba está vacía. El Tufo y yo la hemos despojado de todos sus objetos de valor, y  hemos arrojado subrepticiamente el cuerpo de Ignacio a la fosa común. Ella se oculta ahora, ocupando el lugar del cadáver desaparecido, mientras su perseguidor desespera de no encontrar a su presa en la tumba de los Mortensen.

Ella ahora descansa, muerta hasta la noche, y a la mañana siguiente yo encuentro su dádiva sobre la lápida de los Mortensen: un puñado de antiguas monedas de oro por las que un anticuario me pagará sin duda un buen precio.

El funeral de Lucía, llevado a cabo en una fría mañana de mayo, fue la primera señal de actividad en torno al sepulcro de los Mortensen que yo pude ver en toda mi vida como guardián en el cementerio. Eran unas pocas personas, todas vestidas de negro y muy silenciosas –nadie lloró, nadie dijo palabras de despedida– que se retiraron o volatilizaron, más bien, apenas los sepultureros colocaron la lápida. Esa misma noche, durante mi ronda, creí escuchar algunos ruidos en la tumba. No les presté mucha atención. La presencia de ratas no es infrecuente aquí, y los recién enterrados suelen ser objeto de su curiosidad. Pero los ruidos continuaron en las noches siguientes, y me pude dar cuenta de que provenían del interior de la tumba de la recién sepultada Lucía. Lo de “recién” es relativamente relativo, puesto que pasadas tres noches seguía escuchando los sonidos. A la cuarta noche puse manos a la obra.

Retiré la lápida –lo que mucho no me costó, pues todavía no era fijada con cemento en su posición definitiva– y me encontré con el ataúd de caoba, todavía nuevo y en buen estado, reluciente bajo la luz de mi linterna. Claramente pude notar que los ruidos venían del interior. Es más; al parecer mi presencia los estimulaba, pues ahora proseguían con redoblado denuedo. Era un rasguñar imperativo y furioso que no se parecía en nada a la debilitada desesperación de quien ha sido sepultado vivo. Además, ya había transcurrido el tiempo suficiente como para tornar inverosímil esta última suposición.

Busqué en mi bolso de herramientas algo que pudiera servir de palanca. Fue en esos momentos que los rasguños se transformaron en golpes. Por primera vez, sentí miedo. La tapa del ataúd estaba cediendo, incuestionablemente empujada desde dentro, y terminó por caer con estrépito sobre el suelo del sepulcro.

En el interior yacía Lucía, los brazos todavía alzados como si aún sujetasen la cubierta de su prisión. Sus ojos estaban abiertos, y miraban con una fijeza impresionante. Yo me eché para atrás, iniciando el primer movimiento de la huída. Entonces ella me hizo un gesto, mudo pero imperioso, que me obligó a permanecer en el lugar. Fue en ese momento que comenzó nuestro trato.

Mi segundo trato, pues el primero era el que tenía desde hacía tiempo con El Tufo. Yo lo dateaba sobre sepulturas ricas y poco frecuentadas, y él a cambio me entregaba un porcentaje de lo que obtenía de los reducidores.

Mantener estos dos tratos me resultaba más que llevadero, y jamás se me ocurrió que pudieran chocar. Ser el ayudante vivo de una no muerta y además el cómplice de un desvalijador de tumbas me parecía la mejor forma de complementar mi abnegada labor como guardián del cementerio.

Me parece que el conflicto se inició una mañana en que efectuaba algunas reparaciones en el sepulcro de los Mortensen, dañado por algunos desprendimientos que hacían que la luz solar incidiera directamente sobre la tumba de Lucía. El Tufo llegó y me preguntó con extrañeza acerca de la necesidad de reparar un mausoleo viejo y abandonado. Tal vez no supe responderle de manera convincente. Aunque entonces no me di cuenta, creo que fue desde ese momento que el antiguo ladrón de los muertos empezó a vigilarme.

Cuando días después me retiraba del mismo lugar tras haber  recogido mi propina, me encontré con El Tufo a boca de jarro. Me había sorprendido con las manos en la masa, mejor dicho, en las monedas de oro antiguo.

Como era de esperar, me acusó de traición. Según él, yo había descubierto un antiguo filón de riqueza y me lo estaba guardando para mí solo.

¿Qué podía hacer yo?, ¿contarle la verdad?, ¿decirle que una vampira me pagaba por protección con aquel viejo oro enterrado?

No tuve, sin embargo, que contestarle. En la mano del Tufo había aparecido un argumento brillante, metálico y de cortante filo que no admitía réplica alguna. Me conminó a que lo condujese al lugar del supuesto tesoro, y bajo tan contundentes razones no me quedó más que obedecerle.

Mi principal problema era que yo mismo no sabía donde ir. No exactamente al menos. Encaminamos nuestros pasos –yo adelante– hacia el sepulcro de los Mortensen.

Entramos al mausoleo. Mi última mirada al exterior me dejó ver un sol declínate y la faz adusta del Tufo que seguía mis pasos.

Alguien más agudo que El Tufo tal vez hubiera reparado en lo extrañamente reluciente que se veía la lápida de Lucía en medio de la general vetustez de aquel sepulcro. Pero por lo visto mi antiguo cómplice tenía la mente llena con la  imagen de las monedas que había visto en mis manos y era absolutamente incapaz de pensar en otra cosa.

Tenía que ganar tiempo. Es más, tenía que deshacerme de él. En el piso del sepulcro se iniciaban unas largas escaleras que conducían a una cripta subterránea a la que no había bajado jamás. Encendí la linterna que siempre llevaba colgando del cinturón y empecé el descenso. El Tufo, aceptando un supuesto y tácito mensaje, me siguió sin decir palabra.

Mientras bajábamos me pareció escuchar un ruido proveniente de la parte superior. Pensé en Lucía saliendo de su tumba, y comprendí que era un imbécil. Ella podría haberse encargado del Tufo. Ahora no me quedaba mas que continuar el descenso teniéndolo a mis espaldas.

Barrido por el haz de la linterna, el lugar parecía más amplio de lo que hubiera imaginado. En el piso divisé un bulto y pronto comprendí que se trataba de despojos humanos. Pero había algo más. Algo que se movía.

La luz me los reveló como si fueran una pesadilla. Eran dos, con miembros contrahechos, enormes garras y la fláccida piel de un blanco enfermo. Se afanaban sobre los restos arrebatados a la tumba como perros sobre su botín. Nuestra presencia no pareció importarles.

Había oído hablar sobre la existencia de esas criaturas en los cementerios, pero nunca pensé en toparme con ellas. Escuché al Tufo gemir de miedo. Mi pasmo no era menor, pero no podía dejar pasar esta segunda oportunidad.

Aferré la linterna con las dos manos y girando violentamente lo golpeé con todas mis fuerzas. Se derrumbó como un saco de papas, manado sangre por la cabeza partida.

Las criaturas alzaron los rostros e hicieron algo increíble. Sonrieron, y pude vislumbrar una doble hilera de dientes afiladísimos. Luego dejaron su antigua presa y se arrojaron sobre el cuerpo del Tufo, sin duda agradecidas por la inesperada ofrenda de carne fresca.

Me apresté a abandonar el lugar rápidamente. Pero el haz de la linterna me reveló un brillo inusitado en una de las tumbas del muro cercano. Me encaminé hacia el lugar, un viejo nicho abierto y quizá vaciado por aquellos seres subterráneos. Allí estaba el tesoro.

Monedas. Monadas antiguas exactamente iguales a las que constituían las dádivas de la vampira, pero en una cantidad suficiente como para hacer rico a cualquier hombre.

De momento no podía llevarme aquella riqueza. Volvería al día siguiente, y tal vez debiera hacer más de un viaje. Supuse que las criaturas no me molestarían, pero no estaría de más traer un poco de carne, y también un revólver. Entonces comprendí cual sería mi verdadero problema. Lucía.

Me reuní con el hombre de las cruces y las estacas en un bar de las afueras. Me hizo entrega de un cheque nominativo y yo en cambió de un mapa del cementerio y un plano del sepulcro de los Mortensen. Así fue como cerré mi tercer trato. Negocio redondo.

[CC 2012, Patricio Alfonso]

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