El Templo del Horror

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El Templo del Horror

El Templo del Horror

Por Andrés Odellober.

No siempre es recomendable optar por la ambición, puedes conseguir bastante, pero también perder demasiado.

Resulta que me ganaba la vida con el negocio de las piedras preciosas. Viajé por el mundo comprando y vendiendo estas maravillas de la naturaleza y, gracias a eso, estuve en lugares increíbles, y me topé con culturas que jamás pensé conocer. Muchos creen que es un trabajo fácil, pero no es así. Sé lo que es pasar hambre y frío, y no siempre  logré obtener lo deseado, aunque si todo marchaba a la perfección, las ganancias podían llegar a ser bastante suculentas – pero para mi mala fortuna, estos no eran tiempos buenos –  De todos mis viajes, este debía ser el más largo y difícil. Gané mucho dinero en Europa, durante dos años mi vida fue exitosa, tuve dinero, mujeres y lo que cualquier hombre pudiera desear, pero quise más, y no conforme con mi fortuna, viajé a Sudamérica en búsqueda de más riquezas. Después de algunos meses, las ventas comenzaron a ir mal. Últimamente los orfebres y artesanos ya no compraban mis piedras al precio que había establecido, sólo regateaban. Si buscas alguna conexión entre los pueblos de todo el mundo, ahí lo tienes.

Necesitaba alimentarme y pagar alojamiento en cada región que visitaba. No es que tema a pasar la noche en la calle o algo por el estilo, sólo se trata de cuidar la mercancía que porto conmigo. Ya he tenido bastantes problemas. Todo este asunto, me obligó a viajar por lugares olvidados, viviendo siempre en la incertidumbre. Quise buscar más allá y, por culpa de mi puta ambición, viví la experiencia más horripilante de mi vida.

Cuando arribé la cima de uno de los montes más altos, pude atisbar una mística y frondosa región. Después de horas caminando, necesitaba un descanso. El sol ya casi se escondía, y supuse que encontraría algún lugar donde pasar la noche. Seguí contemplando la oscura tierra y de pronto, varios pensamientos se alojaron en mi cabeza, pensamientos extraños que dominaban mi mente. Mi corazón se enfrió, y el sueño me invadió – debí quedarme dormido por varias horas – de pronto me vi echado en el suelo. No podía perder más tiempo, ya había oscurecido, así que descendí hasta el fétido valle, y caminé por un sendero que serpenteaba hacia un sombrío bosque. Una pequeña aldea se encontraba del otro lado, pero primero debía cruzar aquella espesura – de todas maneras debía valer la pena, en una noche como esa, necesitaba abrigo y algo caliente – Si tenía suerte, por la mañana algún anciano orfebre me compraría unas cuantas piedras y podría salir de allí en pocos días. El lugar estaba rodeado de pútridos cenagales; sus aguas turbias eran asilo de algún mal desconocido que acechaba constantemente, de eso estaba seguro. El frío calaba mis huesos y, el hedor, junto a la  poca visibilidad, me hacían permanecer en estado de letargo. El barro cubría mis pies hasta los talones y, la humedad, empapó mi ropa por completo. No supe por qué, pero sentí miedo, mucho miedo. De cuando en cuando me detuve a descansar y, mientras más cerca me encontraba de la frondosidad, una creciente sensación de horror conmocionaba mi ser. Cuando casi entraba en la espesura del bosque, divisé a lo lejos un gran fogón. Desde allí, una música cacofónica retumbó en mis oídos. Me sentí mareado y no pude evitar regurgitar, el asco que me provocaba el hedor era inevitable. Seguí caminando lentamente, la música se hacía cada vez más incómoda. Cuando llegué al centro del bosque me oculté tras un enorme árbol. Vi seres deformes y mucilaginosos bailando alrededor de una enorme edificación de piedras. ¡Por dios! Jamás había visto algo tan horrible, pero hermoso a la vez. Eran tantas piedras preciosas como nunca había visto en toda mi vida. Sentí muchas ganas de tomarlas, una por una, y guardarlas en mi bolso, pero nuevamente, la sensación de horror se apoderó de mí. Me encontraba entre el límite de la cordura y la locura.

Los humanoides bailaban y cantaban en idiomas extraños. Jamás, en todos mis años de viajes por el mundo, escuché algo parecido. Noté que desde el interior del gran templo de piedras, salían más y más bestias y horrores. Parecía un gran batallón de asquerosos seres. Corrí hasta alejarme lo suficiente del lugar y presumí que mi presencia había pasado inadvertida. Durante algunos minutos me oculté tras unos arbustos. Luego, caminé en puntillas para alejarme de ese horrible culto a lo desconocido, pero advertí que dos grandes ojos me acechaban en la oscuridad. La bestia me empujó y me habló en ese extraño idioma que desconocía. En menos de lo que canta un gallo, estaba rodeado de más humanoides, todos mirándome con odio, apuntándome con armas hechizas y mostrándome sus grandes dientes afilados. El más grande de ellos, cogió una especie de hacha, y el resto me tomó de los brazos. Fui arrastrado hacia una mesa de roca muy oscura y recostado sobre ella, boca arriba. Me sentía mareado, y mi visión era bastante imprecisa. Uno de ellos levantó la vista al cielo y comenzó a tararear una desagradable melodía, digna del horror en el que me encontraba atrapado. El resto lo siguió. Grité, lloré y supliqué en varias ocasiones, pero con esto, sólo conseguí que me golpearan e insultaran cada vez más – no podían ser más que insultos aquellos gritos guturales en idiomas funestos – .Era mi fin. Los humanoides me ejecutarían, y no habría paso atrás. Tal vez lo harían en honor a algún dios desconocido, tal vez sólo por placer, jamás lo sabré. Otro humanoide – parecía ser el líder – tomó mi bolso y lo vació. Para sorpresa de todos, este estaba lleno de lapislázuli, ónix, cuarzo, y otras piedras que por la expresión de sus rostros, presumo, no conocían. Todos quisieron tomarlas, pero no eran demasiadas. Comenzaron a golpearse entre ellos tratando de conseguirlas, luego a asesinarse, más tarde el culto se transformó en una batalla campal. Aproveché ese momento para tomar mi bolso y escapar, pero una bestia me tomó por el talón. Logré zafarme golpeándolo en la cara. Tomé una lanza y comencé a correr. Se me cruzó uno de ellos, pero rápidamente lo atravesé a la altura del pecho, su mirada reflejaba el odio que sentía, mientras moría lentamente. Seguí corriendo y tras de mí, una veintena de humanoides me seguía, gritando y maldiciendo en su idioma. Logré cruzar el bosque sin que me dieran alcance. Perdí mi bolso, y mis piedras, pero salvé con vida, nada más importaba en ese momento. Cuando salí de la frondosidad, atisbé la pequeña aldea. Caminé algunas cuadras y, entré en un boliche que, al parecer, era bastante concurrido. Las gentes me miraron con extrañeza, y sólo atiné a cerrar los ojos. Comencé a tambalearme, caí de bruces y perdí el conocimiento.

Por la mañana, desperté en una oscura habitación. Una mujer de cabellos rojos me atendió y contó lo ocurrido. No dudé en preguntarle sobre las bestias del bosque, pero por su expresión, debió haberme tomado por loco, pues nunca vio o escuchó algo relacionado con mi burda historia.

Pasé algunos días en aquella aldea, trabajé en el boliche para pagar mi alojamiento, y de las bestias no supe por un buen tiempo, hasta que una noche, mientras cerraba el local, mis vellos se erizaron. Dos siluetas a lo lejos me miraban, me apuntaban y hablaban con sus voces guturales, en su horrible idioma. Al rato desaparecieron. Sé que esperan el momento para terminar lo que comenzaron aquella noche de horror. El miedo me consume día a día. Ya vienen por mí.

[CC 2012, Andrés Odellober]

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