La destrucción por el arte

Estándar
La destrucción por el Arte, de Juan Calamares

La destrucción por el Arte, de Juan Calamares

Por Juan Calamares

“—Buen tiro —felicitó una voz que reconoció como la del cabo Atu­cha—. Mi computadora los detecta cerca de la cúpula…”

Teobaldo Mercado

1

Que yo recuerde mis trabajos comenzaron a lo 33 años. Antes de eso yo  ejercía labores como asistente de producción en S.Q.P., era un empleo mediocre y mal pagado, pero  la muerte de Felipe Avello lo cambió todo. Avello se había suicidado , nadie tenía muy claras las razones; tampoco es que lo analizaran mucho. En fin, que a nivel nacional , la muerte de Felipe Camiroaga había sido mucho mas mediática. En Chile se se suele considerar como inteligentes a personas que no lo son en absoluto, por ejemplo Alejandro Guillier, pero Avello… Avello sí que lo era. Ay, la muerte nos conmueve a todos.

Un día, mientras me paseaba por el set, me caí y estuve retorciéndome de dolor por unos 15 segundos. Las cámaras no habían dejado de filmar, de hecho me matenían en primer plano. A  cada tanto, mostraban al panel e iban recorriendo sus caras de asombro. ¿Alguien conoce a este imbécil? Esa era la pregunta que sugerían su rostros. Al final se fueron a comerciales. Yo me puse de pie, lo mas dignamente posible. Seguí con lo mío y me fui a mi casa. A día siguiente me esperaba Jaime de Aguirre. Por mucho que fuera mi jefe, jamás me había dirigido la palabra. Me asusté cuando me hizo pasar a su oficina. Me explicó lo que quería de mi: no habían pensado en un reemplazo para Felipe, a lo mas, se conformaban con los desesperados intentos de Francisca Merino por ser graciosa, pero mi actuación (ah, mi actuación) había reventado el rating. No creía que pudiera sostenerse en el tiempo, pero al menos era un salvataje. ¿Podía preparar algo para el día siguiente? Oh, sí que podía.

Al día siguiente aparecí vestido de smoking. Ni siquiera me habían presentado a Nacho Gutierrez, pero el ya sabía quien era yo. La idea era que yo volviera a caerme,  al menos eso era lo que esperaba Nacho. Pero yo tenía otros planes. En lugar de caerme al piso, tomé el micrófono y comencé una grotesca imitación de Samuel  Beckett. ¿Samuel Beckett en smoking en el panel de SQP? sí, ese era el concepto y aunque nadie mas que yo lo entendiera, lo importante es que era mi motivación. Primero hubo silencio, mientras yo decía “cada palabra es como una innecesaria mancha en el silencio y en la nada.” Y luego las risas simiescas. A partir de ese momento supe que mi trabajo sería incomprendido y que esa sería mi tragedia como artista, pero también supe que aquella incomprensión me reportaría un montón de plata.

A la semana mis videos en YouTube sobrepasaban el millón de visitas. Me había  vuelto un panelista estable y se hablaba seriamente de mí para conducir un programa. Yo me negaba aduciendo el extrañamiento de la vida ante el súbito éxito, pero ni yo me creía aquellas objeciones baratas. Lo que más le gustaba a la gente era mi número titulado “Virgen Necia” . Yo fingía ser un hipotético Artur Rimbaud de 70 años, amargado y resentido por una fama póstuma que creía inmerecida. En un momento llegaba a mearme en los pantalones, mientras agitaba el bastón. “Tú que aprecias en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado”. ¡Y la gente se mataba de la risa!

Lo que mas me gustaba era que tenía cancha libre. Podía entrometerme en diferentes set y dar  mi opinión sobre cualquier cosa. Hasta a Fernando Villegas le saqué una sonrisa, cuando me disfracé de Voltaire para imitarlo. Me sentía bien de haber contribuido a que aquel hombre tan desinteresado en la existencia humana creyera por un momento en el poder de la risa. Pero me enorgullecía todavía mas que Pamela Jiles me contara entre sus simpatizantes. Yo sabía que en el mundo todavía quedaban  mujeres como Pamela Jiles, no muchas, al menos no las suficientes como para reflotar el movimiento feminista, pero si las suficientes como para hundir mi incipiente carrera. Yo podía sentirme afortunado de haber caído en gracia de aquella comunista cicloclímica.

Aquella inflexión vital, si se quiere, metafísica, duró un año. Para ese entonces había hecho buenas migas con varios incapaces del mundo del espectáculo. Salía con Pablo Mackenna, tenía el teléfono privado de Benjamín Vicuña, etc. Algunas mujeres también, pero sobre todo tenía amigos gay cool, del tipo Jordano Castelli. A Jordano Castelli le encantaba llevarme a las inauguraciones, quería que descubriera lo circuitos de arte. Yo conocía los circuitos de arte y mucho, pero solo como mero espectador. Pero tampoco creía que aquello tuviera relación con mi trabajo. Jordano insistía que sí, aunque yo decía que no. Sabía que el arte es sensitivo, un ejercicio que no requiere, ni merece comprensión intelectual. Que importaba que mi público me comparara con Bombo Fica. Me consolaba con aquella idea, aunque en el fondo me habría encantado que me tomaran en serio.

Algo que tenía en común con Jordano era que yo tampoco era periodista. Si yo hubiera sido periodista no habría tenido el beneplácito de Pamela Jiles, por ejemplo. Como figuras mediáticas no-periodistas, se nos tenía permitido fallar, no estar informados, en fin, vivir. Al periodista, en tanto, no se le tenía permitido vivir, era un pobre diablo que debía pasarse la vida leyendo “Le Monde Diplomatique”. Yo despreciaba terriblemente a aquel  gremio de perdedores. Pero si ni siquiera era una profesión de verdad, por Dios. Como sea , un día conocí a una periodista.

2

La toma de contacto se realizó en  el estudio de Jordano, mientras me hacía unas fotos para TV y Novelas. La producción quería una serie de desnudos impactantes para una nueva campaña. Era una maniobra suicida, porque yo envejecía rápidamente y mi calva crecía como la peste. Pero sabía ser sexy, sabía ser contemplativo, era como cualquier actor del método y, sobre todo, adoraba aquella estúpida revista. Vamos, que había nacido para eso.

Cuando la chica entró, yo posaba en cuatro patas y Jordano se apresuró a pasarme un bata. La chica estaba acostumbrada. Yo no, me sentí un poco menoscabadp, estaba lejos de tener el físico de Jordano. Era del tipo mediterráneo, más bien griego: el pelo negro hasta los hombros, la tez muy blanca. Le eché por lo menos uno ochenta. No creo exagerar si hablo de ella como el súmmum de algún tipo de belleza icónica, una belleza que no se da mucho por esta parte del mundo. Por otro lado se vestía como una completa guarra. Un top y una mini muy a ras de culo. Se llamaba Talía.

Cuando Jordano nos presentó, ella me saludó con un beso en la boca. ¿Tuve una erección? Por esos tiempos apenas si se me ponía tiesa, pero creo que sí. En ese momento, me di cuenta que se me había abierto la bata y que estaba respirando con dificultad. Estaba encandilado con aquel objeto, ¿cómo llamar de otra forma a la belleza femenina? Ay, Pamela Jiles, nunca comprendí porque te caía en gracia.

—La señorita quiere hacerte una entrevista —dijo Jordano.

—En realidad no es una entrevista en rigor; si no, cómo decirlo, una previa.

Sonreí y debo de haberme visto impresionantemente estúpido. Si Jordano me hubiera tomado una fotografía, la habrían colocado en la sección de chascarros. Quedamos en salir a la noche.

Subimos por Av. Santa María. El auto corría a toda velocidad y  las llantas mordían el asfalto y toda la humedad de esa noche de verano se metía por las ventanas y el tiempo parecía correr mucho más lento en esa jaula que era la cabina. Noche bajo la luna como testigo. Yo estaba dopado por  la  metilenodioximetanfetamina.

—Oh, está buena —dijo Talía. Se había girado a mirarme y podía ver cómo el cabello le resbalaba por la cara y se le metía en la hendidura de los pechos. Era un detalle enternecedor. Perfectamente podría haber reparado en sus tetazas inflamadas bajo el top, pero yo me fijaba en la caída del cabello.

Nos detuvimos frente al depto de Talía. Estaba  cerca del depto de Jordano. Se podría decir que eran vecinos, unos vecinos muy cool. Yo desentonaba, pero no mucho. Se podría decir incluso que encajaba. Ay, la vida del burgués es la  vida verdadera.

El departamento tenía 400 metros cuadrados y solo había dos por piso. Había una piscina en el primer nivel, que estaba separado del segundo por una  plataforma metálica, unida a la base por una escalera  de caracol. Todo el escenario blanco, muy hi-tek, con reminiscencias de ciencia ficción. Los muebles empotrados a las paredes y un ventanal  que permitía la contemplación de la ciudad y afuera todo el mundo era  feliz en sus solares de plata en aquella anticipación del futuro. Algunas  obras de arte:  una pintura con diferentes grados de azul y un busto que representaba el cráneo muerto de Aristóteles. Bellísimo.

Había varios puff en el suelo y Talía se dejó caer en uno. Tendió los brazos,  se quitó el top. Después se cubrió los pechos con el mismo top. Las pupilas dilatadas  como una caricatura, como un robot construido para la pura exaltación. Como si todos sus movimientos dejaran una estela de niebla tras de sí. Yo me dejé caer sobre ella, o creo que fue eso lo que hice, no sé. De cualquier manera, al rato estábamos en el suelo y después en la piscina. Pero yo seguía viendo los objetos inflamados y escuchaba un zumbido tipo “música de las esferas” . No podía despabilarme. Bajo el agua bailaban objetos, pero eran las piernas de Talía y después sus piernas me rodeaban la cintura y nos movíamos como un ser extraterrestre que tenía un solo cuerpo y dos cabezas.

Cuando desperté, Talía estaba  de rodillas en el suelo, completamente desnuda y bebiendo una taza de café.

—Hola.

—Hola. —Yo también estaba desnudo, pero seguramente no estaba tan despampanante como Talía. Se había recogido el pelo en una cola y soplaba su taza  y aquello parecía un comercial de Nescafé. Miré la habitación de hito en hito. Sonreí. Me sentía desorientado, pero la resaca de éxtasis no era lo que se dice una resaca, no al menos comparada con una resaca de coca. Talía fue por un café para mí. Estaba muy bueno, italiano de primera selección. Bebí un poco, antes de hablar—. ¿Desde cuándo te gusta mi trabajo? No sé, quiero decir, no tiene sentido. Aquí puedo desorientar a algunos críticos, pero no vamos a decir que son críticos de primera línea.

—Entiendo lo que dices —levantó lo brazos sobre la cabeza para soltase el cabello—, pero los subestimas, no es que sean tontos, solo que es la primera vez  que son testigos de algo real. No saben cómo reaccionar.

Podía ser, tal vez , tendría que pensarlo. Continuó:

—¿Recuerdas cuando te vestiste de Voltaire y recitaste la divisa de Francia, frente a Fernando Villegas? Lo vi en YouTube, fue una excelente jugada contra ese cabrón.

Otra vez me salían con lo mismo. Yo admiraba a Fernando Villegas, y mucho, y en esa ocasión había querido alegrarlo. Odiaba que Yamila Verdejo lo hubiera humillado públicamente. ¿Que se creía ? Oh, cómo odiaba a esa zorrita. Nunca había soportado a los dirigentes, ya fueran estudiantiles o de cualquier clase. Solo podían generar violencia. La brutalidad policíaca me traía sin cuidado ¿qué más se les podía pedir a eso imbéciles? Si te metías a policía era porque te habían violado de chiquito o porque simplemente te gustaba dar palos. Pero los movimientos estudiantiles habían hecho de la violencia un discurso.  Se lo expliqué a Talía. Se desconcertó, pero no mucho. Se dejó caer a mi lado.

—¿Te gustaría ver mi trabajo?

—¿Tu trabajo?

—En realidad, no soy periodista. Bueno, periodista free lance, si se quiere. El periodismo es un asunto funcional, lo hago para buscar nuevos talentos.

Seguí a Talía al segundo piso y ella encendió una pantalla que cubría toda la pared. Veríamos un DVD con su última obra. Me puse atento. La primera toma se abría de de negro y aparecía una mujer desnuda en una playa. No se le veía el rostro, porque el sol la descomponía. Parecía  como un rostro envuelto en un halo divino, era muy raro, muy surealista. Luego la toma se abría y comprendíamos que la mujer no estaba en la playa, si no en la nieve, pero otro corte la mostraba en la boca de un volcán, en un pantano, en toda clase de escenarios naturales. El montaje duraba unos 5 minutos y la sensación era desconcertante,  como en “Belle de Jour”.  Solo se descubría la identidad de la actriz al finalizar la secuencia: era Talía. Ahora estaba en un cuarto rodeada por 12 negros desnudos. A continuación  seguía una película porno,  con las fallas técnicas habituales de las películas porno, pero mas hardcore, en tanto que la actriz realizaba en la misma película los números que las actrices suelen realizar en toda una carrera. Además del gang bang tradicional la cinta incluía doble y triple penetración, lluvia  y deglución de esperma, fistfucking y muchas otras variaciones. Otra diferencia era el rostro angelical de Talía; en ningún momento había puesto las expresiones de hastío de las actrices porno y los actores por su parte, la follaban con ternura; como en “El Banquete”. Al final había un close-up de Talía y, antes de pasar a los créditos, ella  decía: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.

Casi me caigo de la silla. Nunca había visto algo tan provocador, tan puro. La frase de Lucas era lo que terminaba de determinar el conjunto; le otorgaba el tono de debate y reflexión que había caracterizado al arte contemporáneo desde Marcel Duchamp. Lo único que tenía en común con mi trabajo era la inclusión de aquel espasmo de  irrealidad en la realidad tanto mas sórdida de la industria pornográfica. Pero el paralelo era importante, casi me podía reflejar  en ese espejo y me sentí emocionado, al borde de las lágrimas. Aquella película era la corroboración de mi obra.

—Es insoportable —dije—,  pues, a diferencia de Felipe Avello, yo sé lo que hago, yo sé cuál es mi rol en la sociedad; mi rol es el del cínico, el rol Diógenes, que insta a la sociedad a su propia destrucción, pero lamentablemente ni siquiera me tildan de fascista. Me han reducido al arquetipo de bufo.

—Tu principal valor —dijo Talía, mientras me acariciaba los pelos del pecho—  radica en que eres el único artista moderno que ha sabido trabajar sin un meta lenguaje. Desde que la fotografía acabó con el arte como representación o sublimación de la realidad, los artistas, han debido conformarse con explicar sus obras, pero tu te niegas, crees en el arte como rogativa. —Miré sus pechos desnudos y me excité terriblemente al ver que la película había comenzado de nuevo—. Además eres consciente de tu talento. Escribes página tras página de intensa nausea, sin el menor esfuerzo físico; nunca has corregido nada. Te sabes un genio, un genio de primera categoría y por lo tanto, condenado al ostracismo. Eres el último genio de tu generación y, luego de la muerte de Pynchon, serás el único. El fenómeno no volverá a repetirse, lo sabes, la sociedad de consumo se ha encargado de matar cualquier intento de creatividad. Así que ni siquiera tienes el consuelo de ser comprendido por la siguiente generación. No buscas la aceptación, la aceptación te importa una mierda. Es más, gozas con la ineptitud de la gente y te ufanas de tener una real visión de mundo; te encanta ser un perseguido.

Se puso de pie y bajó por la escalera. Parecía que se deslizaba. No percibía el movimiento de sus piernas y era tan extraño, porque yo no estaba drogado, ya no. Se zambulló en la piscina y se quedó de espaldas:

—Juan, puedo hacer que tu trabajo sea comprendido a cabalidad, tengo los medios.

3

Dejé de ver a mis amistades, dejé de ver a Jordano. Ahora caminaba por la alfombra roja del brazo de Talía y podía sentir el destello de los flash. Ya no era un mono simpático. Era un ícono, tenía sustancia y veracidad. Sin embargo, el giro que había tomado mi trabajo no era tal, hacía exactamente lo mismo, pero ahora era reseñado en los circuitos serios. Pedro Lemebel hacía un acalorado encomio de mi obra, muy propio de su habitual floritura: “Y aquel revolucionario bufo, ni tan proleta, ni tan cuico, hizo su entrada como una loca sedienta en el mundo de la farándula”. Me sorprendía que aquel hombre con una visión de mundo tan maniquea viera algo positivo en mi trabajo. ¿Qué había de positivo en mi trabajo? Cristian Warken pedía mi opinión sobre el futuro de las poesía (le encantaba hablar del futuro de la poesía, viniera o no a cuento; una vez entrevistó a Eric Goles y se las arregló para que citara a Jorge Tellier). Según las religiones panteístas hay un dios para todo y yo me convencí que el dios de los payasos se había manifestado a mi favor.

Pero Talía no creía lo mismo. Para ella, el circuito era minúsculo, terriblemente deprimente. Sabía cómo preparar un despliegue publicitario impresionante. Así que cuando llegamos a Nueva York, las galerías se peleaban por mostrar mi trabajo. En el Soho presenté “Las inmundicias que Richard Burton le arrojaba a su público” que era eso mismo, o sea yo, arrojándole inmundicias a mi público. El éxito fue demoledor. Hasta la fundación Elizabeth Taylor se sintió conmovida; les parecía un  fiel reflejo del humor de aquel escalofriante alcohólico. Recuerdo las cenas, los amables entremeses de entreacto. No es cierto que prime la envidia entre los cultores del arte moderno; yo trabajaba con mi cuerpo, ahí no había lugar para imposturas. En una ocasión me desvestí en Greenwich Village. La gente gritaba “crucifíca, crucifica” y aquello había sido un acto espontáneo. “No es herejía”, declaró Totsuo Yakamoto, “es la experiencia religiosa llevada al extremo.” La tristeza del payaso no se aplicaba a mi persona; por fin había dejado de sufrir terriblemente.

Cuando Jordano me llamó por teléfono, yo atravesaba lo que Michel Basterrica denominó mi “etapa del dolor puro”. Después de las formalidades de rigor, Jordano entró de lleno en el tema que le interesaba:

—Escucha, la producción del canal me ha pedido que te fotografíe. Yo les he dicho que no te interesa, que el vulgar medio chileno te importa una mierda, pero han insistido. Creen que puedo convencerte, incluso me han pagado un suplemento por el solo hecho de llamarte. Vamos, rechaza la oferta, que tengo mejores cosas que hacer.

Le dije que me interesaba y Jordano se quedó en silencio. Después me dijo que la producción se comunicaría conmigo para resolver los pormenores. Cortó. Quizo parecer furioso, pero yo estaba seguro que le encantaba la idea de verme. Yo también estaba encantado de ver a mis viejos amigos. Por primera vez, comprendía el sentimiento de los exiliados: uno puede creer que Chile es una mierda, pero eso no quita que en otros países se cague la misma mierda.

Esa noche cenamos con Michel Gondry y Björk. En la mesa de enfrente estaban Brangelina. Cuando decidieron juntar las mesa, me sentí un poco irreal. Tenía la impresión de estar un pelín sobrevalorado. Me gustaba mi cambio de mono de feria a mono con privilegios, pero por alguna razón me sentía utilizado. Talía se veía tan bella, tan segura de sí misma; llevaba la conversación como una especie de ceremonial. Era extraño, pero a veces tenía la sensación de estar frente a algo ubicuo. Era tan distinta al común de los seres humanos. Jordano llegó por la mañana.

Lo cité en mi estudio, pero apareció sin su cámara. Tenía una pinta espantosa, como si no hubiera dormido en días. Lo primero que quiso saber era dónde estaba Talía. Yo no sabía dónde estaba, pero eso pareció bastarle, porque entonces me agarró la mandíbula y me dio un empujón que me arrojó al piso. Me golpeé la cabeza e intenté incorporarme, pero Jordano se abalanzó  sobre mí y me puso un pie en la garganta.

—Mira en lo que te metiste, imbécil —me dijo.

Apoyó todo su peso en mi cuello y me dio una patada en la cabeza. Yo había quedado fuera de combate y apenas sí podía comprender lo que pasaba. Vi que Jordano sostenía algo y que me lo acercaba con el gesto de quien presenta una prueba, pero yo no era capaz de distinguirlo y solo atinaba a cubrirme la cara.

—¡Déjame! —grité—, ¡déjame!

Pero Jordano se había arrodillado con las piernas alrededor de mi estómago y me sacaba las manos de la cara para que viera su prueba. Era un laptop, pero yo no podía notar nada desde esa posición, solo veía el sudor en su cara, las  gotas  que caían lentamente  y se quedaban  congeladas en su barbilla. De pronto, vi que su rostro se contraía en un gesto de dolor y que su boca se llenaba de una sustancia y esa sustancia  no podía ser detenida y empezaba a derramarse. Entonces se derrumbó sobre mí. Yo saqué las manos de debajo de su cuerpo y  las miré y supe que estaban manchadas de sangre. Me paré y me resbalé, caí en el charco y quedé frente a la cara de aquel muerto. Después  atravesé el estudio y me fui en contra del guardaespaldas que había abierto fuego. Era un negro  enorme y monolítico,  instalado  en  el estudio como un ídolo africano. Estaba estático y me mantenía a raya con un solo brazo y yo estaba manchado de sangre  y seguí retorciéndome bajo el brazo del negro, luchando inútilmente hasta que perdí el sentido.

La noticia apareció en todos los periódicos. El Times tituló : “El hombre del año se salva por un cañonazo”. La prensa chilena reseñaba con cautela, pero eso no le había impedido publicar una foto de Jordano con el pecho destrozado. El resto del mundo también se enteró: la prensa japonesa con su habitual maledicencia decía: “Riña entre homosexuales acaba en asesinato”. ¡Pero si yo era completamente bisexual! Así me calumniaban esos buitres. Y yo los odiaba por su atroz mala leche. Los odiaba tanto que quería devorarlos, atarles correas al cuello y lanzarlos sobre las rocas  de la playa del océano de la muerte y del dolor y del pánico.

Al día siguiente, compré 5000 ejemplares del New York Post y los arrojé desde mi balcón en Greenwich Village. La gente se arañaba por ellos. Se peleaban por la posesión de un periódico con la foto de un artista de vanguardia en la portada. Dios, si parecía el funeral del Ayatola Jomeini. El mundo se había vuelto loco y yo con ellos y todos bailábamos al son de esa música, en ese carnaval de drogatas, pero Talía no. Talía se veía bien. Estaba muy  entusiasmada con una nueva oportunidad de negocios, relacionada con no sé qué mierda, pero que tenía que ver conmigo, seguro, porque yo era el único artista en su carpeta. Dos días después del funeral tomó un vuelo a Frankfurt:

—Sé qué es un momento difícil, pero la vida sigue. Hay galerías austriacas interesadas en tu obra.

Me dio un beso y se fue.

Ahora yo estaba custodiado por los negros de Talía. Siempre habían estado ahí, pero hasta  entonces eran una presencia oculta y, como buenos guardaespaldas, trabajaban su invisibilidad como un valor nominativo. A los muy bestias no les bastaba con aparecer en todas las películas de Talía (y follársela hasta por las orejas), si no que ahora tenían que estar presentes hasta en la ceremonia del baño (no había tal ceremonia, pero en fin). Yo estaba harto y quería un respiro. Una noche, mientras mi negro personal tomaba una siesta -tenía el paquete muy pronunciado y, como buen negro, se lo tocaba a cada tanto un poco para cerciorarse de que todavía estaba allí-  me colé y me metí al ascensor. En el ascensor, sin embargo, había otro negro -dos metros y medio, por lo menos- que me llevó de nuevo a la sala. Yo intenté sobornarlo, pero no lo convencí. Sin embargo, después de un rato noté que sonreía. Se reía de mí porque yo era un prisionero. Estaba horrorizado. Luego de varias tentativas de escape, acabé en una celda. Ni siquiera sabía que en mi piso en Greenwich Village había una celda. Era todo tan raro, tan aparatoso, tan teatral. Me sentía como en una novela de Kipling. La vida es kitsch, pero de todas maneras yo era vigilado por un negro (ya no sabía cual, porque todos eran cool y se parecían a Samuel Jackson). Aquello parecía un truco. Estaba a punto de volverme majareta cuando el negro dijo:

—Acepto.

—¿De qué hablas?

—Del soborno. ¿Cuánto traes?

Así que era el mismo negro. Le di el número de mi American Express y se puso a saltar, las piernas bien separadas y los brazos colgando como un chimancé enorme y lampiño. Estaba feliz. Yo iba a salir cuando vi que el laptop de Jordano estaba bajo el escritorio. Lo cogí sin preguntar y el negro ni se enteró.

Salí del edificio y me  encontré  con el New York oscuro y tenebroso, de vapores saliendo de las alcantarillas, de pandillas, de oscura humedad y de hedor en las esquinas. El mundo alterado  de los psicokillers y los corredores de apuestas,  los mismos  pedazos de mundo que  el cine había seleccionado para representar la sombría metrópoli. Me hundí en la noche y me  escondí en un callejón, presintiendo a los negros de Talía  en todas las esquinas, sabiéndome condenado y prófugo. No tardé en comprender lo que Jordano quería enseñarme:  era una página web titulada “Informe suplementario para el espíritu abierto”. Wikipedia no decía nada al respecto, pero Frikipedia informaba que el sitio estaba dedicado a la demonología y que solo los “corazones valientes” podían procesar con verdad el sentido de aquella instrucción.

Pinché el enlace y apareció la imagen de una mujer. Luego se iniciaba un recorrido por sus diversas encarnaciones en la historia del arte: Mujer icónica del renacimiento; virgen con niño en la paleta de Rafael; tensa belleza del primer barroco; menina de Velázquez; aldeana  según los pre rafaelistas; con paraguas según la escuela de Matisse; con portaligas según la visión de Édouard Schuré;  en un teatro y adolescente según Degas; enfermiza según Modigliani; puta de cabaret según Toulouse-Lautrec; peinandose el cabello rojo en un cuadro de Renoir; en un jardín amarillo intenso según Van Gogh; como polinésica según Gauguin;  casi invisible en el fondo de un paisaje de Monet;  con rostro cubierto con frutas por Magritte; camuflada como grifo en un cuadro de Max Ernst; como una deconstrucción griega en Chirico; heroína de fantasy heroic por Moebius; incomprensible por Ronald Topor; vituperada de injertos mecánicos por Giger; masturbándose en Manara; armada y con portaligas por Frank Miller. Y así suma y sigue. Hasta Picasso la había desfigurado según su retorcida visión de la belleza. Me puse a temblar cuando llegué a la última representación. Aquella musa, aquella “amada inmortal” no era otra si no Talía. El mundo del arte le había otorgado a esa bruja su total consagración. Yo estaba a un paso de la locura. En ese momento sonó el teléfono.

—Juan.

(Yo conocía esa voz, era tan deliciosa).

—Sí.

—¿Dónde estás?

—¿Qué quieres de mí?

—Estar contigo, ser feliz, ser deseada.

—¿Eres el demonio?

—No soy el demonio.

—Eres el demonio y mataste a Jordano, lo mataste porque me quería advertir.

—Yo no lo maté, lo mató el negro.

—Pero tú lo ordenaste.

—Yo no ordeno a nadie. Yo inspiro, inspiro la creación y el asesinato no es creación.

—Estás loca.

—¿Cuál es mi nombre?

—Talía.

—Talía es la musa de la comedia. Ya viste a los que se inspiraron en mi. Los admiras, pero son comediantes. En esencia su trabajo es feliz,  no hay desesperación en el “Guernica” de Picasso.

—Estás loca.

—¿Recuerdas mi película, recuerdas la felicidad que le otorgué a esos hombres?

—Aquella felicidad es pasajera.

—No repitas frases hechas, aquella felicidad es la verdadera. Yo no pido un pacto, no pido sangre a cambio, solo un poco de felicidad y risa desternillante. El arte de hoy es brutal.

—¿Qué quieres de mí?

—Ya lo he dicho. Tu vida, tu alma, tu inspiración. En última instancia, tu brutalidad.

—¿Soy un mero vehículo de tu alma?

—Yo no tengo alma, me proyecto en el alma del hombre. Respiro con fuerza, casi puedes sentir mi dulce aliento. Te quiero, mi corazón es un río.

—Te oigo, ¿estoy hablando contigo en este momento?

—¿Me amas?

—¿Cómo puedo amar eso que haces en mí?

—Juan.

—¿Qué?

—¿Verdaderamente es doloroso?

—Mucho más de lo que imaginas.

—Juan.

—¿Qué?

—¿Estoy contigo en todo momento?

—Antes de ti, no era nada.

—¿Juan?

—¿Qué?

—¿Estás dispuesto a morir por el arte?

—Hay quienes morirían por mi obra. Yo no.

Arrojé el teléfono a la calle. Soy un fraude.

[CC 2012, Juan Calamares]

Anuncios

»

    • Pasa el cursor sobre la imagen. Obtendrás mágicamente una respuesta divina a todos los males del mundo y la razón de tu existencia. Pregunta y respuesta se convertirán en lo mismo y la comprensión tocará tu corazón. Namaste.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s