Vidas imaginarias de mis amigos: Sergio K. Amira (PARTE 2)

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Raza Pitufa

Raza Pitufa

Lea la primera parte de esta crónica.

Por Luis Saavedra.

Papá Pitufo, el más ejemplar de los pitufos, el que siempre pudo controlarlo todo, caminaba sin voluntad delante del extraño. Al frente suyo, la oscuridad sin referencia y en la que se internaba una pisada por vez, en forma temerosa, pero sin opción. El sonido de sus pisadas cobraba un protagonismo tétrico, como si todas las demás sensaciones se hubieran cancelado.

—Te preguntarás quién soy. —La voz del extraño sonaba distinta en su idioma. No era raro, la personalidad cambia según la estructura interna del lenguaje.

—Sí, y mucho.

—He atravesado un gran vacío para llegar hasta acá.

—¿Para qué? —Papá tropezó y casi cayó, pero un brazo fuerte lo retuvo.

—Para llevarte de vuelta.

Aunque ardía en preguntas, Papá tenía que ocuparse del futuro inmediato: salir de allí y luego enfrentarlo con mejores armas: —¿Adónde me llevas?

—Ya lo verás. Ahora silencio.

—Al menos me puedes decir por qué hablas en Latín, una lengua muerta hace mucho.

El extraño guardó silencio largo rato y luego contestó:

—Te sorprenderías de la respuesta, pero es muy larga ahora mismo. Detente, ya llegamos.

Sintió que lo adelantaban y luego escuchó una serie de sonidos metálicos y un chirrido que se hizo insoportable y dio origen a una rendija de luz. Quedó encandilado cuando la pesada puerta de acero se abrió a una habitación de una iluminación blanca.

—Esto debería bastar ahora, Sergio —le escuchó decir al extraño.

Destellos de diferentes colores lo acometieron, al principio en ciclos lentos pero que después se aceleraron. Le herían como si trataran de separar su personalidad, un dolor metafísico no menos real que el de la carne.

—¿Qué haces? —preguntó Papá, asombrado y con una angustia creciente. Retrocedió, pero nuevamente lo retuvieron. Las luces eran tan poderosas que explotaban en su mente generando imágenes. El coliseo romano repleto. El águila imperial ondeando en un pendón. Las callejuelas de un mercado de especias, en los alrededores del Senado. Una piscina pública, un tepidarium, con una chica que lo miraba. La chica que era ¡Pitufina! No, alguien parecido. Ella lo besaba. Eran muy felices en la capital del Dominio de Roma. Las imágenes se desperdigaron en todas direcciones, demoliendo la ilusión.

El flujo de imágenes se detuvo y pudo enfocar mejor. La habitación blanca y luego el rostro pálido que se parecía al tal Pitufo Cristiano que lo había traído hasta allí. Pero él no era ya más Papá Pitufo:

—Mi nombre es Sergio Alejandro Amira y usted es el Doctor Dickard.

—Así es, veo que sigue recordando el protocolo de identificación de realidad —dijo el otro hombre, moviendo la cabeza con aprobación—. Puede incorporarse.

La habitación estaba llena de sarcófagos blancos, los crio. Dentro de ellos, podía reconocer los rostros de algunos ellos, solo que no eran azules. Podía entender parcialmente qué representaba todo eso, a medida que su cerebro reacomodaba el medio con información que surgía de lo más profundo, como pedazos de madera de un naufragio.

—¿Necesita contexto, Sergio?

—Sí, por favor —y se llevo una mano al rostro para contener una náusea provocada por el vértigo de datos que lo azotaba. Dickard se acercó y le sostuvo al borde del sarcófago. Su rostro esbelto y bien rasurado, enmarcado por unos anteojos estilizados negros, le miró con una pizca de preocupación. Un mechón de pelo castaño le caía en la frente formando un rizo caprichoso.

—Está en las dependencias sanitarias del Comando Central de Emergencia. Usted, junto a otros voluntarios, forma parte de un equipo para recabar información de la epidemia de locura que está azotando ahora mismo al mundo.

Amira se retorció involuntariamente en los brazos del médico. Su mente rechazaba la realidad y le ordenaba al cuerpo rebelarse. Otra vez estaban las imágenes del Nuevo Imperio Romano sobreponiéndose a las de la habitación. El Águila era más gigantesca y había devorado el resto del mundo, incluso las nuevas tierras más allá del mar, al poniente de las columnas de Hércules. Pero no iba a permitir que su mente le engañara de nuevo, inquirió con todas sus fuerzas:

—¡Más, más!

—Su enfermedad consiste en creer que el Imperio Romano jamás se extinguió, que Honoria jamás escribió esa carta de amor a Atila para pedir rescate de las garras de Roma, que Valentiniano III murió en manos de Flavio Aecio y éste le devolvió la antigua gloria al imperio, ahora para siempre. ¡Todo eso es mentira!

Sí, en ese mundo, el Imperio se desmigajó y cayó como solo caen las grandes tragedias sobre los hombres, con llantos y gritos y sangre y fuego, a lo largo de décadas de agonía, para marcar la historia con un surco de lanza sobre la piel. Pero ya no existía, ese era el evento importante y su mente se rindió a la evidencia. Los temblores y náuseas rescindieron y tuvo una cabal idea del mundo.

—Calma, lo está haciendo bien. —Dickard se retiró cuando vio que Amira se podía mantener por sí mismo. No era precisamente un hombre empático, pero estaba allí para ayudarlo.

—Gracias, muchas gracias. Por favor, déme agua.

El médico se alejó hasta una estación de bocadillos. En el clínico blanco de la arquitectura, se veía disminuido. Era un lugar muy pacífico que no dejaba suponer la desgracia que había afuera, con el mundo entero sucumbiendo, justamente como el Imperio Romano lo hizo alguna vez.

—Tenga, es un líquido reconstituyente, le ayudará a estabilizar su metabolismo. —Sergio bebió ávidamente—. Quería decirle que su progreso ha sido notable. Esta vez no tuve que intervenir tan profundo en su ilusión. Ha pasado desde el vasto escenario romano a una simulación mucho más pequeña, aunque debo decir que notablemente infantil y acogedora. Usé un avatar de kristiano del siglo segundo para atraer su atención, pero la simulación debió cambiar mi color de piel. Creo que se ha vuelto a reencontrar con Katy, ¿no es así?

—¿Quién?

—Así es. Mire, su simulación ahora está mucho más controlada y ha incluido a todos sus compañeros de equipo. Todos estas personas que puede ver en los crio, las trasladó a su fantasía. Digamos que usted se ha superpuesto a la zona más caótica de la enfermedad y los ha reunido en un oasis de paz para rescatarlos. —El evidente entusiasmo de Dickard no alcanzó a tocarlo. Amira sentía que tenía algo pendiente mucho más importante que salvar al mundo—. La simulación corre ahora sin usted, sostenida por la conjunción de todo su equipo, pero el único que la puede controlar está aquí conmigo. Felicitaciones, con estos resultados pudimos generar una secuencia neural que…

—¡Katy, Katy Perry, la cantante! —interrumpió Sergio—, ¿dónde está ella?

—… interrumpa el ciclo de la enfermedad y los despierte a todos. Lo llamamos la solución Aleph.

Entonces, Sergio se incorporó violentamente y sostuvo a Dickard de las solapas de su mono inmaculado: —¡¿Dígame dónde está ella?!

***

Solo habían trece sarcófagos, cada uno ocupado por un escritor de ciencia ficción. La idea era que estos seres, dada su vasta experiencia en el reino de la imaginación, podrían racionalizar un ambiente caótico y volver con información esencial. Lamentablemente, fueron cayendo uno a uno, absorbidos por lo barroco de la evolución de la enfermedad. Allí estaban expertos soñadores como José Luis Flores y Daniel Guajardo, que no se hicieron de rogar con tal de servir a un bien mayor. Pero también habían opciones inexplicables como un tal Juan Calamares, oscuro artista que el Comando había considerado por oscuras razones. Calamares, desde antes de la epidemia, era un hombre torturado por su ego y su falta de éxito mediático, que peroraba todo el tiempo mezclando indiscriminadamente ovnis, pirámides alienígenas y ciencia ficción.

El último sarcófago estaba ocupado por una mujer.

—¿Se refiere a ella? —Se habían acercado lentamente y el corazón de Amira dio un salto y luego se hizo tan diminuto que fue doloroso.

La piel blanca bien podía ser azul y sería la imagen de Pitufina. Sus largas pestañas no se agitaban, indicando la falta de una fase REM. Era bella, pero estaba muerta. La última vez así había sido en manos de Pitufo Kristiano/Dickard, en la simulación pitufa. ¡Pero eso significaba que no estaba realmente muerta!

—Dígame algo, ¿por qué estoy enamorado de esta mujer? —preguntó Sergio, ausente. No recordaba bien qué poder tenía esa mujer sobre él.

—Katy Perry hacía una gira sudamericana. El segundo concierto en Chile se realizaba en Concón, cuando la enfermedad se desencadenó. No conozco los detalles, usted los debe tener en su cabeza, pero la rescató e insistió en que ella lo acompañara a este búnker.

—Me pareció lo más lógico, entonces. Soy un fan suyo de toda la vida y estaba sola, muy lejos de su país. Era lo que tenía que hacer, tratar de protegerla. ¿Respira?

—Se podría decir que sí, el crio lo hace por ella. De todos los que están aquí, exceptuándome, usted es el único que está realmente vivo. ¿Le gustaría salvarlos a todos?

Amira miró fijamente al doctor Dickard: —Haría lo que fuera por volver a estar con ella.

—Excelente. Acompáñeme.

La sala contigua era un laboratorio revuelto. Parecía que muchas personas habían trabajado durante meses y era un detalle muy curioso porque no había conocido a nadie más que al médico. Buceando profundo en su memoria todo lo que podía, solo recordaba al hombre que constantemente lo traía de vuelta desde Roma o Villa Pitufo.

El médico se detuvo cerca de una máquina rectangular de un azul profundo sin muchos más detalles, tenía una abertura circular recubierta de seda negra, del diámetro de un cráneo humano: —Hemos desarrollado una impresora de circuitos emocionales que reescribirá las partes dañadas de sus compañeros, es una máquina muy delicada que maneja flujos inestables de alta energía, pero de eso me encargo yo. La otra mitad del trabajo la hará usted. En la simulación tendrá que usar el Aleph para forzar el uso de la nueva circuitería. Así derrotaremos a la enfermedad.

—Pero, eso no se podrá aplicar a todo el mundo, sería un trabajo de cientos de años.

—Lamentablemente, debemos dar por perdida a la mayor parte de la humanidad. En los meses en que hemos estado acá, tres cuartas partes de los seres humanos han sucumbido.

—Mi familia…

—No haga preguntas que no quiere que contestemos, concentrémonos en el futuro, Amira.

Trasladaron la máquina a la habitación blanca y la colocaron al centro del círculo que formaban los sarcófagos. A diferencia de lo que creía, Dickard extrajo conectores desde la abertura del rectángulo azul, que fue ensamblando a las entradas de datos de cada crio. Mientras el doctor estaba ocupado, Sergio quiso ponerse al día.

—¿Desde cuándo estamos aquí? El tiempo parece expanderse cuando estoy en la simulación.

—A la fecha de hoy, serían como cinco años. Sostenga este conector, por favor. —Dickard le alcanzó el cable, mientras se movía hacia el sarcófago de Juan Calamares.

—Cinco años. ¿Dónde está el resto de ustedes?

—Hace labores administrativas, ahora es tarde en la noche y no suele venir mucha gente por acá.

—Supongo que le ha comunicado a alguien que desperté. Me gustaría hablar con alguien más, doctor.

—Descuide. No lleva más de media hora despierto, deben estarle avisando al Capitán Kennelly. Por favor, devuélvame el conector. Gracias.

—En realidad, no recuerdo a nadie más que a usted, doctor Dickard.

Dickard se incorporó y lo miró fríamente:

—¿Recuerda haber llegado acá? ¿Recuerda cuando nos dijo lo de Katy? ¿Recuerda las discusiones que tuvimos antes de aceptarlo?

—La verdad es que no, pero siento que…

—No recuerda muchas cosas, Amira, básicamente porque su memoria es la primera baja en su lucha contra la enfermedad. Tiene que confiar en mí. —Y volvió su atención hacia Calamares.

—No es que quiera contradecirlo, pero todo esto me parece… irreal.

—No se preocupe. Es una reacción típica. Como ha estado expuesto a una constante simulación, usted no sabe si ya ha salido de ella.

—Le agradezco su apoyo, doctor. —Se sintió aliviado. El poder de las palabras racionales le sentó bien. Vio que el pie de Dickard se enredaba con los cables—. Cuidado, déjeme ayudarlo.

El conector correspondiente a Calamares se había soltado en su cabina, en la estación interna de la máquina. En la cabina, había dos enchufes codificados con colores azul y rojo. Despreocupadamente, conectó el rojo.

La explosión lo lanzó a dos metros de distancia y fue a chocar contra un sarcófago. Su rango de visión se nubló y durante varios minutos un intenso silbido no lo dejó pensar. Cuando la habitación retomó sus dimensiones, vio al doctor Dickard tendido boca arriba con el rostro desfigurado. Ignorando el dolor en su pierna, se arrastró hasta él para auxiliarlo, pero los detalles se hicieron más nítidos. La mayor parte de sus órganos sensoriales había desaparecido. El examen de su presión arterial le indicó que estaba muerto.

Cojeó hasta el sarcófago humeante. La cubierta del crio había explosionado cuando conectó el enchufe rojo y se había abierto como una flor dejando ver la ingeniería interior, ya inservible. Pero el cuerpo de Juan Calamares no se encontraba adentro. Sergio rebuscó entre los ennegrecidos restos con creciente pánico y luego con desesperación. Había mandado al demonio años de investigación y, quizás, la última esperanza de la humanidad. Había asesinado a dos hombres. Pero lo peor era que no volvería a ver a Katy.

Corrió hacia la estación de comunicaciones. El intercom carraspeó cuando presionó el comando de inicio, pero no alcanzó a decir nada.

—Amira, aquí estoy —dijo Calamares. Desnudo, manchado de sangre y con quemaduras de tercer grado, el hombre sostenía su propio brazo desgajado a la altura del húmero. La explosión se lo había arrancado y semicauterizado. El hueso afilado del miembro rezumaba una sustancia pálida.

—¡Por favor, no se mueva! —gritó Sergio y fue a su encuentro.

—Mira como estoy. —Juan estaba en shock, en unos momentos más se debilitaría y caería en un coma, pero si Sergio lograba colocarlo en su propio sarcófago y curar la amputación con el bot médico que había visto en la otra habitación, tal vez lo salvaría—. Lograste hacerlo, me trajiste de vuelta.

Amira lo sostuvo, pero no hubo tiempo para reconfortarlo. Con un gran estruendo, el cielo de la habitación comenzó a desarmarse y alzar, mientras una gigantesca mano forzaba la estructura. Gruesos cascotes y una lluvia de yeso blanquearon a los dos hombres. Tosiendo y gritando, se refugiaron en una esquina, debajo de una mesa. Arriba, el rostro de un gigante los buscaba. Gargamel gritó con una voz estentórea cuando los vio. La mueca de odio era tan aterradora que Amira no pudo soportar mirar.

—Sergio, tú hiciste lo tuyo, ahora me toca hacer lo mío —dijo Calamares, respirando pesadamente y con la mirada turbia.

—¡¿De qué hablas?!

Y Juan Calamares hundió con profundidad y certeza el hueso de su húmero en el pecho de Sergio.

Dolor. Secuencias de imágenes como una película compuesta de fotogramas distintos. La garra de Gargamel alzando el cuerpo de Calamares y destrozándolo en un gesto de furia. La astilla de hueso que desgarraba su corazón. Su conciencia que escapaba hacia la Villa Pitufo. De vuelta al cuerpo de Papá. Yendo más profundo, hacia el Nuevo Imperio Romano. De nuevo en el cuerpo del legionario, con los labios de Katy contra los suyos en el tepidarium. Y luego, aún más profundo, hacia el borde bastardo de la Muerte, donde la memoria y el ser se diluían en un infernal no-ser. El dominio del inframundo en donde la entropía era el Rey.

Sergio Alejandro Amira murió.

(Continuará)

[CC 2012, Luis Saavedra]

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