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Por Juan Calamares

Las máquinas de humo disparaban, creando simulaciones de espectros congelados en posturas de choque como hombres metálicos e intermitentes. Marcela sintió el dulce sabor en la boca, el bombo en el pecho y los latidos cardíacos en constante comunión con los bips eléctricos. Llevaba calzas ajustadas, una camiseta de algodón por la que se le traslucían los pechos no muy grandes y dos manchas de transpiración acumulada bajo las axilas. La mesa del DJ estaba por sobre su cabeza como un cerebro general que enviaba órdenes de danza a todos los habitantes del rave. Los cuerpos electrizados bajo las luces de fondo, abiertos a cualquiera de sus manipulaciones con el tasp.

El chico apareció de pronto y se instaló junto a ella con su Evian, casi indiferente al pulso, moviendo su pie derecho. Llevaba una camiseta de White Zombie, un gorro boliviano y sandalias de cuero. Ella veía sus ojos, relampagueado bajo la bruma de las máquinas de humo, clavados en sus brazos en movimiento perpendicular sobre su cabeza.

La jaló de la camiseta.

—¿Ahora? —dijo ella.

Él levantó el dedo índice hasta la altura de su nariz y señaló el segundo ambiente. Ella se movilizó bailando por entre otros cuerpos, sintiendo los sudores ajenos, la vibración unificada del gran animal techno. El chico iba a la cabeza, abriéndose paso.

Pasaban por entre los cuerpos, los brazos alzados en cadena, filtrando información desde distintos cerebros y atravesados por el láser de la pista de baile, agitándose de arriba abajo.

Ella siguió bailando mientras avanzaba, con un brazo en el hombro del chico. Este alzaba una de las manos en señal de desplazamiento, suponiendo que todos se correrían a su paso.

Habían avanzado lo suficiente. Ahora estaban en la encrucijada entre dos ambientes. En el limbo quedaba la confusión de las dos músicas.

Había sillones formando un ojo y cuerpos sobre los sillones, como una gran flor compuesta de seres humanos. Sentado sobre la mesa de centro vio a Rafael. Como los otros tenía la mirada y los dientes luminosos por los rayos láser. Le daba la espalda a Karina.

Marcela le sonrió.

—Mi amor —dijo Rafael.

Se puso de pie. Karina le deslizó las yemas de los dedos sobre el brazo. Cuando Leonardo estuvo fuera de su radio de alcance se tendió en el tercer sillón; apoyó la cabeza en un hombro y se quedó con los ojos abiertos mirando las figuras geométricas del techo. Se dividían y formaban figuras nuevas. Eran proyecciones mentales de la pesadilla del DJ.

El chico le tendió la mano a Rafael. El chico vio la mitad de su cara iluminada por los efectos fluorescentes, por la flor que se formaba en el techo y se desgranaba por las paredes y entonces se abrió la chaqueta. La pastillita saltó a su mano (o al menos eso fue lo que vio el chico). Era una esfera, una carita benéfica, diferente del éxtasis o de la coca. Ellos no se daban cuenta si la habías consumido o no.

Leonardo se vació la billetera y le entregó los billetes al chico. Marcela se quedó mirando la transacción, sin frenar los movimientos de sus caderas. Tenía la sonrisa congelada en una boca con forma de corazón. Leonardo vio como el cabello se le mecía de un lado a otro, como le cubría y develaba la cara según los bips de la tornamesa.

—Dijiste que era buena.

Leonardo le tomó las manos y la atrajo hacia sí. Ella se dejó llevar, pero con el cuerpo rígido y fuerte. Leonardo le puso una mano debajo de la nuca y le jaló el cuello un poco hacia atrás como la heroína de un antiguo melodrama. Le auscultó las facciones, las aletas de la nariz en constante palpitación. Marcela abrió la boca y desenrolló la lengua, con la carita feliz en la punta. Le sonrió, con la lengua todavía afuera, y luego la recogió y se tragó la cápsula.

— ¿Y por qué no va a ser buena? —dijo.

Leonardo le puso una mano en la espalda y comenzó a bajarla hasta que ella llegó a la altura de sus rodillas. La sostuvo en esa posición y se agachó a besarla. Ella sintió la lengua de Leonardo en su boca, como una cosa completamente extraña y explosiva, pero contuvo la súbita repulsión y cerró los ojos, justo en el momento que el placebo llegaba a su estómago y se descomponía.

Leonardo la devolvió a su posición original.

—Bueno, ¿y?

Ahora Karina estaba detrás de Leonardo y le frotaba la espalda, mientras miraba a Marcela por encima del hombro. La cara del chico a un costado, paralizada en un estado indefinible. Ana le lanzó varias miradas a Karina.

—Ok —dijo Leonardo y se abrió la chaqueta. Sacó la billetera y los billetes saltaron a las manos de chico.

—Terminó la transacción —dijo Rafael, dando un saltito.

La pista de baile quedó vacía y ellos agruparon un montón de pastillas en la mesa de centro. Las caras revueltas, mirándolos a ellos directamente. Las caritas felices ordenadas como soldados. Ellos sentían que sus lenguas se les salían de las bocas y las consumían, querían tener las lenguas bípedas y absorber las cápsulas. Leonardo se tragó la primera y luego lo siguieron los demás. Al principio no pasaba nada, pero después la cosa hacía efervescencia en tu estómago, estallaban los componentes por tu sangre, por tu musculatura y entonces empezabas a flotar. Era fantástico, verdaderamente el cielo. Nada de lo que habías conocido se le asemejaba. Alrededor de la mesa, los brazos de ellos eran ramilletes de piel humana. No sabían verdaderamente lo que estaba pasando en sus organismos.

—No puedo creer lo que estoy viendo.

La voz de Leonardo parecía la voz de un hombre mucho más gordo, una voz cavernosa, extraterrestre y completamente cockney.

Marcela dejaba que lo abrazara por la espalda, que sus manos le masajearan los senos y que le husmeara el pelo con la boca. Escuchaba que le decía cosas extrañas, que ella no tenía la menor intención de comprender. Había en ella un extraño impulso, más fuerte que el deber, que la hacía arriesgarse hasta ese punto.

—¿No puedes creer lo que ves?

Leonardo ya no hablaba, apenas balbuceaba con la baba pendiéndole en un hilo, la boca semiabierta en una expresión de autismo.

Marcela se movió lentamente, mirando al chico. Frente a ella, a unos cinco pasos de distancia, justo en el dintel. Se empezó a deslizar de los brazos de Leonardo y le echó un vistazo al resto del grupo. Un montón de pálidos, hombres y mujeres en las mismas posiciones que Rafael, los brazos colgándoles, moviéndose de adelante hacia atrás, pendiendo de un hilo invisible que les salía de la cabeza. Marcela caminó dos pasos y llegó donde el chico y el le tocó la punta de los dedos. Ella le aferró la muñeca y dejó que la jalara hacia fuera. Salió rápidamente del primer ambiente, sin sudar, extrañamente tranquila, solo un poco aturdida por lo que acababa de hacer.

Ahora estaban en el segundo ambiente, el resto de la disco desierta. Marcela tenía la mano del chico aferrada. La sangre congelada en el punto de intersección. Corrió un poco, pero entonces le llegaron los sonidos del cuarto ambiente. La típica desintegración de la carne, como una tela desenterrada que se parte con las puntas de los dedos. Escuchó el revoloteo de los hombres y las mujeres que acababa de dejar atrás. Volteó y vio el vapor saliendo del dintel. Ahora empezarían a salir y comenzaría la incubación. Las luces les caían en las caras y parecían figuras de un mundo extinto, completamente acabado e informe. Quedaban 20 metros hasta la puerta. Tenían que correr a toda prisa.

— Karina —dijo Marcela—, ¿dónde está Karina?

El chico no la dejaba aminorar el paso. Se habían ofrecido la protección mutua por sobre la de cualquier otra persona.

—¡Karina! —dijo otra vez y volvió a voltear.

Pero no vio a Karina. Lo que vio fueron los cuerpos saliendo del cuarto ambiente. Unos girando alrededor de si mismos, otros arrastrándose. Otros dándose de golpes contra las paredes, o bien corriendo en círculos, o bien saltando o bien dándose de tumbos en el suelo. Las sombras de todos ellos en las paredes cortadas por los rayos de la bola disco; figuras de pájaros en mutación permanente, como sombras bajo una piscina en movimiento. Ahora ella sudaba. El chico, blanco, completamente, bajo las mechas de pelo negro.

Todavía quedaban unos metros para la salida, cuando escuchó el típico ruido de los exits al momento de migrar. Eran explosiones de gas y pulsaciones en el aire como un corazón invisible que dominaba todo el espacio.

—Perra.

La voz era perfectamente clara. Vio la cara de Leonardo, la piel partida descascarándose y cayéndosele a pedazos, por secciones. Avanzaba apenas, un paso largo tras otro, tratando de alcanzarla con los huesudos dedos. Alcanzó a decir otra vez “perra” y la piel de la mandíbula se le cayó. Le quedó expuesta una masa burbujeante que comenzó a deslizarse por lo que quedaba de su cuerpo y se quedó en el suelo.

Había sido el último en caer. Marcela vio cómo del cuerpo apenas insinuado de un exits, salía el pájaro espiritual y comenzaba a planear en busca de un huésped. El pájaro estaba en el aire, justo sobre sus cabezas y cayó en picada y trató de metérseles por los orificios nasales; ellos movieron los brazos tratando de repelerlo, pero el pájaro regresaba una y otra vez.

—¡Sale de aquí! —gritó el chico.

Vieron cómo el pájaro se quedaba justo sobre ellos, como una nube de mala suerte y luego salía volando. Había desaparecido con un chasquido y ahora había decenas en el aire, chillando desesperados por un huésped. Si no hallaban un receptáculo dentro de los próximos 15 segundos se morirían, la palmarían, dejarían de existir de la misma forma en que habían aparecido. Pero si encontraban un cuerpo, si encontraban uno solo.

—¡Karina!

Marcela había gritado, pero no le había servido de nada. Atrás de ella estaba lo que había temido desde el momento en que había dejado de verla. Bajo una mesa, tratando de cubrirse las narices, Karina era bombardeada por los espíritus de los exits. Cada vez que uno entraba a su cuerpo, ella sufría un espasmo. La piel se le hinchaba y no había cosa que pudiera hacerse. Saltaba fuera de sí, se llevaba las manos a la cabeza y gritaba. Pero ya no era su voz, ahora eran decenas de voces extrañas que salían de su cuerpo.

Marcela gritó, al mismo tiempo que el chico.

Estaban frente a la puerta, la música todavía en la tornamesa del falso DJ. Ella y el chico tomados de la mano, mientras Karina, se los quedaba mirando y saltaba, como si hubiera tenido una cama elástica debajo de sus pies o como si la hubieran disparado.

La puerta se abrió y apareció Marco, con la máscara antigas, tapándole la parte inferior de la cabeza. Se apostó justo en el umbral y tomó a Karina y al chico, arrastrándolos hacia fuera.

—Ya es tarde —dijo—, ya es tarde.

Entonces los arrojó a la calle y cerró la puerta tras de sí. Adentro se escuchó el desgarro de los huesos, el reventón de la sangre, todas las voces gritando cosas diferentes. Karina se desintegró y los pedazos de piel estallaron en todas direcciones. Decenas de pájaros salieron del cuerpo de ella, haciendo torbellinos en el aire, chocando unos con otros, chillando con aquella voz horrible que tenían, desesperados en el último instante previo a la desaparición. Al final sonaron como globos reventados, pedazos despedazados de pájaros cayendo lentamente como cenizas, por el espacio de la disco.

***

Marcela estaba completamente loca, llorando en la parte trasera de la camioneta, con el chico colgado de sus hombros y acariciándole el cabello. Miraba cómo la calle se abría y Marco conducía con una mano en el volante y otra fuera de la ventanilla. Era noche cerrada. Había fogatas alrededor, los rostros ocultos de los alienados, tras los desechos de los edificios. Había pilares desnudos y de vez en cuando un hombre atravesaba el camino en dirección a cualquier parte, tratando de ocultarse de quien fuera.

—¡Son unos hijos de puta, unos cobardes! —dijo Marco.

—Se esconden porque tienen miedo —dijo la chica— y a lo mejor es lo que deberíamos hacer nosotros.

—Nada de eso, ¿cómo es posible que puedas siquiera pensarlo?

Viraron por un callejón angosto y llegaron a una nueva bocacalle. Pálidos reflejos de los edificios antiguos, de las antiguas construcciones de los hombres, antes del advenimiento de los exits, dominaban el paisaje.

—¿Por qué no te callas? —dijo Marcela—, ¿que no ves lo que ha pasado, hijo de perra, que no ves que se ha muerto Karina?

—Peleó con honor y lo hizo hasta el final. Es lo que tenía que hacer. Conmemoraremos su muerte…

—Eres un hijo de…

Marcela se lanzó contra Marco, pero el chico la sostuvo y le pasó una mano por debajo de la nariz para secarle los mocos. Adelante de ellos la nuca de Marco, parecía un monolito entre columnas viejas y a punto de desplomarse.

Marco acomodó el espejo retrovisor y lo centró en Marcela. Vio sus ojos titilando por las subidas y bajadas del camino y entonces se subió el cierre de la chaqueta hasta el cuello.

—Sabes…

En ese momento el motor hizo un ruido horrible y el capó se levantó y salió humo. El parabrisas se difuminó y Marco tuvo que frenar antes de chocar con un poste.

Se dio vuelta y tomó la punta de los cabellos de Marcela. Ella vio su rostro barbudo, el cuello de su chaqueta militar y sus anteojos oscuros colgándole del bolsillo.

—Yo también lo siento —dijo—, pero no es momento de lamentarse.

Marcela abrazó al chico y él le puso el mentón en el hombro. Ocultó rápidamente el rostro antes de encontrarse con la mirada de Marco.

Marco se bajó y rodeó el auto, a trote. Sacó de la cajuela una caja de herramientas, luego inspeccionó el motor. Estuvo así unos segundos, paneando permanentemente el perímetro y al final dejó caer la cajuela.

—No está nada bien —dijo metiendo la cabeza por la ventanilla—, vamos a tener que continuar a pie.

—¿Estás loco? —dijo el chico—, ¡los exits vendrán detrás de nosotros!

Marcó se levantó la manga de la chaqueta e inspeccionó su cronómetro. Apretó un botón, hizo una mueca y se volvió a bajar la manga.

—Ningún pájaro pudo escapar de esa. Tenemos todavía algunos minutos antes que den la orden de captura.

Marco abrió la puerta y vió la cara oculta de Marcela, la conformación de su cabeza en los hombros del chico. Rodeó la camioneta nuevamente y sacó tres rifles de asalto. Hizo que el suyo hiciera un chasquido y repartió los tres restantes.

—Vamos.

Corrieron agachándose por detrás de los autos abandonados, viejos fierros corroídos hechos añicos con los vidrios roto y las manillas de las puertas inutilizadas. 20 metros más adelante se metieron por calles y doblaron en la siguiente intersección.

Se posicionaron los tres en una esquina, con las cabezas unas sobre otras como en los dibujos animados, tratando de atisbar lo que había al otro lado. Marco se adelantó un poco e hizo una señal de asentimiento. Avanzó en cuclillas y los otros lo siguieron. Cruzaron rápidamente la calle y llegaron al sitio eriazo.

Iban pisando espigas por entre los árboles secos, los desechos y los neumáticos a medio quemar, y escuchaban cómo las ratas corrían. El chico de la mano de Marcela, con el arma colgando del brazo, mirando la espalda de Marco, zigzagueando entre los obstáculos.

—Tengo miedo —dijo.

Marcela le apretó la mano e hizo que acelerara. No permitiría que se retrasara como lo había hecho con Karina. Sentía que su mano temblaba, que su respiración se agitaba y que era temblorosa. Sabes que no puedes parar, le dijo y él asintió y siguió corriendo detrás de Marco.

Se detuvieron bajo un sauce seco. Las ramas como brazos de un ser antiguo de un planeta muerto. Marcela y el chico se quedaron esperando con las armas empuñadas mirando el panorama, esperando a que Marco retirara el camuflaje de la puerta del suelo. Corrió toda la paja y la basura y levantó la puerta, les dijo que no estaba asegurada. Marcela sintió un escalofrió y el chico lo percibió y las manos le temblaron. El latido cardíaco de el era un tambor a destiempo y abría a boca para tragar aire como los peces. Se puso pálido.

—Pero la dejaste cerrada.

—Sí —respondió Marco.

—¿Y no pudieron romper el sello desde adentro?

Marco se encogió de hombros y levantó el arma, a la altura de su cabeza. Abrió lentamente la compuerta y escuchó como crujía, como un gato viejo y entonces dio el primer paso. Ella se quedó mirando cómo desaparecía, cómo su sombra se iba acomodando a los ángulos de la escalera, hasta que se esfumó. Le dijo al chico:

—Movámonos.

Él no le preguntó nada, pero vio la expresión de la mujer que hacía poco rato había estado llorando y se dio cuenta que era el turno de ella para protegerlo. Se movieron y se quedaron apostados, en silencio bajo el sauce. Las ramas caídas acariciando sus cabezas, se rompían al más mínimo contacto.

—¿Cómo era nuestra madre? —dijo el chico.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque sí, ¿cómo era nuestra madre?

—Era joven, un poco mayor que yo, ahora.

—Y cuando el pájaro se le metió en el cuerpo, ¿cómo era?

—Igual, solo que un poco distinta.

—Te entiendo.

—¿Y qué pasó cuando se le metió el pájaro?

—Se convirtió en un exits.

—¿Y no la volviste a ver nunca más?

—No, ahora cállate.

El chico se quedó mudo y escuchó los pasos de alguien que subía desde el sótano. Tomó la mano de su hermana con fuerza y ella se la apretó a su vez, igual que los niños de los campos de concentración. Entonces vieron que aparecía la cabeza de Marco y un segundo después él estaba frente a ellos.

—Lo encontraron.

—¿Qué dices?

—Encontraron el refugio. Están ahí, todos en proceso de incubación.

Marcela miró la cara de Marco estática y con un brillo no conocido en sus ojos. Ahora tenía la mascara antigás sobre la cabeza, como dos orejas de ratón.

—Estoy listo —dijo.

—¿Para qué?

Marco se puso en cuclillas, los auscultó y le puso una mano sobre el hombro a Marcela. Ella se corrió y se acercó al chico. El chico permanecía quieto, el cuerpo pegado al de su hermana, quebrando una ramita de sauce y mirando el suelo.

—Escucha. Voy a bajar y les voy a disparar. Es genial, porque mientras los están incubando, no pueden hacerme nada. Los pájaros van a salir, pero yo voy a estar con mi máscara y cuando no encuentren huésped, se van a morir. ¿Te imaginas? Dos cacerías en una noche.

—Estás loco.

—No, no estoy loco, estoy haciendo lo mismo que venimos haciendo desde hace años. Ir y cazar a los maricones que se metieron en los cuerpos de mi gente. Que nos usurparon. Lo mismo y todas mis consideraciones morales se quedan en la misma parte de siempre. Nada cambia, porque no hago nada nuevo.

—Pero son nuestros amigos —dijo el chico.

—Sí, pero ya no hay marcha atrás.

Marcela pasó un brazo por el hombro del chico y le dijo algo al oído. El chico se sobresaltó un poco, pero se tranquilizó de inmediato, como si le hubieran inyectado un calmante. Se puso de pie a pasos de Marcela. Marcela se equilibró en las rodillas, su cara en ángulo agudo a la cara de Marco.

—Después encontraremos más alienados y formaremos otro grupo.

—¿Y después qué? ¿Seguir metiéndoles tasp en la bebida, meternos en sus reuniones sociales? ¿Cuántos métodos de exterminio puedes inventar? Ya no cuentes conmigo para nada.

Marco se acuclilló y le puso las manos cariñosamente en las orejas. Marcela lo rechazó y él se quedó desconcertado y se puso a juguetear con los anteojos. Buscó al chico con la vista, pero él tenía la mirada absorta en un punto desconocido y nadie sabía donde estaba en ese mismo momento.

—Te necesito.

—¿Por qué?, ¿si ni siquiera sabes si soy inmune?

—Lo eres. Tú y tu hermano, por eso son los únicos que se pueden meter entre los exits.

—Karina era inmune y se le metieron igual.

—Sí, pero eran muchos.

—Y la dejaste ir.

—Pero sabías que era inevitable.

—¡Quítame las manos de encima!

Marco se puso de pie y la encaró, ahora con ojos envueltos en llamas. Ella lo enfrentó, mientras su hermano respiraba erráticamente, en su propio espacio vital. No se fueron a las manos, pero faltó poco. Marco le dijo “olvídate, no me interesa” y regresó al refugio con el arma en alto. Marcela le hizo una seña a su hermano y él se puso a respirar como loco y se tapó la cara con las manos.

—Marcela.

—¿Qué?

—¿Quién nos protegerá?

—Nosotros.

Y entonces llamó a Marco y luego le disparó en el cuello. Marco se fue de espaldas con las manos en la yugular, sin poder parar la sangre que salía a borbotones de la herida, se fue al suelo y el arma rodó por las escaleras.

El chico se puso a llorar, pero Marcela lo zamarreó y lo atrajo hacia su pecho y le dijo que tenían que seguir. “No podemos seguir siendo los señuelos de otros, porque todavía nos queda algo de humanidad”.

La noche era cerrada y corrieron salvando los obstáculos, hasta alcanzar los recovecos vacíos de las calles, entre las cenizas de una humanidad invadida.

[CC 2012, Juan Calamares].

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