Vidas imaginarias de mis amigos: Sergio K. Amira (PARTE 3)

Estándar
Sergio Alejandro Amira aprueba este post.

Sergio Alejandro Amira aprueba este post.

Lea la primera parte de esta crónica.

Lea la segunda parte de esta crónica.

Por Luis Saavedra.

El aroma del jazmín. Despertó a la simulación cuando el aroma encendió el mundo con su esencia suntuosa. El aceite aromático cayó en sus palmas y las untó lentamente hasta brillar. La calidez subió por sus extremidades, despertando la conciencia del resto de su cuerpo. La luz era trémula y desfallecía, venía de las linternas de paño colocadas en los muros de mármol. De las bocas incrustadas, caía el agua que llenaba el tepidarium. El agua producía hipnotizantes sonidos y estriaba sobre las estrías del mármol.

—Estoy listo —dijo Seius y la mujer atravesó la piscina dando largas brazadas. Se irguió desnuda, se sentó cerca de él y apoyó su peso en un brazo, mientras arreglaba su cabello negro que cayó entre sus pechos. Seius siempre se quedaba embrujado mirando la complejidad de una mirada que tenía verde, algo de marrón y chispas de fuego amarillo. El agua se escurría de su blanca piel, ella estaba fría al contacto y temblaba.

—Dame un poco de vino de tu copa —dijo Flava, con indiferencia calculada, evitando demostrar que con su piel erizada, un poco de calor era bienvenido.

—Tengo algo mejor —respondió Seius.

—Dije vino. —Y Flava alcanzó la copa y bebió.

Seius hizo un círculo completo sobre un pezón y luego sobre el otro. Comenzó a dar masaje a ambos pechos con sus manos en amplios y lentos movimientos. La carne trémula de los pezones se llenó de sangre y se irguió. Flava bebió otro sorbo más y separó ligeramente los labios con la expresión que le daba mayores resultados con el gladiador romano. Seius acercó su boca y la conectó con uno de los pechos cálidos, su lengua dio círculos firmes alrededor del pezón y un minúsculo quejido se escapó de la mujer. El aceite cumplía su misión y las manos del hombre pasaron hacia la espalda y acariciaron esa geografía llena de curvas sutiles hasta llegar al final, en donde se afianzaron con firmeza para atraer la cadera de Flava un poco más cerca. Flava tomó la cabeza leonada del gladiador, la llevó hasta sus labios y hundió la lengua en su boca para retirarla inmediatamente.

—Dame tu vino —dijo ella y continuó acercándose hasta rodear las caderas del hombre con sus piernas fuertes. Desanudó el paño de seda de Seius y encontró su masculinidad. En sus manos se transformó en un martillo pulsátil. Ella tomó un poco del aceite y lo dejó caer sobre el glande, devolvió el masaje de su amante con la artesanía de una maestra de hetairas griegas, apretando el ritmo hasta unos segundos antes de explotar y luego aflojando para concentrarse en los secretos puntos de presión que ella y todas las mujeres de su posición conocían.

—Ya basta, Flava. —El gladiador la miró turbiamente. La mujer rió. Conocía tan bien esa mirada de deseo, que se repetía cuando Seius estaba en la Arena. Decían que el hombre podía ser el senador y consejero máximo, cuando asumiera el nuevo Papa, apenas muriera el agonizante Pablo X. Cuando Seius se mudara a la Ciudad Sagrada, ella iría con él como la posesión que era. El secreto femenino estribaba en parecerlo, sin embargo, revertirlo.

Flava se movió un poco más cerca hasta montar suavemente al hombre. Comenzó una lenta escapada de carne caliente hacia mesetas de avidez apenas contenido. Los primeros minutos, ella debía vencer su furia y dirigir las acciones de batalla, las gigantes manos del hombre temblando de ansiedad entre las pequeñas suyas. “Lento, lento, gladiador mío”. Y las colocaba sobre sus pechos para que sintiera el ritmo de su corazón latiendo fuertemente, pero en paz.

No duraba mucho. El gladiador era un animal al que se le podían dar muchas instrucciones, pero que las siguiera era otro cuento. Cambiaron de posición y el hombre se colocó arriba. Comenzó una vigorosa secuencia de ataques pélvicos que dejaban a Flava sumergida en un estado ralentizado. Los ojos entornados, las aletas de la nariz completamente dilatadas, los labios entreabiertos, un mechón de pelo húmedo en su frente, su aliento. Todos eran detalles que aumentaban el deseo en Seius y que, si no ponía atención a sus signos, acabaría muy pronto. El hombre se concentró en las ondas del agua. El fluir de la piscina era una buena forma para el autocontrol y sincronizó las pequeñas olas que chocaban contra los mosaicos con su ritmo, hasta alcanzar una placentera velocidad crucero. El mosaico del fondo era una escena pastoral del nacimiento del Sacro Imperio Romano, hacía mil quinientos años julianos, con Rómulo y Remo bebiendo de la loba. Los tres personajes lo miraron desde lejos, a través del tiempo, con sus rostros deformados por la densidad del agua y su movimiento.

—¿Crees que ahora estás vivo, Sergio? —preguntó la loba—, ¿crees que puedes ir de simulación en simulación eternamente y evitarme?

El animal abrió el hocico y un vómito de oscuridad inundó su conciencia.

Una nueva simulación, una nueva vida. Cada vez es un choque neuronal que enciende el cerebro como un foco y consume tanta energía que el sistema eléctrico del cuerpo se sobreestimula y podía provocar infartos y accidentes cerebrales. Por eso, se recomendaba evitar los saltos de simulación consecutivos. Pero en este caso, Sergio Alejandro Amira no tenía opción. La entidad que lo perseguía siempre lograba encontrarlo e infiltrarse. Escapar era la solución más efectiva. Pero esta vez, se encontró retenido en el limbo, solo que él no lo supo hasta que su acondicionamiento pudo localizarse espacialmente y comprobar que el medio ambiente correspondía a una no-simulación. En la no-simulación no se encontraba solo. Juan Calamares lo acompañaba, pero se notaba visiblemente nervioso.

—Es cada vez más difícil seguirte, Sergio —dijo Calamares y a continuación pinchó su brazo con una aguja, y luego se retiró—. Es más fácil así, me pediste que lo hiciera cuando estuviéramos en la sala.

El acelerador de memoria funcionó pasmosamente bien. Como caer desde un quinto piso de cabeza, sintió un dolor físico cuando la cápsula de memoria metida muy adentro de su ego reventó. Reconstruyó su personalidad y lo puso al tanto del contexto. En la estación polar solo había unas ocho personas que incluían a ellos dos, a Katy y cinco especialistas en hibernación, a quinientos metros bajo el permafrost. La ubicación exacta era un misterio, incluso para ellos, pero eso no lo sabía la mente-colmena.

—Ahora, por favor, quedémonos aquí un momento. —Calamares se notaba demacrado.

—¿Estás bien, amigo? —Sergio se levantó y comenzó inmediatamente a preguntarse en qué habitación estaba Katy. Pero primero tenía que asistir a su fiel comandante.

—No, Sergio. Ya he muerto trece veces en diferentes simulaciones. La próxima vez voy a tener un infarto si no encontramos una solución a todo esto. Pero creo que tenemos algo más urgente entre nosotros.

“Todo esto”. Se resumía en que la Tierra fue invadida por una raza comunitaria, agresiva, que destruía los hábitats humanos para construir los suyos propios. La raza humana se defendió con pocas armas efectivas. Mientras más destruían, la mente-colmena se reproducía más rápido. Un científico descubrió que los períodos nocturnos parecían producir un aletargamiento en la masa biológica alienígena. No era el ciclo natural terrestre, no podía ser. Luego de muchos desesperados estudios, se descubrió que el invasor era propenso a un tipo de radiación, no descubierta hasta ahora, que los seres terrestres liberaban en la fase más profunda del sueño. Se puso en práctica una solución muy sencilla que consistía en los soñadores de tiempo completo, la humanidad volvió a tener esperanza.

—Yo también estoy cansado, me siento como si viviera cientos de vidas en paralelo —respondió Amira—, pero no podemos detenernos ahora, ¿o sí?

Un par de meses más tarde, la mente-colmena contraatacó. De algún modo, evolucionó para interrumpir los sueños con dos estrategias. Introducir agentes disonantes en la fase profunda de los seres vivos para interrumpir los ataques en su contra, pero que producían la catatonia como efecto secundario. Y construir agentes físicos que localizaban las comunidades de soñadores para destruirlas con medios abrasivos y químicos.

—No, no, no tenemos alternativa —Calamares se movió un poco más cerca. En ese momento de calma, su cuerpo se volvió pesado. Lo sentía en sus huesos: otra muerte y no lo soportaría—. En tu simulación de la Villa Pitufo, Constructor está alzando una torre. Me molesté en revisarla sin que sospechara nada. Es un generador de pulso, o parece serlo.

—¿Qué?

—Cuando la active, emitirá un pulso de ondas que nos geolocalizará. Así la mente-colmena vendrá derecho hasta acá. No ha podido con nosotros en la simulación, pero es otra cosa enfrentarse con sus agentes físicos.

Mientras la mayor parte de la humanidad moría, se organizaron bases fortificadas que se enclavaron en los lugares más inaccesibles del planeta para resistir, allí donde las condiciones eran tan extremas que la mente-colmena no pudiera seguirlos. Se convirtieron en pequeñas ciudades y una vez más evitaron que el invasor se mantuviera a raya. Pero era una cuestión de tiempo para que desarrollara la suficiente resistencia y algunas artimañas más, y alcanzara uno a uno los refugios. La base polar todavía estaba fuera de su rango de acción.

Amira se perdió en algún punto mirando la pared de la habitación. Bajo sus pies quedaban cinco mil almas humanas que proteger junto a su equipo. Siempre había sabido qué hacer, pero en ese momento se rehusó a actuar. El peso de las circunstancias, el no tener a Katy a su lado, el vértigo que le provocaba sumergirse en una simulación tras otra. La perspectiva lo atemorizó, pero como había dicho hacía un rato, ¿qué opción les quedaba sino continuar acelerando? Suspiró. De alguna manera, saber que el destino no está en manos de uno, constituía un cierto alivio.

—Destruiremos esa torre, Juan.

***

—¿Cómo debo llamarte? Nunca te vi en la Villa.

—Pitufo Calamares. Soy el único pitufo, aparte de ti, que usa barba.

Caminaban por el oscuro túnel que desembocaba en el tocón muerto en el bosque, cerca de la Villa Pitufo. Amira tropezó con un objeto pesado y metálico.

—¿Qué pasa? —preguntó Juan Calamares.

Se hincó y buscó a tientas hasta sentir el toque frío del acero: —Mmmh, nada. Creo.

—¿Qué haremos con los pitufos que se nos acerquen, Sergio?

—Lo único en lo que podemos confiar ahora: matarlos.

—¿También a Katy?

Amira tardó un momento, el sonido de las pisadas resonó en el túnel: —De ella me encargo yo.

En el sendero no encontraron a nadie, pero a la entrada de la Villa, distinguieron a pitufos que eran claramente extranjeros: aunque azules eran más altos y fornidos. A sus pies yacían Filósofo, Poeta, Gruñón, Granjero y Perezoso, inermes y puestos en fila en el suelo, algunos de ellos apenas conservaban el rostro. Pero ni Pitufina ni Constructor se encontraban a la vista. Los pitufos alienígenas los divisaron y corrieron a su encuentro.

—¡Huyamos! —gritó Calamares.

—¡No, espera! —Sacó el arma que había recogido en el túnel y disparó a quemarropa contra los enemigos, que cayeron con una mueca. Se volvió hacia Juan que se había alejado ya unos cuantos metros—. Pitufo Kristiano debió haberla olvidado.

—Podrías haberme dicho, ¿no crees? Me hubiera sentido más seguro —respondió Calamares, molesto.

—No había tiempo. Sigamos.

No se acercaron a los cadáveres de sus compañeros por temor a que el ruido del arma atrajera más agentes de la mente-colmena. Se escurrieron por detrás de las casas de la Villa y se cruzaron con varios de los no-pitufos sin que los advirtieran. Accedieron a un callejón que tenía una vista hacia la torre de Constructor, se agazaron en la penumbra para mirar más tranquilos.

Era tan alta que la figura del pitufo se veía realmente pequeña. Las perspectivas eran engañadoras y sus sentidos les indicaban que no podía haber una estructura así. Con una base muy estrecha parecía que no le afectaba la gravedad ni los elementos. No pudieron adivinar si aquello estaba terminado, pero Constructor miraba desde arriba, sentado en el borde y en la cúspide de su obra.

—¿Cómo sabemos que no es una trampa? —susurró Papá Pitufo.

—Por supuesto que lo es, Sergio —respondió Juan, apuntando a la base de la torre. Pitufina apenas se divisaba entre las sombras de los pilares. Estaba atada y amordazada. El corazón de Papá se contrajo y luego acumuló una intensa rabia. Las manos le temblaron y tuvo que contenerse para no saltar hacia adelante. Una buena decisión porque entonces Gargamel apareció en la escena.

No parecía el viejo enemigo de otras veces. Reluciendo como el mismo sol, todo su cuerpo era puro metal. Evolucionó pesadamente alrededor de la torre sin reparar en Pitufina, instalando equipos que comenzaban a llenar el aire de una intensa vibración que resonaba en sus cajas torácicas.

—O llegamos tarde o estamos a punto de salvar el mundo —habló Calamares—, el punto es cómo.

—Tengo una vaga idea, Juan, pero mi plan no te va a gustar nada —respondió Papá— y vas a tener que confiar.

—¿Y desde cuando tienes que advertírmelo, Sergio?

Cuando Juan se fue, el plan solo era un esquemático pega-y-corre que Papá haría para distraer a la mente-colmena, y así poder rescatar a Pitufina. No había hasta entonces una segunda parte, ninguna forma de sabotear los equipos instalados, nada sobre destruir la torre. Solo la obsesión de un hombre por una mujer. Obviamente, el plan no fue del agrado de Calamares, que aceptó a regañadientes que se debía a su superior en la escala militar, pero que luego contraargumentó que los conceptos de la no-simulación allí ya no tenían validez alguna. “Pero la amistad, sí”, le retrucó Papá y Calamares terminó aceptando que, de cualquier modo, este era el último acto de humanidad que harían, ante la imposibilidad de echar abajo la torre a mano desnuda.

Ese era el plan, o su ausencia.

Papá esperó pacientemente que Juan se ubicara en el otro extremo de la plaza y eso podía tomar un tiempo. Constructor seguía como un muerto viviente colgando en la punta de la torre, sin reaccionar a nada. Era probable que fuera un agente de la mente-colmena y no se arriesgaría a llamar su atención. Para cualquier efecto, Constructor era una más de las bajas de su equipo. Pero Pitufina era otra cosa, había despertado y se logró sentar por sus propios medios. Parecía desorientada y ni siquiera cuando Gargamel se acercó amenazante pudo reaccionar apropiadamente. Eso era una ventaja: en su estado de shock, Juan la podría manejar mejor.

En el callejón del otro lado, cubierto por la penumbra, Pitufo Calamares hizo una seña con el pulgar hacia arriba. Papá Pitufo se preparó para salir de su escondite, sacó el arma y luego la tiró al piso. Vio cómo se desmoronaba y las partes se desvanecían en el aire. En el túnel solo tuvo tiempo de tocarla una sola vez, antes de perderla en la oscuridad. Pero había recordado su forma en el momento preciso. Quizás hubiera una segunda parte en su plan. Se irguió y salió del callejón.

—¡Acá, idiota! —gritó y Gargamel lo vio y cargó contra él como una tonelada de acero, una máquina que no tenía ningún otro propósito que pasarle por encima. La boca se le secó al instante y las piernas se negaron a responder.

Quizás nunca hubo primera parte del plan, pensó.

(Concluirá en el próximo y electrizante capítulo)

[CC 2012, Luis Saavedra]

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s