La maldad del Erizo

Estándar
Sonic The Monster

Sonic The Monster

Por Juan Calamares

Siempre quise ser escritor, aunque tuve que conformarme con el periodismo. A muchos les pasa. A mí no me salió tan mal porque logré colocarme en una revista literaria. Escribíamos artículos sobre ciencia ficción y literatura fantástica; la revista estaba enfocaba a esos temas. Era una especie de suicidio por parte del editor, que también era el dueño de la revista, y aunque rara vez nos pagaba a tiempo, había que alabar su iniciativa. Al menos yo la alababa. En los tiempos de gloria de la revista -tiempos de gloria es una bonita frase que difícilmente podía aplicarse a nuestra situación-, me había tocado entrevistar a los grandes: Hugo Correa, Antoine Montagne, e incluso visité la casa de Bioy Casares. Habían sido años fructíferos, pero yo echaba de menos una entrevista: la entrevista a Luis Saavedra. Siempre había admirado a ese viejo. Era lo que se dice, un escritor serio. Pero mi editor opinaba lo contrario y lo consideraba cualquier cosa menos serio. Creo que le tenía un poco de desprecio. Saavedra estaba loco, chiflado, o es lo que decía la gente, aunque pocos habían tenido ocasión de verlo durante el último tiempo. Además estaba olvidado. Yo no veía nada de malo en que un escritor estuviera olvidado -salvo para el escritor, claro está- porque muchas veces un buen síntoma de calidad es el olvido. Como sea, nunca entrevisté a Saavedra y seguí con mis actividades al interior de la revista. Un buen día, sin embargo, me llegó un correo:

Querido Juan Calamares: estoy trabajando en un nuevo libro.

Así era de escueto el mensaje. Pero estaba firmado por Luis Saavedra. Corrí donde mi editor y lo puse sobre su escritorio. El tipo arrugó el entrecejo y gruñó:

—Parece que saliste ganando.

* * *

Yo sabía que Saavedra había tocado fondo, pero nunca me imaginé que viviera en una población marginal. Me sentí un poco disgustado cuando salí del auto. ¿Cómo era posible caer tan bajo? La vida nos enseña que cuando estamos en la cima debemos ser previsores; todo gira, y ese es el secreto de la existencia, pero Saavedra al parecer no había comprendido la máxima.

La población se llamaba ” El Cañón” y estaba situada sobre una quebrada que desembocaba en un asqueroso basural. La gente me miraba con recelo. Era verdaderamente aterrador: niños corriendo semidesnudos por las calles o durmiendo a pleno sol sobre la tierra mojada y viejos acalorados, sentados en las puertas, contemplando aquellas minúsculas calles. Igual que villanos salidos de alguna película de David Lynch. Yo trataba de demostrar relajo, pero la gente advertía mi temor y era inútil. No comprendía cómo un hombre que había tenido fama -claro, la fama relativa que se le otorga a los escritores de ciencia ficción- pudiera convivir con aquellas gentes. ¿Cómo se las arreglaría aquel escritor cultivado para salir de su casa, sin ser vilipendiado o agredido?

Me detuve en el cité de Saavedra y contuve el aliento. Cuando llamé a la puerta, esta cedió con un crujido y se abrió lentamente. Adentro todo estaba oscuro. De improviso, salió un perro muy viejo, que caminaba apenas. Se paró en el umbral y me miró con somnolencia. Luego se dio la vuelta y se tiró un pedo. Yo me quedé ahí, pasmado.

—Adelante —dijo una voz.

Pasé. La habitación era minúscula: un cuadrado de 4 por 4 como mucho. Adentro no había prácticamente nada, salvo la cama del perro, un colchón y un montón de cajones de verduras que resolvían el tema del mobiliario.

—Por favor, acérquese.

Todavía no me acostumbraba a la penumbra, pero sabía que el hombre que estaba sentado en el cajón de verduras era Saavedra. Su sombra estaba delineada por un rayo de luz que entraba por una ventana de plástico, y él se mantenía ahí, inmóvil y esperando a que yo me acercara. Me adelanté y le estreché la mano.

—Es un honor —dije.

Ya me había acostumbrado a la penumbra y vi a Luis Saavedra, o lo que quedaba de él. Tenía la cabeza cubierta de canas, el rostro arrugado y cetrino y, en lugar de pantalones, llevaba dos sacos de arpillera amarrados con cinta de embalar. No usaba zapatos y llevaba una roñosa camiseta de “Sonic el erizo”.

—Asiento —dijo Saavedra.

Supuse, y con razón, que debía sentarme en un cajón de verduras. Busqué uno de tomates y le pregunté a Saavedra si estaba bien. Saavedra respondió con un cariñoso gesto de aprobación. Me senté.

—¿Se sirve un tecito? -—dijo Saavedra.

—Oh, no faltaba más.

—No tengo. Lo que tengo es café brasileño, hecho en Colombia.

Miré a Saavedra.

—Es un excelente café.

—Me imagino.

Saavedra iba a decir algo, pero se calló. Acercó su cara a la mía y me estudió, sonriéndome. Yo me alejaba instintivamente, pero Saavedra continuaba en su observación. No tenía ninguna gana de sonreírle, pero lo hacía de todos modos, para no ofenderlo.

—¿Sí?

Saavedra agitó el dedo índice:

—¿Usted no será Mario Velasco?

—No, soy Juan Calamares, periodista.

—Porque su cara se me hace familiar.

Saavedra sacó un trozo de periódico de sus pantalones de arpillera y lo puso a la luz para observarlo. Después me miró a mí y volvió a mirar la foto del periódico. Estuvo así un buen rato.

—Usted es Mario Velasco —sentenció.

Negué con la cabeza. Saavedra se quedó en silencio. El rostro contraído en una mueca que mostraba desconfianza. Un gesto muy teatral, como aprendido. Se frotaba la barbilla, asintiendo, sin quitarme la vista de encima. Como un pájaro curioso en observación de su presa.

Iba a hablar de la entrevista, pero el hombre se puso de pie y fue hasta un rincón. Se puso a escarbar entre un montón de cachivaches hasta que encontró un lavatorio. Luego salió de la habitación y se puso a gritarle a alguien. Cuando regresó, el lavatorio estaba lleno. Lo puso en el suelo y metió los pies adentro.

—¡Ah, qué delicia! —dijo.

Yo miraba a Saavedra sin comprender lo que pasaba, sintiendo que me había equivocado de casa. Porque, la verdad, ¿quién me aseguraba que ese tipo fuera Saavedra?

—Dígame una cosa, ¿que lo trae por acá?

—Su mensaje.

—¿Qué mensaje? Yo escribo muchos mensajes. ¿No sería un mensaje destinado a Mario Velasco?

—No, el mío era un mensaje suyo que decía que estaba trabajando en un libro.

—Libro, ah ¿y de qué se trata el libro?

Entonces Saavedra se hizo de un alicate y se empezó a cortar la uñas de los pies. Como había sacado los pies del lavatorio, el agua chorreaba al piso, así que el perro se acercó y empezó a beberla. Aspiré profundo y dije:

—Usted me citó para hoy aquí, en su casa.

—¿Qué, cómo, cuándo?

—Vine a hacerle una entrevista.

—Un momento.

Saavedra se quitó la camiseta de Sonic y se arrancó la cinta que le sujetaba la arpillera. Se quedó ahí totalmente desnudo, luego tomó el lavatorio y se lo derramó encima. A continuación, cogió la cama del perro, la sacó de un tirón y empezó a secarse con ella. El perro, que se había caído de lado, lo quedó mirando inexpresivamente y entonces se fue a acostar al colchón de Saavedra y se tiró un pedo.

Sacudí la cabeza. Yo estaba decidido a hacer la entrevista. Me lo había propuesto hacía mucho y ningún contratiempo -aunque ese contratiempo fuese el mismo entrevistado- iba a sacarme de mi propósito.

—Señor Saavedra, ¿cuáles fueron sus primeras lecturas de ciencia ficción?

—¿Ciencia ficción? A mí me gusta el karate, mis lecturas siempre fueron de karate.

—¿Karate?

—Karate. ¿Conoce usted a Richiu Mishameni?

—¿Quién?

—Es una larga historia. Verá usted.

Pero Saavedra no dijo más y cruzó la habitación. Levantó el colchón en el que ahora dormía el perro y sacó un hueso de pollo. Se lo metió a la boca y sin quitárselo, habló.

—¿Le molesta que me lave los dientes?

Yo estaba espantado. Realmente Saavedra estaba loco. Habían oscuras leyendas que giraban alrededor de su persona, pero ninguna daba cuenta de lo que yo estaba observando.

—¿Sabía usted que los primeros cepillos dentales se hicieron con huesos de pollo?

—¿De qué me está hablando?

—Del pollo. Pero también de las aves de corral. Por ejemplo el pato: había una vez un pato muy talentoso que insistía en escribir excelentes novelas, aunque ninguna editorial lo apoyara. Se llamaba “El patito feo de la ciencia ficción”.

—¿Me está tomando el pelo?

—No, ni mucho menos. Déjeme que le explique.

Entonces, de un cajón de verduras que estaba colgado en la pared a modo de repisa, sacó un libro. Lo puso sobre sus piernas y lo abrió.

—Teobaldo Mercado —dijo—: “El capitán Smith hirió de gravedad al coronel Anderson y entonces le pegó una patada en el culo”.

—¿Qué?

—Espere, esta es la mejor parte: “Sin embargo, el coronel Smith tuvo que reconocer que su oponente era un guerrero formidable”.

—Eso no lo escribió Teobaldo Mercado.

—¿Cómo que no?

—¡No!

—”El valiente coronel Franklin O`Connor, Jr. corrió al puerto de mando y desde ahí observó la destrucción del universo”.

—Oh, no.

— “Y el universo se expandió, pero todo esto fue estudiado con gran atención por el profesor Christopher Araya, el más sabio de los físicos termoluminicénticos”.

—¡Ay , Dios, usted está enfermo!

—¿¡Enfermo!? —Saavedra había gritado. Cuando se lo proponía le salía una voz cavernosa y potente. La habitación quedó reverberando con la vibración característica de los espacios donde se ha producido un estallido. Había que reconocer que alguna cualidad tenía ese loco

—¿Cuál es tu nombre?

—Se lo dije en el correo: Juan Calamares.

Saavedra me estudió detenidamente. Yo temía que me fuera a salir con alguna travesura, del tipo: “Te voy a salpicar con el agua inmunda de un lavatorio en donde me acabo de lavar los pies”. Pero no lo hizo. En lugar de aquello, siguió observándome con interés. Un interés extraño, como el que mostraría un extraterrestre frente a un hombre insignificante. ¿Sería este el momento de revelación en el que el viejo loco, el inofensivo estúpido, el tonto del culo, el payaso ridículo e insignificante, se muestra como el gran maestro? ¿Sería este el momento?

—¿Juan Calamambo?

—¿Qué?

—Usted dijo llamarse Juan Calamambo.

—No.

—¿Calamarístico?

—No.

—¿Calamar Hipersónico Laserultra Maestro?

Entonces no pude más.

—¡Oh, te mataré imbécil! —dije, al tiempo que me arrojaba sobre el que había sido mi héroe, con los brazos extendidos, las manos crispadas y el cabello revuelto de loco asesino (lo recuerdo tan vívidamente). Y caí sobre él con todo mi peso. Mis manos apretujando el cuello del payaso. Sus ojos demenciales girando y saliendo de las órbitas, rojos, con la sangre revoloteando en las córneas, la cara hecha una mueca que era la misma mueca del alarido y del dolor. Yo me regocijaba. ¿Qué se creía aquel imbécil para no ser lo que yo quería que fuera?

Saavedra me dio un rodillazo en la ingle. Caí y me golpeé el costado contra un cajón de verduras. Él se puso de pie de un salto y me dio una patada en el cuello, y luego se alejó medio metro para darse impulso y me dio otra patada. La tercera fue en el rostro. Me había desintegrado la boca y la sangre se derramó igual que un grito. Entonces me cubrí la cara con las manos, mientras el otro disfrutaba con el castigo infligido. Por el rabillo, vi cómo celebraba con los brazos en alto, entre patada y patada, y vi cómo el perro saltaba en dos patas, creyendo que todo era un juego -quizás era un juego-, muy feliz de la vida.

—Ganaste Saavedra —dije—, ganaste.

Saavedra se detuvo. Me sentó en un cajón de verduras y encendió una pipa. Me tendió la mano y me incorporé. Me senté frente a él en un cajón de verduras. El perro continuaba hiperventilado y quería seguir participando del juego (en su mundo de perro, él era el protagonista). Yo miré a Saavedra y al perro. Ambos parecían de la misma especie, uno era más inteligente que el otro; no me pregunten cual, pero era así; eran miembros de una misma raza, que era diferente de la mía o de la tuya o de la de, por ejemplo, Rodrigo Hinzpeter.

No sé qué mierda impidió que tomara lo primero que tenía a mano (en este caso, un cajón de verduras) y golpeara a Saavedra con todo. O bien que saliera huyendo de esa casa de locos. Insisto, no sé qué me lo impidió (en realidad, sí lo sé, ahora) , así que me quedé ahí, viendo fumar al viejo baluarte de las letras espaciales.

—Buena pelea —dijo Saavedra y sonrió. Era una mueca desprovista de toda alegría, como la sonrisa de un fanático de la cirugía cosmética. Un gesto petrificado que comunicaba una suma de estados emocionales; una expresión gestalt. Tuve un escalofrío.

—¿Qué está pasando acá?

El loco se encogió de hombros. Nada quedaba de aquel triste payaso que había visto hacía un rato; había quedado en el pasado. Estaba olvidado, para siempre jamás, relegado al vacío, o al menos eso fue lo que pensé en aquel momento.

—¿Saavedra?

No espero que crean lo que pasó a continuación. Aún para mí y después de todos estos años me es difícil aceptarlo como un hecho real. Sin embargo, lo cuento tal cual como sucedió: una historia sin falacia, limpia de toda mentira, perfecta en su absurda brutalidad.

La vista se me oscureció. Luego vi un flash y a continuación una suerte de mancha de fosfato bailando en mi espectro visual, un chorreo de pintura girando encima de mis ojos. La cabeza me dolió y me la sostuve entre las manos. Gruñí, temblé, grité, sufrí espasmos, todo al mismo tiempo y sin un orden jerárquico, como si todas mis malas sensaciones hubiesen estado coreografiadas de antemano. Saavedra rió, pero no vi que moviera los labios. Se estaba riendo dentro de mi cabeza.

—¿Algún problema, Juan?

No abría la boca, se había colado al interior de mi cabeza.

—No entiendo nada.

—¿Qué cosa no entiendes, qué tendrías que entender?

—Oh, me siento fatal.

El piso giraba. Parecía que de un momento a otro, todo sería tragado y todo caería por un abismo que estaba mucho más abajo de mis pies, donde una pirámide maya invisible se alimentaría de mi sangre y mi miedo.

—Tú no eres Saavedra.

—¿Ah, no?

—¿Donde está Saavedra?

—Lo puse a dormir. Lo dejo libre unas horas al día para que haga de las suyas, solo unas horas y luego lo pongo a dormir.

No había movido para nada los labios. Seguía ahí bien erguido, con las manos sobre los muslos y con aquella falsa sonrisa dibujada en el rostro.

—Es bueno dejarlo libre un rato, pero ahora el que está libre soy yo.

No podía quitarle la vista de encima. Estaba tan mareado, tan alterado, pero aún así, no era capaz de quebrantarme. Seguía con la vista fija en el objeto (no sé llamarlo de otra manera) en que se había convertido Saavedra. Sentía que me habían fijado la cabeza con un torno.

Lo que vi después me sobrecogió: Saavedra dejó la cabeza a un lado y la carne del pecho se le inflamó y le aparecieron sendos bultos, mientras los huesos le crujían y se movían bajo la piel como si estuviesen buscando una disposición más propicia. Las carnes se le llagaban y abrían repetidamente, como si un látigo las mordiera, y esas heridas eran como los párpados de animales muertos, que hubiesen quedado en esa posición, luego de una cruda agonía. Era atroz, ahí había algo que se estaba reconfigurando, había algo que pugnaba por nacer. La voz en mi cabeza daba alaridos y eran alaridos de dolor, pero también eran interjecciones de placer sexual, porque el que estaba debajo de la piel de Saavedra era feliz de salir al mundo, pero también sufría locamente.

—Por Dios, ¿qué es esto?

Por encima de la piel de Saavedra se formó una carne horrible, en disputa con la carne de su portador. Era un rostro con boca, ojos, nariz, pero estaba oculto bajo la piel del que le servía de cobijo. Era otro ser.

-¿Quién eres?

-El Erizo.

No dije nada. Apenas me salía la voz. Era intolerable contemplar aquella cosa. El tumor que había salido del interior de Saavedra parecía un niño monstruoso que no acaba de nacer, pero que al mismo tiempo atormenta a su progenitor y lo deja en colapso.

—Primero que nada dejémonos de tonterías. El que te citó aquí fui yo, nada tuvo que ver Saavedra.

—Ya.

—El que estés aquí es importante, muy importante y cualquiera que vaya a ser la decisión que tomes con respecto a lo que te pienso proponer deberás tomarla ahora.

—¿Decisión?

—Además, tu decisión será inapelable e irreversible y todo estará debidamente certificado por medio del contrato que Perromelón se dispone a hacerte entrega.

Algo me estaba tirando del pantalón; era el perro. Estaba ahí, con sus ojos de viejo y sostenía un turro de papeles en el hocico. Los cogí y le di las gracias. Por respuesta, Perromelón se limitó a tirarse un pedo.

—No necesitas leerlo, es una mera declaración de compromiso.

—¿Quién mierda eres tú?

—Ya te dije que soy el Erizo.

—Eso a mí no me dice nada.

—No tengo que definirme, pues soy indefinible. No tengo que demostrarme, pues soy indemostrable. No tengo que convencerte, pues soy incomprensible.

El Erizo se movió bajo la piel de Saavedra haciendo todo tipo de sonidos que recordaban los de la licuefacción. Pero su voz no provenía de él. Su voz era ubicua.

—¿Tienes miedo de mí?

Por más que sintiera terror por esa cosa, no dejaba de pensar que se parecía a un títere de calcetín y yo nunca he sentido miedo ante un títere de calcetín. Era totalmente contradictorio. De a poco las sensaciones que había experimentado como un conjunto se estaban exponiendo una a una con total independencia.

—Oh, qué analogía más tonta —dijo el Erizo

(Se refería al títere calcetín).

—¿Así que puedes leer mi mente?

—Puedo leerte como un libro abierto, y no solo tu mente, también tu tu alma, tus contradicciones, tu pasado, tu presente y tu futuro. A ti, en su totalidad y en una fracción de segundo. Pero basta de cháchara. Esta es mi proposición, es igualmente mi explicación, en tanto seas capaz de comprender cierta parte de mi naturaleza: soy una entidad, pero una entidad corpórea, soy una entidad viva, de carne y de infinito poder, pero que está incompleta sin su caparazón, sin el abrigo de una coraza de hueso. Saavedra fue mi receptáculo, pero el idiota se muere y ahora necesito un nuevo receptáculo.

—¿Un receptáculo?

—Limítate a pensar y no te molestes en abrir la boca ni ocultar tus sensaciones negativas, pues mi voz rebota en tu cerebro, que es una mera antena receptora construida para captar, que no comprender, mis pensamientos.

Saavedra se había vuelto ausente. No estaba. Había dejado abandonado su cuerpo en aquel sitio y nadie podía asegurar que en ese instante el universo contuviera alguna mísera partícula de su mísera existencia.

—Saavedra es un tonto. Le ofrecí riquezas y las dilapidó, le ofrecí el mundo y no supo qué hacer con él. No era apto para el summum de existencia que representa el Erizo.

Le transmití esta pregunta: ¿cómo creo yo en tu palabra?

—La cree fervientemente.

Y yo la creía fervientemente. No por nada era un crítico de ciencia ficción. Estaba preparado para no prejuzgar ninguna teoría, por alocada que fuera siempre y cuando pudiera ser sujeta a comprobación. Y al Erizo lo estaba comprobando con mis propios ojos. A menos que estuviera loco de remate.

—¿Así que fama y fortuna?

—Y HONOR Y GLORIA.

—¿Y cómo le hago para no terminar como Saavedra?

—Nadie termina como Saavedra. Saavedra es lento de entendimiento.

Miré atentamente al Erizo. El solo hecho de que un ser como él pudiera habitar en el universo me estremecía. ¿Pero qué se puede hacer con ello que está más allá de la comprensión?

—¿Dónde firmo?

Perromelón recogió los papeles con el hocico y dijo:

—Aquí, Calamares.

La piel de Saavedra se extendió hasta el límite de sus capacidades. Vi cómo una docena de dedos estiraban la carne y luchaban arduamente por traspasarla. Escuchaba chillidos parecidos a los de las ratas, pero al unísono, millones de ratas enfadadas gritando bajo la piel de Saavedra. Lo primero en emerger fueron los dientes del Erizo: filosos y diminutos, sujetos a una grotesca mandíbula sonriente. Retrocedí cuando vi que aparecía la cabeza. Aquella cabeza calva coronaba un cuerpo manchado de pelusa, gris y mugrienta. Todo el ser estaba bañado en sangre y tiras de carne y continuaba en la tarea de salir al mundo en aquel parto de pesadilla.

El Erizo cayó al suelo. Aquella bola amorfa no podía incorporarse y resbalaba porque estaba grasienta. Daba un paso y caía, chapoteando sobre el líquido que lo había contenido. Al final, logró equilibrarse y lo vi: sus ojos diminutos de rata y el cuerpo amorfo de hombre degradado, mezcla de animal y de cosa. El Erizo.

Chilló. Los cajones de verduras se remecieron. El perro le ladró, pero el Erizo le gritó; un grito intolerablemente agudo y sibilante. El pobre Perromelón se aterró y corrió a buscar refugio, metiendo la cabeza bajo el colchón.

¿En qué mierda me había metido? ¿Tenía escapatoria, podía renegociar lo firmado? El Erizo saltó sobre mí y empezó a escarbarme la carne. No podía quitármelo de encima. Era tan diminuto y tan fuerte, mucho más fuerte que yo. Con las garras hizo un agujero en mi pecho, arrojando trozos de carne viva tras de sí. No podía tolerar el dolor. Se me introducía de forma “inapelable e irreversible”. Al final, solo quedó a la vista su nuca. Ahí fue cuando me desmayé.

Desperté atolondrado, sin saber dónde estaba. Me costó mucho trabajo reconocer la situación, los objetos y al perro. Lo que terminó de despabilarme fue Saavedra. Yacía ahí tirado, cual despojo hecho una montaña de jirones de carne sanguinolenta y músculos desnudos y puntas astilladas de hueso. Había muerto con una sonrisa en la cara, al fin libre.

Me toqué el pecho y sentí la protuberancia, el otro ser.

—¿Estás preparado? —dijo el Erizo (no me hablaba, me arrojaba sus pensamientos, ahora sus pensamientos eran míos).

Asentí. Oíd mi palabra: estaba preparado para todo. Tomé al perro en brazos y salí a la calle desierta. Parecía un cuadro de hecatombe, los objetos metálicos del basural relucían como un aro de plata robado de un palacio embrujado y el cielo era crepuscular y silencioso. La gente me observaba y retrocedía ante mis pasos. Oíd mi palabra: inclinaban la cabeza en señal de respeto. Oíd mi palabra: desviaban la mirada en señal de sumisión. Me abrían un camino como las aguas del mar muerto. Oíd mi palabra: lloraban emocionados ante el desafío que era yo mismo: el transfigurado, el loco, el abominable. Ahora tengo al Erizo.

[CC 2012, Juan Calamares].

Anuncios

»

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s