Vidas imaginarias de mis amigos: Sergio K. Amira (PARTE 4 y final)

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Así es gatito, el serial se acaba, pero descuida, que todo termina bien.

Así es gatito, el serial se acaba, pero descuida, que todo termina bien.

Lea la primera, segunda y tercera parte de esta historia.

Por Luis Saavedra.

“Quizás nunca hubo primera parte del plan”. Era un pensamiento para derrotados de antemano. Nada representativo de su estilo. Y no podía quedarse paralizado, mientras Gargamel cargaba contra él. Así que hizo lo único que podía hacer: correr a su encuentro liberando toda su furia y dejar que los procesos de su mente liberaran las formas contenidas en la simulación. Comenzó a crecer hasta llegar al tamaño de su enemigo y sus extremidades se cubrieron de una coraza calcárea. Cada pisada dejó una marca más profunda, grande y pesada, sintiendo que su corazón era un motor industrial que llevaba adelante la bestia magnífica en la que se había convertido. Su furia se mezcló de euforia, respondiendo a la inundación de endorfinas y adrenalina que su sistema liberó anticipando la batalla. Al momento del choque, ya se habían equiparado las fuerzas.

Fue como un cortocircuito en que tuvo la sensación de perder un segundo completo de la continuidad de la realidad. Le dolía la cabeza y un efecto de calidez le bajó por la cara. A sus pies vio la sangre, su sangre, apelotonándose en gotitas negras en el polvo. Pero Gargamel se llevó la peor parte porque no lo había esperado. Su rostro reflejaba desconcierto y algo que identificó como miedo. Se llevaba una extremidad al costado, en donde Papá Pitufo había pegado con toda la fuerza de su puño.

Pero la ventaja de la sorpresa se desvaneció y Gargamel seguía siendo igualmente letal. Su enemigo cambió de estrategia y materializó en el aire discos serrados que giraban. Las lanzó contra él y dos se incrustaron en su pierna y comenzaron a abrirse paso a través de la carne. Pero antes de alcanzar el hueso, Papá imaginó las tenazas con las que extrajo rápidamente los discos. Detuvo la hemorragia con un parche de piel que creció alrededor de las heridas, justo en el momento que Gargamel arremetía de nuevo y rodaban por el suelo.

Aunque Papá nunca lo supo, Calamares se escabulló hasta Pitufina, que lo miró vacíamente. “¿Puedes caminar?”, le dijo. La chica tenía las pupilas dilatadas y no respondió a la pregunta. Juan lanzó una maldición, le habían dado calmante para elefantes. Pensó que alguna vez le podrían dar los trabajos fáciles, pero al ver a Papá perder su casco producto de la carga de Gargamel, cambió de opinión. La levantó y arrastró hasta el callejón para dejarla protegida entre dos huertos. La escena más allá de la torre no había cambiado y Papá estaba haciendo un excelente trabajo de distracción, ocupando todas las energías de su enemigo dejándose aporrear. Dudó, pero al final volvió a la base de la torre. Si había algo que hacerse para destruirla, tenía que ser ahora. La estructura parecía maciza, Pitufo Constructor sabía cómo armarlas, pero en tan poco tiempo para levantar, tendría que haber cometido algún error. Uno de los puntales basales estaba hecho con una pieza de madera defectuosa, que tenía un nudo oscuro. De más cerca, observó que el nudo había sido atacado por termitas y la textura cedía fácilmente con un dedo. Miró a su alrededor y encontró un poco de cuerda, lo suficientemente larga y fuerte para tirar desde fuera del radio de la base hasta que se rompiera el madero, y con esto, la torre se desmoronara. Para su fortuna, Gargamel no le prestaba atención. “Todo por la causa, Amira”. Y pasó varias veces la soga alrededor del puntal para terminar con un chapucero nudo ciego. Fue cuando se preguntó si podía bajar a Constructor. Se asomó por los cuatros costados de la base, pero no lo vio en ninguna de las vistas. Recogió la soga y se volvió hacia el callejón cuando se encontró al pitufo a menos de un metro de él, con cara de pocos amigos. “No podía ser todo tan fácil, ¿verdad?”, pensó Calamares, y luego recibió en su cabeza el madero blandido por Constructor.

Los puños de Gargamel no dejaban de llegar, de caer una y otra vez sobre su cara. Al poco rato, Papá se entumeció y su cerebro se encerró en una cárcel de algodón, allí el dolor no lo alcanzó, pero tampoco el resto de la realidad. Era una trampa cómoda que no llevaba a nada bueno. Pero se hundía, no podía evitarlo y su mejor defensa, sus brazos blindados, cayeron exánimes a cada lado de su cuerpo. Y después nada. Abrió los ojos con pesadez y vio el rostro de Gargamel sobre él, respirando agitado y con la mirada enloquecida.

—No vas a morir, Papá Amira. No puedes morir —le dijo y un hálito insoportable salió de su boca. El mago negro se incorporó con un salto y se volvió hacia la torre. Alzó los brazos y comenzó a cantar un salmo en latín.

Papá levantó apenas la cabeza para observar que en la base de la torre Pitufo Calamares y Pitufo Constructor bailaban una danza extraña, entrabada. Se sentía todavía en una pecera y la escena era más propio de un libro de Boris Vian. “¡Calamares!”, se dijo, “pensando siempre en la diversión.” Y cuando miró al cielo, vio el remolino de nubes sobre la torre, girando rápidamente con la voz monótona de su enemigo como telón de fondo. Un viento muy frío se levantó, que lo ayudó a regresar del entumecimiento. Lo que fuera que estuviera haciendo Gargamel, no podía ser nada bueno y había que acabar con ello. No se detuvo a pensar qué significaba la frase del mago negro, pero eso representó una ventaja que estaba dispuesto a usar. Con su fuerza de voluntad mermada, su mano se fue llenando del mango de un garrote que apareció dolorosamente. Y pesaba. Un martillo macizo, digno de los guerreros godos que se opusieron al Imperio Romano. Ese sería su símbolo para destruir las pesadillas de un nuevo Imperio. El problema era incorporarse y blandirlo.

Juan Calamares no podía deshacer el abrazo que Constructor le daba, solo podía ver la mirada fija sobre él, dilatada, del pitufo. No sabía muy bien qué pretendía con eso, pero por más que se removía o daba cabezazos, los brazos musculosos le quitaban el aliento. “Debí hacer más ejercicio cuando pude”, se confesó, “Pero, ¿de qué estamos hablando? ¡Tonterías!” No se daba cuenta que por encima de sus cabezas, el vórtex de nubes comenzaba a ionizar la atmósfera. La torre, como un puente eléctrico, permitía el libre paso de energía. Como excitado por el aire tormentoso, Constructor sonrió con dientes apretados y estrechó más su abrazo. Calamares oyó el crack del momento exacto cuando una de sus costillas cedió y se quejó con lo poco del aire que quedaba en sus pulmones. Con desespero, dio bandazos débiles con su cabeza hasta que la nariz de Constructor explotó como un tomate maduro, pero fue inútil. La sangre sobre sus ojos le impidió ver a Pitufina tomando la soga con gesto decidido. Con Amira fuera de juego y él en peores circunstancias, la chica venía al rescate del par de inútiles.

Pero Papá Pitufo no se dio por vencido. El martillo era tan pesado como Mjölnir y no podía entenderlo. Si la simulación era de su propiedad, ¿por qué no podía controlarlo? Aquí tenía que ser el rey, aquí la mente-colmena no podía ser más fuerte, aquí Amira tendría que salvar al mundo. Y no sucedía nada de eso. El cántico de Gargamel se hizo más urgente y de pronto la explosión de energía encima de la torre generó una onda de expansión que le hizo arrodillarse. Comenzó a sentir que las fuerzas lo abandonaban, como si la torre estuviera drenandola hacia arriba. No podía terminar así.

Pitufina se acercó por detrás de Constructor y pasó la soga por sobre su cabeza para asegurarla a la altura del cuello. Ella se dejó caer hacia atrás con todo el peso y la reacción del pitufo tardó más de lo que esperaba, pero finalmente soltó a su presa y Constructor se llevó las manos a la soga, tratando de liberarse. Calamares se deslizó hasta el piso boqueando y soportando a duras penas el dolor en su costado, pero estaba libre. Constructor caía sobre Pitufina, pero a medio camino se detuvo. La soga se tensó sostenida por el puntal, que emitió un quejido seco como el crepitar del fuego. Con la presión ejercida sobre sus arterias, el pitufo perdió mucha sangre por la herida de la nariz y pasó del azul a un violeta. Braceó y acertó varias veces en el rostro de Pitufina. Desesperado, pateó la espinilla de las piernas de la chica y, finalmente con un ramalazo de dolor, Pitufina soltó involuntariamente la soga. Ahora los tres estaban fuera de juego: uno boqueando en busca de aire, el otro inmovilizado por la costilla rota y la última sin poder concentrarse en nada más que la sensación en su pierna. Pero ninguno estaba peor que el puntal, que se había roto con la refriega.

Papá logró sostener el martillo sobre un hombro y se incorporó. Resoplaba y su cuerpo se rebelaba en seguir sus órdenes, pero la urgencia y una sensación cercana al miedo que no se detuvo a analizar lo sostuvieron. Como si la voluntad fuera de otro, de alguien más fuerte. Y sin embargo, era él mismo, un nuevo yo descubierto después de eones fingiendo ser un sabio papanatas azulado y feliz. Alguien con una rabia interna por todos esos años perdidos, a pasos solamente de la mujer amada; con un miedo intenso de perderla ahora. Levantó el martillo y lo dejó caer sin fortuna sobre el hombro de Gargamel. El mago negro se inclinó bajo el peso del metal y su armadura se hundió, dislocándole el hombro. Ahogó un aullido, pero eso fue solo un momento, porque luego se volvió enfurecido hacia Papá:

—¡No entiendes nada!, ¿verdad? —le gritó a Amira, que volvía a su tamaño original de Papá Pitufo, incapaz de sostener la ilusión—. ¡No quieres verlo!

La torre se venía abajo. Aunque no podía verlo, Calamares presintió la inclinación de la estructura por los múltiples gemidos de la madera que se colaron hasta él entremedio del ruido huracanado del vórtice. La fuerza del viento ayudaría a precipitar las cosas, pensó, y, así de la nada, el plan que no tenía ningún asidero, se cumpliría. Su visión se aclaró para presenciar cómo Constructor retenía a Pitufina por el tobillo. Buscó a su alrededor y encontró la soga. Caminó hasta el pitufo con la intención de continuar la faena, pero esta vez en forma definitiva. Cayeron de espaldas: Calamares primero y luego Constructor sobre él. Exhaló lo que le quedaba de aliento, pero no aflojó. Pitufina se volvió a ayudarle, pero él agitó la cabeza negativamente. Ella se detuvo, quizás fue el gesto tan decidido o la tristeza en su mirada. Pitufina se alejó corriendo hacia el callejón, justo cuando la base de la torre colapsó sobre los dos pitufos. Juan Calamares esperó que aquella fuera la última de sus muertes.

—¡Entropibus pervenit! ¡La entropía viene! —gritó el mago negro. Pero Papá Amira solo tenía ojos para la torre que caía sobre ellos. Gargamel siguió la mirada del pitufo muy tarde. Una de las vigas centrales se separó de la estructura y vino en picada atravesando el pecho del enemigo, fijándolo al suelo. Gargamel lo miró un segundo con miedo y dolor, pero Papá no esperó a sentir ninguna sensación de misericordia y se alejó de él. El resto de la torre despareció en una nube de polvo y escombros. Una viga cayó muy cerca suyo con una fuerza que hizo vibrar el suelo. Parecía increíble que una estructura tan compleja hubiera sido levantada en un corto plazo solo por Constructor, pero en la simulación había aprendido que la ilusión era carne de todos los días. Corrió entre la polvareda hacia el callejón donde había visto huir a Pitufina. Allá arriba, el torbellino sin control se hizo más salvaje y el cono tocó tierra para devastarlo todo.

—¡Acá estoy! —gritó la mujer, saliendo de uno de los huertos. Se tomaron de las manos y corrieron. Papá no supo muy bien hacia dónde y se dejó llevar por ella que, más joven y rápida, enfiló hacia el bosque. Tal vez era buena idea abandonar la aldea mientras el torbellino perdía fuerza, pero uno de los temores del pitufo era que el fenómeno no tuviera limitaciones y acabara con la simulación completa de Villa Pitufo.

De nuevo se internaron por el sendero. El viento agitaba con violencia la arboleda, arrancando ramas y troncos muertos. Llegaron hasta el tocón de madera corriendo encorvados.

—¡Entremos! —gritó Pitufina.

Siguieron huyendo con el viento detrás, que producía un silbido agudo y aterrador. Papá ya no podía seguirle el tranco a la chica y tampoco tenía el aliento para gritárselo. Era arrastrado por esa fuerza femenina que huía hacia el futuro. Ni siquiera se cuestionó cuando ella abrió la pesada puerta de metal y desembocaron en una sala aséptica y blanca llena de sarcófagos. Corrieron entre las máquinas de resucitación. Papá quería gritar “Detente”, pero un sentido absurdo de urgencia, de no perder una supuesta y efímera ventaja, lo mantuvo en movimiento paso tras paso. Tomaron por los corredores que se transformaron en laberintos y cada recodo se dividió en dos y cada pasillo fue exactamente igual al otro.

El rostro de Pitufina se había transformado en una máscara de miedo que se transmitía a Papá. Aunque no divisaran nada cuando echaban un vistazo hacia atrás, sabían que el torbellino venía.

El pasillo llegó hasta una segunda puerta que Pitufina no dudó en abrir. Era una piscina pública iluminada por lámparas de paño. El fondo estaba ilustrado por una escena de dos niños lactando de una loba, pero en el agua una sombra se movía. La sombra comenzó a arremolinarse y formó un tifón que se lanzó sobre los dos pitufos. Esta vez Papá fue el primero en reaccionar y esquivaron las trombas, se las arregló para llevar a Pitufina hacia la salida.

Dieron con una avenida ancha y deshabitada, flanqueada por edificios sostenidos por inmensas columnas clásicas. La enredaderas habían trepado por las columnas y colonizado los pisos superiores, donde florecían flores blancas y salvajes. Cada tanto en la avenida, podían ver carruajes de guerra y transporte abandonados, puestos de comercio desprovistos de mercancía y estandartes que flameaban desgastados, junto con estatuas destruidas de guerreros y musas. En el edificio que cerraba la avenida, una gran águila de piedra carecía de su ala derecha y los escombros yacían en la base de la estructura.

—¿Donde estamos? —susurró Pitufina con un miedo supersticioso.

—Es otra simulación, pero no sé en qué período —contestó Papá.

Y entonces, por encima de las azoteas de los edificios, apareció Gargamel. Gigantesco, desnudo, furioso. Con él vino la tormenta que transformó los cielos en un gris nido de serpientes que bajaron en forma de conos de vientos huracanados para derribar las columnas y desguazar los edificios. Los pitufos huyeron por la avenida.

—¡Entropibus pervenit! —gritó el mago negro y su voz se escuchó en todo el mundo—. Es hora de despertar.

Y las trombas se juntaron en un solo musculoso brazo de viento que cayó sobre ellos y los levantó del suelo. Papá aferró a la mujer lo mejor que pudo.

—¡No me sueltes, Papá! —fue la súplica de Pitufina, que se deslizó de su abrazo hacia el caos.

En el corazón del huracán, el pitufo gritó y se mezcló con el rugido del viento.

* * *

La noche era muy negra allá afuera. Sin estrellas y sin nubes galácticas. Solo un intenso fondo negro sin posibilidad de profundidad. Falso como un cuadro pintado de azabache. Los haces de los focos exteriores no hacían mella en el homogéneo mar y la quietud era tan tétrica que se le erizaron los pelos de la nuca. “Es como un sueño perpetuo, es peor que la muerte”, pensó Amira. Y quizás tenía razón, solo que no había nadie con quien corroborarlo. Se sentó y esperó.

Las simulaciones lo habían terminado por agotar y ya no le importaba si ésta era la suprarrealidad o la más interior de las mentiras. Un momento atrás estaba en Villa Pitufo; ahora, no sabía. Recorrió las habitaciones vacías de una instalación de la que no tenía memoria. Habían zonas de la instalación que ni siquiera estaban iluminadas. El poco equipamiento que había estaba inerte, no funcionaba a ningún nivel. El cofre donde había despertado estaba flanqueado de otros sin rastro de ocupantes. Entonces llegó al domo a través de un pasillo que se iba estrechando. En el domo solo había la iluminación de los focos exteriores y allí se quedó minutos u horas, no había forma de saberlo. No sentía hambre ni frío.

La imagen se formó delante de sus ojos, Amira no reaccionó. Era un hombre moreno y alto, algo encorvado, que usaba anteojos. Vestía una chaqueta de mezclilla con botones metálicos y un pantalón marrón. Las manos las mantenía en los bolsillos de la chaqueta, mientras sonreía.

—Hola, Sergio —respondió la imagen, pero Amira continuó ensimismado, descifrando qué significaba—. Sé que no es sencillo verme, hasta hace un momento fuimos enemigos. Un grave error de mi parte.

—¿Gargamel?

—Sí y no, tomé la forma que tú me diste en tu simulación. Me viste como una amenaza y yo me comporté como tal. Me disculpo, no fue la mejor estrategia. No quería despertarte, pero ya no había más remedio y tuve que hacerlo.

Sergio se levantó y al hacerlo la visión se oscureció, su corazón latió en forma dolorosa. Se sentía muy cansado, como un anciano. Así que volvió a sentarse: —Pero ahora, ¿por qué usas esa piel?

—¿Teobaldo Mercado? Fue uno de tus mejores amigos.

—No lo recuerdo.

—Yo sí, o sea, puedo hacerlo por ti. Confiabas en él, en algún momento se separaron, pero siempre pensaste en él como un buen amigo.

—Podrías haber escogido esa piel antes que la de Gargamel, si en realidad querías acercarte a mí.

—No pareces muy impresionado, Amira.

—Para qué, me siento tan cansado que me importa un rábano en qué simulación estoy.

—Pero esta no es una simulación.

—Sí, claro. —Y se volvió para ver hacia la oscuridad—. ¿Qué hay allá afuera?

Mercado miró también y durante un largo minuto eso fue todo entre ellos dos.

—El vacío. Exactamente el vacío entre galaxias, aunque ya no sé en dónde.

—Sí, claro —fue la ausente respuesta. Luego se volvió hacia la imagen—. ¿Quién eres en realidad?

—Soy la entidad que gobierna la nave.

—Entonces deberías partir por contarme toda la historia.

Érase una vez un consorcio de investigación científica compuesto por treinta naciones, en una Tierra donde las alternativas energéticas se redujeron drásticamente con el agotamiento de las fuentes fósiles. La gente del consorcio, capaz y sabia, decidió probar orígenes no ortodoxos de alta energía, pero sin poner en riesgo al planeta, y construyeron un complejo de investigación en la Luna. Un anillo que la rodeaba y que representaba un circuito de colisiones para buscar partículas que liberaran cantidades inimaginables de energía con poco y controlado esfuerzo.

—Hasta ahora suena razonable —dijo Amira—, pero qué tiene que ver conmigo.

La imagen de Teobaldo Mercado caminó hasta el hombre y se sentó frente a él. Parecían dos niños contándose historias masturbatorias e imaginarias en la noche.

—Es solamente una parte, Sergio.

—Soy impaciente. Si realmente fueras Teobaldo, lo sabrías.

—No lo soy y ese argumento es solo para molestarme. No podrías, mi personalidad no es humana, así que déjame continuar.

Amira sonrió complacido.

A la inauguración del complejo asistieron los presidentes y representantes de las naciones con intereses. Al momento de bajar la palanca, la Luna se encendió con un mensaje que se pudo ver fácilmente desde la Tierra: “Paz”.

—¿Bajar la palanca? ¿En serio?

—Silencio.

La energía se podía transmitir por un haz a los receptores autorizados que la podían recibir en la Tierra y la crisis de años acabó. Con un suministro de bajo costo, la demanda se disparó, pero qué importaba para una fuente que era prácticamente infinita. Y también surgieron los receptores piratas que no querían pagar nada, pero estaba bien porque solo eran un margen fantasma que apenas rasguñaba la capacidad de generación.

—Estoy esperando.

—Aquí viene lo que te interesa.

Sergio Alejandro Amira tomó su tour vacacional para celebrar su cumpleaños número setenta y cuatro con una agencia espacial que prometía dar una vuelta a la Luna en uno de los más lujosos cruceros del espacio cercano, y conocer de dónde venía la riqueza de esa era. Una maravilla que también llevaba la posta del tránsito hasta las colonias marcianas, con la mejor tecnología de criogenia.

Ir y volver en menos de cuarenta horas, sin estridencias, tan solo el deseo de un viejo que podía permitirse un lujo. Se encontró con Juan Calamares, que formaba parte de la tripulación. Se habían conocido muchos años antes, pero para Juan la vida no fue tan feliz. Fracaso literario tras otro, había terminado haciendo trabajos indignos hasta llegar a la cocina del crucero. Próximo a jubilarse, ese sería su último viaje. En el bar de la primera clase se dedicaron a contarse los detalles de sus vidas.

Amira miró incrédulo a Teobaldo: —¿Tengo setenta años?

—Sí, ¿te imaginabas más joven?

Se miró las manos duras surcadas de arrugas y manchas. La vejez es la peor peste de la humanidad. Descubrir que eres viejo es un golpe tan duro, dejarle el paso a los jóvenes siempre acaba con tu ego.

En el tránsito por el lado oscuro de la Luna, brindaron por Luis Saavedra, ese simpático idiota que financió hasta su muerte todas las fracasadas aventuras literarias de Calamares. “A ese weón siempre lo convencía. Le decía que era un gran escritor y se abría de patas el muy tarado”, le confesó Juan a Sergio, aunque el último se sintió incómodo porque sí tenía un recuerdo cariñoso del sujeto. Pero igualmente chocaron las copas de champaña cuando un flash de luz los retrató. Al principio, dudaron del momento. Fue tan pequeño el lapso que pareció más un rapto sicológico. Y luego, un sexto de la Luna desapareció engullido por un agujero negro. De alguna manera, en las instalaciones de energía había ocurrido un colapso de la materia que lo generó y la nave escoró violentamente hacia el devorador. Afortunadamente, el capitán y su sangre fría apostaron a acelerar al máximo los motores y dirigirse hacia el agujero negro para pasar tan cerca y tan rápido que pudieran romper la barrera de la velocidad de escape y alejarse. Fueron momentos terribles, perdieron a la mayoría de la tripulación y estuvieron a un pelo de desintegrarse, pero salieron expulsados con el sesenta por ciento de la velocidad de la luz. El capitán y el puente de mando quedaron atrás con el desguace de la nave. Los dos viejos se despertaron vapuleados y con alguna pierna o costilla rota, pero corrieron con suerte.

—¡Soy un viejo! ¡Soy un viejo de mierda!

—¿Es lo único que te importa, Amira? ¿Escuchaste lo que te he contado?

La tripulación que quedaba se enfrentó con un panorama que no podían transmitir a los viajeros. No tenían sistema de navegación, no tenían suministros para una estadía tan larga en el espacio. Pero tenían comunicación con las colonias en los planetas exteriores y las noticias fueron aplastantes. La Tierra estaba condenada y, con tiempo, el Sistema Solar también. El crucero era la avanzada del éxodo humano, una avanzada involuntaria, fortuita, que no se pudo reproducir. La última comunicación provino de la colonia en Júpiter, justo cuando el sol se convertía en nova y ellos estaban más allá del cinturón de Kuiper, fuera del Sistema Solar. Una secuencia en multicapas con la historia de la humanidad.

—¡Sí te escucho! —gritó el anciano—. Y me gustaría no haberlo hecho.

Para entonces, se decidió poner a la mayoría en hibernación y dejar el resto en las manos de los distintos dioses en los que creían. La tripulación fue muriendo de causas naturales o por su propia mano y al final solo quedó una de las tres inteligencias artificiales que gobernaban la nave.

—Tú.

—Sí, yo —respondió Teobaldo Mercado, afirmando con un movimiento de la cabeza—. Pero incluso yo puedo morir, aunque no sepa qué significa.

—¿Qué tan lejos estamos? ¿Dónde están los demás? ¿Qué año es?

—¿Consisamente? Muy, muy lejos, sin posibilidad de retorno. Tú eres el único que queda…

—¿Cómo que soy el único? ¿Dónde está Calamares? ¿Dónde está Katy? —Sergio se levantó. No quería estar sentado, quería hacer algo y no sabía qué. Quería alguien a quien culpar y lanzó un puñetazo a la cara de Mercado.

Teobaldo lo miró, mientras el puño pasaba limpiamente por la holografía. La imagen se levantó con cautela:

—Juan Calamares murió hace ochocientos años. Retiré sus restos y los incineré en un horno de plasma para obtener algo de energía. Si miras en las otras habitaciones ya no queda casi nada.

—¡Pero yo lo vi vivo hace unas horas solamente!

—¿Cómo decían ustedes? Vivir una guerra un minuto antes de despertar. El fenómeno también puede ser inverso. La dimensión de la conciencia humana es un territorio en el que sigo siendo nuevo, después de tanto tiempo.

Sergio Amira comenzó a temblar. Demasiada información le hizo caer en un profundo túnel existencial, una garra que le apretó el pecho y le incrustó agujas en el brazo izquierdo.

—¿Dónde estamos? ¿Dónde está Katy? ¿Dónde está ella?

—Tarde o temprano vas a saberlo. ¿Cómo crees que hemos alcanzado el espacio vacío? Con mucho tiempo, Amira. Es trescientos cincuenta millones de años desde el inicio y eres el último hombre vivo.

El viejo jadeó y se mostró confundido: —Ka-ty-ka-ty.

—Ah, eso es lo más difícil. Durante algún tiempo la busqué en la lista de pasajeros y en bases de datos dañadas que recuperé, pero no había nadie con ese nombre. Ella solo existe en tu mente. ¿Te pasa algo?

Teobaldo se adelantó en un reflejo cuando el anciano se derrumbó en el piso. El cuerpo traspasó la imagen holográfica y, en el golpe contra el suelo, perdió la conciencia.

El entidad de la nave le cuidó. Pequeños servos acudieron a confortarlo y lo llevaron hasta su cofre. Estabilizaron su corazón y minimizaron el daño cerebral que el ataque coronario había ejecutado. Estaba dentro de las posibilidades, un hombre con la edad de una roca era tan frágil, a pesar de estar conservado en un estado de estásis. La entropía nos alcanza a todos, a seres naturales y artificiales, y el ciclo de la vida y la muerte no eran más que ideas equivocadas y reconfortantes. No puede haber ciclo si la energía se ha dispersado como radiación, la entropía siempre gana.

El anciano tuvo sueños, no simulaciones, sino sueños normales. Excitantes y vívidos provocados por el daño en la corteza. De aquellos que uno sabe que lo son porque las reglas de la física desaparecen y uno puede volar. Volvía a ser joven y a mirarse en el espejo y observarse la barba castaña y reír con una risa estentórea. Era un viajero en un mundo que podía ser la Tierra. Conocía a gente extraña y amable, que hablaba en lenguas que no entendía, y eran tan musicales que nunca se aburría de escucharlas. Pero jamás se quedaba: desde el hielo hasta el desierto, terminaba yéndose a otro sitio, impulsado por la inquietud, un cosquilleo en sus manos, la sensación de que abajo del horizonte estaba el hogar.

Cuando Sergio abrió de nuevo los ojos, miró a Teobaldo a través de un millón de capas de algodón:

—Es como estar en una simulación, es tan falso —dijo el viejo con la voz cansada—. Ya no sé distinguir nada. Puedes ser Gargamel y ya no me importa. Me rindo.

—Ah, ojalá fuera tan fácil, Sergio. Tu rendición es la de todos.

—¡Qué tontería!, ya no hay nadie más.

—Quedo yo.

—¡Bah!

—Te salvé la vida.

—No sé por qué me retienes, morir es más fácil.

—El primer mandato de todo organismo, tú o yo, es seguir vivo. Esa torre…

—La torre, ¡ja!

—Esa torre fue mi último intento. Estoy muriendo, Sergio, y, así como van las cosas, puedo hacerlo antes que tú. Ya no hay más energía, no se puede extraer del vacío. La torre podía crear un puente entre tu actividad cerebral en la simulación y mis baterías. Me basta solo un poco de esa actividad, me he vuelto muy eficiente en este tiempo.

—¿Y por qué no la tomaste sencillamente?

—¡Derrumbabas todos mis intentos de comunicación! Era el enemigo, el que amenazaba tu cálido mundo.

—¡Ah, qué idiotez! Esta discusión la pudimos tener desde el principio, ¿no crees? —El anciano se revolvió en su cofre, pero estaba inmovilizado por las sondas que entraban en su piel.

Teobaldo calló y pareció buscar una respuesta adecuada:

—Mi modelo de personalidad eres tú. Eres terco, no preguntas a nadie, pero dudas siempre. Así he sido yo, así me he equivocado. —Mercado posó su mano irreal sobre el brazo del viejo.

—Y crees que con eso se arreglan las cosas.

—Solo quiero saber si me perdonas y nos permites seguir viviendo.

—¡Entonces muramos porque soy un viejo tarado, solo y egoísta! —replicó Sergio con sus pocas energías. Volvió la cara ocultándola de la holografía y lloró.

—Pero no tienes por qué estar solo.

—Tú no eres buena compañía, eres solo otra ilusión.

—No me refería a mí.

Pero Amira no volvió a hablar y Teobaldo esperó a su lado. El viejo sufrió colapsos pequeños, su conciencia derivó y el daño cerebral se fue extendiendo. Volvió al sueño del viajero y llegó a un mercado de burbujas en una ciudad de casas blancas de barro, un sol alto y ardiente y pajareras llenas de canarios amarillos. Se movía por la calle atestada hasta llegar al solar de una casa morisca. El interior era fresco y una mujer de pelo negro y vestido blanco cosía un pañuelo con la imagen de un águila anidando y cantaba una melodía. Estaba sentada de espaldas a él. Amira dejó su morral en el suelo que tintineó en las palmetas por las hebillas de las correas. La mujer se dio la vuelta y su mirada azul lo atravesó, luego volvió a coser y cantar. El hombre se sentó en la silla en frente de la mujer y ya no sintió ninguna urgencia ni necesidad de marchar. Se relajó y se permitió un verdadero momento de libertad y felicidad.

Al abrir los ojos, se volvió hacia el holograma:

—Una guerra antes de despertar. ¿Cuánto dura el amor, Teobaldo?

—¿Es una adivinanza?

—¿Cuánto dura el amor?

—No lo sé, Sergio.

—El amor es infinito, aunque dure un solo segundo.

—No lo entiendo. —Teobaldo sospechó que ya el anciano deliraba—. ¿Qué decides, Sergio? Dime qué piensas.

Pero Amira se limitó a mirar el techo de la habitación, tan blanco que parecía un negativo de la oscuridad sin sueños que había presenciado en el domo. Y luego de un momento:

—¿Qué pienso? Pienso en que quiero ser feliz.

Epílogo.

—¿Por qué nunca hay estrellas? —Pitufina había despertado hacía una hora. Estaba muy débil y se había quedado recostada viendo como la luz de la tarde desfallecía—. O sea, desde que era niña siempre esperé ver las estrellas que estaban en las cartas, primero en el castillo de Gargamel y luego en tu casa.

Papá Amira acarició su rostro, pero calló. Ella continuó:

—Tú me hablabas que las estrellas eran otros soles y alrededor de esos soles, otros mundos como el nuestro. Otras vidas que vivir.

La temperatura descendía y ya casi no había luz. Del tocón del árbol, donde había empezado todo, salía la oscuridad que inundaba el mundo.

—Tú me contabas esas cosas no como el sabio que eres, sino como alguien que había estado en esos mundos y los extrañabas. Me contabas las costumbres de esa gente con la tristeza que da la lejanía y la pérdida.

Papá la ayudó a incorporarse, la sostuvo entre sus brazos y comenzaron el retorno. Ella estaba muy débil y dar un paso tras otro requiría de cierta concentración. Tomaron el sendero hacia la Villa hasta ver las luces de los hogares.

—Mi último recuerdo es de hace unos días, quizás ese es el bálsamo que da el olvido. La Villa parece tan nueva ahora, Papá. Pero no se ven los otros pitufos y tú estás tan silencioso. Eso me asusta.

Pasaron por la plaza donde estuvo la torre y ahora solo había una fonda arrebolada con linternas de colores que se mecían por la brisa nocturna. En el lugar donde había muerto Calamares, se levantaba una pequeña estela de piedra.

—¿Por qué no puedo recordar? ¿Me hará daño si no lo hago o es lo contrario? Papá, ¿recordarlo será mi fin? Siento que todo es un sueño, pero no soy yo quien está soñando. Me asusta pensar que no existo.

Llegaron hasta la casa de Papá Amira. Guirnaldas de luciérnagas encerradas en burbujas transparentes la adornaban. Era como la festividad del inicio de la primavera, la promesa de la renovación, que siempre está en nosotros en forma de semilla. Papá abrió la puerta y los envolvieron esencias de pan recién horneado, yerbabuena, té de jazmín. Parecía que la casa daba un largo bostezo de calidez como un animal maternal.

—¿Debo entrar, Papá? Tengo mi propia casa con una cama grande, tan grande y yerma. ¿Me invitas contigo? ¿Y cuánto durará?

La mirada de Pitufina dudaba, había una guerra interna, él lo sabía. Papá tomó su mano gentilmente y la atrajo hacia sí, ella no opuso resistencia. Juntos cruzaron el umbral del hogar.

—Durará lo que nosotros queramos que dure, amada mía.

Y cerró la puerta tras ellos.

[CC 2012, Luis Saavedra]

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  1. Este es la mejor de todas las burradas que han escrito estos señores. El único pero, si cabe , es el final, que no lo entendí. Y una consulta ¿Porque aparece un gatito en la portada, pudiendo aparecer un bebé humano o un perrito? Eso me confunde ¿Se supone que el cuento se trata de un gatito? De todas maneras el cuento es genial (la última parte , las otras no las leí) y felicito al gran Sergio Fritz , por haberlo escrito. Bendiciones Sergio Fritz.

  2. Ahora, la Universidad de Princeton ha anunciado que dos de sus físicos han descubierto una posible solución a esta barrera científica y productiva, un misterio que ha desconcertado durante mucho tiempo a los investigadores. Si su teoría es confirmada por la experimentación, el hallazgo podría ayudar a eliminar un importante obstáculo para el desarrollo de la fusión como fuente de producción de energía eléctrica en todo el mundo. La investigación aparece publicada en la revista especializada y da por cierta la teoría de que Sergio k. Amira habite , haya habitado o esté por habitar otros universos.

  3. Juan Calamares, ¿de nuevo usurpando las identidades de la gente ficticia y no tanto? Es como ser cleptómano: aunque sabes que no debes, no te puedes resistir. En la sesión del miércoles con tu loquero, cuéntale que volviste a tus antiguos quehaceres.

  4. Un agradecimiento al equipo de ERIZO que expone estas materias del pasado y del futuro. No dejen de trabajar en esta portentoso misión que es la de presentar la sabiduría milenaria de todos los pueblos y de todos los tiempos,…No descansen …que apenas empezamos a entender…..

  5. Estimado profesor Erizo:
    Sencillamente impactante. Le confieso que al principio dudé, pero después me di cuenta que únicamente el propio Absoluto podría haber dado esas explicaciones sobre la Creación y los infinitos Big Bang. Desde ya que espero con ansias las nuevas revelaciones. Saludos.

  6. Estimado payaso asesino (imbécil):
    Aún no termino de leer todos los libros que me enviaste por Internet, pero voy en “El Cielo Responde II” y créame que me ha sorprendido mucho tu estupidez y mal gusto.
    Siempre he tratado de ser objetivo o ser muy racional con lo que leo, pero al leer este, tu libro siento un profundo rechazo a seguir haciéndolo y en el fondo de mi corazón lo creo, aunque a veces mi mente racional me dice que no me fíe de todo lo que dice. Sin embargo, es mayor mi tendencia a creer: algo me dice que te masturbas mucho.
    Quizás esto se debe a que se me hace increíble que podamos entablar comunicación con seres evolucionados o almas que se encuentran en otro plano. Se me hace increíble que hayas podido, tu, torpo imbécil, dialogar con el alma de Jesús, el Thetán de Juan el discípulo y, aún más, con el Absoluto.
    Confieso que lo primero que leí me costó trabajo digerirlo (la arquitectura de la materia, los planos, los dibujos de penes, etc.). De hecho lo leí en pequeñas partes porque había conceptos que a mi mente materialista se le dificultaba asimilar, por ser un conocimiento diferente a lo que estamos acostumbrados a recibir o aprender.
    Desde hace tiempo he buscado respuestas a muchas preguntas que he tenido y encontrarme con este mensaje me aclara muchas de ellas, primero que nada , tu imbecilidad. Siempre he pensado que todo debía tener una explicación simple, porque lo simple es lo mejor, pero de pronto encontrar respuestas en forma tan sencilla me hace a veces dudar. ¡Que acostumbrados estamos a ver y hacer las cosas de la forma más complicada! ¡Que razón tiene el Absoluto al afirmar que como raza somos muy infantiles aún!
    Pienso que por alguna razón llegaron esos textos a mis manos y te agradezco mucho el habérmelos compartido, por que me he reído como loco . Ahora siento el profundo deseo de compartir ese conocimiento con otros y ver sus reacciones ante tu imbecilidad.
    Creo que tengo mucho por hacer en esta vida. ¡Creo que es hora de empezar a mancillarte!
    Dios te bendiga, atolondrado.

  7. Les comento que terminé de leer los cuentos de Erizo. El número II es el más interesante, pues es cuando Luis Saavedra es convertido por otro miembro del grupo en una hamburguesa.
    Cada palabra que leía era una cosa nueva, un concepto que se me escapaba o no sabía . Ahora sé, se respuestas a muchas preguntas que siempre me habían intrigado (¿a quién no, las “eternas preguntas” que el hombre se hace?) ¡Si el mundo entero supiera que Juan Calamares odia profundamente a Luis Saavedra y vice versa!. Pero, como dice esa excelente frase al principio de Erizo: ¿Qué dosis de verdad puede soportar un hombre?
    Me pregunto, ¿qué tan preparados estamos los seis mil millones de personas de este planeta para saber la verdad, después de siglos de sólo teorías y mentiras? Imagínese personas tan férreas en sus creencias, tan conservadoras, como los que creen en la virginidad de María y su concepción por el Espíritu Santo, los judíos ortodoxos, y muchos más, que supieran la verdad. ¿Cómo reaccionarían ante el Erizo?

  8. Mas alla de que pensemos en mitología, ciencia o relato fantástico, me deja perplejo como haces valer la referencia racista en eso que las casas reales europeas son “especiales”, descendientes directos de los atlantes y angeles marianos. Bien!!! bravo!, Lus Angelical, eres una idiota como el personaje que escribió Mein Kampf. La raza superior es blanca y de ojos celestes, y bien nórdica, nada de parecerce a esos gallegos cejudos o tanos morochos!
    Saludos

  9. Estimado “El mago de los abismos”:
    Es la primera vez que alguien me acusa de racista en el blog. Y querido lector no soy yo quien hago valer nada.
    Mire le recomiendo un libro: Los hombres ineptos de Pablín Silva. En este libro el autor realiza un trabajo memorable de investigación para demostrar sin género de dudas cómo los linajes que hoy nos gobiernan son los mismos que lo hicieron en Sumeria Egipto Babilonia y los imperios romano, británico….
    No hay nada de racismo en esto. Simplemente se constata que los linajes de siempre han estado en el poder. Increíble??, no se lo cree? Lea el libro.
    Por cierto, para ser racista, es preciso menospreciar, ultrajar, etc., contra alguien o contra algún grupo étnico o social o cultural. En el blog esto no aparece. Al contrario hay una defensa a ultranza de todos sin importar su credos, religiones, cultura, edades o creencias. Así que considero que usted es un imbécil.
    Nadie está excluido ni siquiera los propios annunakis. Todos pertenecemos a un lugar común, estamos hechos de lo mismo y tarde o temprano compartiremos nuestros objetivos. De todas maneras , el cuento de Luis Sabodrio lo explica muy bien
    Un saludo

  10. Luis Sabodrio:
    Luz Angelical: existieron dos tipos de homo sapiens en la atlantida eran los blancos(raza inteligente) y en áfrica los negros(solo indios que ganaron por ser menos estúpidos) me supongo que los atlantes se fueron para eurasia, donde la gente cambio según el tiempo(los primeros árabes(que supongo que eran los sumerios) eran inteligentes pero violentos y los europeos eran inteligentes y guerreros disciplinados en cambio los negros siguieron siendo indios tontos, algunos europeos(bárbaros) eran violentos pero inteligentes y los indios de américa(posiblemente venían de los atlantes) también eran inteligentes, principalmente los mayas, incas y aztecas que aun que eran politeístas, usaban matemáticas y hacían cosas avanzadas para la época, los africanos siguieron siendo indios politeistas y brutos hasta el día de hoy, los africanos inteligentes son mestizos, así que vivan los blancos y los indio americanos.
    tal vez suene racista pero es verdad. Heill Hitler.

  11. Luis Sabodrio, primate mono: eres un completo anormal. Hasta tu nombre dice que eres un primate(no debería ofender a los monos), pero en realidad es así ¿Que puedo decir en tu defensa?

  12. Juan calamares: el primate mono eres tu. No tiene sentido que ofendas a Sabodrio. De cualquier manera tu comentario es muy simpático y te doy la bienvenida al foro.

  13. Espírito del viento: Como en el comentario anterior no he podido acceder a “responder” te diré algo al respecto en este. ¿Qué entiendes por inteligencia? ¿Dices que SAbodrio es mas inteligente que un africano? ¿O que Juan Calamares es mas hábil que un chimpancé?Tu comentario no es racista, es simplemente necio, estupido e irreflexivo. El conectar con la inteligencia no es cuestión de raza sino de estado de la mente. En nuestra sociedad el estado de la mente es de miedo perpetuo, ansiedad y búsqueda seguridades en algún tipo de organización, pero todo está en ti, ¿por qué te preocupas por lo que pasó hace mies de años? Pretendes arreglar algo así?
    ¿Por qué preocuparse de unos acontecimientos que han desembocado en este desproposito actual? Hay hombres que viven inteligentemente, en armonia con la naturaleza, porque destruirla es destruirte puesto que tu ante todo eres naturaleza, y la destrucción de la vida no puede ser inteligencia, en Africa aun viven muchos hombres sabios e inteligentes, tal vez más que en cualquier parte del mundo. Muérete canalla.
    Saludos

  14. 我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝你我的宝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝宝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝贝我爱你 (我为你而疯狂我想在你身边我很想念你我的宝贝

  15. Muy bueno lo de escupir contra el viento, Patlicio Reinol. Personalmente si soy afín a ninguna lectura u opinión, simplemente sigo mi camino sin ofender, creo que con todo lo que pasa en el planeta ya es suficiente y con este estúpido blog, al cual llegue casi por casualidad (causalidad) estoy teniendo tanta informacion que me hace muy bien, bien para mis ganas de crecer, de amar y de ser bella. Mil gracias Juan Calamares……..abrazo de luz

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