La maldición de Teobaldo Mercado (Ficción)

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Odacrem Odlaboet

Odacrem Odlaboet

Por Juan Calamares y musicalizada por él mismo.

“Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”.

Jonathan Swift

1

La vida está llena de tropiezos y esta historia no es la excepción. Yo trabajaba en el departamento de estudios parasicológicos con Teobaldo Mercado y Luis Saavedra. En realidad, solo trabajaba con Luis Saavedra, pues Teobaldo había desaparecido en misteriosas circunsancias. Tan de repente que nadie nunca se explicó el por qué. Así son las cosas, imprevistas, y uno nunca sabe lo que le depara el futuro. Una noche, Saavedra y yo nos quedamos trabajando hasta tarde. El torpe Saavedra había descompuesto el portal dimensional, aquel oscuro artefacto diseñado por el genio de Teobaldo, y no podía componerlo.

¡Qué imbécil eres! —dije.

Saavedra me miró y botó aire por la nariz. Era tan triste verlo abstraído en la resolución de un enigma para el cual no estaba dotado.

Podrías darme una mano.

De ninguna manera —dije—, tú lo estropeaste, tú lo compones.

La noche era oscura y terrible. El viento se colaba por las rendijas y yo observaba a Saavedra por el rabillo del ojo: los ojos entornados, las artítricas manos haciendo girar el destornillador, y luego miraba la pantalla del pc y sentía que estaba en el mismo infierno.

¿Por qué no botas eso a la basura?

De ninguna manera —dijo Saavedra.

Eres un estúpido y lo sabes, y el rector te odia y el resto del profesorado también. Por tu culpa la gente nos evita en el casino.

Saavedra no dijo nada, pero era evidente que se estaba picando. Yo me puse de pie y me paré bajo el cuadro de Teobaldo, que colgaba en la pared cual reliquia de tiempos de gloria.

¡Oh, gran Teobaldo, porque no te llevas a Saavedra al infierno y liberas al mundo y de paso me brindas la paz!

Era una broma, pero Saavedra no se lo tomó así y me arrojó el destornillador en la cabeza.

¿Qué pasa contigo, pedazo de imbécil?

Entonces regresé al computador y evité decir nada que lo ofuscara, para que no me arrojara el alicate o cualquier otro artilugio que pudiera inflingirme un daño irreparable. Inicié mi tercera partida de Tetris y seguí así hasta quedarme dormido. A eso de las 11 de la noche, me despertó el golpe de la puerta.

¿Quién puede ser a esta hora? —dije.

A mí se me ocurría que podía ser el nochero. Le encantaba hacerle bromas a Saavedra; se paseaba frente a la ventana diciendo “buu, soy un espectro” y había que ver la cara de Saavedra cuando el tipo hacía esas cosas. La cara de desconcierto de quien exige que lo tomen en serio. Si hasta la señora de la limpieza lo encontraba gracioso. Lo llamaba Egon, como el de los Cazafantasmas.

Voy a ver quién es —dije.

En el umbral de la puerta había un hombre extraño. Vestía traje negro, sombrero de ala ancha y tenía un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Medía casi dos metros y tenía la piel del rostro pegada al cráneo y las mejillas sombreadas como una calavera.

¿Quién lo dejó entrar? —dije.

El nochero —respondió. Su voz era áspera y cavernosa. El cuerpo encorvado y lánguido y, en aquella noche, aquel hombre parecía el mismísimo cochero del conde Drácula. O bien un fugitivo del purgatorio, alma furiosa que trae malas nuevas. Tuve un escalofrío.

¿Puedo pasar?

Sin esperar respuesta el hombre entró y se sentó. Se abanicó con el sombrero. Miró los tristes equipos, el polvo del fracaso acumulado. Le temblaba la mandíbula.

Necesito de su ayuda —dijo.

El hombre estaba tan abatido que Saavedra me pidió que le trajera un vaso de agua. Lo hice. El hombre bebió con ansias, casi con desesperación. El agua goteaba por sus dedos temblorosos.

Hable —dijo Saavedra—, hable rápido.

El hombre contempló el vaso y volvió a beber hasta estrujar la última gota. Se metió una mano al bolsillo y sacó una vieja fotografía Polaroid. La puso sobre el escritorio. La fotografía mostraba a una hermosa mujer de unos 25 años. Tenía cabellos negros, mirada fría y labios carnosos, el rostro pálido y casi transparente, como el rostro de la mismísima muerte en persona. La típica esposa trofeo.

Esta es mi mujer —dijo y observó la habitación de hito en hito, como si estuviera buscando algo o si por el contrario no buscara nada y estuviera sujeto a una especie de maquinación o miedo atávico, que le impidiera concentrarse en un punto determinado—Y está poseída.

Saavedra se quitó las gafas y las frotó con la punta de la camisa:

¿Qué quiere decir?

(¡Oh, si Teobaldo hubiera estado ahí presente!)

Que está poseída.

¿Y qué le hace pensar en eso?

¡Bah!, la conozco desde hace 7 años y si le digo que está poseída es porque lo sé. Es una mujer totalmente distinta a la que conocí, —Se puso de pie—. Quiero que la exorcicen.

Saavedra sonrió: —No somos exorcistas, somos parasicólogos y en el caso de que lo que usted dijera tuviera algún tipo de asidero con la realidad, existen una serie de pasos a seguir, antes de evaluar el asunto. Primero que nada debió haber concertado una cita.

¡Bah!, yo no hago citas.

Pero en el campus se respeta el curso regular —Saavedra se incorporó—, no me parece correcta la forma en que nos abordó. Debe concordar conmigo en que por lo menos es curiosa.

Saavedra iba a seguir hablando, pero lo interrumpí. Cuando le daba por hablar no había fuerza humana capaz de detener su absurda cháchara.

Dígame —dije—, ¿por qué piensa que vamos a ayudarlo?

El hombre sonrió por primera vez en toda la entrevista y se rebuscó en los bolsillos, sin mirarme, desenvolviéndose con total displicencia. Luego sacó un fajo de billetes y me los plantó en la cara.

Porque tengo esto —dijo.

No podemos aceptar dinero —dijo Saavedra—. Existe un conducto regular, un proceso, todo está estrictamente estipulado y está el rector, está el rector.

Sí-si-si-si-si —dije—, bla-bla-bla-bla-bla. ¿Cuándo quiere que lo visitemos, señor?

Esta misma noche.

2

El hombre vivía en una mansión victoriana, muy “medio este de Estados Unidos”, fastuosa y palaciega, donde hubiera cabido sin complicaciones todo el equipo de rodaje de “Lo que el viento se llevó”. Pero a su vez estaba ajada, añeja, descuidada. Abundaban las manchas de corrosión en las paredes y los pilares que sostenían la techumbre del porche parecían cariados por bacterias suprareales, empeñadas en la destrucción de los cimientos.

Vaya casa —dije.

El interior era igual de pintoresco. Baste decir que el mobiliario correspondía a distintas épocas y procedencias, una suma de elementos de grandilocuencia épica, pero maltratados y llenos de polvo.

Dónde está su mujer —dije.

Esperen aquí —respondió el hombre y penetró por la puerta de la cocina.

Para estas alturas, Saavedra andaba todo complicado por haber incurrido en tamaña falta de ética. Le temblaban las piernas, igual que gelatina, y se veía viejo y tontorrón de tan nervioso que estaba.

Tranquilo, Saavedra —dije.

El hombre regresó. Lo acompañaba una persona cubierta por una sábana. El hombre la sostenía con mucha fuerza y el oculto ser humano bajo la tela intentaba liberarse mediante espasmos. Saavedra y yo retrocedimos instintivamente.

Aquí está —anunció el hombre, cubriéndose la cara—, yo no quiero verla.

El hombre retiró la sábana y se alejó de un salto, para luego esconderse debajo de la mesa.

Vean a la bestia con sus propios ojos.

Pero lo que vimos fue a la misma mujer de la foto, exactamente igual a la foto, solo que vestida con un delantal de cocina y cargando una bandeja de galletas. La mujer nos miró y dijo:

¿Una galletita, una galletita?

Saavedra y yo nos miramos. El hombre dijo:

¿Ven? ¿Qué les dije? Es horrible, esta mujer es el demonio.

¿Una galletita, un pedazo de pie de limón?

Saavedra iba a abrir la boca, pero lo jalé de un brazo y lo llevé a un lado. “No hables”, lo amenacé, “déjame este loco a mí”.

Señor —dije—, veo que estamos, en efecto, frente a un caso de posesión demoníaca. Un caso terrible y, si se me permite decirlo, el caso más terrible que nos haya tocado presenciar. Pero tiene remedio, señor, por cierto que lo tiene.

¿Qué sugiere?

Lo mismo que usted solicitó.

¡Un exorcismo! —dijo el hombre, casi con alegría.

Así es, pero debo advertirle que lo que presenciemos podría ser, dado el caso, aún peor que lo que usted ha visto en el cine. Un caso así encierra la probabilidad de la muerte (no siempre evitable) del valiente que realice el exorcismo.

Vaya al grano, cuánto pide.

Cinco millones.

Perfecto, no se hable más.

El hombre salió y tuve que cubrirme la cara para no gritar. Saavedra estaba a punto de desmayarse de la pura impresión: aquel pelafustán podría por fin pagar sus deudas de juego y estaba tan emocionado que daba risa.

El hombre regresó con el cheque y lo sostuvo frente a mis narices. Iba a cogerlo, cuando el hombre lo alejó.

Lo primero es lo primero. Termine el trabajo y el cheque será suyo.

Hijo de perra.

3

El hombre nos dejó solos con su mujer, que seguía ofreciendo galletitas (a nosotros y a otros comensales inexistentes), sin reparar, al parecer, en nada más. Para ella solo existíamos como potenciales degustadores de galletitas.

Y, ahora, ¿cómo salimos de esta, idiota?

Fruncí el ceño y miré a Saavedra. Él nunca me insultaba, el que insultaba era yo. Era un extraño cambio de roles que no me parecía y me dejaba helado de pura rabia. ¡Ay, Dios!, cómo necesitaba a Teobaldo Mercado.

¿Qué es lo que pretende este tipo? —pregunté.

Que le saquemos el demonio a su esposa.

Sí, pero esta mujer no tiene ningún demonio, solo está loca.

Igual que él. Como una cabra, qué gran descubrimiento, estúpido Calamares, ¡qué genio!

Déjame terminar. Si lo que este loco quiere es que le extirpemos el demonio a su esposa, pues eso haremos, le extirparemos el demonio a su esposa.

¿Y para qué?

Para provocarle un shock, un trauma que la restablezca y la devuelva a los parámetros de la cordura. Estas cosas funcionan así: un falso demonio necesita de un falso exorcista. Tenemos toda la parafernalia para crear la ilusión, máquinas raras, artefactos que arrojan humo, incluso, uno que lanza rayos.

Se llama bobina de Tesla.

Como sea. Interpretaremos el ritual.

Saavedra tomó un abrecartas en forma de crucifijo que descansaba sobre la mesa y se puso de pie.

Oh, qué genial, Calamares. Entonces yo tomaré este crucifijo y diré “maleficus maleficarum” y entonces la mujer será salvada.

No ironices.

No, con él no se ironiza, porque todas sus ideas son geniales. Mira —Saavedra se acercó a la mujer y puso el abrecartas sobre su frente, emulando a Peter Cushing—. ¡Atrás, demonio!

Entonces, sucedió lo impensable.

El brazo de Saavedra fue lanzado violentamente hacia atrás, hasta el límite de sus posibilidades y entonces se escuchó el ruido de una fractura. Luego, comenzó a girar sobre sí mismo, mientras se agujereaba el pecho con el abrecartas. Las ropas se le desgarraron, el cabello se le erizó y la sangre saltó a chorros, regando las paredes de la habitación. Saavedra continuaba girando en insensato movimiento, pese a haberse clavado la daga en el corazón repetidas veces. Estaba muerto, pero seguía moviéndose. Algo lo movía. La mujer poseída era su motor. Saavedra cayó al suelo y en la pared quedó escrito un nombre con sangre:

Odacrem Odlaboet

Y yo grité: —¡¡AAAAAAAAaaaaaaaaahhhhhh, déjenme salir!!

Corrí hacia la puerta y tomé el pomo, pero estaba cerrada por fuera. Entonces la pateé y le di golpes de puño y luego la embestí con todo mi cuerpo, pero la madera ni siquiera crujió. Yo me sentía mareado por los golpes, la visión nublada, una imagen fantasma encima de la imagen real. Desesperado, levanté la mesa y la arrojé sobre la puerta, pero la mesa se hizo añicos. No sabía qué hacer. Rogué por mi vida. Desde detrás de la puerta, el hombre dijo:

¡Deje de golpear, es inútil, la puerta está blindada! ¿Cómo cree si no que me protegía de esa bestia? Ya le decía yo que era el mismísimo Diablo.

Se lo ruego. Acaba de matar a Saavedra.

Es una pena, pero nosotros tenemos un trato. Sáquele a la bestia y lo dejo salir.

Los pasos del hombre se alejaron y supe que estaba perdido en manos de aquel loco y de aquel demonio. Me iba a morir y el asesinato llevaría impresa la marca del diablo, con toda su perversidad y su sufrimiento.

Aleja eso.

La voz retumbó como un trueno o como (si se me permite el oximoron) el silencio del todo poderoso.

Aleja esa cruz.

Me atreví a hablar:

¿Qué cosa? ¿Esto? —Sin mirar a la mujer, indiqué el abrecartas que yacía ensangrentado en el suelo— ¿El abrecartas?

Sí.

Lo pateé por debajo de la puerta y entonces hubo un resplandor que duró un segundo. Aquella vibración desapareció y todo regresó a una relativa normalidad.

Gracias —ahora la voz de la mujer era normal—, es que no soporto esas cosas. ¿Se le ofrece una galetita?

4

Estaba sentado entre la mujer -el rostro impasible y una sonrisa de publicidad de los años cincuenta- y el cadáver de Saavedra, atravesado por sus propias puñaladas, los ojos aterrados y estáticos, iguales a los de los peces que son asfixiados sobre la cubierta de un bote.

¿Una galletita?

¡Ay, me estoy volviendo loco!

¿Un pedazo de pie de limón?

No podía irme a ningún lado y estaba condenado a mirar a aquel demonio bipolar y sangriento hasta que se decidiera acabar conmigo. O hasta que su esposo considerara que ya era tiempo de liberarme, si es que lo consideraba algún día.

¿Quén eres —dije.

Odacrem Odlaboet, rey del infierno.

Eres el Diablo.

No. Odacrem Odlaboet, rey del infierno.

Estaba tan aterrado que las palabras me salían solas y ningún mecanismo consciente mediaba entre mis pensamientos y mi lengua.

¿Me vas a matar?

¿De verdad que no te apetece una galletita?

¿Qué clase de demonio era este?

No, gracias.

Y entonces todo comenzó de nuevo.

De pronto y sin ninguna razón, la mujer se incorporó y su cara se llenó de surcos como si un invisible vergudo le hubiera dado de latigazos. Estiró el cuello y sus ojos se volvieron blancos y giraron en sus órbitas, mientras todo su cuerpo se expandía visiblemente hinchado como el cuerpo de un macho cabrío que acaba de salir del infierno, y toma forma humana porque se le ha antojado aterrorizar a los incautos. La mujer ya no era una mujer y yo no tenía la menor idea de que era lo que la había llevado a ese estado colérico. El tiempo se paralizó a mi alrededor como si todo hubiese sido dispuesto (desde tiempos inmemoriales, el principio del universo) para que yo fuese testigo de fe de esos asuntos infernales y pudiese constatarlo luego en un tribunal. Los muebles giraron por la habitación y aquel torbellino tenía un centro y ese centro era Odacrem Odlaboet, rey del infierno, que ahora extendía sus brazos largos como serpientes hacia mí. Sus ojos negros y alargados, una línea en medio de la cara, una especie de tajo. Yo me estaba meando de miedo y corrí en círculos, sin pensar en nada ni poder quitarle la vista de encima a aquella manifestación de todo lo que no es correcto, ni pío. Había un espejo en la habitacióin y lo golpeé con el puño y el espejo se destruyó. Yo quería utiizar las esquirlas como arma contra la bestia, pues había olvidado por completo el temor del demonio hacia la cruz. Así que tomé el vidrio roto y lo puse contra mi pecho, las manos temblorosas, listo para defenderme si es que era atacado. Entonces observé que los trozos se reflejaron unos en los otros y desparramaron sus reflejos hacia todos lados y esos reflejos eran la constatación de lo que había visto. Pues en ese instante las letras se reordenaron y volvieron a ser lo que siempre habían sido, un reflejo. Odacrem Odlaboet se convirtió en:

¿Teobaldo Mercado?

La bestia se empequeñeció, se cubrió el rostro y se puso a llorar.

¡Oh, me descubriste!

5

Cuéntame tu historia, Teobaldo.

La bestia había vuelto a ser la mujer y se había conformado con esa encarnación. Sin embargo, yo sabía que era Teobaldo. No era evidente a primera vista y nadie que no conociera a aquel paladín de la ciencia, se habría percatado de la presencia del maestro. Yo sí, yo lo conocía y, aunque no podía decir que estuviera tranquilo, tampoco estaba horrorizado como antes. Teobaldo despedía un aura zen.

¿Recuerdas cuando construí el portal dimensional?

¿Cómo olvidarlo? Saavedra lo estropeó y ahora no piuede repararlo. Ya no podrá, ha muerto.

Estuve trabajando largo tiempo en él, pero ustedes ni se enteraron. Mi plan era comunicarme con un universo alterno, con un universo diferente, y lo hice. Sin embargo, había establecido comunicación con una dimensión infernal. Había que andarse con mucho cuidado con esos tipos. Los demonios eran ruines y traicioneros. Me entregarían conocimiento a cambio de almas, así de simple, y me lo ofrecieron muchas veces, pero yo me negué. No estaba dispuesto a vender a mi raza. Sin embargo, me permitieron seguir en contacto. Era tan interesante, Juan, pero tenía que pasar lo malo, como dice la Biblia, lo malo.

¿Qué fue lo malo?

Luis Saavedra descubrió lo que yo hacía. ¡Ay, me envidiaba tanto, me odiaba tanto! Oh, aquel imbécil me empujó por el portal y entonces me convertí en un demonio.

Observé el cadáver de Saavedra. Estaba destrozado. Sentí lástima.

¿Y entonces te apoderaste del cuerpo de esta mujer y orquestaste todo esto para vengarte?

Teobaldo asintió.

Me puse de pie y miré fijamente a Teobaldo. Bajo la piel de la mujer podía reconocer sus amables rasgos, su expresión erudita y tranquila.

Pero, Teobaldo, no es bueno matar, las cosas se pueden solucionar con una buena charla.

Teobaldo me miró con extrañeza:

¿Estás hablando en serio? Te acabo de decir que soy un demonio.

Asentí y barrí mi observación con un gesto de la mano.

Yo te admiraba, Teobaldo. Admiraba tu genio, tu talento, tu capacidad para pensar en cosas imposibles. Eras el más grande de todos los parasicólogos, superior a Merrick, superior incluso a Goodrich. Fuiste tú el que le dio prestigio a una profesión con mucho de chapucería y la convirtió en algo respetable. Pero ahora… ahora, eres un demonio.

Bueno, sí.

Como siempre Teobaldo tenía la sabia respuesta en la punta de los labios.

¿Qué vas a hacer ahora?

Regresar a la dimensión infernal y seguir siendo un demonio.

¿Y por qué no reparas el portal dimensional?, podrías regresar y ser tú mismo. El rector estaría feliz.

Aquí estoy mejor —se encogió de hombros—, soy el rey del Infierno.

Reflexioné. ¿Que había de bueno en nuestro mundo, que había de justo, de amable, de santo, de feliz? Curiosamente me parecía mejor el Infierno. Al menos era un lugar sin hipocresía. De pronto, Teobaldo se puso de pie y dijo:

Ahora vete, Juan. Sal por esa puerta y piérdete, olvida todo lo que has visto este día. Y no vuelvas ni por asomo, pues tengo poder. Pero si es que hay instituciones en la Tierra, estas deberán ser respetadas, y ningún tribunal creerá que yo, una simple mujercita de su casa, asesinó a Luis Saavedra. En vista del odio que sentías por el fallecido (y que te gustaba declarar a viva voz en las plazas, en los bares, en los anfiteatros), todos pensarás que fuiste tú.

Solo una última consulta, Teobaldo.

Dime.

Si fue Saavedra quien te empujó por el portal, ¿porque quisiste matarme a mí?

Teobaldo volvió a sentarse y puso las manos sobre las rodillas. En esa posición parecía una esfinge o un monolito de un culto tan antiguo y tan terrible, que era mejor mantener dormido y a resguardo. Su respuesta es la que sigue y es el corolario de esta historia:

Porque eres un imbécil, Juan Calamares. Un perfecto imbécil.

Y tenía razón.

[CC 2012, Juan Calamares]

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