Los Plosoms: La Extraña Dimensión Mercadia (Ficción)

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El Rey Teobaldo, monarca de la dimensión Mercadia

El Rey Teobaldo, monarca de la dimensión Mercadia

Por Andrés Odellober

Los que desprecian a Teobaldo,
En Europa serían un chiste.
Con suerte los conoce su madre,
Se supone que son la vanguardia.
Canción feliz para Teobaldo, por Juan Calamares


El escenario no estaba a mi favor. Después de varias horas, aún me perseguían. Eché a andar dunas abajo, hasta llegar a una planicie seca y rocosa, y me escondí allí. Estaba sediento y exhausto, y el calor era insoportable. Necesitaba líquido urgente, o moriría deshidratado. De cuando en cuando, insultaba en silencio al maricón de Martínez. Todo este confuso incidente era culpa suya. Yo podría haber estado de vacaciones, sí, vacacionando en Hawai o en México. Embriagándome, drogándome y cortejando a alguna damisela de baja reputación. Pero no, me hallaba en una dimensión sin sentido, con seres feos y estúpidos y con ganas de matar a ese imbécil. Como deseé estar frente a ese conchesumadre. Lo hubiera derribado con una combinación de derechazos e izquierdazos, y luego de dejarlo inconsciente, hubiera meado su fea cara. Pero el pobre diablo debía estar en el estómago de algún monstruo con cabeza de rana o de vaca o de polilla, qué se yo. Eso me devolvía la tranquilidad.

Cuando alcé la vista, no vi ni la sombra de los gigantes. Salí de entre las rocas para cerciorarme y confirmé que no estaban por ningún lado. No hice más que dar unos pasos y me encontré con algo, como explicarlo, tranquilizante. Eran cactus, docenas de ellos, llenos de algún fresco líquido que saciaría mi sed. Me acerqué y pateé uno para poder beber. No tenía una sola espina, eso era excelente. Pero cuando me disponía a tomarlo, comenzó a erguirse lentamente. Resulta que se trataba de un puto bicharraco asesino. Tenía unos colmillos del tamaño de mi mano, y me superaba al menos por unos veinte o treinta centímetros. De su boca brotaba un líquido mucilaginoso de color verde. Era asqueroso. Sus ojos eran rojos y me miraban fijamente. “Tranquilo, amiguín, tranquilo”, le decía, pero mis palabras solo lo hicieron enojar; lo supe cuando la bestia mostró sus enormes garras como queriendo atraparme. Allí íbamos otra vez. Comencé a correr hacia cualquier parte. A esta carrera se sumaron otros hombres-cactus que no representaron peligro alguno para mí, pues eran lentos y estúpidos. Llegué a una cueva y me oculté. Las bestias se detuvieron y no hicieron nada. Me quedé mirándolos desde la oscuridad, pero ellos no avanzaron. Me pareció extraño, porque después de un rato, comenzaron a escapar despavoridos. Salí y allí estaban los trípodes devorando a los infelices humanoides. Aproveché la oportunidad para huir de esa horrorosa escena y, mientras avanzaba sin fijarme por donde iba, caí a un profundo pozo, tan profundo, que parecía no tener final. Caí, vi un sinfín de objetos a mi alrededor que flotaban perdidos, probablemente provenientes de alguna otra dimensión. Los barcos eran enormes, al igual que los aviones y las fantásticas naves espaciales. Libros que de cuando en cuando golpeaban mi cuerpo, y muchos otros artefactos que no recuerdo del todo o simplemente no reconocía.

La luz al final y yo que sólo esperaba mi muerte. Abrí los ojos y el sol me cegó por un momento. El cielo azul, tan azul como… y la brisa fresca y suave que chocaba en mis mejillas. Cuando me levanté, di la vuelta en trescientos sesenta grados y fue reconfortante. La gente me miraba con extrañeza, pero no me importaba. ¡Estaba de vuelta en mi dimensión!

Un tipo bonachón, de no más de cuarenta años, con gafas grandes se acercó y con una vocecita muy aguda me preguntó:

Hola, amigo. ¿Se encuentra bien?

—Eh, sí, gracias —respondí.

Me miró de pies a cabeza y frunciendo el ceño, se alejó. Claramente me encontraba en Estación Central. Ahora sólo necesitaba buscar un cajero automático, sacar dinero y volver a casa. Había dejado atrás al loco de Martínez y a los tarados que le acompañaban. Revisé mis bolsillos y tenía un billete de veinte mil pesos, así que decidí tomarme un trago en algún sucucho y relajarme, lo tenía merecido. Caminé hacia la estación y en una de las esquinas, una tipa -también usaba gafas gigantes- que parecía bastante exaltada, gritaba a todo pulmón.

—¡Hola, amigos! ¡El gran rey nos citará hoy al estreno de sus nuevas creaciones, deben asistir o serán decapitados! ¡Deben asistir o serán decapitados!

Ver gente loca en Santiago es bastante común. Pero esta mujer no lo parecía. Más bien, se le veía bastante cuerda. Además, tenía muy buena pinta. Me llamó la atención como todos la miraban, parecían respetarle, o al menos ponerle mucha atención. Cuchicheaban entre ellos como opinando sobre el tema. Tal vez se trataba de alguna de esas estúpidas intervenciones culturales que suelen realizarse. Al diablo, me retiré y entré al primer sucucho que se puso frente a mí. El lugar estaba lleno de borrachos. El hedor insoportable, pero qué va, sólo quería comer algo y beber una cerveza fría. Llamé al mesero y este vino de inmediato. Vaya que buen servicio.

—¡Hola, amigo! ¿Qué va a servirse?

Pero ¿qué diablos? Lo conocía, estaba seguro de haberlo visto antes. Era el tipo amable que me encontré en la calle.

—Qué coincidencia, usted me sale hasta en la sopa —le dije.

—¡Hola, amigo! Repito: ¿qué va a servirse?

El hueón extraño, no le dio ni bola a mi comentario. Al carajo, le pedí una cerveza y un sándwich. Decidí no dejarle propina. Pensaba en cómo había salido con vida de toda esa mierda. Pura suerte. Podría haber tenido otro destino, pero bueno, ya no importaba. Estaba sano y salvo y comenzaría de nuevo. Mi currículum haría furor en el resto de las compañías y mi cuenta corriente almacenaba suculentas sumas de dinero. No había de qué preocuparse. La cerveza fría, la rica hamburguesa, el hedor de los viejos. Nada me importaba, estaba vivito y coleando. Después de la tercera botella, sentí que el piso se me movía, así que decidí salir de ahí antes de quedar borracho y dar algún espectáculo. Llamé al mesero para pagar.

—Son cinco mercaderes —me dijo.

¿Mercaderes? Le pasé el billete y me miró como con rabia.

—Son cinco mercaderes. Si no paga, llamo a la Teo-policía.

—¿Qué mierda? Ahí tienes el dinero.

—¡No tiene mercaderes! ¡Es un delincuente! ¡Llamen a la Teo-Policía, amigos!

—¿Qué te pasa, hueón? ¿Te volviste loco? —grité.

Los viejos estaban exaltados y me acorralaron como si yo fuera un ratero de tercera. No sabía qué hacer. El mesero se tiró al piso y comenzó a chillar dando vueltas en círculos. Me aproveché de sus estados etílicos y los empujé para escapar del bar. Cuando me dispuse a cruzar la calle, un tipo con aspecto de vagabundo y un feo y extraño casco me tomó por el cuello. Traté de gritar, pero hizo un gesto para que guardara silencio.

—¡Shhh! Tranquilo, sólo quiero ayudarte.

—¿Quién eres tú?

—Ya habrá tiempo para eso —dijo con voz seca—. Debemos apresurarnos antes que sufras la transformación y seas uno de ellos.

¿Uno de ellos? ¿Por qué mierda traes puesto ese casco?

—Ya te lo dije, pronto habrá tiempo para preguntas. Ahora, debemos refugiarnos.

Se suponía que había vuelto a mi dimensión, es más, estaba cien por ciento seguro de eso. Algo andaba mal, algo que no lograba comprender. El extraño tipo me llevó hasta un estacionamiento cercano y subimos a su auto. Una chatarra por fuera, por dentro… no estaba mal. Encendió el motor y recorrimos las calles de lo que parecía ser Santiago. En pocos minutos ya estábamos en su refugio. Una fachada antigua y desgastada por el tiempo.

—Adelante —me dijo con seriedad.

Subimos una oscura escalera hasta llegar al segundo piso. Cuando abrió la puerta, vi un cuarto casi vacío. Sólo había allí una cama, una cocinilla y un refrigerador, además de basura acumulada en un rincón. El tipo me miró y sonrió.

—Ahora sí, ¿qué pasa, men? —dijo efusivamente y me dio un fuerte golpe con su hombro derecho, tan fuerte, que me lanzó al piso—. No podía ser tan cool allí afuera o me descubren de inmediato.

Seguía sin comprender y él se limitaba a examinarme.

—Veo que aún no hay cambios, men. Estás a tiempo.

—¿A qué te refieres con eso?, ¿quién eres?

—Claro, mil disculpas, men. Mi nombre es Giorgio Varadito.

Se dirigió al refrigerador y sacó dos cervezas. Miró por la ventana y luego de cerrar las cortinas, prosiguió.

—Estás atrapado en esta dimensión. ¿Una cerveza?

—Sí, por favor.

—Bien, seré breve. Estás en Mercadia y aún no sufres la transformación teobaldística, men.

—¿Transformación teobaldística? ¿Qué carajo es eso?

—Bueno, fue hace algunos meses que llegué por accidente a esta dimensión y pude notar, con el paso de los días, que todos acá son iguales.

¿Iguales, a qué te refieres?

—Iguales. Mismos rostros, mismas costumbres, mismos términos, men.

Todo este altercado me estaba provocando dolor de cabeza. Debía recopilar lo máximo de información, así estaría mejor ubicado y este pordiosero abacanado parecía tener el conocimiento necesario para escapar de este lugar.

—¿Y eso, a qué se debe?

—Esta dimensión es gobernada por un malvado rey. Su nombre es… —su rostro palideció—. Su nombre es Teobaldo Mercado.

—¿Teobaldo Mercado? Que nombre tan extraño.

—Ha dominado esta dimensión por siglos y quien no obedece a sus órdenes, es decapitado de inmediato, aunque no obedecerle es casi imposible. Si llegas a Mercadia, sufres una transformación, la que llamé Transformación teobaldística.

—¿Y en qué consta esa transformación?

—Primero comienza a cambiar tu tono de voz por uno más agudo. Luego le siguen tu cabello, rostro, forma de caminar, de expresarte, hasta que por fin, eres uno de ellos. A la imagen y semejanza de Teobaldo Mercado.

Comencé a sudar. ¿Cómo podría evitar transformarme en un clon de Teobaldo Mercado? Todo comenzaba a perder sentido. Le pedí otra cerveza.

—¿Y por qué tú no te has transformado en eso? —pregunté.

—Bueno, ahora respondo tu pregunta. Este casco evita que las ondas emitidas desde el castillo del rey me transformen en uno de ellos. Fácil, sólo leves energías que rodean mi cerebro.

—¿Tienes algún otro casco por ahí?

—No.

—Pero necesito tu ayuda.

—Ya te he ayudado, mi departamento posee un campo de energía que evita la transformación.

—¿Y qué pretendes, que espere la muerte encerrado acá? Quiero escapar.

—¿Escapar? ¿De esta dimensión? —rió una y otra vez, como burlándose de mis dichos—. Nadie puede escapar de esta dimensión, men, nadie. Lo he intentado todo y no hay caso.

—Eso es imposible, debe existir alguna forma.

—Bueno, existe una y… tendrías que dirigirte al castillo del rey. Pero antes de llegar a la entrada, ya te habrían decapitado.
Quedé perplejo, pero no me eché a morir. Era científico, podría buscar la forma de crear un portal y volver a mi dimensión.

—Escúchame bien —prosiguió—, lo haremos así. Tú te quedas en casa durante el día y cuando necesites salir, usarás el casco, sólo si me encuentro acá. Y deberás avisarme, de lo contrario, te mataré. No pienses en traicionarme. Siempre habrá alimentos y cerveza, no te preocupes por eso. Ahora, ponte cómodo, me voy a la cama.

¿Cómodo? Pero si era una pocilga, estaría enclaustrado y además ¿dónde dormiría? Una mierda. Pero como si leyera mis pensamientos, Varadito buscó unas frazadas y me las pasó.

Saldré temprano por la mañana, si necesitas algo, llegaré después del mediodía.

Se echó en su cama y se durmió. Estuve horas sin poder conciliar el sueño, pensaba en toda esa mierda de la transformación teobaldística, del rey malvado y de cómo diablos iba a escapar de allí. Soñé. Soñé toda la noche con bestias, con portales, con los neo-nazis persiguiéndome, con borrachos y meseros locos. Un rayo de sol me despertó. El reloj de la sala marcaba las 8:00 A.M. Me levanté de inmediato. Varadito no estaba. Fui al refrigerador y comí lo que pude. Luego, bebí unas cervezas y me acosté. Desperté a las 13:35 y Varadito estaba acostado leyendo.

—Preparé algo de comer, sírvete lo que quieras —dijo.

—Gracias —respondí sin mirarlo.

No dudé en devorar todo lo que había en la olla. Tomé otra cerveza y me acerqué a la ventana. Miré a la calle y todo parecía tan normal. Las gentes caminaban de un lado a otro como si no supieran que su futuro dependía de un individuo perverso y autoritario. En ese momento lo decidí. Esperé a que Varadito durmiera. El casco a su derecha. Me acerqué en puntillas para no hacer ruido. Una tabla crujió y por poco despertó. Esperé hasta que volviera a dormirse y seguí. Con el casco en mis manos, sólo quedaba escapar. Cuando casi llegaba a la puerta, sentí el terrible grito.

—¡Vuelve acá traidor, vuelve!

Me lo puse y corrí escaleras abajo y Varadito atrás a toda velocidad. Llegué a la puerta principal, pero estaba atascada. Le di una fuerte patada y logré derribarla. Los gritos eran desgarradores. Que eres un puto infeliz, que la pagarás caro, que no conseguirás nada con robarme, que no encontrarás un refugio más seguro que este. No me importó, sólo pensé en salvar mi pellejo y salir de esa mierda de dimensión a toda costa. Corrí por callejones solitarios y él siguió persiguiéndome. Cada vez lo sentía más cerca hasta que logró atraparme.

—Voy a matarte estú… mi voz, ¿qué le pasa a mi voz? ¡No, ayúdame, ayúdame! La transformación teo…

Me zafé y contemplé la llamada transformación teobaldística. Su cabello ya no era el mismo, mágicamente brotaron grandes gafas de sus ojos. Su voz cada vez era más aguda, casi desagradable de escuchar. Se parecía mucho al tipo con el que me topé en la calle, también al mesero, incluso a la tipa que gritaba locuras. Eso era. No me había encontrado con la misma persona en más de una oportunidad, todos eran así. Ese era el famoso aspecto teobaldístico, el rostro del gran rey Teobaldo Mercado. Mi mente refugiaba una vorágine de pensamientos sin sentido. Varadito, que ya no era Varadito, se levantó y se acercó a mí. Me puse en guardia.

—¡Hola amigo! —dijo y se marchó.

El signo de interrogación casi brotaba de mi frente. Me dirigí hacia la avenida principal y allí estaban todos nuevamente: caminando de un lado a otro. Observé sus rostros. Desagradablemente iguales como gotas de agua. Caminé entre la multitud y me dirigí hacia el departamento del ex Giorgio Varadito para refugiarme y buscar la manera de crear un portal. Pero cuando llegué al segundo piso, había unos hombres vestidos de policía. Me vieron y se espantaron. “¡Atrápenlo, amigos, atrápenlo!”, gritó uno. Corrí hacia la salida, pero había más de ellos, todos con rostros iguales, no pude hacer nada. Estaba atrapado.

Me quitaron el casco y los muy maricones me agarraron a lumazos entre cuatro. Que tú eres el rebelde que buscábamos durante todo este tiempo, que llegó tu fin, que el rey te decapitará. Me lanzaron dentro de un carro policial y encendieron el motor. Debimos haber viajado algunas horas, al menos esa fue mi sensación. El motor se detuvo y abrieron las puertas. La luz me encandiló.

—Bien, pequeñajo, el rey quiere verte, pero antes, deberás escuchar su nueva obra maestra.

—¿Obra maestra?

—Así es, todos los días él escribe y nos lee sus libros y nosotros gozamos con su inmenso talento.

—¿Nos lee?

—A todos los habitantes de Mercadia.

—¿Quieres decir que el rey escribe un libro diario y además lo lee para una multitud?

—Pues sí, es el rey Teobaldo Mercado, el que todo lo puede. Y ya basta de preguntas.

Cuando salí del carro, vi la tremenda edificación. Un extraño castillo con un pozo lleno de cocodrilos alrededor, innumerables torres, todas de colores psicodélicos. La enorme puerta, que además servía como puente, bajó lentamente. Me llevaron completamente encadenado al salón real. Quedé boquiabierto. Era enorme, con libros, muchos libros, y no hablo de cientos ni miles, hablo de millones, de todos colores, de todos los tamaños, de todos los géneros literarios habidos y por haber. En el fondo, entre tinieblas, una silueta que parecía enorme y muy erguida. Sentí miedo, no sabía qué fatal desenlace me esperaba. Una luz que no sé de dónde provenía, iluminó su rostro. Era él, era el rostro que había visto en los ciudadanos de Mercadia; en Giorgio Varadito después de la transformación, en la mujer que gritaba, en el mesero, en los viejos borrachos, en la policía. Era el temible rey Teobaldo Mercado, con su largo abrigo real a base de libros viejos, nuevos, de colores, de distintos tamaños, de distintos estilos.

—Hola, amigo Giorgio Varadito. —Sonrió burlescamente.

Sólo le miré y no supe qué responder.

—Creíste que no te encontraría ¿eh? Pues acá estás, en mi fortaleza. Nadie puede esconderse de mi poder, nadie.

—Pero yo no soy Giorgio Varadito, yo soy…

—No es necesario que te deshagas en excusas. ¿Sabes una cosa? Tienes razón, no eres Giorgio Varadito, ya no. ¡El espejo! —Y aplaudió.
Dos teobalditos vestidos como bufones trajeron un espejo gigante al salón.

—¡Ahora verás tu realidad! ¡Mírate!

¡Por un carajo! Me había transformado en uno de ellos, en un Teobaldo Mercado. No podía creerlo, si hasta mi voz era chillona y a veces no podía controlar lo que decía. Hola amigo por allá, hola amigo por acá. La risa malévola de Mercado recorría el gran salón. Estaba como vuelto loco. La violencia se apoderó de su ser.

—¡Contempla la belleza Teobaldística antes de morir, maldito!

Todo era una locura. Los policías me tomaron y llevaron a un enorme jardín repleto de teobaldos. Allí había un verdugo esperándome. Me decapitarían frente a toda esa multitud. Pero antes, el rey recitaría su última obra maestra. Se dirigió a todos desde el balcón.

—¡Hola, amigos! Este es un gran día. He capturado al rebelde.

Todos gritaron gozosos por el gran logro de su rey. ¡Viva el rey Teobaldo Mercado!, gritaban algunos. ¡Salve la realeza de Mercadia!, vociferaban otros. Alguien preguntó:

—¡Oh, su excelentísima alteza! ¿Qué nos leerá el día de hoy?

—Hoy, amigos míos, leeré mi nueva obra maestra.

Suspenso. Aplausos. Silencio.

—Le he llamado Fahrenheit 451.

¿Fahrenheit 451? Un momento, pero ¿que ese libro ya no se había escrito?”, pensé.

Todos aplaudieron y vociferaron una y otra vez el nombre del rey. Si iba a morir, debía dejar al descubierto a ese impostor, no era posible que tuviera en trance a todos esos pobres diablos. Su éxito a base de mentiras y falsos logros debía terminar, bueno, al menos, quedar al descubierto.

¡Oye, gran rey! Silencio y más silencio. ¿Te refieres al Fahrenheit 451? ¿Esa increíble novela escrita por Ray Bradbury?

El rostro del rey enrojeció de furia. Todos me miraron con ira.

—¿Cómo te atreves? Nadie insulta de esa manera al rey. Matadle, matadle de inmediato.

El verdugo alzó el hacha y dio el golpe. Suerte la mía que el tipo era torpe. Le dio a las cadenas y por esas cosas de la vida, logré liberarme. Le di una fuerte patada en las bolas y corrí.

—¡Atrapadle, atrapad a ese bribón!

Corrí hacia el salón. La multitud me perseguía, estaba en aprietos. Si me lanzaba por una ventana, sería alimento de cocodrilos teobaldísticos. Si me dirigía hacia la salida, la gran puerta estaría cerrada; solo, no podría con ella. Era mi fin. Los teobaldos se acercaban lentamente con las manos en alto. El rey pilotaba una pequeña y ridícula nave espacial y, en su mano izquierda, portaba una pistola láser, de esas café con la punta roja que te regalaban cuando chico. Arengaba con fervor a los ciudadanos indignados que más que humanos, parecían zombies. Se alzaban las armas, los gritos y la furia de la dimensión Mercadia sobre mí. De pronto, advertí que a la derecha del trono del rey había un enchufe de gran tamaño que parecía alimentar la electricidad del salón. Luego recordé lo que me dijo Varadito, sobre las ondas de energía emitidas desde el castillo hacia toda la dimensión, las energías que transformaban a la gente en teobaldos divagantes. ¿Podría ser? No perdía nada con intentarlo, al contrario, podría salir victorioso de ese monstruoso lugar. Teobaldo me rodeaba con su navecilla que lanzaba un vapor tóxico. Este hizo que se ahogara y perdiera el control hasta estrellarse contra unos libros. El choque fue gracioso, pero no era momento para risas, se puso de pie inmediatamente y se abalanzó sobre mí. De cuando en cuando, dudaba de mis pensamientos, el poder teobaldístico me estaba dominando. Cuando casi sentí que no podía responder a mis actos, miré el enchufe y me acerqué lentamente. El rey aferrado a mi tobillo, gritaba como loco.

—¡No, detente!¡No lo toques! ¡No, pagarás!

Estaba en lo cierto, sólo debía desenchufarlo y… la verdad no sé qué sucedería, pero de seguro me desharía de esa estúpida dimensión. Tal vez moriría, pero prefería que fuera de esa forma antes que decapitado. Nada me importó. Tomé el cable y con todas mis fuerzas, lo desenchufé. Un fuerte zumbido en mi oído y colores por todo el lugar. Los gritos de un Teobaldo Mercado desesperado y la transformación de miles y miles de humanos que no sabían lo que hacían. Vi como todo cambiaba, la imagen parpadeante del castillo que no era más que un galpón abandonado, las gentes se miraban con extrañeza, no sabían donde estaban, pero todos eran distintos, podía diferenciarlos perfectamente. En el centro del galpón, de rodillas, Teobaldo Mercado que juraba vengarse de mí. “¡Te odio, te odio con todo mí ser!”, gritaba. Y yo que comenzaba a perderme en un remolino de energía. Cerré mis ojos y sólo me dejé llevar. Caí por un oscuro y gran abismo. Sentí una gran presión en mi pecho, pensé que estallaría. No podía respirar, me sentía empapado y frío. Me estaba ahogando. Fue desesperante notar que estaba rodeado de agua. Busqué salir de allí y nadé hasta que alcancé la superficie. Era de día y estaba completamente despejado. Me sentí mareado, pero divisé tierra cerca, así que continué nadando hasta la orilla. No sabía qué pensar, ya nada me impresionaba. Cuando llegué a la playa, contemplé la maravilla que estaba ante mis ojos; palmeras, cerros repletos de vegetación y, a lo lejos, mujeres. Muchas mujeres, vestidas con pareos o bikinis, de enormes caderas y rubias cabelleras, jugando y disfrutando del hermoso día. Era como estar en el Caribe. ¿Una dimensión de mujeres? Increíble. Después de todo, no era tan malo. Corrí hacia ellas, con la idea de conocerlas y, bueno, quién sabe, juguetear y toquetear. No tenía nada de malo.

—¡Hola! —dije con tono seductor.

—¡Hola!, ¿quieres jugar?

—¡Por la mierda! —grité.

Corrí espantado. Esas facciones varoniles y barbudas. ¡Por dios! Era horroroso. Por un momento, deseé haber muerto decapitado. ¿En qué mierda de dimensión había caído ahora?

(Continuará)

[CC 2012, Andrés Odellober]

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