Teobaldo sabio guerrero monje, Mercado locura abismo santo (Ficción)

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Mad Max Mercado

Mad Max Mercado

Por Luis Saavedra.

¡Perromelón, a él, Perromelón!

El mutante obedeció y saltó hacia la cola del escorpión gigante, enredó sus apéndices vegetales alrededor del aguijón, inmovilizándolo, y luego Teobaldo Mercado se adelantó cortando con una estocada limpia la pinza mayor que lo amenazaba. Sin piedad, montó el caparazón y hundió la espada en la unión de dos placas calcáreas. El monstruo se derrumbó sin un gemido, como un automatismo sin fuente de poder. Perromelón se deslizó a tierra y comenzó a ladrar alrededor, pero su amo nunca sonreía ante la presencia de la muerte.

Teobaldo Mercado. Alguna vez escritor de ciencia ficción, se convirtió en un sobreviviente exitoso luego de la Guerra Total de 2012. El escenario más temido de sus ficciones cayó ensombreciendo el mundo, machacando sueños, almas, millones de vidas. Cambió el territorio, lo envenenó y lo convirtió en un mar de árboles muertos y lluvias cenicientas. Pero él se había preparado desde una vida anterior para ese momento. En un mundo que no lo aceptaba, se había convertido en una coraza de independencia. Y aquí estaba dando vueltas a la Tierra, después de tanto tiempo, más viejo y definitivamente más endurecido. Eso sí, la misma figura semiencorvada, el mismo tono oliváceo de piel. En algún punto de Chile, sus anteojos de gruesa montura se rompieron y solo usaba el lado izquierdo fijándolo a su cráneo con un pañuelo chillón como un pirata. La espada ninja la consiguió en un departamento abandonado de Ñuñoa, su propietario momificado aún seguía abrazado al filo. Rezó por su alma, luego enfundó la espada y se la puso al hombro. La espada parecía cobrar vida en sus manos y tenía que usar su fuerza de voluntad para controlarla. Con el tiempo, adquirió la extraña impresión de que el dueño original seguía atado a su antigua posesión. Y el perro llegó solo, apareció un día cuando bordeaba una plantación inusualmente irradiada. Las sandías cantoras lo saludaron y los melones rieron, pero no devolvió el saludo y solo caminó lo más rápido posible para alejarse. Algunos kilómetros más adelante se dio cuenta que lo seguían. Perromelón parecía tener cuatro patas, orejas, una lengua roja, pero era un melón mutante. No existían perros entonces, no sabía de donde diablos el vegetal había tomado el modelo.

Es el año 2029 y las cosas se han vuelto raras y aterradoras.

¡Vamos! —gritó Mercado llamando al vegetal que se había perdido entre las callejuelas del miserable pueblo. Era realmente irritante, el perro vegetal era una versión caricaturesca de uno verdadero y tenía tanta energía y procrastinación. No se quedaba un rato tranquilo y ya partía persiguiendo una rata-arbusto—. ¡Vámonos, perro!

Pero tuvo que seguirlo entre las callejuelas. Como siempre, su nombre le precedía y esa pobre gente se encerraba en sus casas y pronunciaba con miedo “Teobaldo Mercado” tras los postigos. No era una sensación que le agradara y no sabía bien en qué momento ese horror sagrado se había posado sobre sus hombros como un sudario. Aún después de salvar sus vidas de monstruos del desierto, lo rechazaban. Se imaginaba que también era un monstruo para sus ojos. Pasar múltiples pruebas de sobrevivencia, te convierte en alguien sobrehumano. Que lo presencien quienes te daban por muerto, te da un hálito de leyenda. La leyenda negra del hombre encorvado que arrastra la mala fortuna. Mal por ellos, mal por ti. Pero al menos tú tienes a Perromelón, pensó Mercado, aunque siempre esté dándote dolores de cabeza.

¡Perromelón! —volvió a llamar y el eco le devolvió su voz por el laberinto de calles. Le parecía difícil que hubieran habitantes allí. Sus pisadas en la gravilla y el sonido del viento seco del atardecer eran el único testimonio vivo por encima de los techos herrumbrados.

Llegó hasta el ojo de agua del pueblo, un lodazal con un sistema de poleas y un cubo que se hundía en el centro para alcanzar las aguas más puras. El perro bebía en los bordes. Cuando le vió, agitó la cola pero siguió bebiendo. Mercado aprovechó para tirar el cubo al centro y sacar un poco del líquido. Llenó las cantimploras para el viaje que enfrentaban y se sentó a esperar que el perro se desocupará. Quería salir del pueblo e internarse en el desierto antes que cayera la noche.

Entonces, a su izquierda, supo que ella estaba allí. Se volvió lentamente y Perromelón dejó de beber. Era una vieja con un niño de menos de tres años al que tenía tomado de la mano. Vestían miserablemente y el color de la piel era un malsano marrón. Las quemaduras por radiación curaban muy lentamente hasta que se convertían en cáncer. Parecían esperar algo y eso lo contuvo de hacer cualquier acción. Pero la vieja fue directa:

Váyase de aquí, por favor, señor.

El niño la miró hacia arriba y pareció muy tranquilo, tal vez le llamó la atención el tono que había escuchado de su abuela. Luego apareció una segunda mujer, mucho más joven. El terror se asomaba a sus ojos y se escudó en la esquina de una casa. “Mamita, por favor, el niño”, suplicó susurrando como si solo la vieja pudiera escucharla.

Señor, no queremos la mala suerte suya —volvió a hablar la anciana, con el labio inferior temblándole. Se arremangó el brazo libre y le mostró a Mercado las negras pústulas de un carcinoma—. Ya es muy malo morirnos de esta forma.

Teobaldo no se inmutó. Así había sido en los pueblos anteriores. Entrar de noche para robar el agua y la comida que necesitaba, e irse de día como un tenebroso sueño, un vampiro que se va con la tormenta. Primero, trataba de explicar que él no era un hombre malo y que solo buscaba un refugio, pero era inútil, la gente no escuchaba otra versión que la leyenda. Luego, se disculpaba, creía que la gente podría apreciar ese pequeño gesto amable. Y terminó simplemente dándole la espalda a la humanidad, allí donde la encontrara.

¡Vámonos! —dijo el monstruo con un tono tan marcado que su perro supo entender que era inmediato. La mujer se arrojó sobre el niño y se lo llevó hacia el laberinto de calles del pueblo. La vieja se quedó mirando a las dos figuras.

Enfilaron hacia el desierto y ya las estrellas se apreciaban en el inmutable aire salino. El hombre encorvado y su perro vegetal detrás. Teobaldo Mercado nunca mostraba emociones, pero su corazón se encogía. Las palabras tenían el mismo filo pronunciadas por una mujer, un hombre o un niño.

***

Al quinto día, acamparon en un pedregal rodeado de las bases de construcciones que bien pudieron ser casas. Mercado recogió la poca madera que encontró y los muñones de cactus muertos, que abundaban en el desierto. Al contrario que la mayoría, siempre pensó que el desierto tenía más vida que otros ecosistemas. No una riqueza biótica, sino una animista. La primera vez que se internó, lo hizo en compañía de su bicicleta, la Negra, y un buen equipo GPS, y se le quedó grabada la sensación de plenitud, de ausencia de recriminaciones y violencia citadina. Se imaginaba ser un único habitante en un microcosmos contenido en una burbuja. Podría haber sido así siempre. Un deseo que casi se cumple cruelmente, ahora que Chile apenas contenía unas dos millones de personas. En tanto que a la Negra se la robaron en el segundo año de la Guerra Total, unos mocosos que lo emboscaron en medio de una lluvia tupida entre Purranque y Osorno, mientras escapaba hacia el sur. Se la llevaron ante su impotencia y desde entonces anduvo a pie, como parte de un luto que no terminaba.

No nos queda mucha agua —le dijo a Perromelón, vertiendo el líquido en el pocillo del perro. El vegetal la absorbió con una miríada de zarcillos y luego se recostó cerca de la mochila de Mercado. Su metabolismo no funcionaba de noche, aunque era muy eficiente y solo necesitaba de agua y sol—. Mañana tenemos que llegar a alguna parte con agua o de lo contrario nos vamos a salar aquí.

Encedió una fogata minúscula y calentó una papa en un caldo poco atractivo. El sentido del gusto fue una de las primeras bajas de guerra y, aunque siempre estaba revisitando el pasado, prefería no acordarse de las cazuelas en la casa de sus padres. Se levantó el viento nocturno, cortante, que arrastraba una fina capa de arena a nivel superficial que se fue acumulando contra sus cosas. Arropó a Perromelón y luego se metió en su vieja bolsa de canguro y trató de no pensar, evitar que de nuevo la memoria invadiera los sueños en los que caía a un pozo de lodo que le llegaba hasta sus rodillas, con laderas que no podía escalar y en cuyos bordes los curiosos le arrojaban naranjas. Le llamaba la atención la recurrencia y precisión de la pesadilla. No le asustaba, era demasiado racional para creer en los malos sueños y su influencia en la vida real, sino que sabía que era síntoma de algo que prefería ignorar. Y a pesar de sí mismo, pensar en eso se había convertido en un juego previo antes de dormirse, su propia manera de contar ovejas.

La piedra era minúscula, pero suficiente para provocar un deslizamiento en los engañosos terrenos. El ruido le hizo salirse de la bolsa y desenvainar la espada. El arma vibró como siempre entre sus manos, buscando enterrarse en la carne. Aunque había Luna, solo adivinó las siluetas de los guijarros allá donde escuchó rodar a la piedra, el inicio de una quebrada que se hacía más grande y donde la arena se ocultaba debajo de una fina capa de pedruzco. No se movía nada y analizó las sombras de distinta tonalidad. La experiencia le había demostrado que podía estar mirando a su enemigo a no más de un metro de distancia. Sin embargo todo el barullo, Perromelón continuó durmiendo, ¿sueñan los melones mutantes con invernaderos eléctricos?

¡Sé que está allí, salga!

No se adelantó, no era tonto. Atacar solo cuando te atacan era una defensa de lo más efectiva. Esperó a que el enemigo se delatara en la oscuridad, pero al momento siguiente la densidad de las sombras se disipó y volvían a ser las siluetas de las cosas inertes. Ya no estaba más la sensación de amenaza. Enfundó la espada y se sentó. Luego encendió otra pequeña fogata y se quedó despierto hasta el amanecer.

Era el décimo día y Perromelón no andaba de buen ánimo. Estaba deshidratado y no tenía su habitual alegría, marchaba languidecente detrás de la figura del hombre, siempre sediento pero sin quejarse. En ese territorio de quebradas y piedras que explotaban, no habitaba ni siquiera el alacrán gigante. Era peligroso y alguien menos preparado tropezaría con los pozos de radiación para morir. Pese a todo, Mercado era implacable e internarse más en el desierto de Atacama lo conduciría hasta lo que buscaba. Eso justificaba incluso ser seguido por la extraña presencia que no había logrado ver. No se acercaba, no aparecía de día, pero los seguía de cerca, y esa era una señal inquietante. Le divertía pensar que podía ser lo contrario, que ellos fueran la amenaza que había que vigilar en el territorio del desierto. De cualquier modo, para esa misma noche, pondría a prueba su intuición y lo enfrentaría.

Por mientras, caminaron.

Cerca de las cuatro de la tarde, Teobaldo se detuvo al ver la Torre, una construcción calcárea de cuatro metros, inusual para la zona. Estaban a diez minutos de caminata y sonrió por primera vez desde que hubieron dejado el último reducto humano. Perromelón se echó a la sombra cuando alcanzaron la Torre y dejó escapar el aliento. “¿De aquí nadie te mueve?”, le dijo Mercado y el vegetal respondió agitando el zarcillo verde y grueso que representaba la cola. El hombre recorrió el perímetro buscando las señales que había dejado para él mismo. Bajo la base de un guijarro, encontró la llave. La sal la había preservado de la herrumbre. Sonrió. Después de tanto tiempo sepultada, era como la memoria del helado de vainilla a los siete años.

Espérame aquí. —Dejó la mochila junto a Perromelón y fue a la siguiente Torre. Estaba a unos cien metros y era menor en tamaño. Bajo otro guijarro encontraría la caja.

Pero el área estaba limpia. Nada de piedras, sino una depresión como si alguien hubiera excavado.

La confusión de Teobaldo Mercado le hizo pestañear y acelerar el corazón. Alguien había desenterrado su tesoro, ¿quién? Y luego escuchó el aullido de Perromelón, un largo y agonizante sonido aterrorizado. La respuesta la tendría en poco tiempo más.

Desenvainó la espada y corrió con ella sujetándola con ambas manos hacia un lado, como había aprendido de un armero, poco tiempo después del final de la Gran Guerra. Perromelón le ladraba a alguien oculto. Eran cien metros y no veía nada del otro lado de la primera Torre. Apretó el paso aunque ya no estaba para correr con sus cincuenta y tantos a cuesta. Y luego vio el erizo de tierra más grande de su vida. Una bestia de cinco metros, acorazada de púas y con muy mal humor. Mercado se paró en seco, impresionado. Nunca habían enfrentado algo así. Alacranes, ratas y hasta hordas de monos-pájaro. Pero un erizo era una fortaleza biológica que atacaba todo lo que se movía y terminaba ensartándolo en su coraza.

¡Perromelón, acá! —gritó con todas sus fuerzas. Envainó la espada que protestó, pero no era buen momento para discutir con ella—. ¡Acá, ven acá!

Pero el vegetal ya había enloquecido de nuevo y no escucharía ninguna orden. Se lanzó sobre el monstruo ladrando y tratando de morder las patas y la cola. El erizo lo tomó como una ofensa grave y lanzó sus púas contra él. Casi las esquiva todas, pero la última dio en su costado que le arrancó un aulllido. A Teobaldo se le escapó una maldición y agarró los guijarros más a mano que tenía. Los comenzó a tirar hacia el erizo y saltar como un mono para atraer su atención. Con suerte lo alejaría unos kilómetros y lo perdería entre una quebradas que había divisado más atrás. Pero la bestia no se sintió interesada, su víctima renqueaba a paso lento justo delante de ella y su instinto de caza lo había colocado en visión de túnel. Teobaldo se dio cuenta que no había mucho que hacer, pero comenzó a correr igualmente. No pensó que iba a perder a su único amigo en el mundo. No pensó que el erizo vendría por él, después de acabar con el vegetal. No pensó que venir al desierto podría terminar tan mal.

Y de seguro que nunca pensó en ayuda.

La figura del hombre vino corriendo de un lugar impreciso desde detrás de Teobaldo. Lo tomó por sorpresa cuando comenzó a gritar como un enajenado. Con excepción de un taparrabos y una piel que le cubría apenas el torso, estaba desnudo y la piel cobriza delataba lo delgado que era. La melena castaña se confundía con la barba y formaban una maraña que protegía el rostro. Traía una garrocha que no le impidió correr más ligero que Mercado. El hombre siguió gritando un único alarido que, esta vez, sí atrajo la atención del erizo gigante. Pero la reacción de la bestia fue lenta y el hombre logró pasar la garrocha por debajo de su estómago y la utilizó para hacer cuña tratando de voltearla. Teobaldo comprendió la maniobra y juntos hicieron fuerzas hasta conseguir que el animal quedara de espaldas y pataleando. Y a continuación el hombre utilizó la misma pértiga para subir por ella hasta el blando abdomen y abrir un profundo tajo a la altura del corazón del monstruo. Las patas se agitaron más frenéticamente y un grito agudo y ensordecedor se hizo escuchar. Pero al instante siguiente, el erizo gigante se relajaba y los miembros quedaban exánimes. El hombre se alzó triunfante con el brazo izquierdo hasta el codo empapado en la sangre, sonriendo con una boca a la que solo le quedaban cuatro o cinco dientes visibles. Se reía y hacía muecas hacia Teobaldo de llevarse comida a la boca. Parecía que el erizo serviría de banquete en los próximos días.

Mercado alcanzó a Perromelón y trató de tranquilizarlo. El pobre vegetal seguía en huida, pero se veía mejor de cerca. La púa se hundía en la carne de una pierna que resumaba una sangre verde, pero no había alcanzado ningún órgano importante, aunque Mercado no sabía si Perromelón tenía algo así como un corazón o un higado. Cuando el vegetal perdió una pata el verano pasado, simplemente le creció una nueva. Ahora suponía que sería lo mismo y sin aviso, aferró la púa y la removió. No salió más sabia, pero el agujero que quedó no era muy estético. El vegetal emitió un quejido y Teobaldo lo abrazó con cuidado. En sus brazos, Perromelón tembló un poco y después se fue relajando hasta quedarse dormido.

Volvió a la Torre a buscar sus cosas. El erizo había surgido de un gran agujero en la arena que usaba como trampa para las presas incautas y su mochila estaba en el borde. El hombre de cobre sacaba el contenido y lo arrojaba sin cuidado sobre la arena, su curiosidad se expresaba con espasmos excitados o gruñidos graves, mientras que las cejas le subían y bajaban en el greñudo y arrugado rostro. A Teobaldo le recordó los macacos que solían robar a los turistas en lugares que ya no existían como Indonesia.

Gracias —dijo, pero el greñudo amigo no se inmutó—. ¿Puede dejar eso, por favor?

Mercado se adelantó y le arrebató la mochila. El hombre se quedó mirándolo con asombro y luego se sacudió sin control, azotándose contra el suelo, babeando y quejándose. Brazos y piernas parecían maderos a la deriva en un mar revuelto. Solo cuando le fue devuelta la mochila, el greñudo se tranquilizó y continuó como si nada.

¿Así que eras tú el que nos seguía desde hace días? —preguntó Teobaldo y el salvaje contestó con un largo ulular burlesco.

¡Buena cosa esta! ¡En un mundo lleno de locos me vine a topar con el rey!”, pensó y se sentó junto a Perromelón a esperar que la curiosidad de ese resabio cavernícola amainara.

Cuando el sol comenzó a declinar, el hombre de cobre se levantó como recordando algo olvidado. Balbuceó y agitó los brazos y se enfrentó con sus compañeros de desventuras, tirándole de las mangas a Teobaldo. Perromelón le gruñía cada vez que se acercaba demasiado.

¡Al fin terminaste! —Era como tratar con un niño. Le parecían enternecedores la idiotez y los monosílabos del salvaje. En todos sus viajes había visto la bestialidad humana, pero esta tenía una inocencia tarada con la que simpatizar.

¡Kar-kar. Ug!”, se esforzó en vocalizar el salvaje, cada vez más excitado, y Teobaldo pensó que quizás no solo estaba demostrándole entusiasmo.

¿Quieres decirme algo, Ug?—dijo finalmente—. Por si no lo supiste, te llamaré Ug. ¡A dónde vas!

Ug se alejaba decidido con la garrocha hacia la segunda Torre. Mercado se levantó y acortó distancia con él, inmediatamente se devolvió para tomar a Perromelón en brazos y las pocas cosas que contenía la mochila y que Ug había desechado. “Perdona, amigo”, le dijo al vegetal. Recibió un langüetazo en la cara.

En el lado oculto de la segunda Torre, el hombre de cobre tenía un refugio que antes fue la trampa de un erizo gigante. La entrada estaba oculta por un simple entrelazado de totora y cuando Ug la levantó, Teobaldo no pudo distinguir la profundidad. Ug se perdió en las tinieblas del refugio, pero él no se atrevió a seguirlo. Su sentido de sobrevivencia lo había mantenido vivo todo ese tiempo con una tasa de aciertos de cien sobre cien. Podía contar con eso ahora. Pero luego el salvaje reapareció con una linterna de aceite y les indicó que entraran con gestos bruscos y urgentes. Perromelón gimió con miedo y se aferró con sus zarcillos más fuertemente a los brazos de Mercado. Entraron con cuidado -el salvaje había acomodado diversos guijarros a modo de escalones- y Ug volvió a colocar el entrelazado detrás de ellos.

La trampa de erizo no era tan estrecha como pensó y habían otras dos linternas de llama danzarina que arrojaban sombras sobre los libros. Ug se vino a sentar en un taburete frente a una mesa. Su entusiasmo le sugería a Teobaldo un solitario que quiere mostrar sus habilidades al forastero que no volverá a ver. Sobre la mesa había una pequeña sábana rectangular del mismo tejido de totora y una piedra aflautada. Ug tomó la piedra como si fuera un lápiz y comenzó a hacer una afectada mímica de alguien que escribía sobre una página, representada por el tejido, enarcando las cejas con concentración y moviendo delicadamente la muñeca en círculos. La charada del idiota era tan perfecta que Teobaldo reprimió una carcajada. ¿Intentaba escribir una novela? ¿De dónde venían esas ínfulas? Ug se volvió violentamente hacia unas cajas de verduras y arrojó libros que lo estorbaban hasta encontrar un amasijo de alambres. Los desenredó y se los colocó en la cara, afianzándolos detrás de las orejas. Con los “anteojos” puestos volvió a “escribir”, dando de vez en cuando un corto mugido de satisfacción reconcentrada.

Teobaldo se volvió hacia los libros en la estantería, junto a las cajas. Los volúmenes estaban maltratados y no se leían las cubiertas. Al abrirlos, descubrió que eran de autores de ciencia ficción. Sin miramientos, allí estaban Arthur C. Clarke y Robert Heinlein e Isaac Asimov. Y la lista se extendía hacia escritores más oscuros como Gesubio Nicolazo, Arnoldo Fontaine y Procobio Hueleveque. Hasta que de un rincón sacó un volumen grueso que adentro tenía por título: “Brönner”, de Juan Calamares.

¡Tate! ¡A este lo conozco! —explotó Mercado con asombro.

La edición estaba fechada increíblemente en 2013, un año después de iniciado el fin. La última página era la quinientos doce, pero la última frase estaba incompleta. El impresor era Luis Saavedra.

¡Tate! ¡A este también lo conozco! —volvió a explotar y su asombro no hizo más que aumentar.

Pero habían más. Títulos como Kounboum e Identidad Suspendida e Ygdrasil y todos los libros de Poliedro y Erizo. Y mientras iba llegando al final, el asombro dio paso a la incertidumbre y luego a la desazón. Todo el erario fantástico de Chile estaba reunido allí, en medio del desierto. Todo menos los relatos de Teobaldo Mercado. Buscó detrás de la estantería, siempre caían los libros olvidados, pero detrás solo había arena y pedruzco.

Dejó el volumen de Calamares en su lugar y miró vaciamente los lomos ilegibles. Perromelón se acercó y se arrimó a su pierna con ternura; como todos los canes, podía oler las emociones de su amo y saber cuando algo lo entristecía. Gruñó bajito y enredó un zarcillo a la altura del pie y se echó ofreciendo la panza verde. Pero también el salvaje notó el cambio de atmósfera y había dejado la “escritura” para acercarse a Mercado.

¿Cómo? ¿Por qué tienes todos estos libros, Ug?

Pero Ug simplemente pronunció su nombre. Sin embargo, se hincó y con la piedra aflautada dibujó dos signos en la tierra oscura.

¿L? ¿S? —Mercado recibió el mazazo en su mente— ¿Luis Saavedra?

Ug rió y aplaudió. Escribió de nuevo las iniciales con creciente excitación hasta que solo fueron rayas sin información. Saltó y la alegría se fue contagiando hasta Perromelón que comenzó a ondear la cola y ladrar. El hombre de cobre palmoteó encima de la mesa como una batería y danzó alrededor de Teobaldo que ahora sí su desconcierto no podía ser mayor. ¿Cuántas preguntas pendientes serían posibles?

¿Luis Saavedra? —repitió y el salvaje agitó la cabeza afirmativamente—. No sé cuántas posibilidades de que ocurra esta situación hayan, pero es lo más extraño que me ha pasado en mi vida.

Ug sacó del librero un ejemplar de Poliedro4, una recopilación de cuentos fantásticos del colectivo homónimo en el que Saavedra participó, y se lo ofreció. A continuación, trajo la silla y exigió con gestos y su voz gutural que Teobaldo se sentara. La mirada de adoración del salvaje pareció ablandar las defensas de Mercado.

No entiendo muy bien qué quieres que haga. —le dijo a Luis Saavedra, que ya se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas—. Tal vez quieras que te lea.

Teobaldo abrió el libro, pero el texto que conocía no estaba. En su lugar se encontró con una letra manuscrita muy cuidada. Pasó las páginas y las palabras iban perdiendo nitidez, el ritmo de la letra se hacía más nerviosa. Era un diario de vida que terminaba abruptamente y le seguían las paginas en blanco. Teobaldo se remitió a las últimas páginas, escritas con densas frases, y leyó en voz alta:

Este es mi último testimonio antes de volverme loco. Yo, Luis Saavedra, no soporto más a Juan Calamares y me da alegría saber que la locura me librará por fin de su funesta presencia. Como habrán leído ya en las páginas anteriores, he venido hasta acá para recuperar el equilibrio en un mundo desquiciado. Teobaldo Mercado alguna vez me contó de este santuario y de cómo su místico primer viaje por el desierto resultó una cura para él, hace tantos años. Pues bien, aquí estoy, huyendo de todo: la guerra, la miseria y Calamares. Hubiera sido un éxito, y mis últimos años los hubiera pasado en relativa paz, pero su Sombra me persigue. Es como una garra que no acepta la distancia ni el tiempo. Me sigue ahorcando, evitando que la luz entre en mi alma. Y no sé cómo explicarlo, pero mi odio se ha vuelto una entidad pura y separada que ronda solitaria en las noches, entre los erizos gigantes y los escorpiones. Vuelve a mí al amanecer para torturarme de día y recordarme que personas como ese truhán egocéntrico existieron y provocaron la caída de este mundo.

Lo comencé a odiar poco después de conocerlo. Me abordó sin más, jurándose un señor muy importante que exigía que lo publicara, aunque tenía notorios forados en sus jeans. Me daba asco abrazar su humanidad y sentir una mezcla indefinible de tabaco rancio, orina de gato, sudor de una semana. Pero, me sentí halagado que me confundiera con un editor de cierto talento, dados los libros en los que participé, y así me lo hacía saber con sus risitas hipócritas y sus chistes incomprensibles que me tenían de protagonista. Un recurso que terminó por cansarme y, luego, asustarme. Insistía en que fuéramos amigos, aún cuando mis esfuerzos por evitarlo eran cada vez más evidentes. Acepté invitarlo -porque siempre lo invitaba- a cafés y almuerzos en los que peroraba sobre la identidad de la literatura y lo inevitable de su destrucción a manos de gente que odiaba y envidiaba profundamente. Cómo detestaba esas largas y aburridas tardes en que mi mirada desesperada se clavaba en la acera de enfrente y esperaba que alguien, cualquiera, me mirara y me sacara del profundo pozo que Calamares cavaba alrededor mío. Con el tiempo, las adulaciones de Juan pasaron al olvido para proponerme diversos proyectos de novela que él siempre reescribía en un montón de cuadernos miserables con una letra espantosa. A pesar de que yo le conté en determinadas veces que no era el editor que él imaginaba, insistía en que las publicara y me decía que eran un éxito asegurado porque revolucionarían las letras chilenas. Sinceramente leí una que me pareció un bodrio, de esos que debieran prohibirse por decreto de la ONU. Le sugerí delicadamente los cambios que necesitaba, pero él siempre se los tomaba a mal alegando que la integridad del artista aquí y la superioridad de un genio allá. Como último recurso para que entrara en razón, fuimos hasta las oficinas de una importante editorial y entregamos un manuscrito al editor que era amigo mío. Dos semanas después volvimos. Juan estaba tan exultante que temí que la caída fuera tan dura que le rompiera el alma. El editor nos hizo pasar a su despacho y de entrada me dejó en claro y casi gritando que le debía más de un favor. Y luego comenzó el desguase del manuscrito como solo un sádico podría hacerlo, y a medida que avanzaban los minutos el rostro del editor se volvía carmesí. No terminó su análisis, sino que nos pidió que nos largáramos de inmediato, mientras se abría el cuello de su camisa con una mano temblorosa. Al pasar, le advertí con alarma a la secretaria que mi amigo podría estar teniendo un ataque coronario y que llamara una ambulancia. Extrañamente, Calamares estaba entero. Calmado y lúcido, no hablaba y se mostraba atento. Solo cuando salimos del edificio, el muy pelotudo explotó en entusiasmo diciéndome que escribiría una novela sobre la malvada industria editorial y los esfuerzos de un heroico escritor, él, que la destruía. Mi amigo sería, por supuesto, el antagonista de turno y yo su estúpido esbirro. Se fue sin miramientos y lo observé alejarse con mi mejor expresión de espanto.

Luego de ese episodio, creí que no lo volvería a ver jamás. Eso mejoró durante unas semanas mi vida marital y laboral, pero me derrumbé cuando se apareció a la puerta de mi trabajo, a la hora del almuerzo. Traía un nuevo manuscrito: Bronner. Maldita sea mi personalidad que no sabe decir no. Para sacármelo de encima -porque suele ser muy insistente-, le di un nuevo voto de confianza y leí su novela. Era más de lo mismo, un refrito mal pergeñado de todos sus ídolos literarios, vomitados sin ninguna reflexión ni estilo. Y me harté. Lo llamé para decirle que nos juntáramos en el Drugstore de Ciudad Empresarial, bien lejos de Santiago. El muy imbécil se alegró como un niño y eso me hizo enfurecer más. Cuando llegué, ya se encontraba sentado y había pedido el café más caro, que seguramente pensaba que yo pagaría. Me hizo una seña, agitando el brazo muy arriba para que todo el mundo se enterara. Me saludó efusivamente y comenzó a parlotear como una urraca sobre sus guiones para un futuro programa de televisión. Entonces, lo detuve y muy serenamente comencé mi estudiado caso. Fueron los quince minutos más agitados de mi vida. Era un torrente de rabia y frustración y mala leche que salía de mi boca para ir a chocar en ese rostro pálido y de barba descuidada, que iba mutando hacia una mueca de dolor infantil, a punto de chillar. Y cuando ya estaba por terminar con un triunfal “ándate a la chucha”, el caos se apoderó de nuestras vidas. La Guerra Total había llegado sin aviso y lanzado una ojiva nuclear táctica sobre el Centro de Santiago. El cerro San Cristóbal nos sirvió de escudo parcial, pero la onda de choque fue suficiente para arrojarnos al suelo y convertir las estructuras en fierros retorcidos.

Quedé mal herido, fracturas múltiples. Desperté dos días después. Calamares se las había arreglado para sacarme de allí y alejarse de Santiago. Usurpamos un departamento cuyos dueños nunca volvieron de sus trabajos en el Centro. Y allí atisbé la magnitud de la locura de Juan. Como si nada, seguía su rutina y hablaba de sus novelas y proyectos musicales. No acusaba recibo que Chile ya no existía como nación, ni que su familia hubiera muerto. Intentó comunicarse por celular con sus padres y su novia, pero al no tener respuesta, comenzó a hablar con alguien imaginario por el auricular. Decía que me enviaban saludos y que nos juntaríamos la próxima semana. Habló día y noche y día y noche y día y noche. Fue una pesadilla de la que no desperté, inmovilizado como estaba. Qué desesperante era el metabolismo humano que no permitía que muriera o sanara de modo instantáneo. Cuando comencé a andar en muletas, me sugirió que publicáramos Bronner, pero antes me ató con una cadena a la pata de la cama. ¡Publicáramos, en dónde!, pensaba, pero un día apareció con decenas de resmas de papel blanco y un saco de papas. Las papas las cortó por la mitad y talló en la carne todavía blanca las letras del abecedario. Espantado, le pregunté qué pretendía y me respondió que estaba haciendo una imprenta artesanal que funcionaría con los poco ortodoxos caracteres de origen vegetal. Me obligó a trabajar veinte horas diarias, “imprimiendo” los caracteres y las frases de su libro. Al quinto volumen, mi temple estaba roto más allá de toda reparación y Calamares era una máquina indolente que le reía a los fantasmas. Estábamos demacrados, yo tenía un hambre y sed feroz, pero Juan solo tenía interés en Bronner y sus continuaciones futuras. Afuera parecía haber una guerra civil que duró unos doce días y luego reinó una paz de cementerio. Las papas se pudrieron una a una y Juan hizo más caracteres con la madera que pilló. Le pedí que buscara alimentos, pero solo me miraba y se reía y me decía que con las ventas de su libro podríamos pedir incluso el caviar ruso.

Llegó el invierno y no podía continuar así. Al décimo volumen se nos acabó el papel y se lo hice saber con alegría. “Iré a buscar más”, me dijo y salió disparado a las calles heladas con tan solo una bufanda. Eso me dio un par de horas como mínimo, pero tenía la secreta esperanza de que no volviera, asesinado por una horda de perros que le arrancarían las tripas y moriría desangrado y devorado. Me sorprendió la violencia de mi imagen. En ese entonces, yo era un hombre violento y desesperado, pero también recuperado. No le hice saber a Calamares que me había mejorado de mis fracturas, me convenía ocultar mi fortaleza para ese momento. Así que me deshice de las cadenas que me ataban y tomé las pocas cosas que me podían servir en un morral. Caminé, afuera era un infierno congelado y silencioso y lloré al ver las calles vacías. Todo estaba desprovisto de vida, abandonado a mitad de una actividad frenética. Mis fuerzas morales flaquearon y pensé que era mejor quedarme con Juan y enfrentar estoicamente el poco futuro que nos quedara. La idea me enfureció por lo maldita que me resultaba, supe reconocer el síndrome de Estocolmo. Encontré una gasolinera y tuve una macabra idea.

Regresé al departamento. Juan Calamares estaba allí y ni había notado mi ausencia, estaba hincado grabando las hojas de papel confort. No había encontrado más papel normal, pero sí los rollos, cuyas láminas había cortado y armado libritos. Tenía las puntas de los dedos ennegrecidos por la tinta y se reía idiotizado, al fin exiliado de este mundo. “¡Volviste, Calamares está contento!”, me dijo y yo respondí bañándolo en gasolina. Encendí el fósforo y se lo arrojé, comenzó a saltar por todos lados como un Rey Midas de fuego, prendiendo los muebles, las cortinas y los volúmenes de Bronner. Creí tener las agallas para soportarlo, me imaginaba que sería una fría venganza, pero no, la luz del fuego me acuchilló hasta lo más profundo de mi cerebro y allí se quedó. Juan danzaba y se reía y gritaba enconado: “¡Calamares está contento! ¡Calamares está on fire!”. Huí y no paré hasta llegar al desierto, quise poner la mayor distancia entre ese pasado y mi presente.

Me radiqué en este paraíso de soledad, en un agujero abandonado por un erizo, a los pies de las formaciones rocosas que Teobaldo me había contado. Como una jugarreta del destino, al fondo del morral encontré un ejemplar de Bronner que coloqué en el estante y olvidé. Por un buen tiempo estuve bien, pensando que el paso de los años haría su parte del trato en el olvido de la vida. Pero cada vez que cerraba los ojos, allí estaba la figura dantesca del maldito y comencé a soñar con mayor frecuencia con él. Extraños sueños referidos a animales de cuatro patas parecidos a camélidos y con el rostro barbado que balaban “luisaavedra” y me perseguían y me daban mordiscos en las pantorrillas. O pesadillas sobre llamadas a mi celular que me exigían groseramente dinero para publicar y yo terminaba arrojando el aparato al río Mapocho, pero siempre alguno sonaba en algún bolsillo de mi chaqueta o pantalón. Supe que no tenía remedio cuando el fantasma de Calamares se me apareció de día, montando un flamenco lila.

Convivo con mi locura a la velocidad de un lento paso por vez. Mis reservas anímicas decaen y sé que en algún momento voy a ceder al caos mental. Juan baila todo el día a mi alrededor y me sugiere que publiquemos sus novelas, que lea lo nuevo que ha escrito y que escuche sus insoportables composiciones. Me duele no poder estrangular a un fantasma y me asusta mucho la idea de transformarme en Juan Calamares. Pero la locura será como la primera lluvia después de una sequía.

“Tú que lees estas últimas palabras, ténme misericordia”.

Teobaldo Mercado cerró el libro, se sentía violentado y confuso. Levantó la cabeza para ver a Ug. “Pobre idiota,” pensó con una empatía profunda y sincera, “pobre, pobre idiota”. El salvaje se limitó a decir su palabra favorita y a mirar con ojos de perro apaleado, pero al momento siguiente se incorporó de un salto y se abalanzó sobre una pila de cajas de verduras, al fondo de la trampa de erizo. El bulto que trajo estaba envuelto por andrajos podridos que fue retirando. Teobaldo se levantó también, asustando a Perromelón que no entendía un cuerno qué hacían los humanos. Era su caja, la que había motivado todo ese viaje. Seguramente el salvaje, y no los erizos, había excavado y encontrado el objeto. El cerrojo estaba violado. Ug levantó la tapa y se quedaron viendo su interior y el hombre de cobre atinó solo a balbucear palabras de admiración que casi se volvieron comprensibles. Pero, finalmente, Teobaldo fue quien habló:

Gracias por cuidar todo este tiempo mi tesoro.

El momento se hubiera extendido indefinidamente de no ser porque Perromelón comenzó a gruñir, ladrar hacia la entrada y dar vueltas nerviosamente. Ug se asustó y tomó la garrocha para dirigirla amenazadora hacia el animal vegetal.

¡Perromelón, compórtate! —le dijo Mercado, pero no alcanzó a terminar cuando la cubierta de la entrada desapareció y escucharon el gruñido intenso y profundo de un erizo gigante enfurecido, seguido del hocico del demonio. Era más grande, con púas de mayor extensión. Teobaldo inmediatamente imaginó que aquella era la madre o la pareja de la infortunada bestia que habían matado en la tarde.

Ug se abalanzó con la garrocha sobre el monstruo con la mirada aterrorizada y lanzando aullidos. Acertó a un ojo y el monstruo se retiró solo para regresar más frenético. Se removía en la entrada, ensanchando a cada segundo la abertura. Las púas más maduras de su lomo eran aterradoramente bellas.

Mercado atrapó a Perromelón que ya se preparaba para saltar. “Este no es tu pelea ahora, amigo”, le dijo y lo dejó atado a una de las patas de la mesa. Sacó la espada, que cantó de felicidad ante el peligro, y se unió a Ug en la lucha. Pero era más difícil que en la tarde porque el castillo bien protegido del lomo del erizo no dejaba ningún flanco para atacar. Se notaba que era mucho más fuerte y en pocos segundos estaría dentro. La garrocha finalmente se rompió y Ug comenzó a arrojarle lo que hubiera a mano, el grueso volumen de Bronner primero, que rebotó en la cara de la bestia y cayó al suelo. El erizo se detuvo atontado y luego retomó su furia para destrozar con sus garras y colmillos el libro, las páginas volaron en todas direcciones. La ironía fue obvia: lo que quedaba de la humanidad estaría a salvo de leer el bodrio, gracias al juicio crítico de un erizo gigante.

En ese contexto, la espada de Teobaldo no sirvió de mucho y la devolvió a su espalda. Sin salida y con menos espacio cada vez, los hombres retrocedieron hasta quedar contra el fondo. Si alguno pensó en el fin, no lo dijo, no hubo tiempo. Teobaldo tomó en brazos a Perromelón que ladraba histérico y se agitaba. Entonces Ug aferró a Mercado y con rapidez le hizo tomar la mochila y la caja, y lo dirigió hacia el montón de cajas de verdura, que retiró de una patada. Descubrió un agujero estrecho y que se internaba en la oscuridad.

Ug querer amigo vivo —dijo el salvaje en las únicas palabras que le escuchó decir. Y lo empujó por el túnel.

Teobaldo no se acordó nunca muy bien qué pasó en ese momento. La adrenalina le inundó y le hizo concentrarse solo en lo esencial. Perromelón huyó hacia adelante, mientras que atrás el caos le remitía los sonidos de la refriega, los alaridos humanos y los gruñidos del erizo, distorsionados por la estrechez del túnel. Se enfocó en su propia respiración y en continuar a punto de codo por la oscuridad. Al final sintió la brisa helada del agujero de salida y emergió a la noche del desierto, iluminada por la luna llena. Deambuló en círculos un par de horas llamando a su perro, pero nadie vino. Finalmente, exhausto, cayó al suelo abrazado a su caja y se quedó dormido.

.

¡Despierta, Teobaldo Mercado, y mírame!

El cielo clareaba. Teobaldo despertó y vio al hombre parado junto a él que no era Ug. Vestía una chaqueta militar, usaba una escueta barba y estaba en esa edad ambigua en que se convive con las canas y la memoria de la juventud. Su mirada tenía la fuerza de una pitón y se paraba desafiante con las piernas bien afianzadas al terreno. El conjunto resultaba anacrónico. Nadie vestía así ni parecía tan limpio desde el inicio de la Guerra Total.

Mercado se llevó instintivamente la mano a la espalda, pero no la encontró. Estúpido de él que descuidaba la retaguardia como un novato. Sin embargo, la vio clavada en el suelo a un par de metros. Si le daba una patada al hombre y se movía rápido, tendría su oportunidad.

No. Déjala allí —le advirtieron, como si leyeran su mente. ¿Sería tan descabellado pensar que sí, ese hombre leía la mente? —. No.

¿Y tú quién eres?

Lamentablemente no lo recuerdo. Solo tengo imágenes aisladas de mi vida anterior.

Entonces, ¿vives en alguna parte, cerca de aquí?

No estoy, vivo, Teobaldo. Soy la espada. Antes fui su dueño.

En el desierto el delirio era común y hasta mundano, así que Mercado se lo tomó con calma y se removió lentamente. Sus miembros estaban entumecidos del frío y quería subir a lo alto de una colina para encontrarse con los primeros rayos del sol.

Entonces no me eres de mucha utilidad. Si al menos supieras donde está mi perro…

¿Te preguntaré algo?

El tono le pareció petulante, que le hizo enojar: —Adelante, fantasma, pero el derecho a responder es mío.

El fantasma se adelantó un paso y lo encaró:

¿Para qué nos trajiste a todos al desierto?

Ah. Eso. —“En realidad, ¿qué buscabas?”, pensó el hombre y se demoró construyendo una respuesta que lo absolviera. Finalmente, no encontró nada y optó por la sinceridad—. Vine a buscar algo que fui y que quise olvidar.

Eso no explica nada.

Bien —le mostró la caja al fantasma—, lo que hay allí adentro significan cuarenta años de mi vida que decidí dejar atrás porque ya no podía sentirme más frustrado. Yo alguna vez fui escritor de ciencia ficción. Uno no muy querido, no mucha gente dijo cosas elogiosas de mi obra.

Es curioso, tengo imágenes de mi vida anterior en donde también lo fui, pero yo tuve mejor fortuna. Recuerdo tener entre mis manos algo llamado “Cinco”. ¿Y por qué viajaste hasta acá?

Fue algo impulsivo. No me sentía bien conmigo mismo y pensé que una vida nueva me traería las oportunidades que yo tanto quería.

Pero no pasó eso.

No, no pasó y cuando llegó la Guerra Total y la destrucción posterior me di cuenta que seguía siendo yo, pero notablemente más empobrecido. ¿Quieres ver? —Mercado levantó la tapa y sacó uno de los libros que había en su interior, “Fragmentos del Infinito”—. En realidad, este fue un ataúd de todo lo que escribí.

Extraña decisión la tuya, Teobaldo Mercado.

Desesperada, en realidad. Nacida de la frustración.

¿Y eso es lo que querías recuperar?

Sí, pero ahora no sé de qué me sirve.

El fantasma movió la cabeza de un lado a otro.

A los humanos se nos dan roles en la vida, que solamente duran un momento. Yo tuve éxito y eso acabo. No reconocer ese momento, no tener las agallas para hacer lo necesario, puede traerte mucho dolor.

¡Pero yo nunca vi las oportunidades!

Teobaldo Mercado, lo último que recuerdo es estar muriendo. El fuego arrasó con Santiago y llegó a mi hogar y arrasó conmigo. Entonces vi mi amada espada mística refulgiendo en las brasas y pensé que podría vivir para siempre en el acero. Así que inscribí con mi sangre las palabras de poder sobre su filo y cuando morí, mi alma no lo hizo. Yo vi la oportunidad y la aproveché, como siempre lo hice.

¡Ah, qué buena historia! ¡Qué bien por ti!

Esa conmiseración fue parte de tu fracaso, Mercado. Lo que quiero decir es que este es un mundo nuevo y quizás este sea tu momento.

¿Realmente te crees lo que me estás diciendo?

No es necesario que yo lo haga, a mí no me importan ya los asuntos humanos, pero he pasado el suficiente tiempo contigo para saber que lo necesitas.

Teobaldo volvió a dejar el libro en la caja, pero retiró las hojas de papel en blanco y los lápices para echarlos a su mochila. Miró al lugar donde nacía el sol en el horizonte y luego al fantasma.

¿No has visto a mi perro?

Perromelón se encuentra bajando la quebrada, está desorientado y le falta agua. Si sigues el lecho seco del fondo, vas a llegar a una colonia de cactus de los que puedes sacar agua suficiente para llegar al primer pueblo. Adiós, Teobaldo Mercado.

Ok, adiós. —Y se acercó a la espada para tomarla—. ¿Me la puedo llevar?

No, yo me quedo acá. Encontré un nombre nuevo para mí. Aquel que lo sepa, será el Rey Albino.

***

El hombre y el perro vegetal entraron al pueblo por segunda vez. Trajeron consigo una tormenta de arena que azotó las planchas de metal de las casas, produciendo una sinfonía extraña, intranquila. La gente se repitió que el fenómeno era obviamente culpa del forastero, porque qué otra cosa que mala suerte podría traer el nombre de Teobaldo Mercado. Y cerraron todos los postigos y metieron en sus camas a todos sus niños, diciéndoles que si no se callaban, los echarían a la calle para que el hombre alto y oliváceo se los llevara. Por eso, el hombre y su perro volvieron a enfrentar las calles solitarias y abastecerse de agua en el pozo del pueblo con toda tranquilidad. Habían estado veinte días en el desierto y sus aspectos no eran paupérrimos. Debajo de un cobertizo, junto a cabra débil y consumida por las llagas, esperaron que pasara la tormenta.

¿Ves, Perromelón? Esta gente me tiene miedo —dijo Teobaldo Mercado a su compañero que se sentó y agitó la cola en la tierra. El hombre se sentó a su vez y de su mochila sacó un tubérculo, que masticó ausente—. Pero no los culpo, siempre tienen miedo. Al desierto, a los escorpiones, al clima. Aquí no existe el futuro.

Dormitaron una hora y la tormenta dejó atrás al pueblo cubierto de un sudario de polvo de una pulgada. Se levantaron y caminaron por las calles. Deslizaron por abajo de cada puerta una hoja de papel y podían sentir las pisadas alejándose rápido. Mercado sabía que ya muy pocos sabrían leer los caracteres de la escritura, pero bastaba solo uno para que la curiosidad se contagiara al resto.

El microrrelato de la hoja relataba las aventuras de un héroe en una sociedad futura que creía en la esperanza, la justicia social y la paz universal. El héroe visitaba otros mundos que encendían el sentido de la maravilla del lector y lo transportaban a situaciones que le exigían la mayor atención. El lector terminaba deseando estar en el futuro, pero ¿qué significaba el futuro para esas gentes ahora? Era una apuesta.

No me mires así —le dijo a Perromelón, pero el vegetal no lo miraba y solo sacó la lengua roja y tierna—, soy amante de las causas perdidas.

Salieron del pueblo hacia el sur siguiendo la ruta de la costa.

[CC 2012, Luis Saavedra]

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  1. ¡Qué bueno que te sientas así, hermano! Estaba un tanto intranquilo por cómo te trataba en el cuento, pero es liberador comprobar que no te sentiste traicionado y que comprendas que todo es una licencia poética. Lo único importante aquí es Teobaldo Mercado.

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