Los Plosoms: Epep Aburey (Ficción)

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the summer queen, by michael whelan

the summer queen, by michael whelan

Por Andrés Odellober

Después de horrorosos días y desafortunadas aventuras, ya nada me provocaba temor. Había pasado de dimensión en dimensión, para buena o mala fortuna –tómenlo como quieran–, pero esta vez no sabía cómo diablos volver a mi realidad. Desperté con un fuerte dolor de cabeza y, después de frotar mis ojos, pude divisar en lontananza las montañas oscuras que me rodeaban; enormes titanes que hendían el cielo en largas filas destartaladas que terminaban en pequeñas sombras al horizonte, donde el alba hacía su aparición. Estaba en una planicie seca y desolada. La tierra rojiza era tan suave y fina que los ventarrones hacían que se metiera por entre mi ropa, incluso en mis ojos, dejándome –en muchas ocasiones– durante varios minutos sin visión. Caminé y caminé, sin encontrar un solo vestigio de civilización en medio del solitario paraje. Estaba atento a cualquier movimiento extraño que se realizara a mi alrededor porque sabía que corría peligro. El sol me asediaba con su intenso fulgor. Estaba completamente rodeado de la más pura y absoluta soledad. De cuando en cuando, pequeños roedores no más grandes que la palma de mi mano se paseaban delante de mí a gran velocidad, escondiéndose luego en madrigueras. Mi delirio y hambre eran tan grandes que intenté en varias ocasiones atraparlos, pero estaba tan exhausto que apenas hacía torpes movimientos. Ellas escapaban de inmediato sin dejar un solo rastro. Ya no tenía fuerzas, mi cuerpo estaba completamente adolorido. Cuando ya no pude más, caí de bruces y solo esperé la muerte. Pero entonces, una sombra se posó sobre mí. Apenas alcé la vista, vi frente a mí a un tipo vestido de túnica negra y sobre su cabeza un gran capuchón. Al estar de espaldas al sol, la sombra le cubría el rostro por completo.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó.

No pude responder, tenía la boca seca y adormecida. El tipo se acercó y me ofreció una mano. Intenté levantarme, pero no fui capaz de nada. Entonces, me echó sobre sus hombros con todas sus fuerzas, y en ese instante cerré los ojos. Cuando desperté, me encontraba en una pequeña tienda que se movía de un lado a otro. Estaba sobre un enorme animal que parecía elefante, pero tenía cabeza de reptil. Lo maniobraba el tipo de las vestimentas negras.

—Dormiste varias horas, hombrecito. Ya estamos cerca de Epep Aburey.

— ¿Qué es eso?

—Es mi pueblo, Igor.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Nosotros sabemos todo lo que sucede en esta y otras dimensiones. Cruzamos de un lado a otro, preocupándonos de que el tiempo-espacio no sea alterado por nuestros enemigos —me miró y rió levemente—. Sé que deseas volver a tu dimensión y te ayudaremos con mi gente.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro barbudo y desaseado. Aún no podía ver la cara completa del tipo pero, entre las sombras de su capucha, observé la refulgencia de una mirada severa.

—¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Pepe… Pepe Yeruba.

—¿Pepe Yeruba? —Lo miré con extrañeza.

Se quitó la capucha y de él emanó un potente resplandor que hirió mi vista. Noté que desde su nuca –y presumo que hasta el final de su espalda– nacían afiladas púas negras, que lo diferenciaban de un ser humano. En todo lo demás, se parecía mucho a mí. Tenía en presencia de un guerrero de los tiempos, un sabio sin límites y un guardián del universo, un… ¿Un anciano decrépito? Debía tener al menos unos sesenta años o más, pero demostraba jovialidad en cada uno de sus movimientos.

—Soy Pepe Yeruba, guardián de las dimensiones ocultas del universo.

Mientras el halo que rodeaba su cuerpo se apagaba lentamente, miré hacia el horizonte. Llegamos a una quebrada. Ante mis ojos había un forado de dimensiones colosales, creado por el tiempo o por alguna fuerza superior, alejada de mi comprensión. En su interior había una enorme ciudad. Altos rascacielos y avasallantes domos de plata, que reflejaban el brillo del sol de manera potente, se imponían en medio de pistas aéreas, donde pequeños vehículos plateados circulaban de un lado a otro a grandes velocidades. Al centro de la megalópolis, flotaba una plataforma lisa y plana. Y sobre ella, la titánica y gloriosa estatua de un erizo portando un escudo y una espada.

— ¿Quién es? —pregunté apuntando hacia el erizo.

— Es nuestro dios.

— ¿Un dios erizo? Vaya, eso si es rarísimo.

—Según nuestros antepasados, nosotros provenimos del erizo. Cuentan las leyendas que Erizo peleó contra el gran ojo de Dameus, un ser perverso que se apoderaba de las almas de nuestro pueblo, y logró vencerlo.

—Bueno, al menos viven en paz.

—Vivíamos. Hace algunos años, después de la partida de nuestro dios Erizo a universos lejanos, los hombres-ojo volvieron a apoderarse de nuestra dimensión. Han asesinado a muchos de nuestros hermanos y se han adjudicado la gran ciudad.

—Pero no veo guerra ni nada extraño en esta ciudad.

—Por supuesto, esta no es la gran ciudad. Sólo es nuestro lugar de paso. Pronto, emigraremos a otro territorio más seguro.

Esta sí que estaba buena. Si esta no era la gran ciudad ¿De qué tamaño podría ser la otra que los hombres-ojo habían saqueado?

De cada lado del elefante brotaron enormes alas y paulatinamente comenzamos a volar sobre Epep Aburey, o lo que quedaba de ella. Desde más cerca, la vista era más impactante. No había vegetación, nada de eso, sólo metales y cerámica, al menos eso pude atisbar debajo de nosotros. Me pregunté cómo un pueblo tan enorme podría vivir sin naturaleza. Fuera de ese enorme forado, solo había ripio, montañas y pequeñas ratas. El hilo de mis muchos pensamientos se cortó cuando, a toda velocidad, el animal comenzó a descender. Mi estómago –a pesar de no haber comido nada– se revolvió y no pude evitar vomitar.

—Amigo, deberíamos ir un poco más lento. ¿No crees?

—No, así está bien. La hermosa Lubeth nos espera.

— ¿Quién es Lubeth?

—Mi hija, la futura guardiana de todas las dimensiones.

Llegamos a la azotea de lo que parecía el palacio principal de la megalópolis. Varios hombres vestidos igual que Pepe Yeruba, se acercaron a nosotros. No me miraron ni me dirigieron la palabra. Tampoco los saludé. Cuando bajamos del animal, Pepe Yeruba les habló.

—Hermanos, les presento a Igor, viajero errante proveniente de una lejana dimensión. Quiero que lo atiendan bien. Denle ropa y entréguenle una habitación.

—Así será señor. —Me miraron de pies a cabeza, no con demasiada cortesía.

—Gracias por tu hospitalidad —le dije—, pero en realidad, preferiría volver pronto a mi dimensión.

—Y así será, pero antes, debes alimentarte bien, porque es un largo viaje antes de llegar al portal.

Lo que faltaba. Otro largo y estúpido viaje para poder volver a casa. Esa huevada ya me estaba hartando, pero lamentablemente no estaba en posición para oponerme ni negociar.

Nos dirigimos a una de las altas torres plateadas. Me llevaron a una sala en dónde había comida, mucha comida. No se parecía en nada a lo que alguna vez había probado, pero sabía bastante bien.

—¿Qué es esto? —le pregunté a un tipo que me observaba comer. Parecía ser un sirviente.

—¡Oh! ¿Se refiere a su comida?

—Sí.

—Bueno, es un plato muy popular en Epep Aburey. Le llamamos Alabd. Son hierbas de las montañas. Deliciosas ¿No?

—Pues sí, saben bastante bien. ¿Podría darme un poco más?

Después de comer, descansé durante al menos dos horas. Luego, ofrecieron darme un baño de agua tibia. Acepté gustoso. Estaba sucio. En realidad, estaba bastante sucio. Para ser sincero, olía mucho peor que un zorrillo después de haberse revolcado en una enorme plasta de excremento. Algo en verdad, muy poco apropiado.

Una muchachita muy linda me cepilló la espalda. La miré por el reflejo de un espejo, haciéndole señas y guiñándole el ojo, pero ni me infló. En fin. Me vestí y me dirigí hacia la puerta principal. Allí estaba el sirviente –luego supe que su nombre era Feth–, esperando para llevarme ante Pepe Yeruba y su hija. Caminamos por extensos pasillos plateados. Las murallas estaban revestidas con oro puro y las puertas que conducían a las habitaciones de los ciudadanos parecían ser de cristal. Llegamos a un enorme salón. El blanco de sus murallas provocaba una fuerte refulgencia a la que costaba acostumbrarse. Me senté en los cómodos sillones de cuero blanco y esperé. Desde uno de los pasillos, apareció una silueta. Era la mujer más hermosa que había visto en toda mi perra, asquerosa, detestable y miserable vida. Vestía una túnica blanca y caminaba descalza por el pasillo cristalino. Sus cabellos largos y rubios caían en cascadas por su hermoso cuerpo. Se acercó a mí y me sonrió. Noté que tenía púas en su espalda, pero eso no importaba, era maravillosa. Creo que fue amor a primera vista.

—Tú debes ser Igor —dijo.

—Así es —respondí con un tono más masculino de lo normal, pero en realidad estaba cagado entero de los nervios. Esa preciosura hacía que mi corazón latiera a diez mil por hora.

Detrás de ella, apareció el anciano. Vestía un traje del mismo color blanco que su hija. Ambos llevaban coronas doradas con incrustaciones de piedras preciosas.

—Igor, debes prepararte.

—Claro, estoy más listo que nunca Pepe.

—Eso es bueno, no todos los días tenemos batalla.

—Perdón, ¿dijo batalla?

—Así es, muchacho, los hombres-ojo se dirigen hacia Epep Aburey. Capturamos a veinte de ellos y encerramos en un lugar seguro. Por la velocidad a la que se transportan, diría que mañana por la tarde llegarán a nuestras tierras, buscando liberar a sus compañeros y acabarnos, claro está.

—Un momento, si me lo permite don Pepe. ¿Qué tengo yo que ver en esto?

—¿Quieres volver a tu dimensión verdad?

—Pues sí, lo deseo con todo mi corazón.

—Entonces, deberás pelear, ya te lo dije. Será un largo viaje antes de llegar al portal. ¿Ves ese monte? —apuntó hacia el pico más alto de la cordillera.

—Sí, lo veo.

—En esa cima se encuentra la puerta a casa. La cuida la gran serpiente de Theromán.

¿Y qué mierda era esa huevada? Por un solo demonio, pensé. La cuestión ya no me gustaba para nada. Ahora resulta que debía pelear contra hombres-ojo para poder volver. Estaba nervioso, pero cuando esos ojitos azules me miraban alegres y coquetos, todo el problema se iba a la puta.

—Igor, tendrás escoltas, no te preocupes —dijo la hermosa rubiecita.

—Así es —dijo el anciano—, varios de mis hombres te escoltarán hasta el gran monte. Una vez allí, debes continuar solo.

No le tomé demasiada atención. Continuaba mirándole los senos a esa hermosa mujer. Me imaginaba con ella corriendo por parques llenos de flores. Bah. ¿A quién engaño? Sólo pensaba en tirármela, pero no como a una mujerzuela, si no como a mi mujer. Pepe Yeruba me miraba como sabiendo lo que me traía entre manos. Me importaba una raja. Si me iba a ir mañana, al menos debía hacer el intento de darme a esa mujer.

—Muy bien, te ves cansado Igor. Feth te llevará a tu habitación.

—Padre —dijo la hermosa Lubeth—, yo lo acompañaré.

—Pero…

—Creo que también iré a descansar. Vamos Igor, por aquí.

—Si claro… —sonreí a Pepe Yeruba, que me miraba con odio y seguí a Lubeth.

Caminamos por los enormes y brillantes pasillos del palacio. Atisbé la grandeza de la ciudad a través de los majestuosos ventanales, por donde entraban suavemente los cálidos rayos del sol.

—Es un hermoso día ¿No lo crees? —me dijo.

—Así es, un hermoso día.

Ella sonrió. Un calor fluía por todo mi cuerpo. Cerré los ojos y me acerqué para besarla, pero Feth apareció de sopetón.

—Señorita Lubeth, su padre espera por usted.

—Enseguida estaré allí, Feth. Gracias por darme aviso.

Feth se retiró. Lubeth me miró y acarició mi rostro. Su mirada penetrante se introducía en todo mis sentidos.

—Nos encontramos al anochecer, aquí mismo.

—Así será.

Me besó en la mejilla y se retiró. Yo me fui a mi habitación y me recosté.

Cuando el sol se ocultó, me dirigí hacia los ventanales del pasillo. Ella estaba allí, esperándome. Me acerqué y la abracé. Entre risas nerviosas, me miraba de reojo. Aunque esas púas me ponían nervioso –ya me imaginaba ensartado en una de ellas–, no podía dejar de observarla. Era tan detestablemente maravillosa que no pude evitarlo y la invité a mi habitación. Ella sonrió y aceptó. Hicimos el amor como nunca antes lo había hecho, siquiera con una escort de Provi. El aroma de su cuerpo me cautivaba por completo. No podía evitar besarla y acariciar su suave cabello. La observé mientras dormía, era un ángel. Diablos, me había enamorado de un ser de otra dimensión. Cuando despertó me miró fijamente.

—Debo irme, mi padre no puede saber de esto, aunque estoy segura que sospecha. Si nos descubre, de seguro te mata.

—¿Matarme?

—Así es y no quiero ponerte en peligro.

—Se las trae el ancianito, ¿eh?

—Ha sido maravilloso, jamás había estado con alguien como tú, gracias.

Me besó, se puso sus vestimentas, y se marchó.

Su aroma quedó impregnado en mis sábanas. Aquella noche no dejé de pensar en ella. Soñé que volvía a mi dimensión, junto a Lubeth, y vivíamos juntos por toda la eternidad. De pronto, sentí un frío terrible. Abrí los ojos, estaba empapado y rodeado por los escoltas de Pepe Yeruba. Y él mirándome con displicencia.

—¡Maldito sinvergüenza, sólo pretendía ayudarte, y tú te aprovechas de la situación desvirgando a mi hija!

—¿Desvirgarla? Por favor señor, si su hija sabía muy bien lo que hacía.

Pepe se lanzó sobre mí y me dio una paliza.

—Don Pepe, yo solo…

—¡Silencio! Llévenlo a la cámara de prisioneros. Mañana le espera un difícil día.

Lubeth apareció por la puerta principal de la habitación. Corrió hacia mí, pero su padre la tomó por la cintura. Lloraba a mares pidiéndole que no me hicieran daño. Él no prestó atención a sus plegarias y fui llevado a una sala muy fría. Estaba acolchada, pero necesitaba abrigarme.

—Mañana veremos si eres tan valiente. Nadie se mete con mi hija asqueroso estúpido.

La puerta se cerró y la oscuridad se apoderó del lugar. No pude dormir hasta altas horas de la noche. Desperté y los hombres encapuchados me tomaron por los brazos y me llevaron a la azotea del palacio. Ya era de día. Allí estaba Pepe y Lubeth, que me miraba con profunda tristeza. Una enorme astronave esperaba para llevarnos a la montaña donde la gran serpiente de Theromán cuidaba el portal.

—Padre, déjalo ir —dijo Lubeth.

—Guarda silencio, no mereces ser escuchada por mí.

Un encapuchado se acercó a Pepe.

—Señor, estamos listos para partir.

—¿Qué esperan? A toda máquina.

La nave ascendió lentamente y luego sobrevolamos la enorme Epep Aburey a gran velocidad. Pepe me miraba severamente y yo no decía nada. Sólo quería levantarme y abrazar a Lubeth, pero estaba encadenado a un sillón. Después de mucho tiempo sentí miedo, no sabía qué se traía entre manos el estúpido y moralista anciano. En un abrir y cerrar de ojos, ya nos encontrábamos en el monte. Me empujaron y caí. Lubeth intentó ayudarme, pero el viejo culiao dale con meterse en medio. Les ordenó a sus escoltas que me soltaran.

—¿Querías volver a tu dimensión? Pues no te será tan fácil.

—¿A qué te refieres con eso?

—Bueno, antes de que puedas llegar al portal, si es que puedes, te tengo una pequeña sorpresa.

Lubeth se incorporó, con un grito desesperado, sus púas se erizaron.

—¡Padre! ¡No! ¿Acaso piensas enviarlo a..?

—¡Jajajajajaja!

La desagradable y burlesca risa del viejo me puso en ascuas. Lubeth lloraba sin poder hacer nada. El viejo se acercó a mí.

—Hasta nunca, Igor. ¡Jajajajajaja!

Escupí su rostro y sus escoltas me golpearon.

—¡Llévense a esta mierda!

Los tipos me tomaron y llevaron frente a un gran muro hecho de piedra. Se alzaba a lo largo de la parte media del monte. Grandes puertas de metal se abrieron. Fui lanzado adentro y las puertas se cerraron detrás mío. Me hundí en el espeso lodo. Había un hedor insoportable. La voz de Pepe Yeruba se perpetuó entre los oscuros murallones.

—Bienvenido al laberinto de Epep Aburey. Los hombres-ojo esperan por ti.

Miré hacia arriba, de donde provenía la voz. Pepe Yeruba y Lubeth –que no hacía otra cosa que llorar– estaban ubicados en una torre aledaña a las murallas. No sabía que hacer. Comencé a dar vueltas y a desesperarme. Sentí pisadas en el espeso lodo. Era uno de ellos. Un hombre-ojo que esperaba para asesinarme. Temblé.

(Continuará)

[CC 2012, Andrés Odellober]

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