Final alternativo de SOLTERA OTRA VEZ

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Cristina Moreno - Soltera Otra Vez

Cristina Moreno – Soltera Otra Vez

Por Juan Calamares y Luis Saavedra

Cásate conmigo —dijo el Monito.

Cristina sintió sus labios, la respiración del amor de su vida en su boca y se dejó llevar. Puso las manos detrás de su cabeza y esperó aquel beso, el beso ansiado de la reconciliación, el beso de aquel hombre que la había dejado por otra.

Oh –—dijo Cristina—. Oh, Monito.

Pero el Monito ya se había ido.

Se arrojó sobre la cama, entre sus peluches, y pensó que todo era perfecto, que todo se había solucionado. Pero no, nada es tan fácil como se cree. No solo estaba el Monito y su propuesta de matrimonio y su cuerpo perfecto y su hermosa cara. También estaba Álvaro, el salvaje y pendenciero, el vaquero que la hacía sentir calor y la hacía sudar, que la exasperaba al punto de…

Oh, Dios.

Cristina se quedó dormida y soñó con su boda. Era una novia radiante y había multitudes que la ovacionaban y se vio bajando los escalones con la cola del vestido larga como una serpiente blanca. Magnífica como una princesa a caballo, pero cuando volteaba a besar al novio, justo antes de subir al descapotable que los llevaría al cielo, veía que no tenía rostro, que en lugar de carne tenía huesos, que era una espantosa calavera. Entonces miraba sus manos, que también eran de hueso, y gritaba y la multitud que la ovacionó, ahora se reía porque se había casado con la muerte. Despertó gritando.

¿El mismo sueño de siempre? —dijo Saavedra Grillo.

El mismo, el mismo. No sé qué hacer. Oh, Saavedra, Monito me pidió matrimonio.

Saavedra Grillo voló alrededor de la cabeza de Cristina sobre su nube de magia, mientras meditaba alguna solución. La mano en la barbilla y los ojos entornados.

Creo que Monito no te conviene.

¿Ah, no?

De partida, Monito te traicionó con una perra de 18 y ahora la dejó porque quedó preñada. Si quiere volver contigo es por miedo a la paternidad. Monito es un cobarde.

Pero, ¿y Álvaro?

¡Ay, Cristina! Álvaro es un idiota y mujeriego. Te gusta porque no respeta las reglas, porque es un salvaje como Remigio Aras… pero yo también soy un salvaje, aunque de otra especie. —Saavedra se puso las manos en la cintura y miró hacia el horizonte, igualito que James Dean.

Sí, jaja, salvaje. Entonces quedamos en las mismas.

No, hay más opciones.

Entonces Saavedra le dijo a Cristina que no todo en la vida eran galanes, que en el mundo también valían los hombres comunes y corrientes y que si quería casarse debía pensar en ellos. Así que le dio la dirección de un tal Juan Calamares que era mecánico y tenía su taller en las inmediaciones del Cementerio General y, por lo tanto, debía oler a muerto. Cristina fue donde Calamares y lo primero que vio fue un tipejo gordo y engrasado, metido debajo de un automóvil del siglo pasado, que aullaba como si estuviera vivo. Entonces Cristina dijo:

¿Así que este es mi príncipe azul?

Sí —dijo Saavedra—. Vamos, háblale y descubrirás que es un poeta.

¿Poeta?

Así es. ¿No te parece sexy?

Se rebajó el hombro de la camiseta, lo justo para descubrir la tira del sostén y se acercó aún no muy convencida:

Buenas tardes.

Vaya, vaya. Así es, buenas tardes —respondió el tipejo, arrastrándose de debajo del auto.

No era un espanto integral. De hecho era apuesto debajo de toda la grasa de automóvil, que lo emparentaba con un luchador grecorromano. De hecho tenía la sensualidad de uno de ellos. Y de hecho, realmente hablaba como poeta:

¿No me diga que San Pedro abrió sus puertas para que los ángeles visitaran la Tierra?

Oh —fue la única respuesta de Cristina, poniéndose las manos en el pecho, tratando de ahogar un suspiro de súbita excitación—, oh.

¡Y parece que este angelito es de los más lindos!

¿Qué te dije? —dijo Saavedra, apareciendo por el hombro de la mujer.

¡Cállate, idiota!

¿Con quién está hablando, dama?

Con nadie, con nadie.

Pero, qué torpe soy, ¿cómo me dirijo así a una de las creaciones de Dios?

¿Ah?

Si dices que no hablas con nadie, entonces no hablas con nadie. Me disculpo ante ti, imagen viva de Cleopatra. —Y diciendo esto, Calamares clavó una rodilla en el suelo para tomar la mano de Cristina. Besó sus delicados dedos uno a uno y continuó hablando con bellas palabras sacadas del Quixote y de todos los viejos mamotretos del mundo. Cristina se deshizo y le pidió a Calamares un segundo para ir al baño.

Debo reconocer que es mucho mejor de lo que imaginaba —dijo Cristina.

¿No te dije? —respondió Saavedra Grillo con aires de suficiencia—. De hecho canta como los dioses.

Cristina se puso las manos en el pecho. Le costaba respirar con normalidad.

¿Entonces qué?, ¿le pido que se case conmigo?

¡Cristina! ¡Te arrastras como un gusano!

¡Pero es que tengo 36 años! —hizo un mohín de desesperación.

¡Uff! Pero si le dices eso, lo vas a espantar. Sicología masculina. Calamares quizás tenga muchas pretendientes. Invítalo a salir primero.

Bueno, ya, oh.

Cristina regresó con Calamares, pero no se encontraba cerca ni debajo del auto. Lo llamó: ¿señor, hola? Pero no aparecía por parte alguna. Entonces se metió al taller y lo escuchó hablando por teléfono:

Oh, sí, ¿de verdad? Me quieres cortar el teléfono. ¿Por qué me quieres cortar el teléfono? ¿Qué, que soy un imbécil? Bueno, ¿y? No, para nada. Ay, sí, si sé que tienes novia. ¿Cómo?, ¿que no te gusta que te llame?, ¿que ni aunque te dieran un millón de dólares? Ah, sí, claro, amenázame con la policía, no me importa. Tú te lo pierdes. ¿Hola, hola?

Calamares se expresaba con muchísima afectación y ya no parecía aquel machote o bien sí, parecía un machote, pero de aquellos del tipo oso de las tabernas sadomaso europeas.

Cristina regresó con Saavedra.

¡Idiota! ¡¿Cómo no te diste cuenta que era gay?!

¡Nooo!

¡Sí! Estaba ahí sobándose el pecho y enrollándose el cable del teléfono en los dedos.

¡Ugh, qué gráfico! Quizás hablaba con Tirapegui.

¿Y ése? ¿Otro de tus “candidatos” que quieres presentarme?

No. Todo el mundo adora a Tirapegui, pero él es muy macho. Además ya tiene dueña.

Entonces, ¿Tirapegui no es..?

¡No!, para nada y Calamares tampoco. Solo que Tirapegui es muy guapo y todos estamos un poco enamorados de él. No puedes culparlo. Es una lástima que no esté desocupado.

¡Pero igual preséntame a Tirapegui!

Y Saavedra respingó la nariz: —No, Cristina querida, él no está a tu altura. Definitivamente no.

¡Pero, putas, me desesperas!

Descuida, tengo otra carta —dijo Saavedra—. Se llama Remigio Aras.

Caminaban por el cementerio y la gente se daba vuelta a mirar a aquella idiota que hablaba sola, temiendo que el dolor por un pariente la enloqueciera: —¿Y quién es ese?

Oh, un hombre muy inteligente y dulce. Ya lo conocerás.

Tomaron una micro del Transantiago y Cristina soportó estoicamente durante treinta minutos el olor a roto que inundaba el vehículo, jurándose nunca más olvidar su Volkswagen Beetle con sunroof. Se apearon en la Biblioteca de Santiago.

¿Y qué es esta construcción en esta explanada?

¿En serio, Cristina?

En serio, nunca bajo de Plaza Italia, es un mundo nuevo y desconocido para mí.

Es una biblioteca.

¿Y sirve para?

Hay muchos libros dentro.

¿Y sirven para?

Olvídalo. Lo importante es que pronto conocerás a tu Adonis.

Al fin, ya no puedo controlar mis histerias uterinas.

Dentraron para adentro, que no es lo mismo que salir para juera. Cristina se sintió intimidada por los niños leyendo cómics en las mesas y los vejetes conversando en Chatroulette en los computadores de las salas. “¿Es necesario todo esto solo para obtener un poco de paz sexual?”, se preguntó, pero Saavedra Grillo la instigó diciéndolo que, cuando se acabara el mundo el próximo 21 de diciembre, apenas tendría un par de meses de baterías para su vibrador. Cristina apretó el paso.

Remigio Aras se encontraba de espaldas, sumido en un libro sobre Durero. El estudioso del arte mesaba su barba con detenimiento cuando Cristina se apareció delante de él.

Supongo que de leer tanto me he quemado el coco porque la única belleza que rivaliza con usted es la de Dios —dijo ensoñadoramente el artista.

Oh. —Y Cristina sonrió nerviosamente, una oleada de fuego subió por sus piernas.

¿Qué tal te quedó el ojo? —le musitó al oído Saavedra Grillo.

¿Me puedo sentar?

Por supuesto, adelante.

Gracias. Estaba… ¿leyendo?, ¿lo dije bien?, en ese rincón y, cuando lo vi, me pareció una cara conocida.

¿Podría ser en otra vida? Usted, por ejemplo, sería Marina Gamba y yo Galileo Galilei.

¿Quién, perdón?

Una cortesana del siglo XV que estaba perdidamente enamorada de uno de los máximos científicos de todos los tiempos.

¡Ay, qué romántico sería!

Marina le dio tres hermosos retoños ilegítimos.

¡Sí! Una historia de amor desengañado, pero fiel.

En todo caso, yo sería mucho más considerado.

Por supuesto, usted luce apetito… er, culturoso. —Y luego le extendió la mano—. Me llamo Cristina.

Aras se paró como picado por un alacrán y declamó: —¡Pero qué torpe soy!, mi nombre es Remigio Aras, artista integral.

Aras tenía un buen físico, no muy musculoso, pero bien mantenido. Sus ojos transmitían paz y sabiduría. Llegando a la ingle, el pantalón parecía estar bien ajustado. Besó la mano de Cristiana con gesto teatral.

Ah, en mis tiempos mozos, yo también hacía lo mismo —interrumpió Saavedra Grillo—. Regalaba flores y agua de las Carmelitas.

¿Qué le parece, Cristina, si iniciamos nuestro romance ahora mismo?

No tengo ningún problema, Remigio, ¿le puedo decir Remigio? —Y la fémina estiró el bello hociquito para recibir el primer beso.

Pero fue en vano.

Ah, hacía tiempo que no pololeaba. Es tan divertido. —Aras sacó una figurita de la princesa Leia de su maletín—. Esta será usted.

Cristina abrió los ojos para mirar fijamente el juguete original de 1980 de Mattel: —¿Cómo? ¿Qué es eso?

La princesa Leia Organa Solo, querida, senadora del planeta Alderaan. Es un gran cumplido para usted, una demostración de mi amor. —Pero el inexpresivo rostro de Cristina puso nervioso a Remigio—. ¿No ha visto Star Wars?

La verdad es que no. —Y luego, dirigiéndose a Saavedra Grillo, que se refugiaba debajo de una mesa—. ¿Me presentaste otro tarado, enano maldito?

Por favor, espere, mi amor. —Aras sacó otra figurita—. Y este seré yo: Optimus Prime. “Mooore than meeet the eye”.

Pero yo esperaba algo más… real.

¡Lo es, amada mía, pero de esta manera tendremos muchas más aventuras! —Acercó los juguetes e impostó la voz para simular la de Cristina al besar a Optimus—. ¡Oh, Remigius Prime, te amo! ¡Muac!

¡Yo no sueno así!

Cristina se sintió desfallecer. Otro fracaso en su superficial existencia. Mientras se alejaba en forma disimulada, no podía dejar de ver a ese hombre-niño jugando y gritando “¡Kaboom!” y “¡Poder de rayos láser a mí!” y “¡A tu lado, Remigius Prime, soy tan mujer!”.

¡Vámonos, Saavedra Grillo! —dirigió un par de miradas asesinas al duende—. Er, adiós, Remigio Aras, fue un gusto conocerte.

¡Adiós, amada mía! Te pierdes toda la diversión acá. ¿Te veo mañana? —Pero solo era una fórmula de Aras, porque continuó entusiasmado sus aventuras en el planeta Locolandia.

Caminó enfurecida y detuvo un taxi. “Hombrecito, lléveme a la civilización”, indicó y le entregó un billete de veinte mil pesos. “¡Con esto la lle’o hasta Arica, dama!”, fue la ingeniosa réplica. “No es necesario, yo vivo en Las Condes, déjeme por allí”. Por supuesto, Saavedra Grillo había desaparecido. Mientras la ciudad repleta de ciudadanos feos pasaba por afuera de su ventana, Cristina buscó refugio en canciones simplistas de su iPhone, que la indujeron en un estado de somera melancolía cool. Francisca Valenzuela, la musa de la gente linda, atacaba el piano y se desgarraba. ¿Sería mejor optar por algo más sencillo como quedarse soltera? ¿Qué tan malo podía ser? Las mujeres a través de la Historia se han quedado solas y han salido fortalecidas. Sí, alguna más amargada que otra, pero no murieron y la mayoría renació. El amor vino después, como un animalito que ya no puede permanecer alejado. Quizás fuera eso, la insistencia, forzar situaciones que solo sucedían en la imaginación romántica. Como vio en esa película con tan buena música, la exposición continuada a la música británica traía como consecuencia una tristeza y unos ideales que estaban reñidos con la realidad. Ya lo decía Adele: que no importaba y que alguna vez encontraría a otro como él, quien fuera que sea, y que desear lo mejor para ambos, aún así separados, era lo correcto. Querer morir de amor se puede, lo había visto en tantas oportunidades. Querer morir de furia, solo los tontos querrían hacerlo. Querer morir simplemente de soledad era algo que ahora podía descubrir. Pero qué tonta, ¿por qué no querer vivir? Querer vivir de verdad, libre, sin obsesiones… Francisca terminó de cantar en Hendaya.

La puerta de su departamento se abrió en silencio, se sacó los zapatos de taco aguja y descansó de ese día horrible que parecían haber sido miles. Se deslizó hasta su habitación en la oscuridad creciente del desvanecido día, pero la luz se encontraba encendida. Miró por la rendija de la puerta, ahí estaba ese maldito enano de Saavedra Grillo, ahora se iba a enterar quién era Cristina Moreno. Pero en el momento que iniciaba su vengadora entrada, se dio cuenta que el ser lloraba silenciosa y desconsoladamente. En sus momentos, Saavedra tenía una foto de Cristina toda ajada.

¡Ay, Cristina! Si tú supieras cuánto te amo en secreto, pero no puedo decírtelo. ¿Amarías a alguien como yo que no tiene el físico del Monito ni la simpatía de Álvaro? —Continuó llorando y las lágrimas cayeron sobre la mejilla de la imagen para secarse al instante—. Todos esos pasteles que te he presentado son meras distracciones. Yo no quiero que te pongas a pololear, porque entonces te olvidarás de mí y desapareceré.

Cristina sintió un golpe terrible en su corazón, como la mano de Dios apretándolo. La fidelidad y el cariño de ese amigo la conmovió. Pensó en todas las noches en que abrió su corazón al duende, en cómo le debió afectar. Entró en su habitación con lágrimas en los ojos:

Me equivoqué contigo, amigo.

Saavedra Grillo dio un salto y guardó la fotografía detrás de sí.

¡¿Qué haces aquí tan temprano, Cristina?!

Es mi departamento.

Ah. Sí, pero esperaba que fueras con tus amigas a un happy hour.

¿Crees que tengo ganas de celebrar algo?

No, pero con lo superfi… er, bienhumorada que eres, te repones rápido a las situaciones.

Ay, mi gatito lindo, he llegado a un punto de inflexión en que ya solo quiero estar sola.

Lo siento, no quise ofenderte. ¿Tú… viste algo raro cuando entraste?

Así es, amigo, al fin supe de tu gran amor, pero…

¡No, por favor!

Sí, mi gatito. Yo quiero que sigas siendo mi mejor amigo. —Cristina bajó la mirada. No quería ver a Saavedra Grillo viniéndose abajo—. Si pudiera transformarme en alguien de tu especie, yo quizás…

El silencio. El silencio que se transforma en algo ensordecedor, en un torbellino que ruge alrededor y no destruye nada. Nada que esté fuera del corazón. Al fin Cristina tuvo el coraje de levantar la vista. Saavedra Grillo parecía calmado, como si saberlo de boca de Cristina hubiera acabado con la incertidumbre. La misma paz que experimentan los condenados a muerte.

Amigo, si hay algo que pudiera hacer para aminorar tu dolor, yo…

Bueno, ahora que lo dices, tengo una fantasía recurrente.

¿Qué?

¡Nicole, pasa!

La Flexible entró con un negligée transparente, parecía sorprendida: —Holi, ¿esto es un sueño? Estaba en mi camita quedándome dormida.

¡¿Y esto, gatito?!

¡¡Ah, por favor!! —respondió el duendecillo—. No me puedes culpar, ya no aguanto más. Todas estas noches viéndote las tetas cuando te bañas. ¡Por favor, regálame un cuadro plástico!

¡Pero tú sabes que yo no soy así!

¿Y qué sé yo? Yo no vi la teleserie. Por favor, Nicole, adelante.

¡¡Wiii!! ¡Vivan los sueños! —La Flexible le saltó encima a Cristina y le plantó un beso con lengua de esos que Saavedra Grillo había visto solo en RedTube. El enano vicioso sintió que salivaba y algo se abrió paso allá abajo. Cristina finalmente dejó de luchar y aceptó que le gustaba esa nueva sensación. El cuerpo de Nicole era tan tibio y suave, y se movía con la precisión de una odalisca. Los dedos de su ex-rival se deslizaron debajo del calzón de Cristina y La Flexible rió—. ¡Ja-ja-ja! Parece que a alguien le gusto mucho.

¡Cuántas cosas me hubiera ahorrado de haber sabido! ¡Qué pérdida de tiempo son los hombres! —celebró Cristina, y luego a Saavedra Grillo—. ¡Qué sorpresa me diste!

De nada —dijo el duende con voz ronca. Se metió la mano en la entrepierna y recogió con la lengua la saliva que casi caía de su boca.

FIN

Cristina se deshizo de su ropa. A la Flexible no hubo que despojarla de nada, el negligée pronto se hizo pedazos con el contínuo trajineo de los cuerpos blancos. De pronto, Cristina entendió el término “scissors sisters” cuando sus cuatro labios se conectaron y sintió el eléctrico latigazo de las terminaciones nerviosas enviando diez mil voltios a su córtex. La Flexible bamboleó sus pechos marcados por el bikini. Los pezones grandes y rosados la llamaban, los quería tocar frágilmente con la punta de la lengua, haciendo círculos perfectos y húmedos. El primer quejido de la rubia resonó en su oído como la Trompeta del Apocalipsis y sintió una especie de miedo ceremonial que aceleró su pulso. Ella misma emitió un largo quebranto modulado por la cabalgata que se hizo más intensa. Saavedra Grillo miraba congelado, con excepción de esa mano pecadora que se agitaba con espasmos; en alguna parte de su cerebro había una fiesta y miles de personas gritaban y se tiraban al piso en estados extáticos. Cristina lo vio venir: un globo rojo y gigantesco que ya no podía ser retenido. Besó a Nicole con pasión, reteniendo su mandíbula con una mano violenta. La Flexible hincó sus dedos en uno de sus glúteos y la obligó a acelerar más sus caderas. El aliento ya no era más una cuestión personal, Cristina aspiraba para Nicole, Nicole expiraba para Cristina.

¡Argh, ya no puedo más¡ —aulló Saavedra Grillo y luego cayó preso de contracciones largas y sostenidas.

Cristina cerró los ojos. Detrás de sus párpados el globo rojo explotó en cámara lenta y retuvo en un abrazo intenso a La Flexible, que se tensó y emitió un aullido ronco, sin precedentes. Volvió a abrir los ojos y la habitación estaba iluminada con la luz interior de todas las cosas, así tenía que ser la visita de Dios. Rió porque la vida estaba allí.

FIN

¡¿Qué pasa aquí?! —El Monito entró desnudo y glorioso.

¿Qué pasa aquí? —respondió Cristina, tratando de cubrir sus partes pudendas.

¡Qué pasa aquí! —Saavedra Grillo despertó de su letargo posorgásmico.

Holi. —Nicole lucía adorable y decorativa como siempre.

¡Malditas perras! ¿Creían que esto se iba a quedar así?

No es lo que te imaginas. —Cristina observó la erección del Monito y supo que iba en serio—. ¡Saavedra Grillo, haz algo!

Creo que mi magia se volvió loca cuando me fui cortao —respondió con miedo el duende—, pero estoy tan cansado que no tengo energías para revertirla. Discúlpame, Cristina, tengo que irme. Dejé la lavadora funcionando.

¡Silencio! —gritó el hombre.

Y Saavedra Grillo volvió a desaparecer. Monito se abalanzó sobre ellas y las atenazó del pelo, mirándolas con furia: —¡Ahora van a saber lo que es bueno! ¡Álvaro, ven pa’ca, weón!

Álvaro entró vestido de reluciente látex sobre tacos de diez centímetros. Una máscara cubría su cara; allí donde debería estar la boca, solo quedaba un cierre. Con su vara de mando, golpeó las paredes y el sonido pareció un trueno.

¡Mmmh-mh! —Aunque no se le pudo entender, se notaba que Álvaro tenía algo en mente.

Ambos hombres se turnaron para penetrarlas de la forma más envilecida y salvaje. La Flexible se adaptó rápidamente, no por nada le decían así. Fue extraño para Cristina comprobar que aún en las condiciones más terribles, Nicole parecía conservar la inocencia, lo que hacía que los hombres la desearan con más locura, como queriendo consumirla, destruirla. ¿Podría ella alcanzar ese nirvana? Quizás no, porque se sabía una mujer muy distinta, pero qué perdía con intentarlo. Como siempre, la respuesta estaba al otro lado del valle que tendría que cruzar para saberla. Adueñándose de una seguridad que no se conocía, montó sobre Monito y se imaginó que era una de las jinetes del Apocalipsis que venía a destruir el mundo.

FIN

Me parece que aquí es la reunión —Remigio Aras e I.C. Tirapegui entraron en escena, aunque vestidos. Llevaban ajustados pijamas verdes y antifaces negros. En el centro de los pechos, el símbolo de un anillo.

Me parece que no —respondió Tirapegui y su figura luminosa encandiló a todos.

¡Esto ya es absurdo! —Cristina se incorporó sin pudor, qué objeto había en tenerlo después de ser sodomizada—. ¿Y ustedes cómo llegaron acá?

A mí me invitaron de orador a la Reunión Anual de los Linternas Verdes —siguió hablando Aras—. Me llegó un correo electrónico que me decía que era necesario que trajera a mi gran amigo Tirapegui. No entiendo por qué si conmigo bastaba, ya que me conozco todos los arcos argumentales de los últimos sesenta años desde que era un héroe místico hasta la creación de los otros anillos de colores, además que…

Pues no, aquí no hay nada de esas ñoñerías —Cristina se sintió respaldada por los demás con airadas expresiones de apoyo, aunque tuvo tiempo de reflexionar sobre el cuerpo de I.C.—. Aunque él puede quedarse, desgarraría su disfraz con los dientes.

¡Sácale las garras de encima, zorra! —Calamares se interpuso ante Cristina, saliendo de un agujero en el techo. “No recordaba ese agujero”, se dijo la mujer, “Mañana llamo al maestro sin falta”—. Yo los engañé para que vinieran, Saavedra Grillo me indicó que iban a hacer la media orgía. ¿Qué mejor oportunidad para estar con mi amor imposible?

Calamares se abalanzó sobre Tirapegui que emitió un alarido de terror. Rodaron por el suelo hasta un rincón en donde nadie los molestaría en su lucha frenética.

Bueno, debo decir que me siento defraudado —dijo Aras—, pero ustedes se lo pierden. Linterna Verde es uno de los mejores cómics de superhéroes.

Cristina se ablandó: —¿Y por qué no te quedas, Remigio? Hay harto espacio para todos.

Si lo pones así, acepto. Hace tiempo que no participo de orgías. Tú serás la Princesa Leia. —Se echó en el suelo y sacó cinco figuritas de acción que empezó a despojar de sus vestidos, menos a Remigius Prime que ya venía desnudo.

Por lo menos no te vas a aburrir. —La mujer miró a los otros que retozaban—. ¡Oigan, no continúen sin mí!

Se zambulló de nuevo en la corporalidad de su grupo. El mundo de Cristina se derrumbaba y recomponía a cada minuto. Sumida en oleadas que subían y bajaban, sudorosas y cálidas, su individualidad se quebró y dispersó. Todo era una infinita banda de moebius compuesta de piel, quejidos, apéndices. Ella era todo ese organismo que utilizaba como combustible el placer. “Ojalá durara cien años”, pensó y sus manos se deslizaron por topografías de colores y texturas hasta que entró algo discordante en su campo de visión. Un hombrecillo esmirriado, sentado a su lado con evidente expresión de felicidad, los observaba. Le recordó a Juan Pablo Queraltó, solo que tenía la tez blanca y los ojos claros.

¿Y tú quién eres? —preguntó ella.

Miguel Ferrada, para ustedes no tiene significado, así que no se molesten. Sigan, nomás. A mí me gusta observar.

Y entonces, la puerta de la habitación se volvió a abrir. Don Francisco y Pepe Yeruba entraron y quedaron estupefactos.

¡Mira, Mario, como en nuestros tiempos! ¿Te acuerdas?

FIN

¡Qué dice el público! —gritó Don Francisco.

FIN

[CC 2012, Juan Calamares y Luis Saavedra]

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