Laboratorio de Mentiras: Molloch, por Juan Calamares

Estándar
the getaway, por rudy faber

the getaway, por rudy faber

Molloch

Laboratorio de Mentiras es un espacio de los erizos dedicado a mostrar sus trabajos más extensos de ficción como novelas o guiones con la intención de obtener una respuesta sincera de los lectores. En esta sección se muestran capítulos y borradores para probarlos para futuras publicaciones, saber por donde va la mano. El presente post corresponde al proyecto de Juan Calamares, Molloch, una novela que es una road movie y también la historia fantástica de una chica y la descripción de la locura de Víctor López. Esperamos sus comentarios.

Por Juan Calamares

¡Santo Nueva York, santo San Francisco, santo Pretoria & Seattle
Santo París Santo Tánger, Santo Moscú Estambul!
¡Santo el tiempo en la eternidad santo la eternidad en el tiempo
Santos los relojes en el espacio santa la cuarta dimensión
Santa la quinta internacional santo el ángel en Moloch!”
Aullidos, de Allen Ginsberg

LUNA NEGRA, LUNA OSCURA, LUNA DE HIELO,
LUNA DEL CAZADOR,
LUNA DEL HAMBRE,
LUNA TORMENTOSA,
SAP MOON, CHASTE MOON

1

Cuando Ana Rojas cumplió 20 años, un ángel le habló en sueños y le dijo que sería la madre de todos. Ana no le creyó, era una escéptica. El arcángel además era extraño, tenía toda la pinta de ser un extraterrestre. A ella le había parecido una suerte de mutilado. No tenía el soplo de la divinidad. Esa noche soñó muchas cosas más, pero en la mañana, en medio de las dubitaciones del cansancio el ángel se le volvió a aparecer. “Yo soy una boca, pero es otro el que habla por mí”. Ana sopesó sus palabras. Una lanza dorada la atravesó. Vio la luz. Lo hecho, hecho estaba. Un resplandor como un millón de soles estalló en su ojo y el mundo se detuvo ante ella. Estallido de fuego en el vientre de aquella princesa. Cuando despertó no recordaba nada. Sin embargo tenía la sensación de haber estado expuesta. Sentía lo mismo que sienten las madres de los cerdos después de ser manipuladas. Después bebió algo y encendió un cigarrillo y prendió la tele y se plantó en el sofá durante horas sin ver nada. Si la hubieran dejado caer en el desierto de Gobi, habría estado igual de tranquila. Se durmió frente a la tele y cuando despertó ya estaba oscuro. Tenía la boca seca y amarga de los borrachos, metálica y pastosa. No comió. Se tomó 15 minutos para maquillarse y después se recogió el cabello y observó los resultados y después se lo volvió a soltar. Tomó su bolso y salió. No saludó a a los vecinos del cité porque no le importaba esa gente de mierda. El negro horizonte derramaba las últimas gotas de luz diurna, luz que provenía del otro extremo del mundo. Ana caminó por los faldeos y llegó a la carretera y enfiló al puente. Veía cómo los autos aceleraban y arrojaban destellos circulares que se expandían en la noche. Encendió un cigarrillo y lo aspiró y el rostro se le iluminó y después se le volvió a oscurecer. Los ojos le brillaron cuando un auto se detuvo. El viejo bajó la ventanilla y la miró de pies a cabeza. Ella enarcó las cejas y se mantuvo en la misma postura y le preguntó cuánto quería. Diez mil, dijo el viejo. Ana le pasó una bolsa y el viejo la sopesó y le entregó un billete. El acuerdo estaba hecho. El vehículo aceleró y levantó polvo y toda la tierra rugía sobre ese puente, a esa noche y a esa hora.

Era la una de la madrugada y emprendió el camino de regreso. El mismo recorrido de cada noche por el borde de la carretera bajo los focos rotos a pedradas y la sombra de la colina circundante. El mundo oscuro de los lugares de tránsito, aquel lugar que no era apto para la vida humana.

Chupó el cigarrillo y las mejillas se le ensombrecieron. Su respiración se agitó como la de un viejo, sin embargo tenía 20 años: cabellos largos color ceniza, piel mate y contextura delgada, plana, una chica en plenitud. Belleza clásica al límite de la fragilidad.

El hombre estaba en cuclillas, construyendo una torre con las piedrecillas del camino. Cuando lo vio aceleró el paso, porque el hombre era extraño, como extraños son los hombres perdidos en esas rutas. Cuando estuvo más lejos volteó y lo vio en la misma postura, estático y medio loco, aquel extraño.

Había en esas rutas el desperdicio de los automovilistas y viejas animitas salpicando el camino, con inscripciones borradas por el tiempo y todas ostentaban grafittis y signos fálicos, y Ana sabía que aquello pertenecía a un orden, pero ese hombre no. Ese hombre era una incursión inesperada. Tembló al ver que seguía en el mismo sitio y aceleró el paso porque nunca se sale de esas visiones con la mente intacta.

Ana se esforzaba en subir por la ladera. El sudor le resbalaba por la frente y perlaba el rostro. Escuchó el desplazamiento del hombre, pero al voltear por última vez se había ido. Tuvo que recorrer un buen trecho antes de sentirse en calma.

Las casitas se veían a lo lejos, una tras otra encima de la colina. Las ventanas cubiertas por visillos y adentro los tristes siluetas de los moradores en trágicas posturas de choque. Noche sin luna y sin estrellas. Ana corrió hasta el cité y atravesó la verja de madera de un salto. En ambos lados del pasillo habían casitas de internit y el piso era de madera apisonada. Del interior de las habitaciones se filtraban distintas músicas y también se filtraban los aromas de las cocinas y del encierro y la humedad y el polvo.

Pedro estaba en la puerta de su casa con las manos en los bolsillos y cuando Ana pasó junto a él, sintió la respiración del chico y lo saludó con un gesto de la mano. Pedro dijo:

Hola, Ana.

La chica continuó sabiendo que Pedro la observaba. Era un buen chico, pero de una timidez patológica que resultaba trágica. Uno no podía comunicarse realmente con seres tan tristes.

Entró a su casa y encendió la tele. Se arrojó al sillón y se sacó las zapatillas, mientras contaba los diez mil pesos de la transacción. Diez mil pesos que antes no tenía. Ella era la base de la pirámide del narcotráfico, un ladrillo nuevo frágil y movedizo, no del todo vinculado a la organización. Podía salirse pronto o no salirse nunca. Su nivel de compromiso era variable, porque era del tipo de solitarios que rehuyen los pactos.

Se levantó y se quitó los jeans a saltitos y luego los arrojó y después se quitó la camiseta y el sostén y se fue saltando en puntas de pie al cuarto de baño. El agua tardó en calentarse y solo se metió a la ducha cuando el espejo estuvo empañado. El agua desintoxicándola y sus poros abriéndose ante el chorro ardiente. El vapor nublando el cubículo. Se jabonó a consciencia.

Golpearon la puerta y salió de la ducha, gruñendo. Iba envuelta en una toalla que le cubría desde el pecho hasta los muslos y el cabello lo tenía abierto en hebras que se le deslizaban por la cara. Cuando vio a Pedro se horrorizó y se protegió instintivamente el pecho.

¿Qué haces aquí?

El chico tembló y abrió los brazos para expresar lo que fuera que quisiera decir. Ana se dirigió a la puerta y cogió el pomo, pero Pedro le puso una mano encima.

Escucha, golpeé y no me abriste.

Y entonces tuviste que entrar, así de simple —le dio un manotazo —, quítame las manos de encima.

Ana.

Voy a hablar con tu madre.

Ana abrió la puerta, pero Pedro la cerró.

Escúchame bien —Pedro tomó aire—. Mi madre está hablando con un policía que te está buscando.

Ana se quedó en silencio y trató de leer la veracidad de las palabras de Pedro.

¿Y qué le dijo tu madre?

Que vives acá, que le arriendas una pieza, pero que hoy no te ha visto.

Oh, dios.

¿En qué estás metida, Ana?

Ana no respondió. Se puso los pantalones y el resto de la ropa frente a Pedro.

Tengo que salir de aquí.

¿Porque te busca la policía?

No sé, pero cuando venía para acá un tipo me siguió. —Abrió la boca y se quedó paralizada—. Oh, mierda.

Se fue corriendo a la cocina y regresó con un cuchillo. Lo clavó en un cojín y lo abrió a lo ancho. Cogió cinco bolsitas de cocaína y las arrojó por el water.

Si me quieres ayudar, sal de aquí.

¿Y tú qué vas a hacer?

¿Qué crees tú?

Te vas a escapar.

Ana puso una silla bajo la ventana y se sentó en el alfeizar. Tomó aliento y pasó una pierna para el otro lado.

Te vas a hacer daño.

Pedro, por qué no te vas de aquí.

Deja que te ayude.

Pedro pasó al otro lado y recibió a la chica que cayó en sus brazos y la sostuvo hasta que recuperó el equilibrio. Se veía extraña, tenía la cara verde.

¿Estás mareada?

No, ahora déjame tranquila.

Ana.

Qué.

Espérame, te ruego que me esperes.

La chica vio como el Pedro se alejaba y su primer impulso fue correr antes que la delatara. Pero no lo hizo. Que estoy haciendo, pensó, porque no me largo. Sin embargo, no podía, difícilmente podía avanzar sin sentir vértigo. Oh, mierda, que me pasa, dijo, oh mierda.

Cuando vio que Pedro se acercaba, conduciendo un automóvil pensó que el chico estaba loco.

¿Qué estás haciendo?

Vamos, sube rápido.

Es el auto de tu madre, te va a matar.

Vamos, sube rápido.

Rodeó el auto y subió por la puerta del copiloto. Se retrajo en el asiento, abrazándose el estómago y presionando la zona que se había abultado y endurecido. Pedro arrancó.

Estás completamente loco —dijo Ana.

¿Adonde vamos?

No sé.

Bajaron la ladera y llegaron a la carretera. Había un sauce enorme que se mecía al viento estival y observaron que en sus intersticios aparecía formaciones similares a ojos y esos agujeros de luz eran la mismísima significación de sus vidas en esa noche y en las noches venideras.

Yo opino que demos unas vueltas y regresemos cuando las cosas estén en calma.

Déjame en una parada de taxis.

Aquí no hay paradas de taxis, estamos en la carretera.

Entonces déjame donde sea.

Dejó que Pedro siguiera hablando, hasta que dejó de escucharlo totalmente, como si de ponto se hubiera sumergido en el agua o la hubieran arrojado al espacio o a cualquier otro lugar donde reinara el silencio. Estaba en relativa paz, laxa, las piernas debilitadas por la explosión de adrenalina. Pedro dijo:

¿Ves ese auto que viene ahí?

Ana observó el retrovisor y vio los faros de un vehículo que nacían por la pendiente.

Sí, ¿qué pasa con él?

Que creo que es el auto en que llegó el policía.

No necesitó mirar para saber que lo que Pedro decía era cierto y se recluyó en sí misma, sin mirar lo que pasaba afuera. Las manos agarrotadas alrededor del estómago, la boca ácida.

Aquí viene —dijo Pedro.

El auto se puso junto a ellos y el policía sacó la cabeza por la ventanilla. Los apuntó con el dedo índice y levantó el pulgar simulando que accionaba una pistola.

¿Qué clase de policía es ese? —dijo Pedro.

Giraron en redondo y el policía hizo lo mismo y trató de adelantarlos, pero Pedro le cortó el paso conduciendo en zigzag.

Está loco —dijo Pedro.

El disparo hirió la carrocería y Pedro dio un salto. Ana lo miró, los ojos húmedos y el cabello agitado por el viento.

¿Qué fue eso? —dijo Ana.

¡Nos está disparando!

Pedro le puso una mano en el brazo, para tranquilizarla, pero la retiró en seguida. Pisó el acelerador y salió disparado, echando fuego. El policía loco los chocó por detrás y lo chicos se sacudieron igual que muñecos de prueba, los brazos tendidos al frente, las cabezas sacudiéndose.

Oh–dios —dijo Ana.

Corrían por la autopista como bólidos, como misiles y el mundo quedaba atrás, muy lejos, con todo lo que le compete, todo menos el policía loco.

Nos va a matar —dijo Ana.

Los reflectores estallaron. Por el retrovisor vieron al policía enmarcado en el parabrisas como un muñeco: la cara de cera, sin facciones, decidida, sin furia, sin apremio, la expresión de un experto en video juegos que no pierde la compostura nunca. Atravesaron la curva y entraron a un mundo oscuro. Los faroles apedreados, los vidrios desperdigados por el suelo. Ana creía que aquello era una pesadilla y escuchaba los impactos que salían de la boca de la pistola del loco. Lloraba a mares y vio que Pedro temblaba y escuchó sus dientes castañetear. Se dio la vuelta y vio al policía que se se alejaba. Qué está pasando, dijo. Y vio que del auto del policía salía humo.

Se le estropeó el motor —dijo Pedro.

Ana vio que el policía bajaba de su auto y que sacaba lentamente su arma de la pistolera y vio que la apuntaba. Ana se agachó. Entonces el policía se apoyó en el capó y puso la muñeca derecha sobre el antebrazo izquierdo e hizo fuego varias veces sin dar en el blanco, y luego desistió y se enderezó y los observó tranquilamente con la misma expresión apática.

Lo perdimos —dijo Pedro.

2

Víctor López observó cómo el auto se alejaba y arrojó la pistola al asiento del copiloto. Abrió el capó del Chevrolet, hundió la cabeza en el motor y estuvo así hasta que el rostro se le ennegreció. No sabía nada de mecánica. Marcó el número de Alvarado y le informó su situación. Alvarado escuchó la historia y le dio un ultimátum. López cortó porque no le gustaba que le dieran órdenes.

La noche era fría y se subió el cuello de la solapa y encendió la radio. Sintonizó el programa de Maikol, aquel locutor paranoico que se jactaba de narrar en directo las vidas de los asesinos y que transmitía, según la leyenda, desde un satélite que orbitaba el planeta. López escuchó la voz del paranoico y sintió como lo alimentaba y entonces cogió de la guantera el dedal donde guardaba la coca y le dio un saque. Después se paró en mitad de la carretera, los brazos bien separados de los costados como un superhéroe y esperó a que apareciera un auto. Se fumaba un cigarro tras otro y tosía a intervalos y aquellos ataques tísicos le importaban una mierda y no tenía intención de dejar el vicio.

La noche era oscura, tan oscura como oscuras son las noches en el infierno, pero eso lo tenía sin cuidado. Los reflectores aparecieron por la carretera y crecieron hasta que el vehículo fue visible. Era una camioneta gris con ruedas de doble tracción y llamas dibujadas en los flancos. El conductor bajó y dijo:

¿Algún problema, amigo?

López sacudió la cabeza y dijo que sí.

Se acercaron a la camioneta y el hombre revisó el motor. Se sacó un destornillador del bolsillo de la camisa e hizo palanca en una bujía y dijo que era un problema de embrague. Siempre es un problema de embriague.

Voy por mis herramientas —dijo.

Espere un momento, ¿quiere un trago?

Sacó una petaca del bolsillo del pantalón y se la tendió al hombre. El hombre bebió un sorbo, mirando a López, y cuando terminó de beber sonrió.

Whisky —dijo.

Sí —dijo López—, para estas noches de frío.

El hombre asintió y se apuró a la camioneta. López observó como se alejaba y sintió el peso de la noche, como si la bóveda fuera el cráneo de un enorme animal y él y todo lo habido y por haber en el mundo, los pensamientos de aquella bestia. Caminó tras el hombre y sacó un corvo de su chaqueta y lo blandió al cielo y tomó al hombre por la espalda y le rebanó el pescuezo y la sangre saltó en un chorro hacia delante y el hombre se llevó las manos a la herida. Se dio la vuelta y miró a López, con ojos enormes y se derrumbó sobre su asesino y este se lo quitó de encima con repugnancia y cuando estuvo en el suelo lo alejó con una patada.

López le registró la billetera y se quedó con 40 mil pesos y después arrojó la documentación. Cogió al hombre por los pies y lo arrastró hasta su auto y lo acomodó en el asiento del conductor. Le puso las manos en el volante y los pies sobre los pedales, y giró la llave en el contacto y el motor se puso en marcha. Luego se agachó y presionó el acelerador con una mano, mientras trotaba junto al auto. Cuando estuvo a 5 metros de la pared de roca que colindaba con la carretera quitó la mano y se arrojó al piso y rodó hasta quedar a una distancia prudente. El auto colisionó y se levantaron las ruedas traseras. El cadáver estampó la cabeza contra el parabrisas, que se astilló, y luego la cabeza del hombre rebotó y salió por la ventanilla y quedó colgando con la herida expuesta.

López se acercó al cadáver y prendió un cigarro y sacó el dedal de coca y le manchó las fosas nasales. Aspiró y botó humo y se quedó junto al cadáver, desafiando a quien quisiera contemplar su extraña obra. Con el destornillador intercambió las matrículas de los autos y subió a la camioneta del muerto y encendió la radio y le contó a Maikol lo que había hecho y Maikol le dio su beneplácito y entonces continuó su marcha por la carretera.

[CC 2012, Juan Calamares]

Anuncios

Un comentario »

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s