Vida Fanzinerosa: Un libro entrañable

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Crows, por Nicoletta Ceccoli

Crows, por Nicoletta Ceccoli

Vida fanzinerosa es un espacio de pequeñas columnas que inicié hace diez años en diferentes medios. Mi primer blog se llamó así, a principios de 2005 y que apenas duró seis meses porque es el tiempo promedio que duran. Me gustaría rescatar estos textos, que en su mayoría son cortos, porque hay cierta extrañeza en ellos y porque ya no se pueden conseguir las publicaciones en donde aparecieron. Como si la persona que estuviera detrás de las palabras fuera otra. Me separan años y geografías emocionales desde el momento en que se escribieron. Así que yo no soy su escritor, sino el editor.

Por Luis Saavedra

Te contaré una historia que empieza con “habia una vez”. No creo en que la literatura salve vidas, la música lo hace -esa es otra historia, paradojalmente-, pero si hay libros que se convierten en amigos íntimos en momentos en los que arrecia el odio o la desesperanza. “Habia una vez”, pero no es precisamente así como empieza el amigo que es mi libro, sino con un cuervo huyendo de un tendero, después de robarle una pieza de mortadela. Y no el “había una vez” de cualquier relato en donde no hay cuervos cínicos ni ermitaños que no son magos poderosos, sino uno mejorado en donde hay un cementerio con un fantasma confundido y una chica fantasmal. Era mejor para mí el “te contaré una historia” para días que ya no recuerdo muy bien si eran fríos o si hacía calor, pero en los que había una especie de limo pegajoso de disminución y tristeza. Entonces, que me contaran una historia sencilla, amable y sin estridencias podía ser una cura lenta desde un lugar sin mucho sol, pero la única que estaba dispuesta a escuchar entonces.

Venía de una lectura tremenda de un científico que estuvo allí en el núcleo del auge de la ciencia, a mediados del siglo pasado, escrito como el tañido argénteo de un gong, o sea claro, poderoso y sin titubeos, desde una época cuando creíamos que la técnica nos llevaría más allá de Neptuno y daría la respuesta a todas las preguntas. Fue como un largo desierto con un orador ambicioso y gigantesco al que envidié y odié, pero me puso de rodillas admirando su talento, su mirada omnipotente sobre el mundo, su capacidad de creer que no hay nada bajo el sol (ni a su alrededor) que no pueda ser conocido. Un hombre que tiene por nombre “hombrelibre” solo puede ser un científico. Sobre su libro y Freeman Dyson escribiré alguna otra vez.

Mi siguiente lectura la escribió un chico de 19 años que se inspiró en una estrofa de un poema de Andrew Marvell. “The grave’s a fine and private place / But none I think do there embrace”, la tumba es un lugar agradable e íntimo, pero nadie creo yo la adopta. La traducción es mía, mil disculpas. La ambientación ocurre en un cementerio, pero es como una burbuja que arropa a todos los personajes y los previene del mundo exterior. Y eso también incluye al lector al que hace olvidar que existe todo un planeta que gira porque teme detenerse. La novela está tan llena de vitalidad porque habla sobre el amor y la muerte y te hace navegar por las vidas de muertos y vivos a los que aferrarte con cariño porque los conoces, están en ti y estaban en mí en ese momento. Está el señor Rebeck que ha decidido enterrarse en vida en las profundidades de un camposanto porque no soporta volver a tener una vida; es un lugar que entiende con sus pausas, su tiempo inalterable, los fantasmas que poco a poco olvidan quienes fueron. Está la viuda Klapper, que visita a su amante esposo, pero espera un pequeño empujón para un nuevo inicio, dejarse llevar lejos de una rutina que sabe que al final lleva a la misma muerte. Está Michael y Laura, fantasmas que en vida nunca se hubieran conocido, pero que el azar de la muerte los pone en contacto, y mientras el uno se niega a olvidar, la otra solo quiere disolverse en la misericordia. Y por sobre todos está ese querido y amargado cuervo que roba cosas y tiene esa particular y agridulce mirada sobre el mundo de los hombres y la comunidad del cementerio. Es un libro que susurra mientras duermes, que lees entre ratos esperando que pase un transantiago, que te asombras tenerlo entre manos cuando estás en el patio de tu casa y que lo cierras por su última hoja a las dos de la madrugada preguntándote por qué, si los finales felices no existen porque nada acaba, se tiene que terminar un libro en el que desearías vivir por siempre. Pero entre sus mismas páginas está la respuesta y te repones, y el volumen se convierte en un buen amigo que tienes en una fotografía y que cuando la miras sonríes con complicidad.

La novela es una primera obra de Peter Beagle, un escritor que es mejor conocido por “El Último Unicornio”, también muy entrañable. No parece ni una primera novela ni estar escrita por un pendejo de 19 años que esperó hasta los 22 para verla publicada. Está escrita con energía e imaginación y una visión del mundo como si hubiera cortado todo lo accesorio, todas las complicaciones, todas las ramificaciones, para dejar un núcleo simbólico sobre las relaciones y temores de los seres humanos, vivos o no. Hay un humor tierno y sutil que muchas veces no levanta sonrisas sino que busca un clic en tu mente o corazón (elige tú), que pienso es más efectivo que cualquier aproximación de un humorista chileno. Hay frases preciosas y precarias, pero a la vez contundentes e irónicas como “que los finales felices no existen, porque nada acaba” y “la felicidad de los vivos no es menos breve, desesperada y olvidada que las alegrías de los muertos” y “las estrellas se extinguían, una tras otra, caían como monedas detrás de las antenas de televisión”.

Cuando terminé el libro escribí un largo correo sobre él a una amiga, pero solo me escribía a mi mismo sobre lo que representaba, poniendo en orden lo que había leído y fijándolo en mi mente como una entidad. De haber podido, el correo tendría el nombre de la novela en el destinatario. Hoy día está ahí, en mi biblioteca, cuidándome, sabiendo que de vez en cuando nos cruzamos y nos sonreímos cómplices. Cuando me acuerdo del señor Rebeck, el cuervo y todos los demás, me entran ganas de volver a hojearlo y conversar con todos ellos.

Me parece irreal que un libro constituya una parte de una vida para un lector, pero supongo que todos tienen uno y muchos hablan apasionadamente sobre ellos, pero yo no suelo hacerlo. Y acabo de descubrir que siempre digo que no tengo un libro favorito o que nunca me llevaría diez libros a una isla desierta porque no hay preferencias, pero éste en particular está en un lado de mi corazón que, aunque me olvide, sigue llenando mis días. Me acompañó en horas difíciles y sigue estando a mi alcance cuando lo necesite. Como un buen amigo, como un buen libro, y no hay mejor argumento en su defensa que dejando que te cuente una historia sobre un cementerio y un hombre que decidió abandonar el mundo.

Un lugar agradable y tranquilo (A fine and private place, 1960), por Peter S. Beagle. Editorial Martínez Roca. 1991.

[CC 2012, Luis Saavedra]

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