Las crónicas de Calamares y Saavedra: El falaz manipulador Luis Saavedra

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Por Juan Calamares

¿Por qué la fuerza (la faz del león) se apresta a hacer el mal? Su propósito era herirme y robar la luz que había en mí.
Pistis Sophia. El evangelio de Valentino

Mi nombre es Juan Calamares y soy músico y escritor. He grabado varios discos y estoy pronto a publicar una novela. Tengo una tienda de anteojos y pertenezco al grupo literario Erizo, junto a los escritores Sergio Amira, autor de “Identidad suspendida”, y Luis Saavedra, editor y novelista, publicado en diversos idiomas. Esto es así y es inmutable y constitutivo de buena parte de mi biografía. Pero pasemos a los hechos.

Un día estaba en mi tienda cuando llamó Saavedra. Luis es un tipo extrañísimo con una personalidad fragmentada entre el sabio y el payaso, muy ad-hoc a una hipotética carta del tarot llamada el hermafrodita. Luis quería que lo ayudara a cambiarse de casa el fin de semana. Yo no tenía nada mas que hacer así que accedí.

Estábamos a lunes y por alguna razón pasé toda la semana pensando en la mudanza, como un obseso o como un depravado que tuviese a las casas como fetiche sexual. Algo muy raro, ya que por lo general no le doy muchas vueltas a esa clase de cosas. En fin, el sábado partí a casa de Saavedra.

Quien haya leído mis historias “Calamares-Saavedra”, sabrá que la casa de Saavedra es un rectángulo minúsculo, hecho de latones, pero principalmente de cajones de verduras y que está enclavada en una torre de escombros que domina un gigantesco basural. El lector igualmente, sabrá que la casa de Saavedra no está necesariamente ahí, sino en ninguna parte, o bien en otra dimensión, pues muchas veces sus vecinos no saben que Saavedra existe o bien lo ignoran o se niegan a aceptar su existencia. Como sea, cuando llegué al basural, la casa de Saavedra no estaba.

—¿Qué mierda —dije.

Estaba tan turbado que me puse a dar vueltas en el mismo sitio como un loco, cuando de pronto cuando apareció una turba de chiquillos con una carretilla. La carretilla rebalsaba con algo irreconocible. Una cosa orgánica que crecía y se desinflaba parecida a una rana, pero no una rana normal sino muerta y que ha vuelto a la vida por electroshock. Un ser espantoso. Salí corriendo, muerto de miedo y llegue a casa de Sofía, la vecina de Saavedra.

Sofía es la novia de Sergio Amira y es una chica guapísima, que siempre me está recriminando por faltas de las que soy inconsciente y que me cree un imbécil, cosa que considero totalmente injusta, ya que estoy bajo tratamiento siquiátrico. Llamé a la puerta y Sofía salió. Estaba radiante.

—Sofía.

—Ah, eres tú.

—¿Cómo estás?

—¿Y desde cuando te interesa cómo estoy?

—¿Cómo?

—Si te interesara como estoy me llamarías, una llamada nunca está de más.

Me encogí de hombros. Nunca había entendido a esa chica.

—¿Qué pasó con la casa de Saavedra? ¿La demolieron?

—¿Y yo que sé que pasó con la casa de Saavedra?

—A lo mejor me equivoqué de basural —dije.

Sofía gruñó y cerró de un portazo. Crucé la calle, confundido y llamé a Saavedra. Le costó mucho contestar el teléfono, ya que no sabe usarlo muy bien y siempre está oprimiendo el botón de cortar en lugar del de respuesta. Se puso al habla y dije:

—Luis, estoy confundido.

—Oh, Juan, ya me mudé. No pude esperarte.

—¿Cómo que te mudaste?

—Sí, sí, me mudé.

—¿Y dónde?

—No lo sé. Pero es un lugar muy bonito. ¿Por qué no le preguntas a Sofía?

El teléfono zumbó y se me cayó de las manos y entonces vi a Sofía corriendo como un caballo, con las manos extendidas hacia mí. Me cubrí la cabeza, esperando no sé qué cosa, pero ella me la sostuvo y me hizo mirar al cielo. Entonces vi la colosal torre de Paulmann, aquella torre de Babel hecha de maldad pura donde hombres de todas la razas conviven en amarga pugna por el dominio del mundo. Torre impoluta de espejos y de metales preciosos de conformación mística. Y, coronando la torre, como un cáncer, la casa de Saavedra.

—Oh, dios mío —dije.

Media hora después estaba en la torre de Paulmann, mirando la cima y las nubes monstruosas que giraban vertiginosamente en lo alto. Me metí al ascensor y subí y subí, con el corazón en la mano, el estómago revuelto por la velocidad. Salí a la azotea y entré a la casa de Saavedra.

—¡Saavedra! —grité.

Pero nadie me respondió. Revolví cajones de verduras y dejé todo en desorden, pero solo encontré a su mascota, Perromelón. Cuando el perrito me vio, se puso a saltar en redondo, sobre las patas traseras y me lamió la mano y por más que intenté tranquilizarlo siguió jugando, así que al final le dije basta y se fue a sentar bajo un cajón de verduras, con la cola entre las piernas.

—Hola, Juan.

Di un salto y vi que Saavedra colgaba por fuera de la ventana, suspendido a kilómetros de distancia del suelo. Se movía de un lado a otro, como un idiota del cine mudo, saludándome con las dos manos, el pobre payaso.

—Yo te ayudaré —dije.

Cuando abrí la ventana, el viento me precipitó al interior, pero luché y me cogí del marco y le tendí una mano a Saavedra. Rodamos por el suelo, la ráfaga endemoniada batiendo los objetos y estrellando la ventana contra el marco. La ciudad microscópica danzando en un enloquecido torbellino de colores.

—¿Qué estabas haciendo ahí afuera, idiota?

Saavedra se puso de pie, sacudiéndose los pantalones. Cargaba una botella llena de líquido con un atomizador en la punta. Me miró y presionó la palanca del atomizador y me roció la cara. Se rió.

—Estaba limpiando las ventanas, pss , pss, pss.

Me llevé las manos a la cabeza y me acerqué a la ventana. Vi las calles diminutas, los árboles bonsai y los hombres hormigas desplazándose lentamente en el suelo. Había estado suspendido casi en la cima del mundo para rescatar a un acróbata.

—Estaban muy sucias —dijo Saavedra.

—Eres un idiota. Te mataré.

Me arrojé sobre Saavedra y rodamos por la habitación dándonos de codazos y mordiscos como homosexuales desesperados. Le puse un pie en el cuello, mientras Perromelón saltaba a nuestro alrededor, con la lengua afuera y las patas delanteras a la altura del pecho.

—¡Arrggg, —dijo Saavedra— arrrrggggg!

De pronto llamaron a la puerta.

—Debe ser el conserje —dijo Saavedra. Se masajeó el cuello y se incorporó trabajosamente.

—¿Por qué el conserje?

—Debe de venir a cobrar los gastos comunes. Estoy muy atrasado.

—Esto es muy raro, Luis.

—Sí, rarísimo. —Saavedra miró la etiqueta de la botella con la que limpiaba los vidrios—. Nunca pensé que el desinfectante para verduras limpiara los vidrios tan bien.

Estaba tan acostumbrado a Saavedra que lo que dijera me daba lo mismo.

Abrí la puerta, pero no había ningún conserje, solo una nota arrojada en el piso :

“Don Luis de Saavedra. En vista de los reiterados reclamos de los vecinos, el comité de administración ha decidido expulsarlo del edificio. Atentamente: Sergio Amira”.

—Esto debe ser una broma —dije.

—Sí, porque me llama “Don Luis De Saavedra”.

Arrugué la nota y la arrojé por la ventana.

—¿Cómo llegaste acá?

—¿Al edificio? No lo sé. Desperté y la casa estaba acá. Mi casa se mueve sola. Es como la casa de Jerry Lewis. ¿Recuerdas la casa de Jerry Lewis? Jerry Lewis vivía con toda su familia en una casa que tenía vida propia, la casa hablaba, bostezaba, etc. Y estaba papá Jerry, mamá Jerry, hermano Jerry, y todos tenían la misma cara de Jerry Lewis. Lo mas curioso de todo…

Me puse las manos en la cabeza. (Siempre me estaba poniendo las manos en la cabeza, cuando estaba con Saavedra). Abrí el frasco de antidepresivos y me tragué dos pildoras, una roja y otra negra.

—Saavedra.

—¿Qué, qué, qué?

—Me estoy volviendo loco.

Saavedra sonrió con la lengua entre los dientes y se sentó lentamente en un cajón de verduras. Se llevó una mano a la barbilla a la usanza de los investigadores ingleses y de alguna parte sacó una pipa. La encendió y la chupó, mientras sus mejillas resplandecían con la brasa. Era una estupenda escena de suspenso, pero Saavedra dijo:

—Me compre una nueva pipa. —Arrojó el humo y dijo: —¡cof, cof, cof! Pero no sé fumar, ¿quieres?

—Oh, ya no soporto más.

Caminé hacia la puerta, pero Saavedra me dejó caer las dos manos en los hombros para detenerme. Me sacudí, como si Saavedra fuera un virus, una plaga, pero sentí un escalofrío, un hedor a muerte. Miré a Saavedra.

—¿Qué te pasa? —dije.

La cara de Saavedra se estaba agitando de un lado a otro como en las películas de terror japonesas, sus mejillas bamboleándose y las muelas castañeteando, los ojos girando como máquinas de movimiento contínuo, aceleradas a la velocidad de la luz, el cabello revuelto.

—Jesús —dije.

La cara de Saavedra se detuvo y entonces se transformó. Aquella cabeza había cobrado la forma de:

—¡Sergio Amira!

—Así es, Juan.

No solo se había transformado la cara de Saavedra. Ahora Saavedra era todo Sergio Amira, de los pies a la cabeza. Se había transubstanciado en una materia ajena y estaba aún en proceso de establecerse en su nuevo cuerpo: titilaba en la atmósfera de la habitación, interrumpiéndose a intervalos de microsegundos. Al fin se acomodó en su nuevo cuerpo y dijo:

—Necesitamos hablar.

Entonces su cara se contorsionó y se sacudió tal y como había pasado con Saavedra, aunque Amira no solo sacudía su cabeza; la habitación completa se precipitó de arriba abajo como una ola que arrastrara pura materia muerta. Los cajones de verduras volaron, mientras Perromelón danzaba en el aire, feliz y ajeno a la masacre de identidades de aquellos dos. Las páginas de los libros de Teobaldo Mercado (Savedra es fan de aquel genial escritor condenado) giraban una tras otra, como si un fantasma conocedor del método de lectura veloz las leyera con desesperación. Páginas extrañas escritas por un niño, un loco o un presidiario, o un loco que a su vez fuera un presidiario y estuviera a un paso de la muerte y su cerebro vomitara singulares epifanías de caos y de primaveras marchitas donde todo está patas para arriba.

—¡Stop! –dije. Y todo se detuvo. Amira volvió a ser Saavedra.

—Entonces —dijo Saavedra— la casa de Jerry Lewis era una casa loquísima, pero lamentablemente cancelaron el programa.

Me caí al suelo, gimiendo, porque acababa de comprender mi insania y mi desahucio mental. Estaba aterrado por el destino que se me revelaría, porque siempre a uno se le revela un destino, siempre.

—¿Sabías que entré a un curso de inglés on line?

—Basta –dije–, ¿dónde está Sergio Amira?

Tomé la cara de Saavedra y le metí las manos a a boca y ausculté su garganta a ver si Amira aparecía.

—¿Gien es Geggio Amiga? –dijo Saavedra, le saqué las manos de la boca. Saavedra dijo: —¿Quién es Sergio Amira?

—De verdad, ¿hablas en serio? Crecieron juntos, tuvieron una empresa de exportación de verduras. Es un erizo, como nosotros.

Saavedra se chupó el pulgar y dijo:

—No, no me acuerdo.

—¡Bah, estoy harto! —dije.

Atravesé la habitación y abrí la puerta. Del otro lado estaba Sergio Amira, el pecho cubierto con una armadura de plástico y unas correas que sostenían unas enormes alas de papel maché. Cargaba una espada de He-Man.

—Vengo a cobrar los gastos comunes del señor Saavedra.

—¡Dile que se vaya! —gritó Saavedra.

—Perdí el juicio —dije.

Y me desmayé.

Cuando desperté estaba sentado a la cabecera de una mesa, en un salón. A mi derecha estaba Sergio Amira y en el fondo de la sala había un cuadro con un nombre ilegible, al pie, al igual que la foto: una cosa repulsiva y peluda llena de dientes, un ojo negro y otro rojo.

—¿Qué está pasando aquí? —dije.

Sergio Amira me palmeó el hombro y dijo:

—Don Juan, el comité está muy preocupado por el problema Saavedra. ¿Concuerda usted con que ya se le ha notificado de todas las formas posibles y que ahora debemos tomar medidas más tajantes?

Me puse de pie y dije:

—Por cierto que sí, el problema Saavedra es el peor al que nos hemos enfrentado. Lo único que nos queda es utilizar la fuerza.

Dicho esto, solicité el libro de actas de la administración y puse mi firma en la resolución y se lo devolví a la secretaria–-. Desde hoy, ¡fuera Saavedra!

La gente del comité aplaudió y luego se pusieron de pie y me dieron palmadas en la espalda, a medida que salían de la oficina. Cuando me quedé solo con Amira le dije:

—¿Qué es esto?, ¿por qué dije esas cosas? Yo no soy el administrador del edificio.

—¡Bah, esa fue una jugada para despistarlo! En cualquier momento volveré a convertirme en Saavedra. Debemos actuar rápido.

Había sacado una botella de Jack Daniel’s y ahora bebía directamente del gollete y cuando pasaba junto a mí, me ofrecía, pero yo lo rechazaba.

—Esto no puede ser real —dije.

—Escucha atentamente —dijo Amira.

La habitación estalló sobre mi y Amira volvió a convertirse en Saavedra.

—¿Qué estás haciendo acá? —dije.

—No tengo la menor idea —dijo Saavedra.

Saavedra tenía la botella de Jack Daniels en la mano y la observó y luego se encogió de hombros y le dio un trago.

—Me gusta el whisky —apuró el whisky y se puso borracho. Se sentó a mi lado y me pasó el brazo por los hombros y acercó su boca a mi oreja—. Tú eres mi hermano, mi hermano.

Le di un empujón al lunático.

—Dime, Saavedra. ¿Cómo llegaste acá?

—¿Dónde?

—Acá, al edificio, no tiene sentido.

—Claro que tiene sentido.

Saavedra sacó su pipa y la encendió ahuecando las manos. Su cara resplandeció. Se le había quitado la borrachera de repente y ahora sus ojos estaban serenos. Era un hombre en completo dominio de sí mismo. Apagó el fósforo y lo arrojó y la llama hizo piruetas en el aire. Me miró fijamente.

—Nombre y número.

—Juan Calamares. Rut 13. 657. 987–4 —Me llevé las manos a la boca—, ¿qué estoy diciendo?

—Número equivocado —dijo Saavedra.

Tronó los dedos y me desmoroné. Ahora estaba en la playa con Sofía.

—Te gusta mi traje de baño.

Sofía se dio vuelta para que la observara. Sonreía coquetamente con un dedo en la boca.

—Es precioso —dije—, date una vuelta más.

Se dio otra vuelta y luego dejó caer una de las tiras del sostén y me tomó la cara para darme un beso. Salió corriendo hacia el mar.

—¡Vamos! —dijo.

—Ya te alcanzo.

—Vamos, vamos. —Estaba chapoteando y golpeaba el agua con las manos.

—Ya voy.

Me tapé con la toalla para colocarme el traje de baño, mirándola. La chica se sumergía y emergía a cada tanto y de pronto apareció sin el sostén.

—Me lo robó una ola —dijo riendo.

Corrí a la playa y nos tomamos de las manos. El agua resbalaba por el cuerpo de la chica, los poros electrizados y el cabello lacio.

—El agua está helada.

—Sí, pero si te mueves se te quita el frío.

Yo estaba temblando, los brazos bien pegados a los costados, los dientes castañeteando.

—¿Dónde está Sergio? —dije.

—¿Quién?

—Creo que lo que hacemos está mal. No puedo seguir con esto.

Me soltó de las manos y me dio la espalda.

—Lo siento, me encantaría pero no puedo.

—Tú no estás bien, Juan. Eres raro.

—No puedo traicionar a mi amigo.

—¿Qué te pasa?, ¿de qué estás hablando?

Corrió a la orilla y yo la seguí, gritando su nombre. La encontré de rodillas, la cara cubierta con las manos. Forcejeamos, le separe las manos y la besé con desesperación, pero sus labios estaban fríos. Era una muerta. Una calavera con residuos de polvo de cementerio rodando de las cuencas de sus ojos. Salté de miedo, pero la calavera se quedó en mis manos y entonces una ola me cayó encima y rodé a la habitación con Saavedra.

—Nombre y número.

—Juan Calamares. Rut. 13.657.987–4.

—Número equivocado —dijo Saavedra.

Saavedra me golpeó las orejas con las palmas y retrocedí trastabillando y el basural se abalanzó sobre mí. Ahora era un basural enorme con límites que se perdían en el horizonte. Caminé largas horas en medio de desechos orgánicos y de cosas agonizantes esparcidas en el suelo y de restos de maquinaria herrumbrosa que sobresalía de la tierra como las puntas de los huesos de un extraterrestre. Me dejé caer, exhausto y me arrastré por las rodillas y vi que el sol se había duplicado: un sol negro y un sol rojo. Los titanes derramaban sus brazos de miel a la distancia, colores espantosos de un mundo desolado.

—¿Qué está haciendo acá?

El que había hablado era un chico. Un chico diminuto y flaco, con los mocos colgando y la cara sucia, llena de marcas por las que habían rodado lágrimas recientes.

—¿Qué te pasó? —dije.

—Me pegaron.

—¿Quién te pegó?

—Saaveee…. No sé cómo se llama.

—Yo sí sé quién es.

—Pero yo quiero saber quién es usted.

—No lo sé, ¿dónde estoy?

—¿Usted está loco?

—Puede ser.

Me tragué un Alprazolam y el chico se sentó junto a mí y me miró con sus ojos negros y rojos igual que los soles. Ojos sin pupilas.

—¿Estoy muerto? —dije.

No me contestó. Se dio media vuelta y se fue. Cuando regresó, arrastraba una carretilla.

—¿Qué traes ahí? —dije.

El chico se encogió de hombros. De la carretilla emergía una cosa llena de supuración y trozos de carne quitinosa, agitados al ritmo de una suerte de respiración. Eché un vistazo al interior y vi a Saavedra, pudriéndose y encendiendo su pipa.

—El universo es una cosa muy extraña —dijo.

—¿Quién eres?

—Yo creo que tú lo sabes —tronó los dedos—. Nombre y número.

—Juan Calamares. Rut. 13.657.987-4.

Saavedra derramó una cascada de humo.

—Tú nunca aprendes —dijo.

Los soles se mezclaron y el resultado de la cruza cayó sobre mí. Emergí de la tierra frente a la puerta de Sofía. La chica estaba radiante.

—Sofía.

—Ah, eres tú.

—¿Cómo estás?

—¿Y desde cuándo te interesa cómo estoy?

Cómo?

—Si te interesara como estoy, me llamarías. Una llamada nunca está de más.

Me encogí de hombros. Nunca había entendido a esa chica. Apareció Saavedra, pero transparente, como ciertos peces de las profundidades. Dijo:

—¿Piensas cometer el mismo error?

—No, vete de aquí, imbécil.

—¿Me llamaste imbécil? —dijo Sofía.

—No estoy hablando contigo.

—Estás loco.

Sofía intentó cerrar la puerta, pero se lo impedí.

—Sofía, necesito saber por qué me odias.

—Yo no te odio, pero estás loco.

—Si quieres que te lo diga, te lo digo: me gustas, me gustas muchísimo, pero eres la novia de Sergio.

—¿Sergio? Estás mal de la cabeza. Vete de aquí, no quiero verte.

Gruñó y cerró de un portazo.

—Nombre y número —dijo Saavedra.

—¿Sergio Amira. Rut 12.334.546-K?

Saavedra me botó el humo de la cara y sacudió su pipa:

—Cerca, pero no.

Cuando abrí los ojos, estaba en mi tienda de anteojos con Amira.

—Me pidieron una adaptación al cómic para una novela de Teobaldo Mercado —dijo Amira—, pero no me creo capaz —me enseñó un ejemplar del libro—. ¿Qué te parece?

—Esta es la Biblia.

—Claro y justo me pidieron adaptar una parte donde sale el arcángel Gabriel. Es un tipo simpático el arcángel Gabriel. ¿Qué te parece el arcángel Gabriel?

Amira se puso uno de mis anteojos y comenzó a aletear estúpidamente como si realmente quisiera remontar el vuelo.

—Eres muy raro, Sergio.

De pronto me dieron ganas de mear. Me metí al baño y vi que las paredes estaban manchadas de vino, pero un vino especial, era el vino de la consagración. Lo toqué y me estremecí. ¿Qué es esto?, dije y entonces estallé en llanto y me deslicé por la pared hasta el piso. Amira golpeó y me preguntó si estaba bien. Tenemos que actuar rápido, dijo. No le respondí y le puse pestillo a la puerta. Abrí la llave y me mojé la cara. En el espejo estaba la cara de Saavedra.

—Nombre y número.

Me sequé la cara con la toalla y volví a colgarla cuidadosamente en el gancho.

—Sé mi nombre, pero de mi número no me acuerdo. Y eso que es un número bajo, muy bajo, como si yo fuera alguien muy viejo.

—¿Pero cuál es tu nombre? —Saavedra sorbió la pipa y derramó el humo a través del espejo.

—Bueno, creo que mi nombre es Luis Saavedra.

Saavedra se salió del espejo y se sentó en la taza del water. Tenía un ojo negro y otro rojo. Avivó los rescoldos de la pipa con un Zippo y se golpeó los muslos para que me sentara en sus piernas.

—De ninguna manera —dije.

Sacudió la pipa y las cenizas cayeron al suelo. Abrió la puerta y me levantó con una mano como si fuera un títere para que observara el exterior. Afuera había una cosa desinflada y agonizante, llena de plumas, con el rostro de Sergio Amira, y una ventisca que arrojaba nubarrones en la nada misma. La materia en su génesis. Me di la vuelta y me miré en el espejo, pero me encontré con un agujero hacia el vacío.

—El universo todavía no empieza —dije.

—Muy perspicaz. Estoy creando mi propio universo.

Saavedra tronó los dedos y volví a mi tienda de anteojos. Tenía muchísimos clientes, pero todos tenían la cara de Luis Saavedra. Pequeños, grandes, hombres, mujeres, viejos, bebés, un Saavedra generalizado, como una carpa de circo o como la mitad cóncava de un planeta desde cuyo interior colgaran millones de Saavedras. Salí corriendo. Los Saavedras me señalaban y decían “Saavedra, Saavedra”, como un cántico gregoriano de espejos. Corrí y doblé por un pasillo. Vi a Sofía.

—¿Qué te pasa? —dijo—, ¿qué te pasa?

Me tranquilizó y me senté junto a ella. Se veía normal, no era Saavedra.

—Estás temblando —dijo.

—Sí, últimamente he estado muy nervioso, es el tratamiento —sonó mi celular.

—Espera —dije—, voy a contestar.

Me retiré a hablar y luego regresé con Sofía.

—¿Quién era? —dijo Sofía.

—Era Saavedra, quería que lo ayudara a mudarse.

—¿Y dónde se va a cambiar?, ¿a una chabola?

Entonces vimos a Perromelón corriendo por los pasillos de la galería, con la correa colgando. Avanzaba a lo loco y luego se detenía buscando con la mirada y gimiendo. La gente le revisaba el collar por si tenía algún número de teléfono. Estaba perdido.

—¡Perromelón! —grité.

El perro corrió hacia nosotros y se puso feliz. Lo tomé en brazos.

—¿Qué haces aquí, amigo?

Perromelón tenía la cara de Saavedra.

—¿Ese perro te recuerda a alguien? —le dije a Sofía.

—No, para nada.

—¿Sabes lo que eso significa?

—¿Qué significa?

—Que estoy completamente loco.

Salí caminando tranquilamente hasta llegar donde un guardia. El guardia tenía la cara de Saavedra, un ojo negro y otro rojo.

—Dame tu pistola —le dije.

—¿Por qué, qué piensas hacer?

—Lo sabes. Voy a volarme los sesos.

—Ok.

Saavedra guardia se sacó el arma de la pistolera y la sopesó en la mano.

—¿Sabes usarla?

—No.

—Primero le quitas el seguro, así, luego apuntas y… eso es todo. ¿Estás completamente seguro de lo que haces? Quitarse la vida es pecado mortal.

—Ya, ya —dije golpeándome la palma de la mano—, rápido, rápido.

Me pasó la pistola. Tomé el arma con las dos manos y le apunté a la cabeza.

—Tramposo —dijo Saavedra, protegiéndose la cara con los antebrazos.

Había un turro de gente en la galería, pero se abrieron y quedamos Saavedra y yo, solos.

—Tramposo, Calamares, tramposo.

—¿Tienes miedo?

—Sí.

—Entonces, cágate de miedo.

Hice fuego. El edificio se derrumbó y todo hizo implosión y la materia existente se absorbió en la nada. Cuando reaccioné estaba en la casa de Saavedra, sentado en un cajón de verduras.

—Me engañaste —dije.

—Sí —Saavedra se chupó el dedo meñique—, me encanta hacerte sufrir.

—Eres un idiota.

Arrugó la frente y movió negativamente un dedo. Después buscó entre un montón de cajones de verduras y sacó un libro de Teobaldo Mercado.

—¿Qué libro es ese?

—No lo conoces. Se llama La Biblia, pero escrita por Teobaldo Mercado. —Me lo arrojó—. Léelo.

—Pero es que a mí no me gusta Teobaldo Mercado.

—No seas imbécil.

Leí a regañadientes:

—“En el principio estaba Dios (o sea yo, Juan Calamares), el Alfa y el Omega, aquel que no puede ser visto a la cara y creó los cielos y la tierra. Fin”. ¿Es una broma?

—Bueno, sí, porque el libro en realidad es más largo. Es un resumen, entiendes, un resumen.

Caminó por la habitación, echando humo y pasando los dedos por las solapas de los libros de Teobaldo Mercado, deteniéndose solo para poner caras graciosas, caras que en realidad me espantaban, porque eran enfermizas, gestos del teatro butoh, en máxima tensión entre el placer y el sufrimiento. Le dije que se fuera a la mierda y dio un salto de alegría, aquel demente. Corrió hacia mí y se arrodilló y abrió la boca enorme y me mordió una mano.

—¿Qué haces, imbécil?

—Te engañé, te engañé y te superé. ¿Como no te das cuenta, imbécil?, ¿cómo no te das cuenta que nuestra lucha es eterna, desde el inicio de los tiempos? Te vencí, por fin.

—¿Qué quieres decir?

—Ahí tienes las pistas, imbécil. Ahí, en tu libro.

Abrí la Biblia y giré todas la hojas en un segundo y lo recordé todo.

Mi creación —dije.

—Claro que sí. —La voz de Lucifer era la voz de una serpiente, botaba humo por las fosas nasales, por las orejas—. Quisiste ser humano, pedazo de bestia, pero cometiste el peor error de todos: te enamoraste, te enamoraste, padre mío. Eres un incestuoso, te enamoraste de una de tus hijas.

—No lo acepto. Tu no puedes ganar. Tu siempre pierdes.

—Pero gané, gané porque no fuiste capaz de aceptar lo que tu ángel quería advertirte.

—¿Sergio Amira?

—Sí, Sergious Amirious, el ángel encargado de despertarte en el momento adecuado. Ignoraste sus pistas, padre mío, lo ignoraste y murió, y ahí estaba yo, el expulsado, esperando pacientemente bajo la forma del más idiota de los hombres, aquel en quien tenías más confianza.

—¿Ahora solo soy un hombre?

—Menos que un hombre.

Saavedra sopló y salí volando como una hoja por el universo y vi como todo se iba desgranando y reintegrándose al cuerpo de aquel embustero. Universo nuevo y deforme, quebrado, la piel del cosmos absorbida por los intestinos de la bestia, del Diablo Saavedra. Satánvedra. Soles rojos y negros. Amarga convivencia sin mácula y fusión y ruptura del velo que cubre tus ojos, oh, hijo mío de mis entrañas. Vagué miles de años y un día Saavedra me invitó a su mansión:

—Nombre y número.

v—Fui Dios, pero ahora soy el paria del universo. Mi número es 0.

—¡Perfecto! —dijo—, por fin lo aceptaste.

Y desaparecí.

[CC 2012, Juan Calamares]

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