SAPIOLA

Estándar

Por Juan Calamares

“Lo único que conocen es el deseo sexual en estado bruto y la competición entre machos”

Houellebecq

La primera vez que Sapiola trajo a un cliente fue en diciembre. Yo estaba durmiendo y el cliente me despertó con una patadita. Era un miserable de cara redonda, muy viejo y estaba nervioso. Sapiola le pasó una mano alrededor del hombro y el tipo se tranquilizó y se desnudó. Se quedó ahí parado, con la pija flácida, roja y luego se tiró sobre mí y rodamos por el suelo, el hombre muy entusiasmado, bufando, incluso, y yo obnubilado, lánguido como un pez. Sapiola nos miraba con la pipa en la boca y hacía ruidos de satisfacción y nos tomaba fotografías, inclinándose para obtener buenas tomas. Luego que todo acabó, el cliente se vistió y nos leyó un cuento que acababa de escribir. El cuento estaba lleno de frases como “Camilo manifestó su negativa” o bien “Rió nerviosamente, mientras se vestía” o “¿Que haces? preguntó intempestivamente”. Y así, una serie de frases que me descolocaron porque yo estoy acostumbrado a leer a Poppy Z. Brite, que es una escritora de terror que no se anda por las ramas y que no tiene las inseguridades de la escritura del cliente, porque está desesperada por decir lo que tiene en la cabeza, sea esto lo que sea. En fin, el cliente declamó y Sapiola aplaudió su retórica y luego frotó el índice con el pulgar y el cliente sacó la billetera y arrojó unos billetes y se fue. Después Sapiola sacudió su pipa y salió y yo me quedé dormido. Cuando me desperté fui a la cocina, pero no había nada que comer, así que me quedé esperando a que regresara Sapiola. Cuando volvió me arrojó un trozo de pan y me hizo notar que iba desnudo. No me había dado cuenta. Miré mi desnudez y me avergoncé. Sapiola se puso a reír y yo también reí y después Sapiola sacó un libro de Poppy Z. Brite y lo leímos juntos, pero al rato me quedé dormido. Desperté a medianoche. Estaba tan débil que me arrastré al baño, pero no alcancé a llegar y me quedé ahí, revolcándome en mi inmundicia. De pronto entró Sapiola, junto a otros clientes, que eran miembros de la sociedad de escritores, un montón de decrépitos que se arrojaron sobre mi y me tocaron y me hicieron una serie de cosas que no recuerdo. Al rato estábamos todos riendo de los chistes de Sapilola y alguien dijo que era un buen momento para una lectura de taller. Entonces un viejo sacó un cuaderno y leyó su último cuento que decía así:

―¿Qué dices? ―preguntó renuentemente Martín.

―Nada ―respondió fatigadamente Ernesto―, es que estoy muy cansado de tus palabras

―No creo que sea esa la razón ―increpó misteriosamente Martín, haciendo gala de su fama de hombre inquisitivo.

Los otros eran cuentos iguales, pero Sapiola asentía con entusiasmo a cada palabra y hacía observaciones y extendía las preguntas de los aprendices, como si estuvieran en la acrópolis y el fuera su maestro. Yo los miraba, sonriendo, y a cada tanto alguno me daban una palmadita en la cabeza y a veces me daban un poco de whisky y yo tragaba esa cosa amarga que me quemaba y sonreía ante el trato tan misericorde de aquellos señores. Cuando la reunión concluyó, Sapiola sacó una cámara y fotografió a los escritores, conmigo al centro, como si yo fuera un trofeo de caza muy preciado, una fiera obtenida luego de ardua y excitante cacería. Los clientes pagaron y se fueron. Sapiola me felicitó y salió detrás de los clientes. Tenemos una reunión en la Sociedad de escritores, dijo. Así que me quedé observando la puerta, la ventana, la cocina, el patio.

Un día Sapiola llegó con un escritor, pero no era un simple escritor de la Sociedad de escritores, sino uno importante que yo no había leído nunca, pero que según Sapiola importaba la mejor colección de literatura de los últimos tiempos. La cara del escritor era la misma cara de una máscara que alguna vez vi en una película, una que tenía la expresión del hastío, de la abulia, del total desprecio hacia la humanidad. Me puse a temblar y el hombre me atacó con violencia. Era terrible, un furioso, y no pienso narrar lo que pasó porque fue tan cruel que su solo recuerdo me llena de angustia. Después vino la habitual lectura de cuentos, pero el hombre no adjetivaba como un aficionado, sino que escribía como Popy Z. Brite, es decir con una seguridad en si mismo que hizo que incluso Sapiola temblara. Un escritor de verdad. A cada frase alzaba la mirada por encima del libro y nos sonreía. Al final de la lectura le firmó un cheque a Sapiola y salió y mi tutor y yo nos miramos sin saber que decir.

Luego del encuentro con el verdadero escritor, Sapiola cambió. Ya no se reía, ni hacía chistes sobre mi desnudez. Su rostro era el de un hombre que luego de cruzar un puente suspendido sobre un precipicio siente que su vida tiene precio y que en cualquier momento se le pude escapar por los dedos. Yo le dije: ¿que te pasa Sapiola, estás triste?. Sapiola me miró y sacó una hipodérmica y me la clavó en el brazo. Yo me dormí de inmediato. Hacía tiempo que Sapiola no hacía eso. La última vez fue cuando me rescató, cuando me encontró vagando en las calles, cuando yo era un niño que miraba a la gente con desenfado. Así era yo antes que Sapiola me diera su amor: un perdido.

Pasó el tiempo y las reuniones dejaron de ser lo de antes. Yo seguía igual de flaco, más incluso y comía menos, pero cada vez tenía mas consciencia de la angustia de Sapiola. A veces, para sentirse mejor, el pobre me quemaba con cigarros.

Un día Sapiola me dijo: he encontrado al escritor, he descubierto donde vive. Y entonces salió y pasó mucho rato y cuando regresó venía con el escritor. El escritor estaba muy asustado y mal herido. ¿Qué le pasó?, le dije a Sapiola. Le di una paliza, me dijo. Entonces fue por su cámara y filmó al escritor y me dijo que me acostara junto a él. ¿Qué vas a hacer?, dije. A Sapiola no le gusta que le hagan preguntas, así que sacó la hipodérmica y me la clavó. Cuando desperté estaba junto al escritor, ambos desnudos, pero Sapiola no estaba por ninguna parte. Ayúdame, dijo el escritor. Yo lo miré y le dije: Sapiola dice que usted lo puso triste. El escritor se puso a llorar y yo lo consolé y entonces el escritor me preguntó mi edad y yo le dije que no me acordaba, que en realidad nunca la había sabido. En eso apareció Sapiola y al ver que estábamos hablando se enfureció y me dio una bofetada y le dio una paliza al escritor y el pobre quedó envuelto en sangre. Sapiola me ordenó que hiciera toda clase de cosas con el escritor y eso fue lo que hice y mientras tanto Sapiola nos filmó e hizo largos paneos, con expresión satisfecha. Al final puso la cámara sobre la mesa y se sacó el sombrero. Dentro del sombrero había un revolver y le disparó al escritor entre los ojos.

Después nos fuimos al patio con el cadáver y lo enterramos. Sapiola se fue y yo me quedé ahí, desnudo sobre el montículo y entonces se puso a llover, pero no fui capaz de moverme y me quedé bajo la lluvia que caía como cuchillos y me dormí sobre la sepultura, hasta que llegó Sapiola, que me despertó y me llevó a la casa y me dio de comer. Sapiola es muy bueno. Fue un gran banquete. Sapiola había traído comida del McDonald’s, ricas hamburguesas y Coca Cola. Yo estaba muy feliz y miraba a Sapiola que era como mi padre, pero todavía tenía la cara del escritor en mi cabeza. Era un recuerdo que me acosaría siempre, porque yo sabía que, pese a las razones de Sapiola, matar es malo.

Ya era de noche cuando el cadáver del escritor me habló. Yo no sabía si era un sueño o no porque a esas alturas todo se me confundía. Sea como sea, salí al patio y lo vi sentado sobre la fosa. El hombre tenía un libro de Popy Z. Brite y me dijo: esta chica es muy buena. Claro que es buena, dije yo. El hombre asintió y siguió leyendo y después dijo: yo podría editarla para el mercado latinoamericano, lástima que ahora estoy muerto. Sí, dije yo, es una lástima. Pero podrías editarla tú. No creo que Sapiola me deje. Es verdad, dijo el escritor. Cuando llegó Sapiola yo estaba vomitando, porque no estaba a costumbrado a esa clase de banquete. Sapiola dijo: pobre chico y me tocó la frente. Esto es grave, vamos a tener que traer un médico. No se muy bien que pasó a continuación, solo recuerdo el rostro de un hombre que me auscultaba y me hacía tocaciones, pero no eran las mismas tocaciones de los escritores, sino tocaciones que tenían por objeto verificar mi estado de salud. Pasé varios días sin distinguir la realidad del ensueño, pensando en los libros de Popy Z. Brite, hasta que un buen día todo volvió a ser como antes. Sapiola estaba muy feliz por mi recuperación y por eso trajo a varios clientes para que celebráramos y luego vinieron las habituales lecturas de cuentos, cuentos absolutamente iguales, de aficionado, nada que ver cono los de Popy Z. Brite. Un cuento decía así:

―Estás diciendo la vedad? ―exclamó Mauricio, entrecortadamente.

―Por supuesto ―mintió Miguel, negando así lo que sabía.

―Entonces debemos realizar lo que hemos planeado ―contestó Mauricio con brío en su voz.

―Hagámoslo ―terció Miguel con mucho ahínco.

Imbéciles, dijo Sapiola, imbéciles. Y los echó a patadas. Yo lo miré con la boca abierta y Sapiola sonrió y dijo que ya no soportaba la voz de aquellos aprendices y que por fin se había desahogado. Era muy bueno ver así a Sapiola, feliz. Entonces Sapiola sacó un libro de Popy Z. Brite y lo leyó en voz alta, durante horas, sudando, con ojos enloquecidos y todas esas imágenes de muerte y de locura y de sexo bailaron en mi cabeza como un torbellino y vi hombres abiertos a lo largo, cuellos rebanados, miembros enhiestos y sangrantes y asesinos y víctimas y temerarios y toda una gama de perversidad y tormento. Después Sapiola sacudió la pipa encima mío y se puso a reír y yo me contagié por la broma de Sapiola. Después se fue y yo me quedé solo, sin hacer nada, hasta que escuché que el escritor me llamaba. Estaba sentado sobre la fosa, medio podrido, un ojo totalmente fuera de su órbita y el otro reseco y arrugado como una pasa. El escritor tenía el libro de Popy Z Brite y me leyó un pasaje especialmente macabro y luego me dijo que estaba pensando en escribir algo similar, pero que no podía porque estaba muerto. Es verdad, dije yo. Entonces el escritor se quedó muy triste y me pidió que lo dejara solo. Me metí a la cocina y encontré un pedazo de pan y restos de queso y me hice un sándwich, pero después me dieron retortijones y al rato el dolor era tan insoportable que me puse a gritar pidiendo ayuda. Escritor, dije, escritor. Pero el escritor me dijo que no podía entrar a la casa porque estaba muerto y que si quería que lo ayudara tenía que salir. Me arrastré hacia el patio, pero cuando llegué el escritor no estaba. Era noche cerrada y por alguna razón tuve miedo de morir y pensé en Sapiola. ¿Qué pasaría si yo me moría, que haría el pobre Sapiola que era tan generoso conmigo?. Y seguí pensando en esa y otras cosas hasta que me desmayé.

Cuando desperté Sapiola estaba mirándome fijamente, las manos embarradas, la ropa sucia y con manchas de sangre. ¿Qué mierda hiciste?, dijo. Yo lo miré sin comprender y entonces Sapiola me dio una paliza y mientras lo hacía yo pensaba que me lo merecía, que algo malo debía de haber hecho para enfadarlo. Después me arrastró del pelo al patio y yo le grité que por favor dejara de hacerme daño, pero parece que Sapiola no escuchó porque siguió dándome patadas en el estómago y al final me mostró el cadáver del escritor. ¿Por qué lo desenterraste, pedazo de caca?. Yo le dije que el escritor a veces se salía de la tumba para conversar, pero a esto Sapiola puso serias objeciones y me dio una bofetada y salió. Yo me quedé junto al escritor, tratando de respirar lo menos posible porque el hedor de la muerte es horrible y le hablé, pero el escritor parecía enojado porque no me dijo nada y siguió ahí quietecito. Volví a enterrar al escritor para que Sapiola no estuviera triste y le dije adiós escritor y le deseé que descansara en paz.

Pasó el tiempo y nuestras actividades prosiguieron su curso normal. El escritor no volvió a hablarme, ni a salir de su tumba, pero un día llamaron a la puerta. Yo sabía que no era Sapiola porque él nunca llama, sino que entra intempestivamente, así que me asusté y miré por un agujerito y vi a una mujer. Servicio social, dijo. Yo me puse a temblar porque Sapiola había dicho que esa gente era mala y que si se enteraban de que yo vivía ahí, nos separarían, así que me quedé mudo mucho rato, hasta que la mujer se fue. Cuando Sapiola regresó le dije lo que había pasado y se puso tan triste que me dio una paliza y me dijo que había que desenterrar al escritor y largarse de ahí. Salimos al patio y cavamos y de pronto se puso a llover y entonces Sapiola se puso raro y se quitó la ropa y dejó que la lluvia lo bañara, mientras yo seguía cavando, todo embarrado y exhausto. Cuando saqué al escritor, me cubrí la nariz con un pañuelo y me puse a vomitar y no quise mirarlo, porque de seguro sería una carcasa.

Subimos al escritor a la camioneta de Sapiola y partimos en dirección desconocida, Sapiola fumando su pipa y mirándome con ojos lunáticos y cantando una canción de palabras incomprensibles. Íbamos por la carretera y yo sentía que el escritor se movía en la cajuela y temía que el pobre se fuera a asfixiar, pero esto no se lo dije a Sapiola, porque como dije estaba tan raro, los ojos incendiados en ácido, el cabello revuelto por el viento de carretera.

Cuando nos detuvimos la lluvia se había transformado en tormenta. Los rayos iluminaban el rostro de Sapiola y se veía demoníaco, flaco como una calavera, los ojos tumefactos como los de los peces, la nariz amoratada, los mocos colgando. Estábamos en el desierto. Bajamos del auto y sacamos al escritor y lo arrastramos colina arriba. Yo estaba muy cansado, muy débil. Mientras caminábamos me asaltó una duda y no pude dejar de preguntársela a Sapiola: ¿Cuando estoy de cumpleaños?. Sapiola me miró, con la pipa refulgente colgando de su boca y me dijo: no lo sé, la verdad me importa una mierda. Arrastramos al escritor hasta el borde de un precipicio. Entonces Sapiola regresó al auto a por la cámara y mientras tanto yo me quedé con el escritor, que por fin se decidió a hablar y dijo: tengo la solución. ¿Qué solución?, dije. Pero en ese momento apareció Sapiola y entonces el escritor se quedó mudo. Sapiola quitó la manta que cubría al escritor y vi que se había descompuesto mucho más desde la última vez que habíamos hablado, era apenas una cosa de goma con tierra pegada, inflada, con partes de carne viva y pedacitos de hueso que asomaban de las heridas. ¿Qué vamos a hacer? le dije a Sapiola. No me respondió, pero se puso a reír y tomó el cadáver por los pies y lo dejó colgando con medio cuerpo en el vacío y luego me pasó la cámara y me dijo que lo grabara. Entonces se desnudó y comenzó a bailar en el borde del precipicio y yo pensé que así como estaba de indefenso, podría arrojarlo al vacío y ser libre, pero entonces me dije: ¿libre de qué?. Así que lo seguí filmando mientras danzaba desnudo, agitando la pipa, danzando y danzando. Sapiola sudó, pero su sudor se confundió con la lluvia y el viento se arremoniló sobre nuestras cabezas y también las nubes y otros objetos, todo revuelto como en un torbellino y entonces Sapiola levantó al escritor y lo abrazó y danzó con el. Danzó en el borde del precipicio.

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