Indómito Amira (el origen)

Estándar

Por Juan Calamares (Basada en una historia de Calamares y Saavedra)

 

Lunes. 3:30. Erizópolis. El laboratorio de Omar Vega

―Ahora, Amira ―dijo Omar Vega―. Oprime el botón rojo.

Sergio Alejandro Amira corrió hacia el condensador de triones y buscó el botón en el inmenso panel. Había palancas, bombillas, giroscopios, todo desparramado en un inmenso despliegue tecnológico.

―No lo encuentro, maestro, no lo encuentro

―¡Cáspita! ―dijo el científico― Tendré que hacerlo yo mismo entonces.

El decrépito anciano bajó a duras penas por un tubo y se dirigió hacia el panel. Vio chispas y circuitos enredándose y bailando en la pantalla de termo láser. Toda la estructura temblaba.

―Debo lograrlo. Debo salvar a Erizópolis…

El condensador de triones era la fuente de la super tecnología creada por Omar Ernesto Vega, basada en principios veguísticos, que pondría a Erizópolis a 3.845 millones de años en el futuro. Ahora, sin embargo, estaba al límite. Si no se le ponía freno explotaría.

―¡Don Omar! ―gritó Amira.

Vio como el anciano se acercaba lentamente, el rostro desecho por la amargura de un proyecto fracasado. Se vio a si mismo convertido en un anciano. La idea le espantó. Metió la mano bajo el panel y sacó una botella de Jack Daniel’s.

―Que estás hacien ….

Omar Vega no pudo terminar la frase porque la habitación completa comenzó a temblar.

―¡Qué hiciste, Amira!

Había dejado caer la botella de Jack Daniel’s sobre el panel termo láser y toda la maquinaria chisporroteó. Las piezas bailaron y se elevaron como si un imán gigantesco las atrayera. El condensador de triones se hizo trizas. El panel resplancedió…

El cuerpo de Omar Vega se iluminó desde dentro, su piel translúcida dio paso a sus huesos. El tiempo se ralentizó y el científico creció. Sus ojos se inflamaron como burbujas de lava, la piel se le agrietó y sus brazos se alargaron hasta el suelo. Un Omar Vega inflamado comenzó a gritar entre los láser hiper catódicos y toda la sala giró en un torbellino de rayos de bobina tesla. Desde la estratosfera se pudo ver el estallido.

 

Lunes. 3:50 . Erizópolis. Una Botillería

―¡Oh, mi cabeza! ―dijo Sergio Amira― ¡oh, mi cabeza!

Tenía las ropas desechas, la cara llena de tizne y moretones. Caminaba confundido entre la gente con su botella de Jack Daniel’s y no tenía consciencia de lo que había pasado. Recordaba un fulgor, escenas de guerra, la desaparición del maestro Vega… Se metió en una botillería. Dos chicos lo miraron y se dieron codazos. Uno dijo:

―Pareces uno de los 33.

―¿Como es eso?

―Un minero del carbón ―rieron los patanes.

Sergio los ignoró y apuró su botella. Pidió otra. El botillero se la dio, pero cuando fue el momento de pagar advirtió que no tenía plata. Tuvo que devolverla.

―Se nota que la necesita ―dijo el botillero― ¿Se siente bien?

Desde fuera les llegó el ruido de una estampida metálica. Amira se dio la vuelta y vio como entraban tres motociclistas. Uno era idéntico al technoviking, o en su defecto a Thor, el otro era calvo y con un bigote ridículo mientras que el tercero se parecía a cualquier hijo de vecino. El más alto, que respondía al nombre de Herr Mann, tenía un bate de béisbol, los otros dos llevaban cadenas.

―¡Mierda, los Gens Goliath! ―dijo el botillero.

―¿Y esos quienes son? ―dijo Amira.

―Me cobran dinero por protección.

―¿Por protegerlo de quién?

―¡De ellos!

Herr Man tomó al botillero por el cuello y lo deslizó por encima de la barra y lo arrojó al suelo. Los adolescentes salieron corriendo y los otros motociclistas los despidieron agitando las cadenas. Sergio Amira se escondió tras una pila de javas de cerveza.

―Se acabó el plazo, te voy a reventar ―dijo Herr Man.

El botillero temblaba. La sangre le escurría por las comisuras y tenía los ojos negros. Dijo una oración en voz baja. Los otros motociclistas flanquearon al caído como si estuvieran en poses cinematográficas, los brazos bien abiertos, las piernas flectadas una delante de otra. Uno saltó sobre la barra y levantó la caja registradora por encima de su cabeza y la vació. El botillero hizo una mueca y toda su vida se pasó por sus ojos cuando un salvaje lo amenazó con un revolver, el cañón en medio de los ojos, el pulgar levantado encima del seguro. La pila de javas de cerveza cayó con estrépito.

―¿Quién mierda es este?

Herr Man vio a Sergio Amira escondido en posición fetal, los ojos apretados, tiritando de miedo. Lo levantó por las axilas y puso su cara frente a la suya. Lo sacudió. La botela de Jack Daniel’s se hizo añicos y un motociclista recogió un trozo de vidrio para cortarle la cara.

―No, por favor…

Amira se zamarreó, con los ojos cerrados y escuchó gritos y estallido de botellas. Un tumulto de voces pidiendo piedad, costalazos en la pared, puñetazos en el suelo. Una pelea a muerte.

―Por favor, no me maten ―suplicó.

Pero ya nadie lo tenía sujeto. Cuando abrió los ojos vio a los motociclistas estrellados en la pared, uno con el cuello torcido, otro con la espina asomada por las carnes, otro con el cráneo aplanado y los sesos reverberando de ideas de muerte. Tres manchas gelatinosas que alguna vez fueron hombres. Los desperdicios de un terremoto.

―Gracias ―dijo el botillero.

―Pero si yo no he hecho nada.

―Gracias. Lo que hiciste no tiene precio. Tú solo contra esos tres. Me has salvado la vida.

Dicho esto, el botillero fue a por una botella de Jack Daniel’s de reserva y se la ofreció al héroe Amira y vindicó su triunfo.

―¿Como te llamas?

―Sergio Alejandro Amira.

―Desde ahora serás conocido como Indómito Amira

 

Viernes. 11: 45. P.M. Erizópolis. Un callejón.

La chica corría despavorida entre las latas desparramadas en el piso y los tarros de basura, sin atreverse a mirar al que le seguía los pasos. Había perdido la noción del tiempo y tenía el corazón colgando de un hilo y no sabía cuanto mas podría resistir. El perseguidor era un hombre de dientes enormes y ojos saltones, piel cetrina, ojos mustios, muy parecido a un sobreviviente del holocausto nuclear y cargaba un cuchillo del que manaba grasa y sangre.

―No te queda mucho tiempo…

La chica giró para ver al hombre; estaba a diez metros. Se puso las manos en las rodillas y respiró profundamente, el pecho expandido por la excitación, los músculos flácidos. El asesino apareció de la nada, su sombra bailando en el piso como la parca, fluctuando en el adoquinado.

―¡Por el amor de Dios! ―dijo Sofía.

El hombre la miró con sus ojos de loco y luego se dejó caer y la despojó de la blusa y ella cerró los ojos, luchando sin fuerzas, resignada como un pez en agonía, amarga la boca de sabores horribles. Sintió sus manos callosas y frías en su piel, en sus senos y luego escuchó el sonido de su bragueta.

―Tranquila, hermosa dama.

(Oh, esa voz)

De repente ya no tenía el peso del hombre encima. Miró hacia arriba y vio sus pies agitándose sobre los muros del callejón. El hombre gritaba, el rostro aterrorizado, mirándola con ojos suplicantes, sin saber quien lo sostenía, qué lo sostenía . Se elevó varios metros y se desplomó junto a ella, desecho como un muñeco de trapo.

―¿Acaso no hay algún galán que la proteja, señorita? ―dijo la voz.

―Es que mi novio es un intelectual.

El héroe estaba de pie sobre el muro del callejón, las manos en los costados y el pecho enorme de super atleta. Tenía un antifaz amarado en la nuca con un cordón de zapato y llevaba pantuflas de osito teñidas de negro con pasta de zapato. De la mano izquierda le colgaba una botella de Jack Daniel’s. La capa de medio metro flameando al viento.

―¿Como te llamas? ―dijo Sofía

―Mi nombre es Sergio Alejandro Amira, digo, “Indómito Amira”.

Y descendió grácilmente para coger las mejillas de Sofía y besarla.

―¿Esto es un sueño?

―No ―dijo Indómito Amira―, soy real.

El héroe le dio un sorbo a la botella de Jack Daniel’s y remontó los cielos con los brazos extendidos, volando y chocando con los postes de luz (en un momento se estrelló con un tendido y se le iluminó el esqueleto) y destruyendo balcones. Siguió planeando hasta perderse en el firmamento. La chica entrelazó sus manos al costado de su cabeza. Suspiró.

―Ahhh, ¡que indómito!

 

Un mes mas tarde. 21:30. Erizópolis. Departamento de Sofía

Sofía escuchó los lamentos de Emiliano y arrojó su celular al piso:

―¡Nunca volveré contigo!, ¡he conocido a un hombre de verdad, a un súper hombre que tiene voz de macho y no de niñita!

Colgó. Luego marcó el número de Telepizza y pidió una pizza mediana y una Coca-Cola para relajarse. Estaba harta que el intelectual la llamara; no tenía ninguna intención de reconciliarse con él. Odiaba sus crónicas, sus discusiones televisivas y todas sus intelectualidades porque ella era un chica sencilla a la que le importaba bien poco el código de Hamurabi.

―¡Cómo te odio, Emiliano!

Miró los posters y los recortes de diario de Indómito Amira, aquel misterioso enmascarado que aparecía cada vez que alguien lo necesitaba. Suspiró con las manos entrelazadas sobre la mejilla. Ese si que era un hombre. Sonó el timbre.

El repartidor de pizza era Sergio Amira.

―¿Por qué te demoraste tanto?

―Disculpe, señorita. Soy nuevo en este trabajo. No conozco el recorrido.

Sofía pagó la pizza y dijo:

―Yo a ti te conozco.

Sergio se puso a toser y se cubrió la cara con la caja de pizza. Sofía le dijo que era un payaso y se la arrebató. Sergio se quedó ahí petrificado, con la cara al descubierto.

―Creo que me equivoqué ―dijo Sofía―, hasta luego.

Sergio hizo ademán de salir, pero Sofía le puso una mano encima. Lo hizo girar y lo miró fijamente.

―¡Ya sé donde te he visto!

Sergio se irguió y la miró a los ojos. Aquella chica estaba fresca en su memoria, recordaba su dulce mirada, la magia de su rostro agradecido.

―Eres el que sale en el comercial de Nachos

―¿Nachos?

―“Nachos ricos y salados, muy crujientes y dorados. Nachos para todo el día. Para toda la familia”.

―No, yo no soy ese.

―Son parecidos

La tele dijo:

―Lo que digo es que la ciudad no debe creer en valientes enmascarados. Estamos en pleno siglo veintiuno y los problemas criminales deben ser encargados a la policía. No podemos enviar señales equivocadas, pues nos basamos en principios expuestos desde el código de Hamurabi. Así que en respuesta a su pregunta digo no, no creo en la existencia de Indómiro Amira. No lo creo, pero si llegara a existir y algún día me lo topo en la calle, enrollaré el código de Hamurabi y se lo meteré en el culo…

―¿Quién es ese? ―dijo Amira.

―Es mi ex novio, el intelectual Emiliano Navarrete ¿Qué nunca lo has visto?

―No, tiene voz de niñita.

―Sí, y en la cama actúa como una niñita.

―Enrollaré el código de Hamurabi y se lo meteré en el culo ―dijo Amira.

La imagen se distorsionó y las palabras del intelectual se convirtieron en voces ralentizadas. La pantalla giró enloquecida y las figuras se alargaron y contrajeron. La imagen de la Torre de Paulmann quedó estampada en el vidrio y un ser horrible cargando una bomba de súper tecnología se metió en el cuadro:

―¡Jajajaja!―dijo―, mi nombre es “Monstruo del Futuro” y les digo (especialmente a ti, Emiliano Navarrete) que toda la ciudad está a mi merced gracias a esta bomba de súper tecnología. Si no me entregan para mañana un trillón de dólares Erizópolis será convertida en un agujerito, digo en un agujero, o sea, un gran agujero. ¡Jajajajaja!

El monstruo desapareció, cubriéndose teatralmente con su capa y el intelectual Emiliano Navarrete apareció en escena, temblando y mordiéndose las uñas:

―¿ Dónde estás ahora que te necesitamos, Indómito Amira? Sálvanos, Indómito, ¡sálvanos del Monstruo del Futuro!

―Debo irme, señorita ―dijo Sergio Amira.

―No no no ―Sofía sirvió dos vasos de Coca-Cola―. Quédate a ver la llegada de Indómito Amira

―Pero debo cumplir mi deber.

―Ppff, es un deber muy mediocre. Indómito Amira no tendría problemas en llegar tarde al trabajo.

―Quizás Indómito Amira necesite un trabajo para vivir. Quizás, un trabajo de repartidor de pizza.

―¿Cómo sabes tanto de Indómito Amira? ¿Eres Indómito Amira?

―Ehhh… debo irme.

Amira salió corriendo y Sofía se quedó mirando la tele y rápidamente se le olvidó la existencia del repartidor de pizza que se parecía al de el comercial de nachos. Entrelazó las manos y suspiró e hizo todo lo que se espera que haga una damisela, medio loca y drogada: ir en busca de su héroe.

Minutos mas tarde. Erizópolis. Torre de Paulmann.

―¡Jajajaja! ―dijo Monstruo del Futuro―. ¡Jajajaja!

Tenía la bomba de súper tecnología en sus manos y la acariciaba y pasaba su bípeda lengua por las comisuras de sus irreconocibles labios de lagarto. Se dirigió a la muchedumbre que lo observaba paralizada a cientos de metros mas abajo.

―Ahora yo tendré el control de Erizópolis y ustedes serán mis esclavos. Cuando los domine viviremos en el futuro, pero será un futuro terrible donde yo seré su amo y señor. ¡Jajajajajajajaja!

Monstruo del Futuro tomó sus binoculares del futuro y observó a los transeúntes, cientos de anónimos, futuros esclavos, hombres y mujeres grises. Encendió su máquina creíble y tecnológica de lectura mental y escudriñó en las mentes de todos los erizopolianos. Pensamientos de miedo dominaban a aquellos tristes seres, pero también de esperanza. Había una chica con las manos entrelazadas sobre la cara, una chica hermosa que creía en el campeón de Erizópolis. ¿Acaso la novia de Indómito Amira?

―Así que es verdad que existes ―dijo Monstruo del Futuro―. Ahora se quién eres Indómito Amira. Ahora se quién eres, ¡jajajajaja!

Una bola de plata refulgió en los cielos y estalló con chispas que desperdigaron los nubarrones. Del centro cayó en picada Indómito Amira y aterrizó en la azotea de la torre. Sus manos en la cintura, el mentón cuadrado, la mirada vuelta hacia el horizonte.

―¡Entrégame la bomba, Monstruo del Futuro!

―No tan rápido…

Monstruo del Futuro infló su pecho y las costillas se le abrieron . Desde su interior apareció una masa blanca acumulando energía. Era un arma del futuro, terrible y poderosa. El cono de energía le dio a Indómito Amira en el abdomen. Todo se oscureció con la explosión, nubes turbias bailaron alrededor del héroe.

―Te he destruido, ¡jajajajaja!, ¡te he destruido Indómito Amira!

Monstruo del Futuro arrojó rayos de súper tecnología, pero la fuerza de Indómito era imparable. Esquivaba sus rayos y redoblaba su ataque con puños de acero y el Monstruo gritaba, arrojando energía de plasma inductoria por la boca. Indómito fue rodeado por una bola plasmotrisitónica, pero se libró inflando sus músculos y se elevó cual Cristo de las aguas, los brazos extendidos, la botella de Jack Daniel’s colgando de la punta de sus dedos. Puso un pie sobre el caído y alzando la botella reclamó su triunfo:

―Entrégame la bomba, Monstruo del Futuro.

Monstruo del Futuro hizo una reverencia y retrocedió con las manos en el pecho. Recogió una cajita de súper tecnología y se la ofreció a Indómito.

―Aquí está, Indómito. No puedo luchar contra alguien tan poderoso.

―Esto ha sido fácil.

Indómito Amira abrió la caja y desde el interior resplandeció la aurora. Indómito Amira se echó hacia atrás y se cegó.

―¡Es amirantium!

―Así es, Sergio Alejandro Amira. He descubierto tu debilidad

―¿Cómo conoces mi identidad? ¿Quién eres?

Monstruo del Futuro separó dos trozos de su horrible cara y lo que apareció debajo fue:

―La dentadura postiza de Omar Ernesto Vega.

―Así es, Sergio. Esa explosión de plasma triónico no solo te dio súper poderes. A mí me convirtió en Monstruo del Futuro, un súper villano lleno de maldad, aunque creíble y tecnológico, obsesionado por el futuro y deseoso por destruirte.

―¿Por qué quieres destruirme, Omar, digo, Monstruo del Futuro?

―Porque gracias a tu estúpida botella de Jack Daniel’s perdí mi laboratorio y ahora soy un monstruo.

―Pero fue un accidente..

―Accidente la mierda con dientes

―Tranquilo, hermano, tranquilo…

Monstruo del futuro atrapó a Indómito entre sus pulposos brazos y lo amarró con un lazo de amirantium en la aguja de la torre de Paulmann, entre las nubes que se acumulaban y giraban en lo alto de la bóveda. Pero no estaba solo, amarrada junto a él estaba:

―¡Sofía!

―¡Oh , Indómito!, Monstruo del futuro me atrapó entre sus redes. Y ahora tú estás prisionero.. ¿Cómo?

―Es el amirantium. Soy vulnerable al amirantium.

Las nubes giraron sobre los enamorados y abajo la ciudad parecía un diagrama de computadora, diminuto y lejano.

―¡Me liberaré!

―¡Ahora Monstruo del Futuro tendrá la ciudad a su merced!

Me liberaré! ¡Puedo hacerlo!

vIndómito hizo un gran esfuerzo, pero el amirantium lo había debilitado demasiado, así que se desmoralizó y miró a Sofía, con cara de congoja y Sofía le dijo: “la botella, recurre a la botella”.

―Es verdad ―dijo Indómito.

Le salieron débiles rayos de los ojos e hizo que la botella se elevara apenas por el aire y llegara a sus manos.

―¿Y ahora qué hago? ―dijo Indómito.

―Arrójasela a Monstruo del Futuro.

―¡Que sencillo!

Indómito hizo un movimiento, pero el esfuerzo lo había extenuado demasiado, así que se quedó ahí, sudando y entonces Sofía le quitó la botella y la arrojó ella misma en la cabeza de Monstruo del Futuro.

―¡Auch! ―dijo Monstruo del Futuro.

Monstruo del Futuro miró para todos lados y después miró hacia la aguja y vio a Sofía y a Indómito, los dos haciéndose los desentendidos.

―Muy graciosos ―dijo Monstruo del Futuro―, muy graciosos…

Entonces caminó hacia la aguja, sobándose la enorme cabeza pero tropezó con la botella y se desequilibró y se puso a aletear para no caer desde la azotea, pero entonces Sofía sacudió un pie y se le cayó el zapato en la cabeza de Monstruo del Futuro y el engendro se desplomó gritando y cuando llegó al suelo se murió.

―Lo he derrotado ―dijo Indómito Amira.

―¡Pero si fui yo!

algún lugar apareció, por que sí, el intelectual Emiliano Navarrete y dijo:

―¡Viva Indómito Amira!

―¡Viva!

Y lo bajaron en andas de la aguja de la torre de Paulmann y alguien trató de quitarle la máscara, pero a esto Indómito puso gran resistencia y con su súper fuerza le rompió un brazo a aquel soplón.

Lo llevaron por las calles vitoreándolo, pasando por encima de Monstruo del Futuro, olvidándose completamente de Sofía, que estaba todavía en la torre, aburridísima y cabreada. Entonces Indómito Amira se acordó de ella y la rescató y cuando estaba en la azotea, Emiliano Navarrete le arrojó una botella de Jack Daniel’s y lo señaló con el dedo guiñándole un ojo e Indómito hizo lo mismo.

―Sofía, Indómito ―dijo con su voz de niñita―, les doy mi bendición para que sean felices.

Indómito y Sofía agradecieron las palabras del intelectual y se besaron. Indómito le dio un trago y voló con su enamorada, destruyendo los balcones y astillando las cornisas.

―No confío en Emiliano ―dijo Sofía.

 

Epílogo. En esos mismos momentos. En la calle, en medio del carnaval.

Cuando nadie lo ve, el intelectual Emiliano Navarrete recoge los restos de Monstruo del Futuro y se embadurna la cara contaminándose con sus genes maléficos. Sus ojos resplandecen y las costuras del abrigo se le rajan.

―¡Volverás a ser mía, Sofía! ¡Como te odio Indómito Amira! ¡Como te odio!

Un super villano ha nacido.

Continuará…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s