Juramento Erizo

Estándar

erizoPor Juan Calamares

La primera vez que Luis Saavedra leyó a Isaac Asimov tenía 10 años. El libro se llamaba Fundación e Imperio y cuando Luis dio vuelta la última página sintió que su vida se terminaba. Estuvo una semana sumido en una especie de postración suicida hasta que un día su padre entró a su habitación y le arrojó otro libro. A ver si con esto sales de tu depresión pre puber, le dijo. Saavedra leyó el título del libro. Era 2001 de Artur Clarke ¿Cómo será esta cosa? dijo Saavedra. Al día siguiente ya había terminado con las aventuras de Bowman en el espacio y se había tragado su mutación de humano a ser de las estrellas y el libro le fascinó al punto de considerar a Asimov un fraude o lo que es peor, un imbécil. Aquel verano fingió una grave enfermedad y se la pasó leyendo las muchas novelas de ciencia ficción que le arrojaba su padre. Le arrojó muchas y siempre le llegaron en la cabeza. Le arrojó, por ejemplo, Escudo impenetrable de Poul Anderson, Ciudad de Cliford Simak, Mundo Anillo de Larry Niven y cada vez que Saavedra terminaba uno de aquellos ejemplares se quedaba con la impresión de que aquel era el mejor libro que había leído en su vida y que el anterior era una mierda integral. Así pasó su adolescencia y también gran parte de su juventud. A los 30 años era un erudito en ciencia ficción, lo que le impedía, por cierto, tener relaciones maduras con personas normales, es decir, personas que no leyeran ciencia ficción, por lo que decidió impartir talleres de ciencia ficción. A la primera reunión no asistió nadie. A la segunda llegaron dos viejecitas, pero por equivocación. A la tercera apareció su padre y le dijo que ya estaba cansado de que no hiciera nada por su vida (los talleres se impartían en el living de su casa) y lo echó. Pero Luis no cejó en su empeño y buscó trabajo como administrativo en el banco de Chile y se arrendó una pieza, en cuya puerta clavó un cartel que decía Talleres de ciencia ficción, pero la dueña de la casa le dijo que lo sacara. Entonces Luis buscó otra pieza y le pasó lo mismo. Y como en ninguna le permitían colocar el susodicho cartelito, se arrendó un departamento. Al mes de vivir en su departamento sacó el cartel de la puerta, porque había llegado a la conclusión de que era un imbécil y se puso a escribir una novela. La novela se llamaba El Payasito de porcelana y era de ciencia ficción: un criminal extraterrestre se oculta en un circo haciéndose pasar por payasito para evitar que el tribunal de justicia del espacio lo condene por faltas a la moral en la vía pública, crimen aborrecible en su planeta de origen. El payasito convive durante años con los otros especímenes del circo, que no son otra cosa que anormales y estúpidos y todo va de maravillas, hasta que un detective privado de nombre ¡Luis Saavedra!, decide comenzar a investigar… La mandó a varios concursos y a varias editoriales, pero no pasó nada, ni con una cosa ni con otra. Así que decidió volver a colocar el cartelito, pero esta vez tuvo una idea genial: lo acompañó con un aviso en el diario. Entonces golpeó a su puerta Juan Calamares.

Juan Calamares nunca había leído una novela de ciencia ficción, de hecho, ni siquiera sabía lo que era la ciencia ficción, a lo más le sonaba de algo por Star Wars. De hecho lo que quería era ser dramaturgo. Había escrito varias obras, pero ninguna compañía quería montarlas y cuando las había enviado a festivales había tenido la misma recepción que había tenido Saavedra en las editoriales. Por aquel entonces trabajaba en un restaurante llamado El Completo y tenía turnos cortados, es decir, que tenía disponibles las horas de la tarde para seguir pergeñando sus obras, que iban de duendes con problemas sexuales y de garzones asesinos y de cantautores folk que eran masacrados por garzones asesinos. Ese tipo de cosas. A la semana lo despidieron del restaurante y Juan buscó trabajo en otro restaurante, uno chino y elegante. Y durante la hora de almuerzo en lugar de comer wantang seguía escribiendo. Ahora preparaba su sexta obra que trataba de un policía psicótico con sobrepeso que acosaba a una mujer, inspirada en su ex, y que terminaba casándose con ella, pese a las objeciones del protagonista, que era el mismo Juan. Cuando terminó la obra un chino lo despidió del restaurante. Buscó trabajo en otro restaurante y también lo despidieron y después buscó en otro y le pasó lo mismo. Y así estuvo varios años entrando y saliendo de restaurantes, sospechando que su foto corría por las oficinas nacionales de la administración culinaria, como si él fuera una especie de fugitivo del viejo oeste muy, pero muy peligroso. Entonces Juan quiso suicidarse. Pero un día alguien lo salvó porque le dijo que su obra EL rostro de Michael Jackson tenía reminiscencias de ciencia ficción, lo que era cierto, pese a que ese alguien se lo había dicho como una crítica. Ese alguien se llamaba Sergio Amira.
Sergio Amira era un estudiante de intercambio, aficionado a los comics. Había nacido en Puerto Varas pero a los 15 año lo habían mandado estudiar a Inglaterra. Cuando arribó a Londres llevaba una lonchera de Hulk. Le encantaba Hulk. De hecho, sentía que lo unían vínculos especiales con Hulk, vínculos casi metafísicos. En la escuela tuvo problemas con sus compañeros. Le molestaba que sus conversaciones fueran de Brit pop y de rave en lugar de Hulk. Se sintió fuera de sitio desde el primer día. Era un outsider. Cuando salió de la escuela decidió estudiar arte. Pero le molestaba mucho que sus compañeros alucinaran con Jean Michael Basquiat en lugar de Jack Kirby. De hecho ya le molestaba casi todo. Hasta cuando se miraba en el espejo se sentía furioso. Entonces se salió de la escuela y entró a estudiar literatura. Lo que más molestó de la carrera de literatura fue que su profesor hablara de los nuevos valores de la narrativa anglosajona, pero que no considerara a Stan Lee. Entonces Sergio decidió cambiarse otra vez de carrera. Para estas alturas los profesores lo consideraban un chico con graves problemas mentales, así que le cancelaron la matrícula. Entonces Segio escribió su primer comic. Se llamaba Niño Nuclear  e iba sobre un  chico que descubría que tenía superpoderes y de sus conflictos adolescentes y de un archi villano con graves problemas mentales que se enojaba por todo. Sergio entregó la historieta y se vendió bien, pero cuando le tocó la hora de cobrar recibió un cheque por 15 dólares. ¿Y dónde está el resto?, preguntó Sergio. El editor le dio una explicación que sonaba a mierda y Sergio supo que lo habían estafado. Estalló en furia a la manera de Hulk, pero a diferencia de Hulk no tenía super fuerza, así que lo desalojaron del edificio. Vagó por las sombrías calles de Londres como un Hulk victoriano, llorando y mascullando su ira, con una botella de Jack Daniel’s, que olía a mierda y alcohol, pero principalmente a mierda, igual que Londres y la universidad y el College. A la mañana siguiente tomó el primer vuelo de regreso a Chile.

Cuando Calamares se presentó con Saaavedra, este le preguntó cómo se había enterado del taller. ¿Fue por el cartelito?, preguntó Saavedra. No, respondió Calamares, fue por Sergio Amira. ¿Ah, sí?, dijo Saavedra, ¿y quién es Sergio Amira?. Calamares le explicó que era un tipo que había conocido en un bar: es un hombre extraño e incómodo, le dijo, pero muy versado en historietas. Calamares se encogió de hombros. Entonces Saavedra lo invitó a pasar y le sirvió jugo natural. No tengo cerveza, se excusó. Y luego miró la cara de Calamares y este, a su vez, miró la cara de Saavedra y estuvieron así un buen rato, mirándose las caras sin saber que decir. Y bueno, dijo Calamares, así que tu impartes el taller. Sí, claro, dijo Saavedra, y entonces corrió a su habitación y cuando regresó traía un montón de fichas y diapositivas y acomodó todo sobre un cajón de verduras. No me alcanzó para comprar una mesa de centro, dijo Saavedra. Yo quiero saber todo sobre la ciencia ficción, dijo Calamares. Y eso es precisamente lo que obtendrás con mis clases, dijo Saavedra. Dicho esto extendió una sábana en la pared y clavó las puntas con un martillo. Enciende el proyector, por favor, dijo Saavedra. No sé cómo se hace, respondió Calamares. En ese momento llamaron a la puerta. Por la mierda, dijo Saavedra, ahora voy a tener que soltar la sábana. Saavedra abrió la puerta. El que estaba del otro lado era Sergio Amira y, en efecto, era un hombre extraño e incómodo, pero muy versado en historietas. Mucho gusto, dijo Saavedra. Luego señaló a Calamares, diciendo: ustedes ya se conocen. No, dijo Amira, yo no lo conozco a él. ¿Cómo qué no?, dijo Calamares. Ah, sí, recordó Amira, creo que nos conocimos en un casino. En un bar, corrigió Calamares, en el bar donde trabajo. Bueno, dijo Saavedra, observando a sus curiosos contertulios, ¿comenzamos con la clase?. ¿Qué clase?, dijo Amira. El taller de ciencia ficción, dijo Calamares. Ah, verdad, dijo Amira. Y así se pasaron gran parte de la tarde como los Hermanos Marx, sin llegar a ningún puerto, sin hacer ninguna exposición, ni ninguna consulta, a lo más, dejando que la tarde languideciera y observando el sol que caía por la ventana. A las ocho, Calamares dijo: Creo que esta tarde ha sido muy poco provechosa, de hecho, creo que es la tarde menos provechosa que he pasado jamás. Es verdad, dijo Amira. Muy cierto, confirmó Saavedra. Se quedaron en silencio, observando la sábana y el proyector que no arrojaba ningún tipo de imagen, solo un haz de luz cargado de nada, cargado de pura mierda. Exijo mi dinero de vuelta, dijo Calamares. Saavedra se vació los bolsillos y dijo que no le habían pagado. Es verdad, dijo Calamares, disculpa. Para estas alturas Sergio Amira se había desmoronado y le dio por hablar de Londres y de su fracaso en la escuela de arte y en la escuela de literatura y de la estafa de la que había sido víctima. Se abrió la chaqueta y sacó una botella de Jack Daniel’s y bebió un largo sorbo y entonces le pasó la botella a Calamares. Yo también estoy desmoralizado, dijo Calamares. Apuró la botella y se la pasó a Saavedra. Saavedra bebió y dijo: la vida es una puta mierda y la ciencia ficción no podrá salvarme. Calamares escuchó la declaración de Saavedra, una declaración cargada de dolor y de pesar, una declaración que bien podía ser la confirmación, no sólo de sus años perdidos, si no de los años perdidos de él mismo y probablemente de los de Amira. Calamares dijo: tal vez la ciencia ficción sí nos salve. ¿Y cómo?, dijo Amira estrellando la botella de Jack Daniel’s contra el cajón de verduras de Saavedra, ¿y cómo?. No lo sé, dijo Calamares, sólo lo dije por decir algo, ¿qué opinas tú, Saavedra?. Saavedra, que estaba recogiendo lo pedazos de vidrio con una escoba y una pala, aterrorizado de tener a aquellos delirantes en su casa, dijo: ¿Qué, cómo, cuándo?. Estábamos preguntándonos como la ciencia ficción podría salvarnos, dijo Calamares. Saavedra lo miró y se quitó las gafas y las humedeció con el aliento. Dijo: Bueno, yo creo que siendo aquel un género tan lleno de mediocres, cualquier escritor con un mínimo de talento podría triunfar en él. Tiene razón, dijo Amira, el cegatón tiene razón. Somos escritores, ¿no es cierto?. Bueno, este, sí, dijo Calamares. Claro, dijo Saavedra, pero yo ya mandé una novela a varias editoriales y todas la rechazaron y las cartas de rechazo no fueron para nada amistosas, en algunas me llamaron estúpido. Amira lo ignoró y dijo: Entonces les propongo que seamos escritores de ciencia ficción. Pero si yo ya lo soy, dijo Saavedra. Pero que seamos los mejores escritores de ciencia ficción del mundo, continuó Amira, sin prestar atención a Saavedra. Es una buena idea, dijo Calamares. Perfecto, dijo Amira, entonces juremos, vamos, repitan conmigo: Yo, Sergio Amira, Luis Saavedra y Juan Calamares juramos que seremos los mejores escritores de ciencia ficción del mundo y que seremos recordados para siempre. Y así aquellos perdedores juraron. Y así fue. Está escrito. Salve.

Anuncios

»

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s