Cortando cabelleras en el fin del mundo (Salfate saca provecho del apocalipsis zombie)

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Zombies

Por Juan Calamares

–Un actor de cine –dijo Ferrada.

–Tom Cruise –respondí.

–Excelente ¿Y cómo lo harías?

–Le partiría las rodillas con un martillo y cuando estuviera en el piso le enterraría el cañón en la boca y haría fuego.

–Estupendo.

Ferrada levantó una mano solicitando una pausa y luego abrió su ataché Gucci y sacó un impermeable de plástico que procedió a colocarse, sin dejar de mirar al zombie, que a su vez lo observaba con furia. Le tronó los dedos en la cara, sonriendo y el zombie intentó morderle la mano. Ferrada lo abofeteó.

–Un político –dije.

–Sebastián Piñera. Lo dejaría caer desde una azotea y cuando estuviera en el suelo quebrado ….

–Déjame adivinar: lo dejarías ahí agonizando hasta que el juicio final lo encontrara.

–Exacto.

Ferrada retrocedió para ver su obra y luego cubrió al zombie con una bolsa de basura y posó su revolver Mauser en su frente y se lo descargó. El bulto se desplomó, sacudiéndose y entonces Ferrada le puso un pie encima y le dio un segundo tiro para rematarlo. Después se sacó el impermeable y con un pañuelo le quitó las manchas de sangre y lo dobló cuidadosamente para meterlo dentro del ataché. Yo me acerqué al zombie y vi sus pálidos ojos sin vida y lo escalpé con mi cuchillo y me colgué la cabellera en el cinto, para ofrendársela a Salfate (aquel iluminado).

–Un director de cine – dijo Ferrada.

–George Romero.

Recorríamos las calles destruidas mirando los edificios sin ventanas y los resplandores de las fogatas, noche tras noche, armados con revólveres. Éramos cazadores de zombies y los despachábamos de un tiro en la nuca y luego les cortábamos la cabellera para ofrendársela a Salfate (aquel iluminado).

–¿Un animador de televisión?

–Pepe Yeruba – dijo Ferrada – Pero no me causaría ninguna emoción…. –Espera. En la esquina, un zombie.

Cuanto tuve al zombie en la mira erré el disparo y en vez de caer a la primera, el zombie se fue trastabillando unos metros, hasta que logré acertarle a la cabeza. Retrocedí y lo escalpé y luego me colgué la cabellera en cinto para que Salfate (aquel iluminado) supiera que había actuado en consecuencia. Le dije a Ferrada:

–Una estrella de rock.

–Bowie, pero primero me aseguraría que estuviera desnudo.

–¿Desnudo?

–Para comprobar su androginia.

–Eres muy raro Ferrada.

–Y entonces haría como que nos batimos a duelo. Contaríamos los pasos. Tu serías mi padrino. Sería muy elegante, muy inglés.

Por la esquina aparecieron tres zombies. Tenían los ojos vaciados y caminaban por una suerte de sortilegio. Ferrada puso una rodilla en el piso y apuntó al primero y le voló la tapa de los sesos. Disparó por segunda vez, pero se le acabaron las balas. Le di mi arma y Ferrada disparó y el zombie se dio unas vueltas en el mismo sitio para desplomarse con una especie de demi plie. Ferrada escalpó a sus zombies y se colgó sus cabelleras en su cinturón de piel Dolce y Gabana y luego me guió un ojo y me apuntó con una pistola hecha con los dedos de su mano.

–Buen tiro –dije.

Caminábamos por San Diego cuando vimos a catorce zombies bajo el puente. Iban vestidos con remedos de ropa y a su vez todos ellos eran remedos de seres humanos, buenos o malos, pero todos derrotados por la peste del Apocalipsis. Demasiados para dos cazadores. Reuniríamos al escuadrón completo para ir por ellos. Otro día. Si quieren sobrevivir pueden largarse a la China.

–¿Quiénes son esos?

Miré en la dirección que me indicaba Ferrada y vi dos siluetas. No eran zombies, no caminaban como zombies.

–Hey – gritó Ferrada, –identifíquense.

Yo puse mi revolver sobre el antebrazo izquierdo apuntando a los extraños y Ferrada hizo lo mismo con su Mauser de colección.

Las siluetas se transformaron en hombres y las máscaras de la lejanía en caras. Eran otros cazadores: Amira y Teobaldo y ambos tenían los cinturones llenos de cabelleras, muchas mas que nosotros, para ofrendarlas a Salfate (aquel iluminado). Nos saludamos con un gesto de la cabeza.

–Estábamos hablando de Pepe Yeruba –dije.

–¿Si? –dijo Amira– y una mierda.

Amira se dejó caer por las rodillas, resbalando por la pared. Teobaldo le puso una mano en el hombro. Dijo:

–Está herido. Se cayó de un poste.

–Mierda – dije –¿como te sientes Amira?

–Como la mierda.

–Ya se te pasará –dijo Ferrada. Encendió un puro y lo puso entre sus dientes y botó el humo por las comisuras. Miró a Teobaldo y dijo: –Bajo el puente hay catorce zombies. ¿Qué opinas?

–Opino que los escalpemos –dijo Teobaldo.

–¿Y vas a dejarme aquí tirado? –Amira bebía una botella de Jack Daniel’s envuelta en una bolsa de papel y me la ofreció, pero la rechacé–. ¿Por qué no les dices lo que pasó,Teobaldo? ¿Por qué no les dices, pedazo de bestia?

Miramos a Teobaldo. Era un hombre de metro noventa, con gafas de gruesos cristales y rostro de niño. Alguna vez había sido alguien pero ya no era nada, era como el resto de nosotros. Dijo:

–Bueno, resulta que … ¿cómo lo explico? Saavedra…

–Que pasa con Saavedra –dijo Ferrada. Teobaldo continuó:

–Resulta que íbamos caminando por Santa Isabel cuando apareció y… era un zombie.

–¿Un zombie? –dije–. No puede ser

–Pero parece que si puede ser. El valiente Saavedra fue convertido. – dijo Teobaldo

–Era un zombie lleno de mierda –Amira se retorció y dio un grito. La cara se le puso pálida.

–¿Qué hicieron con Saavedra? – Ferrada echó una voluta de humo

Tobaldo se tocó el cinto y nos enseñó una cabellera canosa.

–Se lo merecía –dijo Ferrada. Cerró los ojos y levantó la cabeza hacia el cielo–. ¿Qué tan zombie estaba?

–­Muy zombie –dijo Teobaldo.

–Saavedra era nuestro líder de escuadrón , dije.

Amira se retorcía y no dejaba de darle sorbos a la botella. Se puso los brazos alrededor de estómago agarrotado. Ferrada dijo:

–Amira, creo que voy a escalparte.

–Que mierda dices, pedazo de mierda, tú y toda tu familia completa –Amira se interrumpió y vomitó sobre si mismo.

Tomé a Ferrada por los hombros y lo miré a los ojos y dije:

–Tranquilízate.

–No – Ferrada abrió los brazos y me quitó las manos de encima –soy práctico, míralo. ¿Te crees que se cayó de un poste? ¿Porque lo proteges, Teobaldo?

–Te odio, hijo de puta –dijo Amira, llorando.

Teobaldo dijo:

–Ferrada tiene razón. Estás jodido, Amira, más jodido que Saavedra. Te mordieron, por dios.

–Que están diciendo –dije– ¿Por qué no esperan que se muera?

–Muévete –dijo Ferada.

Me había puesto entre Ferrada y Amira. Ahora Ferrada tenía su Mauser en alto. Yo saqué cuidadosamente la mía y antes que Ferrada se diera cuenta lo estaba apuntando. Ferrada sonrió: el apuntaba a Amira. Escuché un click: Era el arma de Teobaldo que me estaba apuntando a mi. Otro clik: Amira apuntando a Teobaldo.

–Nos pusimos ultraviolentos – dijo Ferrada dejando escapar humo de las comisuras

–Tarantinescos –dijo Amira.

–Ya que estamos en esto –dijo Teobaldo– propongo que bajemos las armas todos al mismo tiempo y conversemos. ¿Qué les parece – Todos dijimos que si – Entonces, a la una , a las dos y a las….

Hubo un estallido cuadruplicado y lo único que vi fue una mancha de sangre en un vidrio, como si la escena hubiese sido filmada. Luego humo y luego la disipación del humo. Yo estaba tosiendo y vi los cadáveres de los tres cazadores en el suelo. Pero yo estaba intacto, de milagro.

Robé las cabelleras de los demás, decidido a ofrendárselas a Salfate (aquel iluminado).

Caminé por San diego tratando de recordar el momento en que todo se había ido a la mierda, pero no pude. Había sido hace cuánto, ¿diez años?. Quizás más. ¿A quien le importa? ¿Quedaba alguien en la tierra a quien pudiese importarle? De pronto me di cuenta que estaba bajo el puente en el que estaban los catorce zombies. Tarde para correr. Tarde para casi todo. Retrocedí sobre mis pasos lo mas lento que pude, sin quitar la vista de encima de aquellos seres, ex seres humano que te traspasaban su enfermedad con un mordisco. Estas vivencias son extremas, tanto que te queman y si existe un dios en los cielos ese dios derramó sangre en el mundo mucho antes de tu nacimiento.

–Salgan de mi camino, asquerosos– grité y di un tiro al vacío. El eco reverberó y los ojos de los zombies se posaron en mi como sanguijuelas.

Disparé y los sesos de un zombie volaron y me manché la ropa (yo no usaba impermeable como Ferrada) y retrocedí de asco, el líquido escurriendo por mi pecho. Giré sobre mis pies y puse una rodilla en el suelo y le di un tiro al segundo zombie. Un tiro limpio que le levantó la tapa de los sesos. Ahora venía otro con la piel negra y llagada, la cara llena con pústulas y escoriaciones. Abrió la boca y le salieron las tripas y yo me puse a vomitar y recargué el revolver entre espasmos y le perforé el ojo y el zombie se puso una mano en la herida y se fue tambaleando como en cámara lenta hasta posarse en un extremo del puente y quedarse ahí, inmóvil, resoplando. Soy muy bueno en esto porque me entrenó Saavedra. De pronto me puse a disparar a ciegas como un demente y escuché explosiones y roncos lamentos de los zombies como en una pesadilla y cuando abrí los ojos vi que muchos habían caído y que los sobrevivientes se arrastraban penosamente sobre sus líquidos y raras materias. Solo me faltaban nueve. Despaché a varios rápidamente, tiro tras tiro, sus sesos repartidos como pedazos de la mierda del culo de Satanás y estaba harto y cansado y cuando oprimí el gatillo, el arma hizo clik y, mierda……algo me cogió por los pies y caí al suelo y vi un relámpago y un machetazo de carne en mis ojos volteándome la cara. Fade out.

Desperté afiebrado y sudando, el cuerpo caliente. Había una fogata. Un zombie se movía frente al fuego y su sombra se sacudía como una serpiente. Me revisé la pistolera y encontré mi arma y la cargué.

–Juan –dijo Saavedra.

Se dio la vuelta. Tenía los párpados pesados y grises y pedazos de carne y pelo esparcidos en la pelambrera de hueso. La cara marcada con sangre seca. Quiso ponerse de pie, pero cayó. Se le dobló la cabeza en una extravagante posición y me quedó mirando como un fanático. Me arrodillé junto a él y le pinché una inyección de morfina.

–Esos hijos de puta me escalparon.

–No hables.

–Andan cortando cabelleras a destajo. Vivos o muertos.

–No te preocupes porque están muertos.

–No soy un zombie.

–¿Quien te escalpó, Amira?

–¿Amira, Teobaldo, qué se yo?

Puso los ojos blancos y empezó a convulsionar y a botar espuma sanguinolenta por la boca. Le puse mi chaqueta bajo la cabeza para que no se hiciera daño, pero Saavedra se raspó el cráneo vivo con el cemento y gritó como un cerdo.

–Te llevaré con Salfate – me señalé el cinturón, el podrá coserte la cabellera.

–Salfate….

– Aquel iluminado.

–Así sea.

El refugio de Salfate estaba en lo que antes habia sido la Estacón Mapocho. Ahora era unas suerte de refugio antinuclear custodiado por la guardia personal de Salfate. Cazarrecompensas y fanáticos, hombres violentos que creían en la iluminación del apóstata. Hombres como yo y como tu si estuvieras en mi pellejo. A dos cuadras del refugio un guardia nos detuvo.

–Identifícate.

Se señalé las cabelleras del cinto: – ¿Te basta con esto?

–¿ Y ese zombie?

–No es un zombie.

–Pues vaya pinta de zombie.

Frunció el ceño y llamó por radio y se quedó esperando a que le respondieron, haciendo aspavientos con la automática. Cuando le respondieron apagó el radio y dijo:

–¿Vienes a vender esas cabelleras?

–Que otra cosa sino

El guardia hizo un gesto. Pasa, dijo.

Savedra deliraba colgando de mi cuello como una viuda intensamente adolorida y a ratos se le habrían las heridas y se tocaba el corazón y la cabeza, mirándome como si aquello fuese una especie de lenguaje de signos y entonces se quedaba tranquilo. Ya queda poco, decía yo.

Cuando llegamos al refugio nos recibió una comitiva de orates de toda calña y un crío con cara de espantoso patibulario señaló mis cabelleras y ofreció por ellas un precio que le pareció justo.

–No –dije– las cabelleras solo se las venderé a Salfate.

El crío miró a los suyos y ellos lo miraron a él como si yo acabara de predecir el retorno de la paz del mundo y se largaron a reir, pero entonces yo dije que iba acompañado por el gran Luis Saavedra. Los custodios se pusieron serios y uno de ellos le ordenó al crío que llamara a Salfate. El crío lo miró con mala cara pero igual salió del hall y cuando regresó quince minutos mas tarde traía un permiso firmado por el mismísimo iluminado.

–Eso se llama tener santos en la corte –dijo el crío.

Nos escoltaron hasta el fondo del hall y de ahí pasamos a un pasillo iluminado por lámparas de queroseno y mas tarde salimos a la terraza y subimos por las escaleras de incendio. En el salón de la cúpula había quince guardias sentados en el piso, bebiendo. Algunos estaban completamente borrachos y otros cargaban y descargaban la recamara de sus armas, absortos en su locura, como en un eterno entrenamiento paramilitar. Uno de los guardias nos miró de pies a cabeza y entonces yo le tendí el permiso. El tipo lo iluminó con una linterna y lo leyó y me lo devolvió e hizo un gesto en dirección a la puerta de la cúpula.

–Ahí está el maestro –dijo.

Abrió la puerta y se quedó parado en el umbral, hasta que pasamos.

Salfate estaba sentado de espaldas frente a un escritorio iluminado por una vela leyendo un comics de Acuamán. Era completamente calvo y sus enormes nalgas se derramaban a ambos lados del asiento. Se dio vuelta y me tendió la mano y yo me incliné a besar su anillo y Saavedra hizo lo mismo. Le mostré las cabelleras.

–Maestro, te entrego estas cabelleras a cambio que le devuelvas la salud a mi mentor.

Salfate recibió las cabelleras y me tocó magnánimamente la cabeza y luego las guardó en un cajón. Se metió las manos al bolsillo y sacó unos billetes y me los pasó. Volvió a su escritorio a terminar el comic de Acuamán.

–Maestro –yo seguía inclinado–, te he podido que le devuelvas la salud a mi amigo. Es Luis Saavedra. Un valiente cuyas hazañas han hecho fama y que ha luchado en tu nombre.

–Lo sé.

–Entonces.

–Entonces nada. Si te dejé pasar hasta aquí es porque la fama de Saavedra de verdad es grande y me ha agradado. Guarda tu pago y lárgate.

–Maestro. Tu nos has dicho que conoces todo, que la sabiduría está en ti y que solo en ti podemos confiar y que solo tu puedes curar nuestras heridas.

–Bah –Salfate tronó los dedos y entraron los guardias.

–Mátenlos.

Entre dos guardias cogieron a Saavedra y uno, por puro gusto, le arrastró la cacha de su automática por el hueso vivo del cráneo antes de vaciársela en la mollera. Saavedra cayó por las rodillas con una flor de carne y sangre formándose en su cabeza y se estrelló con los ojos abiertos. Cerdo, dije, tu y toda tu tropa de matarifes. Otro guardia me agarró a mi y un segundo me revisó pero no encontró mi revolver. Está en mi bota, dije, lo guardo en la tobillera de mi bota. El guardia se inclinó y entonces le di una patada y el hombre se fue de costado y forcejeé con el otro y me liberé y me dejé caer con las piernas alrededor de su cintura y en la caída tomé la cabeza de Salfate y con mi peso lo hice desplomarse. Hinqué una rodilla en su pecho y me saqué el revolver de la bota y se lo puse en la cabeza.

–No vas a salir de aquí, dijo Salfate.

–Puede ser.

–Querrías estar en el océano Pacífico, pero ni así te librarás de nosotros.

–Eso lo veremos después. –Miré a los guardias–. Bajen sus armas.

Los guardias miraron a Salfate. Hagan lo que dice, dijo este. Se acuclillaron y dejaron las automáticas en el piso y se incorporaron con las manos en alto. Temblaban. Parecían pobres diablos. Le ordené a uno de ellos que esposara a sus compañeros. El tipo miró a Salfate y este asintió y entonces hizo lo que le ordené y luego se paró con las manos en alto. Miré a Salfate y le dije: – Vamos a hacer una prueba falso profeta. – Le hablé al guardia desarmado: – Recoge tu automática lentamente y pégate un tiro en la cabeza o mato a tu maestro. Considera que soy mucho mas rápido que tú porque he dedicado mi vida a cazar zombies y tu solo has estado aquí, pajeándote. .

El hombre me miró, sin creer lo que escuchaba y luego miró a Salfate y este le hizo un gesto y le dijo que lo hiciera, pues ese mismo día estaría sentado a su derecha, junto al padre. El guardia recogió la automática y se pegó un tiro. La habitación restalló y de la boca del cañón salió un resplandor de fuego. Ves, lo que hiciste, dijo Salfate. Ahora esta habitación se llenará de guardias y tu serás carne para los zombies. Te arrojaremos a la arena y dejaremos que te muerdan y entonces te convertirás en uno de ellos y te cortaremos en partes y luego te arrojaremos al río y te quedarás ahí por toda la eternidad.

–¿Entonces de todas maneras estoy muerto?

–Así como lo veo yo, sí.

Entró un tropel de guardias armados hasta los dientes y nos rodearon apuntándonos con sus armas, gritando y maldiciendo furiosos. Les dije a los hombres:

–Consideren esto: antes de matarme yo mataré a su maestro. No hay manera de que puedan evitarlo porque tengo mi arma en su cabeza. Pero consideren también que no puedo largarme de aquí porque de hacerlo ustedes me llenarán de plomo hasta el culo. Estamos empatados ¿no?. Entonces les digo que liberaré a Salfate, siempre y cuando el confiese sus crímenes y su deshonra. – Presioné el arma en la sien de Salfate– Habla embustero.

Salfate miró a sus hombre y carraspeó: – Soy un charlatán y siempre lo he sido. Nunca he sabido nada de lo que hablo. Yo invento. No sé como mierda comenzó esta plaga y no creo que tenga que ver con el Apocalipsis, ni con ninguna de las teorías conspirativas que he repetido como mono durante toda mi vida. Desprecio a muerte a mis seguidores y considero que son unos estúpidos al creer mis patrañas. Pero esta plaga me vino de perillas, pues antes yo solo era un drogadicto y un fracasado. Me encumbré en falso líder solo para tener estúpidos que me sirvieran y en lugar de invertir recursos en la investigación para una cura he preferido mantenerlos embobados con aquella tontería de las cabelleras. –Salfate me miró– ¿Satisfecho?

–Mucho.

Solté a Salfate y me puse de pie con la manos alzadas. Salfate se sacudió la ropa y se incorporó y ordenó a sus esbirros que me quitaran el arma. Pero después de su declaración de incompetencia sus hombres no habían podido despegar sus ojos de él y lo miraban con una mezcla de escepticismo y dolor y siquiera se inmutaron con sus órdenes.

–¿Que están haciendo?, dijo Salfate.

–¿Es verdad lo que ha dicho, maestro? –preguntó un guardia.

–¿Que estás diciendo, idiota? Era una treta para que me liberaran.

–No lo creo –dijo el otro–. Señor, creo que estas declaraciones son graves y deberá corroborarlas ante un jurado

–¿De que jurado hablan?

Entre todos lo tomaron y lo sacaron de la habitación. El maestro gritó y se sacudió como la cucaracha que era, gritando su nombre como si su sola mención fuese una suerte de atributo o una demostración de inocencia. Como un culpable de actos atroces descubierto en pleno ejercicio de su infamia. Pues eso es lo que era.

Me esposaron: –¿Qué van a hacer con migo? –dije.

–Todo se verá a su tiempo. Depende de lo que diga la corte.

–No hay corte, vivimos en un estado monárquico, gobernado por Salfate.

–No lo creo. Creo que ya no más.

–Un poco de orden en el caos.

Siempre he desconfiado de los charlatanes.

 

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  1. Sí, los charlatanes son lo peor, empezando por… Bueno, mejor no digo nada polémico ni ofensivo para ciertos grupúsculos.

    Entretenido y vigente, es un relato que leí de una patada. De puro imaginar a los protagonistas en esas situaciones me reía solo. Faltó más gore y sexo, pero qué le vamos a hacer.

    Por cierto, mido solo 1,82 mt.

    También, ¿cómo hago para que no suene la musiquita al cargar el blog?

  2. Querido Teobaldo. Gracias por valorar el cuento. Medirás un metro 82 pero para los erizos eres un gigante. Por cierto, la musiquita solo suena en tu cabeza o bien en mi cabeza no suena ninguna musiquita ya que soy medio sordo.
    Abrazos

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