La columna gorda del Gordo Vimana: “El principito”

Estándar

gordo vimanaPor el Gordo Vimana

Hola, ustedes ya me conocen, soy el Gordo Vimana. El otro día comía un completo en el Café estación, que es donde como entre clases, unas siete veces al día, cuando apareció un mocoso vendiendo calendarios. A mí siempre me han gustado los calendarios, sobre todo los de las vulcanizaciones y aunque los calendarios del mocoso eran de conejitos y ranitas, le compré dos. Gracias niño, dije. Cuando el mocoso salió me di cuenta que el calendario era del 2008. Corrí tras él y lo encontré frente a un kiosko, mirando la portada de la Playboy. Lo agarré del pelo y le dije: me estafaste mocoso de mierda. El mocoso gritó y apareció la policía. Yo hice como que le estaba acariciando la cabeza y me escabullí de nuevo al café, dispuesto a terminar mi completo. Se lo habían robado. Conchetumadre, grité. Tomé al garzón por el cuello y le pregunté por el completo. ¿Su completo?, dijo el garzón. Se quedó mirándome y entonces levantó un dedo y rió y dijo: ajá, a usted yo lo conozco, usted escribe en El Merculio. Me alisé el cabello y lo miré coquetamente. ¿Y usted lee mis críticas literarias?, dije. Pues claro, dijo el garzón, pero me llama la atención que trabaje en un periódico de mierda. Bueno, dije, y a ti que te importa, garzoncito. Me importa porque soy un lector, dijo él. ¿Ah sí, y que lees?, dije yo. El garzón metió las manos debajo de la barra y sacó un librito: Yo leo esto. Tomé el libro con desprecio y sacudí la cubierta. El príncipe de Maquiavelo, dije, ya lo leí. No es El príncipe de Maquiavelo, dijo el garzón, es El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Me puse los anteojos y leí el título. Verdad, dije, es El Principito de Antoine de Sait-Exupéry. Sí, dijo el garzón, es un libro muy bueno. Yo dije que no lo conocía y el garzón me miró como si fuera un marciano y me explicó que todo el mundo había leído El Principito. Pues yo no, dije. Pero si eres crítico literario, dijo el garzón. Ah, pedazo de bestia, dije, no voy a discutir contigo, ¿dónde está mi competo?. El garzón se encogió de hombros, sabiendo que no podía contra mi (yo soy un hombre de letras que escribe en El Merculio) y se fue a la cocina por otro completo. Abrí el libro y lo primero que vi fue un dibujo y era este:

sombrero

Un sombrero, evidentemente, qué mas podía ser sino un sombrero. Parece que lo dije en voz alta porque el garzón gritó desde la cocina: No es un sombrero, estúpido, es una boa que se comió a un elefante. Entonces apareció con mi completo y lo deslizó por la barra. Que mal educado, dije yo. Es una boa que se comió a un elefante, dijo el garzón señalando el dibujo.

–Pero yo veo un sombrero.

–Pero es una boa.

–Pero a mí no me importa lo que digas tú.

–Pero no lo digo yo, lo dice el libro –el garzón pasó el dedo por una línea del texto–. ¿Ves, es lo que dice el texto?

–¿Quién te crees para corregir a un profesor universitario?

Tomé el completo y lo estrellé en el hocico del garzón y después le embadurné la cara y me di tiempo para vaciar el pote de ají en mi mano y restregárselo en los ojos. Oh, gritó el garzón, Dios mío. Jajaja, dije yo, para que aprendas a no contradecir al Gordo Vimana
Me puse a aplaudir y entonces apareció un guardia y me puso una mano en el pecho. Era un negro de un metro noventa, musculoso y con camiseta sin mangas:

–¿Que cree que está haciendo, loco?

–Nada –puse mi mejor sonrisa, la sonrisa que le regalo a mi alumnas con minifalda–. Nada, señor. Yo sólo estoy comiendo un completo –recogí los restos de la barra–, Mmmmm, que rico, ñam ñam.

–¿Usted es el Tragalibros?

–Trago libros, completos, lo que sea.

–Idiota, usted es el que escribe en El Merculio.

–Sí.

–En ese diario de mierda.

–Sí.

–Entonces sígame.

No tuve que seguir al negro, porque me tomó de las solapas y me arrastró por un oscuro pasillo que olía a comida, pero comida rancia como la que podría servirse, digamos, en una mazmorra del medioevo o en el pabellón de la muerte. Nos detuvimos y el guardia encendió la luz.

–Este es el camarín del personal –dijo.

–Que camarín más feo –saqué una barrita de cereal de mi bolsillo y le di un mordisco.

–Tú eres un tipo raro.

–Raro y gordo.

–Pero eres un crítico importante…

El negro abrió su casillero y me arrojó una mochila. Era muy pesada, pero no era la típica mochila de negro (si es que tal cosa existe) era más bien una mochila normal, una mochila Adidas.

–Oh, que observación tan estúpida –dijo el negro.

–¿Puedes leer la mente?

–Has estado hablando en voz alta todo el rato. ¿Estás loco?

Me encogí de hombros y el negro me ordenó que abriera la mochila. Adentro había un montón de libros, libros de todos los tamaños, de todos los pesos y supongo de todas las calidades. Abrí uno al azar y leí un poema:

Oh, blanca noche
Blanca y funesta noche
No es río, no es manantial
¿Será la cuota de mis abismos?

–¿De quien es esto? – dije, mordisqueando un Super 8.

–Mío.

–¿Y desde cuando los negros escriben?

El negro se llevó una palma a la frente y enumeró una larga lista de negros escritores. Yo no conocía a ninguno. ¿Alejandro Dumnosecuantos? Y eso que soy crítico literario.

–Bueno ya, escribiste un libro, ¿y qué?

El negro se cabreó y empezó a arrojarme libros y por más que trataba de esquivarlos me caían encima como águilas y hubo uno que me dio en la nariz y por poco me caigo. El negro se tranquilizo. Bufaba, con los brazos caídos como el negro que era y entonces me dijo que los leyera, porque eran de su autoría. Me dijo también que los había mandado al Merculio para que los reseñara, pero al parecer yo era tan descomunalmente gordo que mi única preocupación en la vida era mi peso o la baja de mi peso o la alza de mi peso o lo que fuese que tuviera relación con mi peso. Eso es lo que creía el negro y no estaba tan lejos de la verdad. Como sea, leí por media hora en ese camarín que parecía un claustro y me contaminé de las palabras del negro y me fui convirtiendo a su fe poética y al rato lo adoraba porque su poemas eran fieros, tocados por la vara de dios y eran superhumanos. Me puse a llorar y dije:

–Te amo, negro

–¿Qué?

–Quiero decir, te admiro, negro

–¿Y bueno, los vas a reseñar?

–Pero por supuesto, una cosa así no puede pasar desapercibida por mi pluma literaria, por mi pluma cavernosa que llena la pus de los seres biomecánicos del…..

–Ay, dios, pero que metáforas tan malas

–Cómo te atrev…

–Eres pésimo, tus enumeraciones son pésimas, tus referencias son pésimas y tus argumentos son estúpidos y para colmo eres demente y estás gordo.

–En todos mis años….

–¡Y nunca serás Bolaño!

Tragué saliva. El negro me había descubierto. Años simulando ser un escritor, cuando en el fondo solo soy un  gordo que escribe de otros, que ataca a otros, que vindica a otros, pero que nunca llegará a ser como esos otros. Con tal que me paguen, digo yo.

–Me caes bien– dijo el negro.

Extendió su mano para estrechar la mía y luego me dio un abrazo, un abrazo de negro, supongo, porque era muy apretado y yo podía sentir su enorme pene en mi estómago.

–Juro solemnemente que te lanzaré al estrellato, negro

–Peter.

–¿Peter Parker?

–Peter Fuentes, me llamo Peter, Peter Fuentes y no me gusta que me digan negro ¿te gustaría que te dijera Gordo?

–Bueno, firmo mis artículos como El Gordo Vimana. Gordo con mayúscula.

La puerta del camarín se desplomó y la luz del exterior cayó en el camarín y dos policías entraron, sosteniendo al pobre garzón ciego y al chiquillo de los calendarios. ¿ Quién fue?, le preguntó un policía al mocoso.

–Bueno, fue…

Me saqué del bolsillo un Chocman y lo metí en la boca del chiquilo.

–Señores policías –dije–, al que buscan ustedes es a este negro.

–¿El negro? –dijo el policía–, ¿es verdad, chiquillo?

–¡Hmnfskjfhkjhf!

–No le haga preguntas al chico, porque tienen la boca llena. Yo soy un crítico literario. Créame a mí.

El policía no tuvo necesidad de preguntarle al garzón (que por lo demás estaba ciego, aquel pobre Edipo que clamaba justicia, la flema escurriendo de sus orbitas oculares) y puso las esposas en las muñecas del negro y lo amordazó y me dijo: gracias señor Vimana. Yo le dije al policía: no, gracias a usted. Y entonces tomé al mocoso y le acaricié la cabeza y dije:

–Yo, como todo hombre culto (recuerde usted que soy crítico literario), lucharé para que estos niños indefensos, para que los principitos de nuestro mundo tengan su lugar en la sociedad. A salvo de los negros.

Y entonces los policías se llevaron al negro.

Y entonces salí a la calle y me encontré con una alumna. Y aquella alumna, que llevaba las piernas desnudas y que tenía por nombre Sofía habló y estas fueron sus palabras:

–Profesor ¿qué aprenderemos hoy?

–Aprenderemos la verdad de El Principito y esta es que nunca dibujó una boa comiéndose un elefante, mas si un sombrero.

Le pasé el libro a Sofía y ella lo miró y dijo:

–Pero si esto es un pene.

–Dame eso –miré el libro y en efecto era un pene y yo, el Gordo Vimana, no me había dado cuenta ¿Qué trama oculta se escondía bajo en aquel desconocido Principito?. Tomé a Sofía del brazo:– Vamos.

–¿A dónde?

–A la biblioteca. Esto es un trabajo para el Gordo Vimana.

Continuará

Anuncios

Un comentario »

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s