Capítulo 4: La nanotecnología al rescate (extracto libro “Mensajes ocultos del cine fantástico”).

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nymphoid-barbarian-in-dinosaur-hell_nymphoid-and-dinosaurs-624x252Por Omar Vega

Esta es la pieza cinematográfica más difícil de ver por su alto contenido reprobable, pero creo que vale la pena recomendar. El filme, aparecido en 1974, es producto de Arnold Fontein y tiene un curioso nombre: “Vírgenes ninfómanas en el Valle de los Dinosaurios”. Fontein fue un oscuro director francés en la máquina hollywoodense, no hay mucho sobre él, pero se sabe que llegó a finales de los 1960’s atraído por la revolución de las flores y huyendo de una condena de 12 años por acosar colegialas. No le costó nada entrar al circuito de películas B y de ahí a cintas de dudosa categoría era solo un paso. La película se estrenó en vacaciones en 45 cines y no obtuvo mucha notoriedad hasta que llegaron los 1980’s y su distribución en video clubes. La pasaron en programas de trasnoche y fue cinta obligada de Halloween en la Universidad de Duke. Fontein no hizo nada más notable que este cóctel de dinosaurios y chicas rara vez vestidas.

El filme es un completo desperdicio en mi opinión. Tiene chicas bonitas, dinosaurios, naves espaciales, malvados emperadores de otra galaxia, pero no tiene casi nada de la ciencia ficción que a mí me gusta. No, señor. ¿Cómo pueden existir vírgenes que sean ninfómanas y dinosaurios coexistiendo con las vírgenes falsamente ninfómanas? No es creíble, no es tecnológico. ¿Razas de demonios que se dedican a sodomizar a los humanos prehistóricos? Un completo desperdicio. Nada de esto ocurrió, los historiadores nos cuentan algo muy distinto y yo estoy del lado de ellos. Todos lo estamos, ¿verdad? Pero me remito a una escena en particular que llamó mi atención. Ustedes saben que yo soy un historiador del futuro -¿compraron mi anterior libro, verdad?- y mi interés es encontrar todo vestigio de profecía tecnológica. En esta escena, que debo decir es reprobable, una muchacha puniblemente mal vestida se ve sometida al poder del Emperador Salomas. La muchacha, Lea, está atada a una mesa de piedra, rodeada por herramientas punzantes, mientras el Emperador le anuncia que la inocularán con ciertas maquinillas del deseo para hacer que lo ame. He aquí que uno de los esbirros aferra una de las herramientas parecida a una jeringa no creíble no tecnológica y la inyecta en uno de sus brazos. Ella grita de dolor e impotencia, pero no puede hacer nada. Todo su cuerpo, brillante por el sudor, comienza a temblar y a gritar el nombre de su amado salvaje. “¡Marn, yo amo a Marn!”, pero esto no detiene a Salomas que se acerca y la acaricia lascivamente. Fue en este preciso momento, a punto de detener el reproductor de Xvideos y asqueado con tanta inexactitud, que pensé que aquellas maquinillas del deseo no eran otra cosa que nanotecnología a la manera muy bruta del Chavo del Ocho. Así que me armé de valor y seguí mirando.

La chica gemía con esa mezcla de placer y dolor tan conocida por relatos del depravado monsieur Sade. Me imaginé que las maquinillas del placer hacían su trabajo, cambiando la química de su cerebro, todo muy científico y eso estaba bien, pero me sentía molesto con la actitud de la cabra que no quería entregarse. De su boquita roja solo salía “Yo amo a Marn”. ¡No daba su brazo a torcer! Sin embargo, debo reconocer que su cuerpo agitándose y brillando a la luz de las antorchas me provocó un cosquilleo en la guatita. No importa, me dije, tienes que seguir adelante, Omar, se lo debes a las generaciones futuras. El Emperador Salomas se desnuda y le dice a sus esbirros que hagan lo mismo. La chica ya no puede más y sus bellos ojos se abren llenos de lágrimas, pero nublados por un deseo salvaje. La desatan para que se incorpore y desgarre lo último de su taparrabos y mostrar su mohicano. ¡Basta!, dije, y detuve el video y me incorporé muy perturbado, me pasé por la cocina para tomar una taza de café y luego fui al baño. Sentado en la taza me pregunté qué tipo de mente enferma pudo escribir un guión así y mezclar una idea tan brillante. Me temblaban las manos, la boca se me secó. Entonces una voz me habló en mi cabeza. Ya está, me dije, me contagié algún tipo de gonorrea mental. No es así, me dijo la voz, soy la diosa de la ciencia ficción. Pero, ¿cómo?, es lo más antitecnológico que he oído. Pero ya tu ve’, mi negro, me respondieron. Al menos esperaría un dios, dije. Eso fue chauvinista, me siento ofendida. ¿Y cómo puedo llamarte, diosa?, pregunté. Aspartame, a tu servicio. Raya para la suma, ella quería que no cejara en mi intento de traer luz a este mundo antitecnológico y me indicó que este era un trabajo importante. Verás, me explicó, yo siempre pongo un poco de credibilidad y tecnología hasta en los productos más aberrantes, es como un juego que mis fieles deben descubrir para que la humanidad no caiga en el vacío oscurantista. Fin de la cita. Así es, yo me considero uno de los más fieles -aunque no me gusta que la ciencia ficción sea una diosa porque sus detractores dirán que no es creíble ni tecnológica.

Salí del baño con una voluntad renovada. Nada me detendría. Pero antes me pasé de nuevo por la cocina y me traje un vaso de Coca-Cola con varios cubos de hielo. Me senté en el escritorio y le di play al video. Lea baila sobre la mesa de piedra, mientras sus enemigos miran hipnotizados. En un momento de descuido, la chiquilla le arrebata la jeringa a uno de los esbirros y ella mismita se inyecta todo lo que queda. Debo hacer el comentario que la nanotecnología fue en principio planteada por el físico Richard Feynman, en 1959, y su primera denominación inventada en 1974 por Norio Taniguchi. Pero no es hasta la aparición del libro Engines of Creation, de Eric Drexler, en 1986, que es descrita tal como la conocemos. ¡Pero a la mierda! Cada maravilloso movimiento de las pompas de esta chiquilla es digna de desviar la mirada y su boquita, linda y coloradita, es para morder despacito. El Emperador Salomas y los esbirros se le echan encima como perros calenturientos, pero las maquinillas del deseo funcionan a todo cohete y ella los va despachando uno a uno con llaves de cachete que solo una maestra sabe hacer. Salomas es el último en quedar en pie y la batalla en el ring de cuatro perillas daría para un capítulo entero que no escribiré porque soy un hombre de familia, pero puedo decir que dura siete largos minutos. Así que tuve que poner mis manos sobre la mesa bien firmes y rogar a Aspartame que terminara. El maldito Salomas sufre un ataque cardíaco -¿o es un orgasmo?, no sabría decirlo- de esos que te doblan como chanchito de tierra y no vuelve a levantarse. Lea triunfa gracias a la nanotecnología y puede salir de la guarida con una mirada distinta del mundo, ahora sabe el poder que tiene su género sobre las bestias y los hombres. Se reúne con su amante salvaje que le pregunta si se encuentra bien y ella le responde que nunca ha estado mejor para desconcierto de él.

Me sequé el sudor de la frente y como no pude levantarme en diez minutos, escribí algunas anotaciones. La nanociencia trajo mucho avance a la tecnología médica. Los dinosaurios no coexistieron con los humanos, pero quizás los extraterrestres sí. Las pompas, apretaditas y jugositas, pueden destruir a un hombre. El cine fantástico nunca para de sorprendernos.

[© 2013, Omar Vega]

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