La venganza del payasito de porcelana

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et2

Por    Juan Calamares

A Luis Saavedra

“Mi casa. Teléfono”

E.T.

Ahora que estoy viejo me ha dado por contar historias. Es una mala idea porque a los viejos nadie los escucha, salvo otros viejos, quienes por lo general son sordos o simplemente se mueren a mitad de la narración. Lo bueno es que uno puede contar lo que sea y a nadie le importa. En fin, el otro día, estaba con los viejos del asilo y les conté una historia que me pasó de joven:

“Yo era periodista y un día me mandaron a hacer una nota sobre un circo pobre. A mí los circos siempre me han repugnado hasta la náusea, sobre todos los pobres y el que la gente los considere románticos es un absurdo del que debemos culpar a Fellini. Pero no estamos para hablar de Fellini, sino del circo: Estaba mirando el espectáculo cuando un payaso llamó mi atención. Era un enano muy blanco y como payaso era pésimo, ni saltaba, ni hacía piruetas, ni nada. Cuando el espectáculo terminó me fui al trailer de los payasos a pedir explicaciones y me atendió una gorda con media hamburguesa en la boca. ¿Dónde está el enano?, dije. ¿Que enano? dijo la gorda. El payaso de medio metro. Ah, ese, dijo la gorda, está en el trailer de al frente. Así que me fui al trailer de al frente. Pero como no salía nadie me puse a leer un libro de ciencia ficción. Yo siempre estoy leyendo esas baratijas; me gustan los monstruos, los robots y los capitanes con arma láser. No soy de gustos exigentes; también me gustan las películas de Nicolás López. En fin, de pronto la puerta del trailer se abrió sola y pasé. Era un completo desastre: botellas de pisco, colillas de cigarro y revistas porno. ¿Hay alguien aquí?, pregunté. Entonces apareció el enano. Estaba borracho y se tambaleaba y era el tipo mas feo que yo hubiera visto, rostro pálido y ojos negros enormes de foca. Que mierda, dije. ¿Qué haces aquí?, gruñó el enano. Vengo a decir que tu acto es un asco. ¿Ah, sí, y a ti que te importa?. Me importa como que me llamo Luis Saavedra, dije. Entonces el enano se abalanzó sobre mí, pero como estaba borracho se cayó al suelo. Me entró pánico y salí del trailer pero afuera me encontré con la gorda. ¿Y usted que hace acá?, dijo. (Ya no tenía la hamburguesa, pero todavía le chorreaba la mostaza). Estaba entrevistando al enano, dije. Ah, verdad, dijo la gorda. Y se dio media vuelta y se fue meneando el culo de elefante, aquella estúpida. Pero cuando llegó a la puerta se detuvo y me hizo gestos con el dedo para que la acompañara… La gorda no estaba tan mal, después de todo. Nos revolcamos en su litera y después nos pusimos a tomar piscola. Oh, me dijo, la vida del circo es tan romántica, es una aventura. Oh, si, le dije yo, a mi me parece maravillosa. Y otras cosas por el estilo, cada cual mas falsa. Después volvió a bajarle la calentura y se me tiró encima, pero yo ya no tenía ganas, así que nos pusimos a pelear. Estábamos en eso cuando golpearon la puerta. Debe ser mi marido, dijo la gorda. Entonces me escondí en el ropero. Como me estaba ahogando me asomé por una rendija y vi al enano. El imbécil le dijo a la gorda que alguien se había metido en su trailer y que lo había atacado, y le dio todas mis señas. Después se puso las manos en la nuca y puso cara de constricción. Yo no podía quitarle la vista de encima y vi como su piel se desprendía de su cabeza y caía al piso como una mortaja. El enano era un monstruo, un ser escamoso, boca de insecto, con colmillos supurantes y una cola gruesa de reptil. Voy a matar a ese imbécil, dijo. Y entonces la gorda miró hacia el ropero e hizo una serie de gestos para advertirme, pero eran tan evidentes que el enano se dio cuenta y abrió la puerta. Tú, otra vez, dijo el enano. Mamacita, dije yo. Y me puse a correr en calzoncillos, con el enano detrás. No le hagas daño, dijo la gorda, y se arrojó sobre el enano y le hizo una plancha y me dijo: corre, corre por tu vida. Cuando estaba fuera, del trailer de al lado salió la mujer barbuda peruana con un plato de comida en cada mano. ¿Papas a la guancaina?, dijo, ¿papas al merquén?”.

Y esa es la historia que le conté a los viejos. Por supuesto nadie la creyó y todos se pusieron a dar vueltas en sus sillas de ruedas de pura risa. Yo me harté mucho y no les hablé en una semana. Me quedé solo en mi cuarto y por más que me dieron ganas de salir a jugar cartas me aguanté. Ya vendrán a pedirme disculpas, pensé. Pero me equivocaba porque a los pocos días nadie recordaba mi nombre. Me llamo Luis Saavedra, decía, Lu-is-Sa-a-ve-dra. Pero en los asilos a nadie le importan los nombres y todos te llaman como se les ocurre. Te dicen sobrino, hijo, a veces te confunden con su mascota. A mi, un viejo me llamaba Carolina. Carolina la cama está calentita, Carolina ven pa que te sobe la chuleta. Y cosas por el estilo. Otro viejo me llamaba Papa Frita. Una vieja me llamaba por su número de carnet. Era de lo único que se acordaba, así que si alguien le decía “Señora como se siente”, respondía 3.443.567-9.

Un día llegó un nuevo viejo y lo pusieron en mi cuarto. Yo había estado solo desde la muerte de mi compañero anterior, un tal Juan Cala-no-se-qué, y estaba muy contento con mi soledad, así que no pegué un ojo en toda la noche y lo único que hice fue recordar la historia del enano monstruoso. Por la mañana entró un auxiliar con una silla de ruedas y le dijo a mi compañero: Súba, don José. Entonces vi que el viejo tenía las piernas amputadas y estaba todo vendado desde los muñones hasta la cabeza, como una momia de Hallowen, absolutamente estúpida, incluso cómica, como si la hubiera preparado un aprendiz de embalsamador, el más idiota de todo el mundo egipcio. Yo no dije nada, porque me importaba más bien poco, lo único que quería era vivir tranquilo, sin que me molestaran, y parece que el auxiliar leyó mi mente porque antes de salir me dijo que no me preocupara porque José, o sea, mi nuevo compañero, aparte de todo, era mudo.

José me caía bien porque no se quejaba, ni se movía, ni hacía absolutamente nada y yo podía contarle lo que fuera, sabiendo que no me interrumpiría, ni me diría “cállate, por favor, si sigues hablando moriré”. Así que un día me decidí a contarle el resto de la historia del enano, que es ésta: “Después del episodio del circo regresé a la redacción del periódico. Le conté al editor lo que me había pasado y el muy cínico se puso a reír y a dar vueltas en la silla giratoria y me dijo que aquella era la historia mas ridícula que había oído en su vida. Sí, le dije, yo, es que es una broma. Y empecé a hacer un montón de gestos tontos, para disimular y no quedar como imbécil. Por un momento pensé que estabas hablando en serio, dijo el editor. Cuando terminé la crónica se la pasé y el tipo me miró de arriba abajo y me dijo: pero si yo te pedí una crónica sobre el circo. Si, claro, dije yo, pero es que esto es lo que pasó en el circo. Si, pero al menos la otra historia me hizo reír esta no. Bueno, le dije yo, entonces renuncio, soy un periodista fiel a la verdad. Yo pensaba que mi renuncia, que era una demostración de integridad, iba a hacer que José me admirara, pero en lugar de eso se puso a reír y mágicamente adivinó la primera parte de la historia y sumando las dos partes, el resultado le pareció la cosa más tonta ocurrida jamás. Puedes hablar, le dije. Claro, hijo de puta, dijo José, me he estado riendo de ti hace un mes. Me largo, le dije, renuncio al asilo. Por supuesto, esto produjo más risas, porque ¿cómo se renuncia a un asilo? Pero es que estaba tan nervioso que no se me ocurrió nada mejor que decir. Estábamos en eso, cuando apareció el camillero y me reprendió por meter bulla a esas horas. No soy yo, le dije, es José que se está riendo. El camillero me preguntó si acaso estaba loco, porque el pobre José era mudo. Porque no se acuesta, dijo. Y se quedó esperando a que me metiera a la cama. Hijo de puta, le dije a José. Pero José no dijo nada.

No volví a dirigirle la palabra. Nuestra relación se volvió deforme, sospechosa, casi de pesadilla. Ahora todo el mundo parecía mi enemigo. Internos que apenas sabían usar el andador se convertían en cuervos. Se transformaban ante mis ojos, de pájaros a murciélagos, de perros a coyotes y también se convertían en seres mitológicos, en seres de mundos opuestos, mundos espejos, seres hechos de pura mirada inquisitiva, seres de paranoia, aliados de la momia José.

Un día ya no supe que hacer y solicité una entrevista con el director. Era aquel un hombre cabal, un recto funcionario que siempre tenía una palabra de aliento para los internos, un buenazo. Le dije que desconfiaba de José, le dije que temía por mi cordura, y por alguna razón terminé contándole la parte final de la historia del enano, porque siempre termino haciéndolo, aunque no venga a cuento, lo juro, como que me llamo Luis Saavedra: “Después de renunciar al periódico me la pasé meses buscando trabajo, pero ya se había corrido la voz de que yo era un tonto, así que me empeciné en encontrar al enano. Lo busqué por cielo mar y tierra, incluso en Arequipa, por un dato que resultó ser falso (jajaja, que gracioso, informante de mierda). Y me cansé de buscarlo. Pasaron los años y un día el circo se instaló en mi barrio. En lugar de ver la función me fui directamente al patio de los trailer. La gorda no estaba, porque se había muerto, pero si que estaba la mujer peruana barbuda. Me reconoció y me dijo ¿Usted es Luis Saavedra? ¿Y como sabe mi nombre?. Porque Pepe lo está buscando. ¿Y quien es Pepe?. El enano, pues, el dueño del circo. Así que el enano era el dueño del circo. Entré a su trailer y lo vi, esta vez tal como era, sin sus atavíos humanos, sin su carcasa de piel terrícola y juro como que me llamo Luis Saavedra que no tuve miedo. Por fin nos volvemos a encontrar, dijo. Estaba frente a mi, aquel ser, aquel payaso que yo había llegado a juzgar un delirio. Ha pasado mucho tiempo, dije. Así es, dijo, ¿cómo has estado?. Había sabiduría en sus ojos, una sabiduría que yo no había sido capaz de comprender. Ahora lo sabía, aquel hombre venía del espacio, de un mundo mas alto, mas poético. Me acerqué para estrecharlo en mis brazos y me miró con sus ojos de dios y dijo: Porque te metiste con mi esposa, viejo cochadetumadre. Y sacó un bastón y empezó a perseguirme. Deja que te alcance, viejo de mierda”.

Dicho esto me quedé en silencio y escuché como el director suspiraba. Levanté la vista y vi sus ojos, aquel hombre tan comprensivo me miraba con ternura, el “entendía”. Pero de pronto se puso a reír a carcajadas y a darse vueltas en su silla y a decir que aquella era la historia más tonta del mundo, mucho más tonta que las de los otros internos, que eran más bien incoherentes, y que la mía se ganaba el premio a la estupidez y que era un gran resumen de toda la imbecilidad humana, entre otras cosas. Pero qué tiene de tonta, protesté. Bueno, me dijo entre risas, de partida, todo el rato estás haciendo observaciones estúpidas como “se había corrido la voz de que yo era un tonto” o “lo juro como que me llamo Luis Saavedra”. Y siguió riendo mucho rato, agarrándose el estómago y arrojando papeles por encima de su cabeza. Salí de la oficina, furioso.

Cuando regresé a mi cuarto, José estaba parado sobre sus muñones, los brazos extendidos, la cabeza colgando sobre el hombro, como un crucificado Así que nadie te cree, dijo. No podía mirarlo a los ojos porque estaba vendado, pero podía sentir su fría de lagarto. ¿Y como sabes que estuve contando mi historia?, le dije. Lo sé, dijo José. Y se sacudió y la venda se desenrolló y cayó al piso. Nunca tuve las piernas amputadas, dijo, son mis pies, porque realmente lo que soy es un enano. Era un ser de ojos negros, piel escamosa, un extraterrestre, mi viejo enemigo, el payaso. ¿Me estuviste siguiendo? dije. Así es, te busqué por todas partes y al final te encontré. ¿De donde vienes?, dije. El enano me miró con sus ojos-lentes de insecto. No importa de donde venga, lo que importa es que he venido por ti, quiero mi venganza. ¿Como te llamas? dije. Me dicen el Payasito de porcelana. Entonces saltó de la silla y me arrojó un vaso y empezó a perseguirme por el pasillo. Era una patética cacería porque apenas si nos movíamos y a cada rato teníamos que parar a tomar un respiro o un medicamento. Los otros intentos nos miraban con curiosidad y los auxiliares hacían apuestas sobre a cual de nosotros se moriría primero. A nadie le importaba la pinta del enano; les parecía la cosa más normal del mundo. Deja que te alcance, viejo de mierda, decía el enano, deja que te pegue con mi palo. Y entonces corrimos lentamente, como una tortuga o una babosa, cada cual más triste, más patético, más mierda, cada cual en sus distintas facetas de la porquería, un terrestre y un extraterrestre, viejos y acabados. Y esa es mi historia, queridos amigos, la historia más triste del mundo, pero juro como que me llamo Luis Saavedra que es real, y si resulta que ustedes son viejos como yo y están dándose vueltas en la silla de ruedas de la risa, les digo que no se lo tomen a la ligera, porque les puede pasar a ustedes. Así que cuídense. Cierren sus ventanas, tranquen sus puertas, contraten un servicio de alarmas, sobornen un policía. No vaya a ser que en plena noche cuando menos lo esperen se encuentren con… El payasito de porcelana.

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  1. “El payaso de porcelana” (no payasito) fue publicado originalmente en Fobos #4 (1999), con ilustración de Pablo Santander. También apareció en Axxon. Just for the record.

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