El Fin de Erizo (primera parte)

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1970s laughing clowns

1970s laughing clowns

Por Juan Calamares y Luis Saavedra

Saavedra soñó. Estaba en un anfiteatro repleto. La gente reía y comía palomitas en la oscuridad de las graderías. Las risas subían y bajaban en oleadas como las que vienen después del remate de un chiste, pero no escuchaba el chiste. Seguramente porque el chiste era él. Estaba en el centro del anfiteatro y la luz del escenario lo iluminaba. A su lado había un hombre de barba, medio calvo. No lo reconoció al instante, pero sí, era Juan Calamares. Se reía con la gente. Sin embargo, Saavedra no reía. Al contrario, se sentía angustiado y el corazón le saltaba. Sudaba y las luces le daban un calor endemoniado. Calamares saltó frente suyo, sonriendo ladinamente. “¡Hola, Saavedra, amigo mío!”. Su voz sonó sarcástica y el público estalló en risas. “¡Miren, es Luis Saavedra, el hombre de los cajones de verduras!”. Saavedra no sabía por qué eso provocaba espasmos de placer en el público. “Yo no…”, inició, pero su garganta estaba cerrada. Juan Calamares lo aferró de los hombros con una fuerza inaudita y lo fue despojando de sus ropas. Luchó con todo, pero finalmente quedó desnudo. No, no desnudo, sino con un ridículamente grande pañal rosado. La gente aulló como una jauría y se transformó en hienas que se pegaban dentelladas y gritaban con gargantas animales. Calamares comenzó a crecer en su perspectiva y adquirió las dimensiones de un titán helado. Los rasgos duros y pálidos, los ojos que ya solo eran bolas de hielo. “¡Miren a Luis Saavedra, amigos! ¡Qué ridículo, qué ridículo, qué ridículo..!”. Levantó una mano de roca y la dejó caer sobre el hombrecito aterrado con el pañal.

Saavedra despertó con una bocanada desesperada de aire. “Mis apneas me van a matar una de estas noches”. Pero luego recordó el sueño y primero fue el miedo y luego la rabia. Se deslizó fuera de la cama y digitó el número telefónico. El tono de espera sonó diez veces antes de escuchar la voz de Remigio Aras.

―¿Sabes que son las cuatro de la mañana?

―¡Qué pregunta más obvia, Remigio!

―¿Pidiéndome lucidez? ¿Qué quieres?

―Mañana me vas a acompañar.

―Pero mañana tengo que abrir el salón, es mi primer día en la peluquería.

―¡No me vengas con weás! ¡Me debes tanto dinero con eso de la peluquería que tu alma me pertenece! ¡Así que si yo digo que mañana me acompañas, lo haces!

―Bueno, pero no te enojes. ¿Y puedo preguntar adónde?

―Mañana le romperemos la cara a Juan Calamares.

―Ay, mi Dios, sabía que este día llegaría. ¿Puedo no ir? ¿Tengo alguna alternativa de salida en este menage-a-trois?

―Ninguna. Es algo que se debe hacer.

―Ni modo. ¿En el Dos Caracoles?

―Doce y media.

―¿Manoplas?

―Sí, que descanses.

Y Luis Saavedra colgó, pero ni él ni Remigio volvieron a la cama. Juan Calamares, en su casa, se revolvió en el sueño, pero no despertó. Soñó que caminaba por el desierto y desde el cielo le llegaba el sonido de trompetas.

***

 El Dos Caracoles hacía tiempo que languidecía. Desde que el Costanera Center abriera sus puertas que ya nadie se pasaba ni a mirar, y ni siquiera los prestamistas colombianos, las aves de rapiña habituales, se aparecían por allí. El negocio de anteojos vintage se iba en picada y con mirada desesperada Calamares observaba un futuro aciago de pequeños reemplazos laborales en multitiendas y restaurantes. Su mejor amigo, Miguel Ferrada, había desaparecido meses antes, cuando comenzó a salir con una chica. “Es que Lupita no te soporta”, fue la escueta explicación y luego se alejó sin dar una última mirada sobre el hombro. Era una temporada amarga y tenía que pensar en algo antes de volverse loco en las puertas de la pobreza.

―¡Juan Calamares!

Los dos clientes se acercaron muy rápido al módulo. El narigón comenzó a arrojar los muestrarios con los anteojos al suelo. “Luis, cálmate, por favor”, dijo el cliente de barba. En su enajenación, Calamares no reconoció a sus compañeros. “¡Deja de quejarte, Remigio, y ayúdame a sacarle la chucha a este weón!” Remigio Aras y Luis Saavedra, los nombres flotaron fuera de foco en la memoria de Calamares hasta que se fijaron y encajaron en su escuálida realidad.

―¡Juan Calamares, te vengo a matar, hijo de puta! ―Saavedra reventó los cristales de las vitrinas, Aras se mordía el pulgar de la mano izquierda, los locatarios comenzaron a llegar atraídos por el escándalo.

―¡Pero, Saavedra, qué pasa, qué hice!

―¡Me tienes repodrido con tus cuentitos donde aparezco como un idiota!

―Amigos, esto se puede arreglar con una buena conversación. ―Aras se interpuso en la violencia del narigón.

―¡Sale pa’llá, aweonao! ―Saavedra, arrebatado, de un empujón despejó su camino hacia el acceso del módulo. A la pasada encontró un pedazo de madera que pensaba usar como garrote.

―¡Es solo ficción, yo nunca pensé que te iba a molestar!

―¡Para nada, amigo, será igual que a ti que no te va a molestar este palito encajado en la raja!

Fue en ese momento de lucidez que Calamares decidió que preservar la salud lo podría ayudar en su futuro económico, por muy escuálido que pareciera. Así que huyó. Saltó por encima del mesón de atención y corrió. No se fijó muy bien hacia adónde. Lo más sabio hubiera sido fuera del edificio, pero siguió la plataforma hacia arriba, hacia el techo.

Saavedra lo siguió esgrimiendo el pedazo de madera y una sonrisa maniática. Remigio fue detrás de ellos dos, sintiéndose extrañamente responsables por sus amigos. Los guardias fueron a la zaga con desgano, porque no les pagaban lo suficiente para lidiar con locos. Y el público en general al último, con ese morbo de la gentuza que siempre quiere ver sangre.

Remigio cerró la puerta de acceso al techo. “La ropa sucia se lava en casa”, fue la lógica detrás de ese acto, aunque no estaba muy dispuesto a lavarla él. La puerta se remeció y escuchó las chuchadas detrás y los puñetazos que sonaron metálicos. Pensó en que faltaba un paso lógico entre el momento de la camita calentita de las tres de la madrugada y el de ahora, en la azotea de un centro comercial con un diseño curioso que alguien bautizó como “caracol” y el par de hombres que corrían en círculos. Algo se había perdido porque de otra manera no sabría cómo explicar estar allí. “¡Al fin te agarré, hijo de puta!”. La voz triunfante de Saavedra lo sacó de la melancolía. El narigón estrangulaba a Calamares y parecía decidido a ir cinco años y un día a la penitenciaría. Corrió hacia sus compañeros.

―Ka-kk-kk.

―¡Saavedra suelta a Calamares, lo vas a matar!

―¿Otra vez el Capitán Obvio, Remigio?

―Gak-kakkk-kkk.

Los tres hombres se enfrascaron en un tira y afloja que los llevaba peligrosamente hacia el borde, aunque la sombra de la muerte ya se cernía en el tono morado de la lengua y los ojos saltones de Calamares. Cinco pisos más abajo, los vehículos se detenían y tocaban las bocinas.

―¡Por favor, se los pido, amigos! Hay formas más caballerosas de tratar estos temas. ―La voz de Remigio intentaba ser calma, pero el tono más agudo lo delató―. Tenemos que recordar quienes somos. Los erizos somos amigos.

―Gaaaak-kkkk ―salivó Calamares, entornando los ojos.

―¡Nada de amigos, ya estoy harto de este papanatas, Remigio!

―Pero recuerden lo que hemos creado ―y luego impostando una voz de viejo―: “no es creíble, no es tecnológico”.

―¡No vengas a meter al puto Omar Vega!

―Er… y qué tal: “Teobaldo es un campeón…”

―¡Basta por la chucha y déjame terminar el trabajo!

El cuerpo laxo de Calamares resbaló por el borde llevándose a sus amigos. Remigio y Saavedra se miraron durante un microsegundo, pero bastó para comunicar un “esto no estaba en el guión”. Gritaron al mismo tiempo mientras caían los tres. Remigio repasó su breve vida como peluquero profesional, mientras que Saavedra pensó que jamás podría ser un actor porno. Calamares tenía la mente a oscuras. El suelo se acercaba y quería abrazarles la cabeza.

En el segundo piso, un segundo antes del final, se materializó el platillo volador y abrió su escotilla y cayeron sobre el mullido campo de fuerza. Saavedra luchó para quitarse el cuerpo desmayado de Calamares de encima. Su pequeña vendetta se complicaba cada vez más. Hubiera sido más fácil contratar a un profesional para el trabajo, pero era muy tacaño para hacerlo.

―Luis Saavedra, una vez más nos vemos las caras.

El pequeño ser, cabezón de ojos expresivos, pero que ahora lucía el entrecejo fruncido, se acercó a los tres amigos.

―¡Pa… payasito de porcelana! ¡Estás vivo!

―¿Lo conoces, Luis?

―Remigio, eres el rey de las preguntas obvias.

―Siempre lo he estado, Saavedra ―el ser esgrimió una sonrisa de medio lado―, mi motor es la venganza.  Pronto lo van a comprender.

El campo de fuerza se transformó en una trampa que electrocutó dolorosamente a Aras y Saavedra hasta que se reunieron con Calamares en el pantano negro de la inconciencia.

(continuará)

[CC 2013, Juan Calamares y Luis Saavedra]

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