La columna gorda del Gordo Vimana: “El Encuentro”.

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Lee la primera parte y la segunda parte.

—…Álvaro Bisama.

Hola, ya me conocen, soy el Gordo Vimana. Estaba en el baño, ustedes saben, en ese de la sanguchería de Mapocho. No hay tiempo para explicarlo, pero me gustan los lugares sórdidos. No trabajo mucho, no tengo para qué. Siempre que la gente me ve, me entrega dinero por cosas que no sé hacer. Nadie tiene tiempo para explicármelo, son para encargos muy raros. El último de ellos es para el libro de un tal Omar Vega. La mayoría de los encargos son así, escribir cuando yo no tengo puta idea de hacerlo. Bueno, estaba sentado en la taza del baño, rumiando con tristeza cuando apareció ese imbécil que comenzó a aporrear la puerta. Abrí y me quedé más tieso que tu abuela en el cementerio.

—Estás ocupando mi lugar, ahora toma y quítate de en medio.

Así que el otro gordo me pasó la barrita de cereal y se metió con toda su humanidad y cerró la puerta. Yo escuché con atención, no sé por qué, me imagino que me gusta ser mirón. Pero no duró mucho, el otro gordo se sentó entre sollozos y resoplidos, y escuché el chapoteo de tres nutrias. Estoy muy seguro, conté tres sanas y largas nutrias, era una bestia con diez metros de intestino. Miré la barrita de cereal, que era de arroz inflado bañada en chocolate lo que le daba un aspecto oscuro e irregular, me entraron unas ganas de darle una mascada.

—Oye, weón, ¿que estai haciendo?

—Eh, nada. Te estoy esperando. —Di unos saltitos en silencio, pero atrás habían unos tarros de pintura que hicieron un barullo infernal.

—No te comai mi barrita de chocolate. Es lo único que me dejaron para mi dieta.

—No hay problema. —Me quería ir y cagármelo, pero soy tan cobarde que no me decidí. El gordo salió poco después. Se lavó las manos con el poco jabón que quedaba y en el espejo comprobé que éramos iguales, pero solo yo me daba cuenta.

—Gracias —me quitó la barrita y le dio un mordisco—. Te encuentro buenmozo y simpático. ¿Querí’ venir conmigo a la mesa?

—Bueno. —Vaya que tenía buen gordo el gusto ese.

En la mesa no había más que un vaso de vino, el otro gordo estaba más cagado de plata que yo. De haber tenido todavía el dinero de mi “encargo”, habría pedido unas buenas longanizas y morcillas.

—¡Mozo! —grité y el viejo se levantó detrás del mostrador y miró con cara de perro abandonado—. Tráiganos cinco longanizas y cinco morcillas.

—¡Pero mi dieta…!

—¡A la mierda la dieta, uno es gordo porque tiene un inmenso cariño dentro!

—Gracias, no han sido los mejores días, ¿sabes?

—Tienes problemas, ¿eh? —Detrás de Bisama había una negra que conocía del café de la esquina. ¡Qué culito! Hacía un lap dance de miedo. Estaba comiendo un sánguche con un café. Como no le debía plata, la saludé. Me ignoró, pero no me importó.

—No, en general, no. Es solo que desde hace un tiempo que ando sin ni uno.

—Mira tú, a mí hasta me regalan plata.

—Qué suerte para ti.

—Sí, es una suerte.

—Mira, desde hace un tiempo que solo escribo y escribo, pero no puedo cobrar mi dinero porque hay un tarado que tiene la misma firma que yo y se lleva mi plata.

—¡Qué indignación! Hay gente tan ladrona estos días. —El mozo dejó el plato con los embutidos y ambos gordos nos echamos a la boca una morcilla—. ¿Así sin nada maestro? ¿Qué vino nos puede ofrecer?

—Un rico merlot, pero es caro —contestó el viejo lacónico. Por supuesto, no me lo podía permitir.

—No importa —dije, siempre me ha molestado comer sin remojar el gaznate—, tráigalo nomás.

—Muchas gracias —dijo Bisama—, pero ando tomando unas pastillas para el dolor de espalda.

—Bah, tonterías.

—Tú me gustas, eres un hombre vividor.

—La admiración es mutua.

—¿Y tu nombre es?

—Vimana. Salvador Vimana.

—Yo soy Álvaro Bisama, casi riman, qué poético. Soy escritor.

—Yo no, pero es curioso cómo la gente me paga por cosas que supuestamente escribí, pero nunca me acuerdo.

—¿Y tienes algún libro?

—No que yo sepa. La literatura me importa una mierda, prefiero la vida real. —Y pensé en las tetas de la negra de atrás. Bisama pareció ofendido y cogió una longaniza que masticó con rabia.

—¡La literatura lo es todo para mí, es tan esencial para la vida!

Yo, para no ser menos, elegí una morcilla y la esgrimí delante de sus narices: —Vamos, ni tú te lo crees. Mira las personas que hay aquí, ¿tú piensas que han leído un libro en su puta vida?

—¡Por supuesto! ¡Eres tú el ignorante que no sabe qué esperar de un buen libro! —El mozo llegó con la botella. Bisama se sentía violento—. ¡Tráiganos dos parrilladas, esas las pago yo!

—Como guste, señor.

Y yo también me sentía violentado: —Y otra botella, válgame Dios, que eso no pasará solo.

—La literatura te puede transportar a otros mun…

—¡Corta ya con esa weá de maracos! —Me acerqué confidente—. Mira esa negraza que está allá atrás.

Se dio vuelta disimuladamente, como todo un maestro. Apuesto a que no era la primera vez. Para hacer honor a la verdad, la chica era muy bonita, pero lucía muy sola.

—Eso sí que es real, ¿tiene algo que decir la literatura de eso? —dije.

Bisama se dio vuelta: —Angel fire,
piel ensordecedora, sórdida piel que deja ciego,
mañana seremos niebla,
que hoy solo esclavos de la canela.

Eso estuvo bien. O sea, quién soy yo que no leí ni un libro. O sea, soy crítico literario, pero solo me leo los resúmenes que bajo de internet. O sea, cuando chico vendía los libros que me compraban para después embutirme barras de chocolate. Pero eso me sonó ok.

—Ok, pero aún así no puedes comparar escribir sobre ella que estar con ella cuando mueve sus caderas.

Al fin llegaron las parrilladas y el otro vino. Casi se le salen los ojos a la negra. Pobrecita ella que no comía más que un triste pan con queso. La llamé:

—¡Ey, chiquita, acá! ¿tienes tiempo?

Ni corta ni perezosa, llegó contoneándose. Ahora parecía recordarme.

—¿Los chicos necesitan compañía? —su voz profesional no denotó nada de su necesidad.

—Ya, poh, tráete la silla —dijo Bisama.

—Un vaso limpio, mozo —chasqueé los dedos— y dos fantas.

Ella se sentó y uy como tenía las tetas. Lástima que la última erección la había tenido hacía dos meses, pero igual la cuchara me saltó. El otro gordo también notó el cambio en la atmósfera y de repente era más locuaz:

—La literatura es consecuencia de todo esto, por lo tanto, está viva. —Ensartó una papa de la parrilla y la embetunó de pebre, le dio tres mascadas y pa’dentro.

—Mi nombre es Noelia —se presentó Noelia—. ¿Son ustedes escritores? ¡Ay, qué emoción!

—Así es —dije y pensé que tal vez la literatura sí tenía su lado bueno.

—Yo a ti te recuerdo.

—Tú trabajas en el café de la esquina —le dije a Noelia.

—Así es, mi querido. —Y se inclinó sobre la mesa para que esas tetorras quedaran encima, suavecitas y calentitas. Bisama dejó un rato de masticar y yo comencé a salivar. Pero agarré un trutro y se lo dejé en el plato de Noelia. Inmediatamente, se puso a atacarlo. La chuleta quedó para mí.

—¡Mozo! —volví a gritar y el viejo comenzó a mirarme con desconfianza. Le pedí una ensalada a la chilena y me gruñó que enseguida la traía.

—Noelia, ¿lees algo ahora último? —preguntó Bisama.

—Oh, nada que ustedes, grandes escritores, aprecien. —Eso me halagó—. Mi hija tiene que leer El Principito para el colegio.

—Para nada. Escucha, Vimana, ese —y lo remarcó con el tenedor apuntando hacia mí— es un libro que es más grande que la vida misma.

El Principito. Casi me había olvidado de todo ese asunto. Me picó la curiosidad.

—¡Qué bueno que lo leas! ¿No… encontraste nada raro?

—No, ¿qué podía encontrar? Es un bonito libro.

—Es un libro inmortal —agregó Bisama—, ¿no me vas a decir que nunca lo leíste?

—Sí, claro, quien no —reí medio nervioso. Reímos—. ¡Salud por El Principito!

“Salud” y topón pa´dentro. Pero quería insistir, así que saqué un lápiz que siempre traigo y dibujé:

 sombrero

—¿Algo como esto?

—¡Tú estás de broma! —me dijo Noelia con picardía y me dio un combo en uno de los brazos.

—Ah, la primera edición de El Principito, la versión sin expurgar. —Bisama se zampó un cubo macizo de carne—. Saint-Exupéry fue un ser con un cariño especial por los niños.

—¿Me podrían decir qué ven?

—Bueno, si me invitas a un juguito en el café, te lo digo en privado —y Noelia mascó la punta de una longaniza que nos dejó a los dos con las patas temblequeantes.

—Ehm, Vimana, Antoine dibujó todas esas cosas, pero los editores terminaron por censurarlas. El autor se enojó mucho, decía que los niños tenían el derecho de ver sus obras. Solo quedan unas pocas copias de la edición original. En todo caso —sacó su propio lápiz y garabateó rápidamente y me pasó la servilleta—, aquí tienes la dirección de un librero amigo que te ayudará con más detalles.

Se lo agradecí, la guardé en el bolsillo de mi camisa y cambié de tema:

—Supongamos que tengo un nuevo encargo, pero este es diferente: me obligan a hacerlo.

—¿Vas a escribir una novela? —preguntó Noelia—. ¿Puedo ser la heroína?

—¿Y qué encargo? —dijo Bisama sin mucho interés.

—Hay un viejo que quiere que le haga la introducción a un libro suyo. Ya me pagó.

—Mi vida es muy interesante, podría ser una novela policial.

—¿Y quién es? Capaz que lo conozca.

—Ni puta idea de quién es, nadie que tampoco conozcas tú, pero tiene un agente —dibujé las comillas en el aire— muy convincente.

—Y si la novela tiene éxito, la pueden llevar al cine y yo sería la actriz principal.

—Hay tanto weón ahora que publica.

—Es un viejo chico canoso, escribió un libro de ciencia ficción, tiene pinta de morirse el próximo año.

—Podría volver a Colombia con muchos millones a romperle las narices a la Luz Marina.

—Ah, la ciencia ficción chilena es como el orto. No debe ser un buen libro.

—¿Y qué escribo, entonces?

—Y a mi hijita al fin le podría comprar un pony.

—Escribe cualquier weá, que la ciencia ficción es lo máximo, que son todos unos genios. Una vez anduve metido con un grupo así, estaba lleno de idiotas y yo hablaba todo el rato sobre lo buenos que eran y que eran el futuro de la literatura en Chile.

—No sé, estoy confundido. —Me zampé los tomates que quedaban—. Pero ya no puedo devolver la plata.

—La Luz Marina me las va a pagar completitas, la muy perra.

—¡Mozo, la cuenta por favor! —gritó Bisama, sacando un vozarrón que solo un hombre de nuestro tamaño guarda en el pecho. El viejo detrás del mostrador pegó un salto y yo pensé “¡Chucha, la cuenta!” y comencé a sudar frío.

—De repente no me siento muy bien. Voy al baño.

—Sí, hermano, te esperamos, ¿cierto, Noelia, cariño? —Y Bisama le corrió mano por la pierna.

—No te me pongas cariñoso que esta maravilla se paga primero.

Me encerré en el baño buscando una solución que de preferencia fuera milagrosa, pero lo único que tenía eran ganas de vomitar por las papas pasadas que me había comido. Estaba seguro que el viejo culiao del mozo las había plantado en la parrillada, quizás de cuando estarían esperando en la cocina por una víctima. Sudaba litros y eché la meada más pulenta de todas, pero aún me seguía sintiendo como el culo. Vi la ventanita encima del excusado y me dije “highway to freedom”.

Cerré con pestillo la puerta del excusado por si las moscas, soy un hombre vergonzoso. Me subí en la taza y estaba resbalosa, pasito a pasito con cuidado. No, no metí la pata en el agua turbia, pero estuve a punto. Abrí la ventanita que daba a un callejón con un gato negro que me miró aterrado. “Putas, si no me veo tan mal”, le dije. Como si el otro weón luciera de chalet. Me apoyé y calculé mi peso versus el dintel y me dije que a la mierda porque no tenía la más puta idea de qué iba a hacer. Me impulsé y sentí que la mezcla del vino, las morcillas, las longanizas, las papas venenosas, el pan con pebre antediluviano y las chuletas se me venía a la boca con un sabor amargo que me salía también por la nariz. Me temblaban las piernas cuando entró la Noelia al baño.

—¡Ajá, gordo cobarde, me suponía que te traías algo malo!

Putas, por qué la vida no me deja tranquilo.

—¿Si te dijera que no es lo que parece..?

—Ya cállate y bájate de allí, ¡paga lo que pediste!

Afortunadamente la puerta con pestillo la detenía. Me di vuelta y me tiré sobre la ventana.

—¡Gordo de mierda, te voy a arrancar las pelotas con los dientes!

Noelia pateó la puerta hasta romperla. Gritaba como un barraco y eso me dio mucho miedo. Me imaginé su dentadura acercándose a mis partes nobles. Pero yo estoy muy gordo, por la chucha. Me esforcé lo más que pude y cada vez me sentía peor. Estaba atascado en la ventana. Alcancé a sacar un brazo y ahí la cosa se puso seria porque mi visión se tiñó de rojo y los oídos me zumbaron.

—¡Te agarré! ¡Ahora vas a saber como muerde una colombiana! —Y me empezó a sacar los pantalones la muy puta. Comencé a tirar patadas hacia atrás y parece que le acerté a algo porque Noelia gritó y me dejó tranquilo un momento. No lo suficiente porque volvió con más fuerza y yo no tenía más energía. El gato me miró con más espanto y entonces me habló:

—Vimana —me dijo muy serio con unos ojos que daban vueltas y lanzaban rayos estroboscópicos y yo me sentía que iba a explotar y la Noelia ya me bajaba el cierre y yo pensé “aquí viene mi salvación”—, no eres el Elegido.

Y se fue. Gato de la conchatumadre. Se fue el muy puto y eso me dio tanta rabia que comencé a vomitar y tirar patadas y agitarme como salmón lleno de huevos. La mezcla de papas, vino y carne me cayó encima y me lubricó lo suficiente para zafarme de la ventana y de mis pantalones. Me descresté sobre una poza de vómito y me quedé sentado escuchando las chuchadas de la Noelia que se había caído de culo sobre la taza del baño y no podía pararse. Seguí vomitando y me preguntaba si en serio había comido eso y aquello hasta que no me quedó más que un hilito de bilis en la barba.

Mi visión volvió a la normalidad y me sentí mejor, pero todavía quedaba a merced de mis acreedores. Me levanté como pude y el mundo se me vino encima como un combo en el hocico, salí a Mapocho y enfilé hacia Bellas Artes haciendo zig-zag. Olía tan mal que la gente se quitaba de mi paso en un radio de tres metros. Mejor para mí que andaba con prisa, pero a cada paso me recuperaba. Me puse a reír, me volví a sentir genial. Estaba sin pantalones, tachonado de vómito, pero una vez más el Gordo Vimana salía airoso de un compromiso económico. Ahora estaba completamente enfocado y seguía en la ruta de mi misión.

[Continuará]

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