Celebración del Parque Arbolado (ficción)

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celeb_parque_arbolPor Armando Rosselot.

Entré en la celebración del parque arbolado. No sin antes encontrarme en mi alcoba, tratando de hacer que el perro de mi novia no siguiera disminuyendo de tamaño a raíz de la leche barata que le di.

—Floopy —le dije—, no te reduzcas más.

Y de ser un gran mastín quedó convertido en un pequeño pequinés.

Luego, lo quise tomar con mis manos, para lo cual me puse unos guantes de piel humana con uñas y venas de trabajo. Pero se redujo más aun, mucho más; ya no parecía perro, si no solamente una especie de hurón con rayas a lo cebra, pequeño, con los ojos de bolitas de cristal, hasta que la puerta se abrió y me esforcé por llegar lo más rápido posible donde mi amada.

El horror fue total cuando ella se fijó en mis manos y lo que traía, ya ni siquiera parecía animal; ya que el perro no era perro y no era animal. Ya no era.

En mis guantes de mano verdadera habían dos semillas, las cuales ella tomó cuidadosamente.

Lloró desconsolada, mientras los amigos le acariciaban su cabellera y me miraban con gran disgusto. Lanzó las semillas rojas contra la muralla al borde del camino, las cuales, luego de dar varios tumbos, quedaron esparcidas al medio del jardín.

Al cabo de unos minutos, un brote floreció de aquel lugar y me sentí desdichado, enfermo, agónico y corrí para destruir lo que quedaba del perro hecho semilla, que fue hurón y en un momento pequinés.

Llegué tarde. El árbol brotó y lanzó sus frutos con ira al suelo: pequeños grandes perros desfilaban por el lugar y me movían la cola alegremente. Ella encontró mi mirada y rió, me besó y los perros siguieron llegando como una gran ola de energía, los amigos almorzaban en la gran celebración del jardín, y mi novia me llevó tras el muro a comer algo de torta.

La puerta de mi habitación quedó abierta y los perros fueron a dormir bajo la alfombra.

La torta era de lúcuma. Mi amada quiso más.

Todavía, después de quince años, siguen brotando perros como mala hierba y el árbol se corroe cada vez más. Yo no puedo entrar a mi pieza y los perros se mueren atropellados por buses eléctricos cada treinta segundos. Y duele mucho.

El dolor se expande como ondas en el agua. Y ya no hay más agua a la cual culpar.

[CC 2013, Armando Rosselot]

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