El Bueno, el Malo, el Feo y Sapiola (ficción)

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Por Juan Calamares  

– Todas estas tierras me pertenecen –dijo Sapiola.

Juan Calamares miró las extensas llanuras, las montañas,  las rocas suspendidas a kilómetros de distancia. Extrañas formaciones y símbolos  escritos en idiomas milenarios. Miró la sequedad, la tierra baldía.

– ¿Y que piensas hacer con todo esto?

– Cosechar  verduras, cientos de verduras, miles y miles de verduras. Tomates, lechugas, berenjenas, zanahorias.

–  ¿Paltas?

–  ¿Paltas?,  ¿y para que quiero paltas?

Montaron sus caballos y recorrieron la estepa. En el horizonte se asomaban los viñedos de otros señores,  señores exitosos, con hijos petimetres, una larga descendencia de inútiles. Calamares dijo:

–  ¿Cuando comenzarán los trabajos?

– Apenas pueda reunir  al personal. Y entonces haré lo que siempre he soñado

–  Ser escritor de ciencia ficción

– Bah,  ya no me interesa la ciencia ficción, ahora escribiré sobre el hombre común, sobre el esforzado hombre de la tierra. Solo necesito una mujer que me acompañe ….  o un buen amigo…..

Sapiola le guiñó un ojo a Calamares y este se puso incómodo.

– Mira, Saaevedra, digo, Sapiola, alguien viene

–  Es mi capataz, un indio, un originario de estas tierras

Era una sola silueta, jinete y caballo, moviéndose bajo las ondas de radiación solar. Cuando el hombre llegó junto a los amigos se apeó del caballo.

– Ooooh, tranquilo. – Le dijo al caballo –   ¿Como le va, don Sapiola?

Sapiola miró al hombre e hizo una serie de gestos incómodos, señalando a Calamares. El hombre se encogió de hombros y dijo con resignación:

–  ¿Como irle  usted hombre blanco?

– Ves – dijo Sapiola –  Es un indio pura sangre. Vamos, di algo en tu idioma indígena.

–  Si camino no hablar, ser Firestone radial sport que venir. Correr

– Exceleeeente –  Sapiola se puso contento y sacó su pipa, pero se le cayó y rodó por la ladera. Se fue tras la pipa.

–  Discúlpalo – dijo Calamares – no es un hombre malo

– No se preocupe. Mi nombre es Sergio Amira. Un placer

Se estrecharon las manos.

–  ¿Así que tus ancestros habitaron estas tierras?

– Aún las habitan….. Pero yo me  eduqué en Inglaterra. Soy licenciado en artes por la universidad de Oxford

– ¿Y que estás haciendo acá?

– Oh, es muy sencillo. Le explico….

En eso apareció Sapiola. Tenía la cara ensangrentada porque se había metido en unos espinos y el humo de la pipa lo deformaba y lo convertía en algo extraño, mas extraño aún.

– ¡Sapiola, tienes un escorpión en el zapato !!!

Sapiola se sacó los zapatos y dijo: oh , por dios, oh, por dios, oh, dios. Y se puso a girar y a quitarse la ropa, saltando y cayendo al suelo, durante largo rato. Amira dijo:

– Yo no veo ningún escorpión

–  ¿Y? Tenía que decirle algo para que se callara

Cabalgaron por vastas llanuras donde todo era sol y  tierra muerta. Espejismos de agua al final del camino. Demonios de polvo en la distancia.  Divisaron una casita.

–  Esa es mi casa – dijo Sapiola.

Era una casita de adobe llena de cajones de madera, donde Sapiola pretendía almacenar las verduras. Servían indistintamente como muebles y como decoración, porque Sapiola les habían pintado caritas felices.

– Eres un idiota – dijo Calamares.

Al caer la noche Sapiola intentó encender una  fogata, pero no podía y por mas que  Amira le decía que el sabía como hacerlo, Sapiola seguía por su cuenta. Al final se aburrió y se quedó dormido. Amira frotó unos leños y consiguió un fuego milagroso.

–  ¿Quiere saber porque estoy aquí? – dijo Amira

– Un momento – dijo Calamares. Estaba sonando su teléfono. El que estaba en la otra línea tenía la voz delgada, la voz astuta, de una serpiente o de un zorro.

– ¿Quien era? – dijo Amira

– Un amigo, Miguel Ferrada.  Dice que vayamos a buscarlo. Quiere convencerse con sus propios ojos de que Sapiola compró un previo.

–  No lo culpo

– Yo tampoco…..No dejes que te impresione Ferrada

– ¿Y porqué habría de impresionarme?

– Porque es un hombre vanidoso, muy vanidoso.

Dejaron a Sapiola dormido frente  al fuego y montaron los caballos. En un cruce de caminos los esperaba Ferrada, cargando una enorme maleta Gucci.

– Acaba de dejarme el bus – dijo Ferrada – pero era un bus pésimo. El espejo del baño ni siquiera era de medio cuerpo

– ¿Que llevas ahí? – preguntó  Calamares

– Mi ropa. 15 pares de camisas, 12 de pantalones, calzoncillos , calcetines  y pañuelos, sin contar los perfumes, los after shafe  y algunos lentes de contacto de color

– ¿Dónde crees que vas?  ¿de putas?

–  Nunca se sabe

–  Oh, mierda – dijo Calamares – dejé mi celular en la casa.

Regresaron  por el mismo camino, escuchando los ruidos naturales y sintieron el peso de la noche. Cuando llegaron a la casa se instalaron frente al fuego. Ferrada tomó un palo y golpeó a Sapiola .

– Parece que está muerto – dijo

– Debe darle un poco mas fuerte – dijo   Amira –   tiene el sueño pesado.

Así  se hizo. Sapiola despertó muy asustado.

– Ahora no va a saber donde está – dijo Calmares – siempre le pasa.

Sapiola se paró y dijo: donde estoy, donde estoy, mamacita. Y dio  vueltas alrededor de la  fogata, mientras los otros lo miraban con curiosidad. Cuando se tranquilizó se sentó frente al fuego. Le dijo a Ferrada:

– Te dije que me convertiía en latifundista

– Sí, pero tenía que verlo con mis propios ojos.

Quemaron carne y vieron el reflejo de sus ojos en los ojos de sus compañeros y sintieron la sangre palpitando en sus venas. Parecían viejos cazadores en contemplación del fuego eterno, adoradores de un culto antiguo. Sapiola marcaba insistentemente un número de celular.

– ¿Qué te pasó ahora? – dijo Calamares

Sapiola escondió el celular:

– Nada.

– Como que nada , déjame ver eso.

Calamares forcejeó con Sapiola  y le quitó el celular (su celular). Lo miró:

– Te gastaste todo mi saldo en llamadas al fono erótico.

– Es que en estas tierras hay mucha soledad.

– Pero si llegaste ayer

Sapiola se avergonzó, se puso a llorar y se cubrió la cara. Salió corriendo a la casa.

–  No ha cambiado nada – dijo Ferrada. Sacó una lima de uñas y se acicaló.  Miró a  Amira:  – ¿Y tu quien eres?

  Mi nombre es…

–  Sabes Calamares. El otro día pensaba que podíamos estafar a Sapiola. Le decimos que en estas tierras hay un cementerio indio y que  están malditas. Como es muy miedoso le ofrecemos comprárselas a precio de huevo y después las  revendemos.

Las llamas iluminaban la cara de Ferrada y sus facciones bailaban con el mismo fuego del fondo de la tierra y del mal.

–  Eres muy malo Ferrada, malo y superficial

Amira  sudó y se quitó la chaqueta. Sacó una botella de Jack Daniel’s y  le dio un sorbo. La ofreció y los otros  bebieron en ruedo, como fugitivos, las caras enrojecidas por el roce de las llamas. Amira dijo:

– En estas tierras realmente hay un cementerio indio. Se oculta justo debajo de esta casa. Aquí yacen los restos de los indios Erizos, mis ancentros. Los Erizos  habitaban este mundo y el mundo de los muertos. Conocían el secreto de la vida y la muerte, para ellos no había diferencia.

– ¿Cómo dijiste que se llamaba este tipo? – dijo Ferrada

–  Pedro Amira

– Mi nombre es Sergio Amira

– Pero yo creo que es Pedro Amira.

–  El dice que  se llama Sergio Amira

– Su nombre es  Pierre Licenciado Aristóteles libro – dijo Sapiola. Acababa de llegar y parecía contento – Es mi  amigo

– ¿Y tu no estabas llorando?- dijo Ferrada

– No, ya no tengo pena

Amira abrió su pecho y se jaló la barba: – Ggrrrrr – dijo-   mi paciencia tiene un límite – Estrelló la botella de Jack Daniels y  se acuclilló, estirando el cuelo y enseñándo los dientes. Aquel geso fue extraño y los otros lo creyeron un enigma.

– Renuncio – dijo. Y se fue

– Te quedaste sin capataz – dijo Calamares

– Ya vendrá otro – dijo Sapiola

Los  tres amigos siguieron comiendo y  cada cual contó una historia . La historia de Sapiola era de miedo.  Con la cara cubierta con el haz de una linterna dijo:

– …. Y entonces el fantasma se comió las fajitas

– Esa es la historia  mas estúpida que he escuchado – dijo Ferrada

– Pero es un hecho real. Un fantasma en un restoran de tacos

– Idiota – Calamares miró a Ferrada –  ¿Qué tienes ahí?

Ferrada  abrió la mano lentamente, mirando a Calamares, y en su palma apareció un objeto negro.

–  Es un arma.- dijo –   Siempre la traigo con migo

–  ¿Pero eso no es peligroso?

– No, si está con seguro.

Ferrada ofreció el arma y Calamares la sujetó evaluando su peso, su forma.

– Nunca había tenido un arma en la mano

–  No debes jugar con esas cosas – dijo Sapiola

– Tú, cállate – dijo Ferrada

–  Me siento poderoso – dijo Calamares

– Es el poder de la muerte – Ferrada tronó los dedos-  devuélvemela. Quiero mostrarte algo

Calamares la entregó:- ¿Qué vas a hacer, disparle a Sapiola?  Jajajaja.

– Justamente- dijo Ferrada

Levantó el seguro con el pulgar y se adelantó para poner el cañón en el corazón de  Sapiola. El disparo reververó entre los árboles  y los pájaros  tiñeron  los cielos de las postrimerías. Sapiola se tambaleó y una mueca deformó su cara. Calamares corrió donde su amigo y lo acunó, el puño en la herida para detener la hemorragia.

– Mataste a Sapiola.

– Y tú eres mi cómplice. – Ferrada sopló el cañón y se guardó el arma haciéndola girar. –  La pistola tiene tus huellas.

– No estoy muerto – dijo Sapiola

– ¿Así que esto fue un plan? – dijo Calamares

Ferrada se arregló las solapas de la chaqueta Armani y torció el cuello. Sus ojos iluminados con el fuego como las perlas de una antigua estatua. El rostro demoniaco: –  Como no quisiste estafar a Sapiola, decidí matarlo, en el fondo es tu culpa.

–  Eres un monstruo

– Solo soy un hombre de negocios.

– Fracasaste vendiendo lencería por catálogo

– Porque las chicas no querían que les probara los calzones

– Necesito una traqueotomía – dijo Sapiola

Ferrada jugueteó con la pistola y disparó al aire y luego amenzó a Calamares y le ordenó cargar el cuerpo de Sapiola. Lo arrojarás, dijo Ferrada, lo arrojarás al vacío y mientras tanto te diré lo que haremos.

– No estoy muerto – dijo Sapiola.

De pronto  estalló una tormenta. Los rayos quebraron el cielo en dos mitades y la mitad más oscura era la que representaba a Ferrada…… Llevaron a Sapola a un precipicio y Calamares lo dejó caer.

– Jerónimooooooooooo.

– Era como un niño – dijo Calamares – como un niño idiota

Calamares lloró  por la pérdida del amigo tonto y miró lejanía: el cielo oscuro, las  nubes monstruosas decorando la bóveda

– Un parque de diversiones – gritó Ferrada. Estaba parado en el borde del precipicio  y bailaba como  el loco que era y su rostro estaba bañado de sudor y sus manos se crispaban como las de un demonio –  Construiremos un parque de diversiones.

– Sapiola quería plantar verdudar, era su sueño.

– Pero yo me cagó en su sueño.

Ferrada alargó las piernas y midió el terreno con sus pasos y mientras hacía esto, su cara se  distorsionaba y disparaba al aire y los animalitos temían y las piedras se trizaban y los truenos zumbaban y los rayos reverberaban en el cielo partido y toda la maldad del dandy hería el corazón de Calamares.

– Seré rico – dijo Ferrada

– Pobre Sapiola, pobre Sapiola

– Me cago en Sapiola, me cago en los indios erizos.

Dicho esto, Ferrada  se acuclilló y se  desabrochó los Levi’s y depositó un zurullo que  representaba su desprecio ante todo lo que es sagrado.

– Seré más rico que  Paullman

– No tan rápido hombre blanco

Era el indio Amira. Desnudo y pitarajeado parecía un  salvaje, un devorador de carne humana, un   reducidor de cabezas, un  zamoano, un apache, un soiux,  toda una gama de autóctonos reunidos en el cuerpo del licenciado de Oxford.   Blandió un hacha y la agitó y la tormenta y las nubes negras se arremolinaron y del  epicentro salió un rayo que cayó junto al dandy.  La tierra se agrietó y cientos de manos  de puro hueso salieron desde el fondo de la tierra. Calaveras y femures y  piezas dentales y húmeros, huesos desordenados que se rearmaron  en la tierra. Esqueletos con huesos de otros muertos, una conjunción de muchos cadáveres, en brutal armonía y tocados con penachos y con puntas que simbolizaban la pertenencia a la tribu  erizo.

– Atacar al hombre malo – gritó  Amira

Se abalanzaron  sobre el dandy y este corrió sin resuello, los ojos abiertos,  los  Levi’s a medio subir y gritó  su propio nombre y dijo que jamás sería derrotado, pero los huesos de los viejos originales lo lo abrieron de par en par. Ferrada fue violado por puntas de fémures, la piel arrancada,  el estómago abierto, las  tripas desparramadas, los ojos reventados. Trozos de su carne entre los dientes de los seres del mas allá. Pero mientras era destrozado,   seguía sonriendo, oh, dios, ¡Seguía sonriendo!

– Acabar con esto

Los indios erizos escucharon las palabras de Amira y llevaron a Ferrada al fondo de la tierra y la grieta fue cerrada y el dandy se perdió para siempre. Calamares dijo:

– Eso fue intenso

Sergio Amira fue por los Levi’s de Ferrada y se los puso.

– Uy, que buena calidad. Un calce perfecto

– Ahora todo está en calma

Los  dos desconocidos cabalgaron y se alejaron de aquellas tierras malditas. Los rayos hiriendo la lejanía, los truenos agitando las piedras. Calamares dijo:

– Esto que pasó no lo entiendo y creo que no lo haré nunca. No necesito comprender el mas allá, por que el mas allá no se explica. Vengaste a Saavedra, digo,  Sapiola y eso es algo bueno.

Sergio Amira sonrió y miró a Calmares. Sus ojos mostraban bondad, respeto por las tradiciones.

-No fui yo, fueron los indios erizos. Cuando Sapiola las reclamó para si, no objetaron. Respetan el bien, la inocencia de los tontos. Cuando las reclamó Ferrada no pudieron tolerarlo. Ferrada es malo.

-¿Los indios erizos volverán a atacar?

– Solo cuando sea necesario

– Cuentame  tu historia, Sergio Amira, hábame de Oxford

Sergio Amira sacó  su botella de Jack Daniel’s y se la ofreció a Calamares. Bebieron juntos y Calamares escuchó las palabras de Amira, palabras que lo atemorizaron, que lo deleitaron, que lo hicieron sentir dolor de estómago.

Mientras tanto, en un oscuro rincón del subsuelo,   entre  las raíces de los viejos árboles y entre los huesos de los antiguos, un hombre oscuro es devorado. Su maleta Gucci espera intacta en algún rincón de la tierra. El torturado se retuerce. Planea su venganza. Regresará

¿Fin?

 [CC 2013, Juan Calamares]

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