El Fin de Erizo (3era. parte): Interludio.

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¡Al fin te has vuelto loco, Remigio!

¡Al fin te has vuelto loco, Remigio!

Por Juan Calamares y Luis Saavedra

Leer 1era. parte, 2da. parte.

Estaban en la casa de Luis Saavedra.

—No me gusta que Omar tenga que explicar las cosas.

—Pero, Amira, es solo un recurso argumental para decirle a los lectores, que son todos idiotas, hacia donde se dirige la trama —dijo Juan Calamares y Saavedra hizo un disimulado gesto de impaciencia.

—Pero es un recurso tan demodé y yo soy un vanguardista.

—Ya, bueno, ¿y qué sugieres, mi querido Remigio? —Luis Saavedra dejó escapar la ironía.

—No te pases de listo conmigo, narigón.

—Amigos, no discutamos por tonterías —Calamares quiso zanjar el asunto—, tenemos que escribir la continuación este mes o de lo contrario perderemos lectores.

—Como si no los hubiéramos perdido ya. —dijo Saavedra por lo bajo, pero finalmente: —Sí, continuemos.

Amira sintió las miradas de ambos sobre él.

—¿Qué dices, Remigio?

Remigio se removió inquieto:

—Ok, continuemos, pero dejo en claro que tengo dudas de esta parte.

Omar Vega arrancó la máscara de por sobre su cabeza y la arrojó frente a los pies de Saavedra.
—Mi historia es antigua como la vida misma —empezó a comenzar a contar—. No hay nada que no conozca y en algunas culturas me llamaron dios —su cabeza altibaja se mostró leonante y decidora—. ¡Pero desde que los conocí, solo tengo una rracha de mala suerte!

—¡Ay, por favor, ya basta! ¡Qué mierda es esto! —Sergio Amira se levantó y dio un puñetazo en la mesa que hizo que el bol de papitas fritas volcara.

—¡Qué pasa ahora por la chucha, Remigio! —le contestó Luis Saavedra, parándose a su vez con un desesperado gesto de sus manos en el aire.

—¿Cómo no lo ves? Este weón de Calamares escribe como el orto. Uno no se arranca una máscara “de por sobre”, es “de” o “por sobre”. Uno no arroja algo “frente” a los pies de alguien, la arroja “a” los pies. —Se llevó dos dedos al puente de la nariz—. Y por la cresta, jamás he escuchado algo que “empiece a comenzar” o que sea “leonante” o que alguien tenga una puta “rracha”.

Calamares se incorporó con la sangre hirviendo en su cabeza: —¡Bueno, cómo es la wea! ¿El señorito Amira no quería vanguardia?

—A ver, a ver, recuerden que están en mi casa y que la Kathy va a llegar pronto, así que bajémosle el tono a las declaraciones. En principio, Juan Calamares, Remigio tiene razón y todos esos son horrores ortográficos. Como escritores de renombre y hombres de ciencia no podemos estar cayendo en tonterías.

—Váyanse al demonio. —Calamares se sentía tocado en su orgullo.

—¡Uuuuy! “Váyanse al demonio”, qué miedo —dijo Amira.

—Ya basta, Remigio, continuemos. Como yo soy el dueño de casa, es mi turno esta vez.

Omar Vega arrancó la máscara de su cabeza como si fuera la piel desgastada del alma.
—Mi historia es más antigua que la cola de una cometa levantada por un niño hasta las nubes de crema —espetó el villano—. Nada está lejos de mí y nada está fuera de mí, si fuera una metáfora sería un ánfora que contuviera al mundo. Así soy. Pero desde que los conozco, solamente hay sombras en mis ojos y pena en mi corazón de cristal de roca.

Calamares: —¿Y esperas que nos lean con esa prosa tan afectada? ¿Por qué no mejor escribimos una novela de vampiros putos? Amira, ¿por qué no me pasas el contenedor de sales de comida?

—¡Cómo no, amigo Calamares! ¿No quieres también observar el glamoroso día tachonado de crema de nube? —contestó Remigio.

Saavedra se envaró. No soportaba que se burlaran de sus metáforas que pensaba y repensaba con tanto empeño.

—Más tarde, ahora tal vez escribamos una dialéctica más acorde a nuestros corazones de cristal de roca.

—Bien, quién sigue —Luis Saavedra renunció a armar un escándalo, pero lo anotó en su libro mental de personas que morirían algún día entre sus manos.

Omar Vega arrancó la máscara de su cabeza. Una hermosa máscara que usó David Winter, el famoso explorador del Congo Belga, en 1916, hecha de la piel de una rara gacela y que el héroe Mbete cazó luego de tres días de perseguirla por la sabana.
—Nuff said! Yo soy el que soy y el origen y el fin. Desde los primeros kristianos hasta los últimos yámanas, todos me han conocido como Céfiro el inmortal. Pero desde que conocí a esa muchachilla, Atómica, que mi sueño es intranquilo.

—¿Así que ahora vamos a necesitar Wikipedia para entender todas las inútiles referencias, Amira?

—Sin mencionar la publicidad gratuita, ¿eh, Remigio?

—Un artista es reconocido por su homogeneidad. Yo tengo un universo que contar y todas las referencias cruzadas…

—¡Bla-bla-bla! Mira, Amira, es tan simple…

—¡No me gusta que me interrumpan! Las referencias cruzadas que están…

—¡A la mierda con lo del rollo de artista, Remigio! ¡Escribe simplemente!

—¡¡Nada podrá detener el advenimiento de mi universo!! Ninguno de ustedes dos tiene el poder.

—¿De qué estás hablando, Remigio?

—Sí, de qué. Amira, no pierdas la cabeza ahora.

—Disculpen, amigos, es que estos días me tienen un poco estresado.

—Completamente comprensible, ¿tú qué dices, Saavedra?

—Por supuesto, con el fin del mundo detrás de nosotros, cualquiera puede perder un estribo.

—O dos.

—O tres, la locura no tiene límites.

—Concentrémonos.

Omar Vega se quitó la máscara y la arrojó a los pies de los tres amigos.
—No saben lo mucho que me gustaría matarlos porque desde que los conocí, mi vida solo ha sido sufrimiento.
—Pero eso no es culpa nuestra, payasito —Saavedra aún no caía.
—¡Yo no soy el payasito de porcelana!, ¿no te das cuenta?
—Pero, payasito…
—Converse con nosotros, mejor, don Omar. —dijo Calamares.
—Para Saavedra todo esto fue demasiado simplemente. —Sergio Amira se acercó a Luis y le palmoteó la cabeza con cariño—. A estas alturas tiene el coco frito.
—¿Payasito? —Saavedra preguntaba lastimeramente.
—Sí, tranquilo, amigo, el payasito ya vuelve. —Remigio Aras dejó de palmotear y se enfrentó a Vega—. Omar, ¿a qué viene todo esto? ¿Puedes explicarlo sin tener que contar una tonta historia?
—Déjalo, Amira, el viejo puede ser divertido —contestó Calamares.
—¿Payasito?

—Un momento.

—Y ahí vamos de nuevo con el vanguardista. —Juan Calamares fijó la mirada en la muralla.

—Remigio, ¿y ahora qué hay de malo?

Sergio Amira miró toscamente a sus dos amigos: —Hay algo que no me cuadra aquí.

Saavedra y Calamares le observaron expectantes, pero Remigio siguió mirando alternativamente a uno y a otro hasta que al fin:

—Saavedra, tú llamas Remigio al personaje y tú, Calamares, le dices Amira al mismo personaje. ¿Qué traman los dos?

Los otros intercambiaron sendas miradas.

—¿Se lo decimos, Juan?

—Siempre supimos que llegaría este momento. Entonces, Saavedra, adelante.

—Pero no, el placer es todo tuyo.

—No, no, ni pensarlo. No te quitaría este momento de gloria.

—Sin embargo debo insistir.

—¡Ya basta el par de idiotas! —estalló Amira con su vozarrón que puede llegar a ser intimidante—.¿Qué tienen para contarme?

Saavedra tomó la iniciativa:

—Mira, amigo, desde hace tiempo que conocemos tu, er, historia clínica. Nada de qué preocuparse, por supuesto. Las pastillas, los cambios anímicos, las explosiones inexplicables le suceden a cualquiera, ¿no es cierto, amigo Calamares?

—Mmmh, sí, muy normal. Bueno, pero no tanto, tú nos pedías que te llamáramos por tus, cómo decirlo, personalidades internas.

—Unos tipos fenomenales, muy simpáticos, nada de qué quejarnos.

—Remigio Aras, Sergio Amira, Sergei Amirov, Alfredo Hauchecorne, Conde Vorima, Papá Pitufo y tantos otros. Lamento no acordarme de todos ellos.

Remigio Aras/Sergio Amira sintieron un golpe de debilidad que los dejaron soldados a la silla. No tuvieron voluntad para dejar de escuchar en el momento preciso. Saavedra frotó sus manos con histerismo y Calamares no dejó de sonreír aún cuando sus ojos decían otra cosa.

—¡Ah! Fue un golpe genial eso de incorporar a “Remigio Aras” a Erizo.

—Y así yo podía jugar con el personaje “Sergio Amira” en mis cuentos, ¿verdad, Saavedra?

—Y así fue nomás, Juan. Y yo le inventé una historia a “Remigio Aras” de que era peluquero y vivía en Concón.

—Qué loco, ¿no? O sea, quiero decir: muy creativo.

—Eso, muy rompedor y vanguardista.

—Bueno, y como no sabíamos cómo llamarte, porque llamarte por todas tus personalidades sería una locura…

—¡No, no, no, no! Calamares quiso decir que sería muy largo.

—Gracias, Saavedra. El punto es que no teníamos cómo referirnos a ti, así que te pusimos el Loco Amirio. Saavedra fue el de la idea.

—¡Pelado miserable! Eso no es cierto, Loco… er, Remigio. No, Amira. Ay, ya no sé cómo nombrarte.

Pero Remigio Aras/Sergio Amira/Sergei Amirov/Alfredo Hauchecorne/Conde Vorima/Papá Pitufo no escuchaban. Ya ninguno de ellos escuchaba. Solo había un vórtice de telón de fondo y un coro de niñas que cantaban una y otra vez un estridente estribillo:

Salta la cuerda, corre el anillo,
Darán las dos en el reloj del portillo,
¡Escóndanse rápido, chiquillas, chiquillos!
Que viene a por ti el Loco Amirio.

El vórtice se hizo más grande llevándose a algunas de las personalidades. Un huracán que rugía sin mover una hoja, que estaba dentro de su cabeza y solo quería salir. Comenzó con un murmullo y luego fue una letanía de voces que venían por el extremo de un puente y se convirtió en una multitud de hombres que vociferaban y esgrimían sus puños contra el cielo. No se entendía nada, pero en un momento todo cristalizó.

—Los voy a matar —dijo Sergio Amira espantosamente calmado.

—¿Dijo que nos iba a matar, Saavedra?

—Debe ser un error, yo escuché “los voy a mandar”. Quizás quiera que le hagamos un trámite en alguna parte.

—En todo caso, ¿todavía tienes nuestros “seguros contra incendio”?

—Claro que sí, debajo de la mesa como siempre. Yo ya tengo el mío —Saavedra le mostró disimuladamente la barra de pata de cabra con el rostro de Gordon Freeman en un extremo. Calamares siguió sonriendo y buscando el picahielo pegado a la superficie inferior de la mesa.

—¡Digo que los mataré! —Amira se levantó violentamente. Saavedra sintió que perdía el control de sus esfínteres. Calamares no encontraba el maldito picahielo y sonreía—. ¡Por que yo soy Kratos, el dios de la guerra!

Desde este punto en adelante, convengamos que la acción se vuelve difusa. Solo un hecho concreto: el picahielo fue encontrado. Pero, por supuesto, los dos tarados no pudieron ser efectivos contra un incontrolable Amira. Se encerraron en el dormitorio, mientras la puerta era azotada por el maniático.

—¿Y ahora qué hacemos, Saavedra?

—Rezar mucho, Calamares.

—Y eso de qué mierda nos va a servir.

—Para que Sergio no encuentre el hacha que compré el fin de semana.

La punta de la herramienta atravesó la puerta limpiamente y desde el otro lado se escuchó: —¡Wiiilma, ya estoy en casa!

—Vaya qué raro, yo juraba que estas puertas eran de madera y son solo de cartón aglomerado. Calamares, nos deben quedar unos cinco minutos de vida.

—¡Pero yo no puedo morir antes que Omar Vega! Tengo tantas canciones que escribir.

—Entonces ocupemos bien estos cinco minutos y sígueme la corriente.

Y desde el otro lado de la puerta: —♫I’m singing in the rain/Just singing in the rain/What a glorious feelin’/I’m happy again♫.

—A la cuenta de tres, Calamares, nos tiramos sobre la puerta con todo nuestro peso. Con suerte, la sacaremos de sus soportes y la cargaremos contra Amira hasta que alcancemos la puerta de salida.

—¿No es un poco complicado tu plan?

—¿Tienes algún otro?

Y en el otro lado: —¡Yo tengo uno, amigos! ¡Salgan y los corto en pedacitos!

—¡TRES!

Cargaron contra la puerta, pero el resultado estuvo lejos de los planes. Puerta, Saavedra y Calamares terminaron sobre Amira, en el suelo.

—Perdón, Sergio —dijo Saavedra—, de inmediato me retiro.

—¡Saavedra, idiota, no se te ocurra! —Calamares se acomodó sobre la puerta—. Ahora que tenemos a Sergio inmovilizado.

—Y… asfixián… dose, amigos —contestó desde debajo de la puerta.

—Con Calamares te pedimos disculpas, Sergio.

—No… no hay… problemas, pero está… oscureciendo.

—¡Saavedra! Solo tenemos que quedarnos aquí un rato.

—Es que Sergio parece sufrir mucho.

—Así… es.

—¡Pero él se lo buscó!

—Una crisis nerviosa la tiene cualquiera.

—Ay.

—Si no le hubieras inventado ese apodo al Loco Amirio, no hubiera pasado nada.

—¡Eres una rata! ¡A ti te lo escuché la primera vez!

—Chicos… en realidad… no los quería matar… era solo… una bromita eriza.

—¡Silencio, loco!

—¡Pero es verdad, Juan Calamares! La primera vez me escandalicé, como podías ponerle un apodo tan feo a un amigo, ¡a un amigo nuestro!

—La luz… me… atrae.

—¡Qué falso, Luis Saavedra! Inventábamos historias sobre Amira en donde era cada más un maniático.

—¡¿Y qué?! ¿Acaso le molestaban? ¿Verdad, Sergio que no te molestaban?

Pero no hubo respuesta del otro lado de la puerta.

—¿Sergio? —Calamares miró debajo. Amira tenía una gran lengua morada saliendo de la boca—. ¡Saavedra, sal de encima, rápido!

Removieron la puerta y dejaron el cuerpo de su amigo sobre el sofá.

—¿Se nos habrá pasado la mano?

—No lo sé, Calamares, —Saavedra puso un espejo sobre la boca de Amira—, pero al menos respira.

—¿Y ahora qué hacemos? Sergio no nos perdonará y jamás terminaremos la historia.

—Solo se me ocurre una única cosa qué hacer.

Lo cargaron por el pasillo, Calamares por los pies y Saavedra por los brazos. Amira se quejó en sueños y amenazó con destruir el planeta Namekusei. Pesaba una tonelada, pero pudieron arrimarlo al ducto de basura del edificio.

—No lo sé, Saavedra —resolló Juan—, no me parece una buena solución. No es lógico.

—¡Lógica, lógica, lógica! ¿Cuando te ha preocupado eso?

—Pero podríamos llevar a Sergio al hospital. Todavía está vivo.

—Sí, podríamos —admitió Saavedra—, pero ¿quieres?

—Mmmh, no lo sé en realidad.

—Es suficiente para mí.

Lo último que vieron de Amira fueron sus zapatos y luego el sonido del bulto cayendo por el ducto hasta el ¡Plaf! final del contenedor, ocho pisos más abajo.

—¡De vuelta a la trama! —Saavedra parecía demasiado exultante para el gusto de Calamares.

—¿Y que hacemos con el personaje?

—El equivalente del ducto de la basura en la ficción.

Omar Vega se quitó la máscara y la arrojó a los pies de los tres amigos.
—No saben lo mucho que me gustaría matarlos porque desde que los conocí, mi vida solo ha sido sufrimiento.
—Pero eso no es culpa nuestra, payasito —Saavedra aún no caía.
—¡Yo no soy el payasito de porcelana!, ¿no te das cuenta?
—Amigos, siento interrumpir —dijo Sergio Amira, que también era llamado Remigio Aras para aclaración de todos los lectores que se preguntan esto—, pero tengo algo muy importante que contar.
—Adelante —dijo Vega—, de seguro que es mucho más interesante que lo mío.
—En realidad, es una confesión. Ya no quiero estar más en esta historia y me voy.
Y Sergio Amira se fue corriendo por la estepa alienígena hasta que se perdió de vista.
—Ok, continuemos como si nunca hubiera existido —dijo Saavedra.
―Sí, es lo más sensato que he escuchado en estos días. Por favor, Omar.
—Muchas gracias, Calamares. Bueno, como les contaba, mi historia es antigua y he aquí que se las relataré. Prepárense.

(continuará)

[CC 2013, Juan Calamares y Luis Saavedra]

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