El Trámite, por Armando Rosselot (ficción)

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Salimos todos a hacer trámites. Fáciles, bonitos, con olor a armijo y lavanda. Me acompañaban el abogado, la sana y mi gran amigo y confidente: Perro.

Al comienzo no sabíamos qué hacer con la fila interminable de gatos pardos que cruzaba la primera calle. Perro pensó en saltar, yo en patearlos lejos, pero el abogado insistió en consultar con el Manuel de leyes, pero sólo traía el de José. Buscamos en varios lugares y rincones hasta que dimos con un artículo que suprimía de raíz a los conejos blancos y gatos pardos en caso de toparse con grupos de más de tres individuos en modo trámite, como éramos cuatro, los gatos se fregaron rápidamente.

La sana, esperó que los pobres animales fuesen consumidos por la naturaleza y yo le miraba el sano trasero mientras ordenaba los restos. Amigo Perro, cansado de esperar, la obligó a desistir de su noble tarea, ya que los trámites no esperan, y por lo general las ventanillas están repletas de cabecillas, humo y lapicillos con poca paciencia y rostro de insomne.

Seguimos.

Perro no dejó de marcar el camino hasta llegar a la cumbre borrascosa, donde al parecer tanto yo como el abogado no sabíamos por cual sendero proseguir, salvo la sana. Ella nos llevó hasta los hermanos Karámasovi. El camino fue largo y a veces tedioso. Antes de llegar al final del sendero la sana no aguantó más y se metió con uno de los hermanos, Perro y yo esperamos un momento, el abogado por su parte, se dedicó a discutir acaloradamente con un búho respecto a los alcances de la muy particular ley de la selva.

A medio día nos encontramos con algunas migas de pan centeno en la mitad camino por el cual íbamos, mientras seguíamos su rastro, el abogado tenía que mantener a la sana a raya, ya que se las quería comer todas con yogurt y miel, al final, el atajo nos envió a una espiral que desembocaba hasta el centro mismo de la gran ciudad. Ahí todo se complicó.

Perro encontró una perra y perrearon. Sana descubrió una cama y parió. El abogado no se encontró nunca y se pegó un tiro en la boca.

Sólo quedaba yo para ir a hacer el trámite. Seguí mi camino tras la casa de la tía lejana hasta que llegue a la primera oficina. De ahí me hicieron pasar a la segunda en la cual dos hombres grandes semejantes a rectángulos, los que se identificaron como “oficiales de trámite”, me llevaron ante el juez. Esperé dos años, un mes y ocho días hasta que el juez me llamó ante su presencia. Junto a él estaba mi amigo el abogado, eso si en espíritu, bastante más sonriente que cuando estaba vivo y de piernas como las del genio de la lámpara de Aladino, o sea no tenía. También estaba la sana, que me observaba con su hijo sin cara y sin presencia desde ninguna parte. Lamentablemente Perro no se encontraba ahí, sólo dejó una caja con su cola y dos zapatos mordidos hasta el cansancio; él me dejaba todas sus cosas de valor.

Luego del juicio histórico caminé hacia la oficina central de trámites. Metí mi cabeza por la ventanilla y caí, caí y caí. Fui a dar al círculo de amigos de los tramites donde me pasaron muchos formularios, los primeros veinte me costó mucho llenarlos y me demoré una barbaridad, por lo menos tres socios estiraron la pata en ese lapso. Los siguientes cincuenta los hice tan rápido que no me di cuenta. Luego me senté en la mesa del té y el vino con los otros, mientras los más verdes ordenaban sus colecciones de calzones y hot pants, bastante coloridos a mi parecer, y las mujeres desnudas saltaban en las tarimas a la vez que Gulliver no entendía el sentido que tenían los pechos de las mujeres, más allá de un producto lácteo rodeado de problemas y culpas sin sentido.

Me gustó una morena, de cabello corto y que fumaba poco.

Hoy, después de todo este tiempo, sólo sé que no hay peor trámite que el que no se hace, salvo, eso si, que lo haga otro en vez de uno, y es aconsejable una buena compañía.

Por ahora, tengo mucho que ordenar aquí junto a los otros y a mi gran amigo: cola de Perro.

Salud y buenas tardes, ya estamos cerrados. Vuelva mañana.

[CC 2013, Armando Rosselot]

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