Quemadura, el origen

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Por Juan Calamares.

Sobre una  historia de Saavedra, Ferrada y Calamares. Basada en el guión original de Tué Tué “Quemadura”

Celebrábamos el quinto aniversario del grupo literario Erizo. Estábamos Saavedra, Amira, yo. Y también estaba Ferrada, un hombre malo, más malo que el diablo, pero muy bien trajeado y al que siempre invitábamos a nuestras reuniones, vaya uno a saber por qué. Habíamos hecho un asado en el patio de la casa de Saavedra. Era un patio grande pero lleno de basura y, traspasando el cerco, había un enorme y repugnante precipicio. Saavedra había echado mucha carne a la parrilla pero, como solía suceder, se olvidó de cuidarla y la carne se quemó. Ferrada lo reprimió duramente y le amenazó la garganta con un trinchete. Entonces Saavedra se puso a correr y estuvo a un tris de caer al precipicio. Vale decir que esas cosas sucedían todo el tiempo pero no por eso nuestra amistad se veía afectada.

Cómo nos habíamos quedado sin carne Amira se ofreció para ir a comprar más. Decía tener un dato de carne muy barata (probablemente en mal estado). Amira (que a estas alturas se había bebido unas tres botellas de Jack Daniel’s) recibió los tres mil pesos que logramos recaudar y salió de la casa. Volveré en media hora, dijo. Pero luego de tres horas no aparecía y había apagado su celular. Como estábamos tan borrachos apenas nos importó. Así que vestimos a Saavedra de mujer y empezamos a manosearlo, al son de un disco de cumbia villera y ya estábamos desabrochándonos la bragueta cuando el vecino llamó a la puerta.

El vecino era un anciano gruñón. Era calvo y tenía problemas a la cadera, pero era un importante científico dotado de una súper inteligencia de fama mundial. Se llamaba Omar Vega. Ferrada le abrió la puerta y lo hizo pasar. Fue muy cortés con el ancianito. Del brazo lo llevó al patio y nos dijo, en tono de reprimenda: Este es un hombre sabio que tiene ya sus años y quiere dormir. Hagan el favor de bajar el volumen.

Saavedra miró a Ferrada con rabia y le lanzó un derechazo, pero erró y cayó al suelo. Omar Vega dijo: Ustedes son unos indecentes, solo este joven tan guapo es decente. Omar Vega se refería a Ferrada. Saavedra dijo: ¿Y por qué no participa de nuestra fiesta? Entonces Omar Vega se puso un dedo en la boca y luego dijo: ¿Pero no tendrán algunos discos de tango?

Todos reímos…… Luego hay un corte en mi memoria y solo recuero retazos: los ojos de Ferrada, intensamente azules, mas azules que el espacio sideral flotando por el patio, danzando, incluso por encima del precipicio…

————————

Desperté en una celda minúscula, con resaca y sabor a ácido de batería en la boca. La cabeza me retumbaba. Me flaqueaban las piernas y no podía concentrar la mirada. Junto a mi estaba Saavedra. Mientras dormía, un recluso le había dibujado un pene en la cara y Saavedra, al parecer no lo había notado, pues se veía feliz como si, en lugar de la cárcel, estuviera en el Penal Cordillera o algún otro Spa. Con nosotros también estaba Amira. Era muy curioso el caso de Amira pues estaba acostado de guata en la litera y movía cómicamente manos y pies como si nadara. De hecho me invitó a nadar con él. Estoy nadando en una piscina de Jack Daniel’s, me dijo.

Nos habían acusado de la muerte Omar Vega. Según pesquisas, luego que Amira hubiera regresado de comprar carne (yo no recordaba que Amira hubiera regresado de comprar carne) se había armado una pelea que terminó por incluir a Omar Vega, que no tenía ni pito que tocar en el asunto. Ferrada había tratado de protegerlo, pero Amira, Saavedra y yo terminamos por arrojar a Omar Vega a la parrilla y cuando Ferrada trató  de sacarlo lo tiramos al precipicio y ahora el pobre estaba herido de gravedad, por no decir medio muerto y feo y deforme.  La muerte de Omar Vega había sido una muerte horrible. Del anciano no había quedado nada, salvo su dentadura postiza, su cadera de titanio y un montón de otros implantes que le habían colocado a lo largo del tiempo. El pobre hombre, dijo el forense, parecía el Inspector Gadget. De cualquier manera le quedaba poco tiempo. Un resfriado común lo habría despachado al otro patio. Era tan viejo que no tenía espermatozoides sino esperpatosaurios. Esos comentarios los hizo el fiscal. Yo no recordaba nada pero tampoco me creía la versión de la policía porque cuando estábamos borrachos éramos mas bien amigables. No tanto como para llegar a la homosexualidad, salvo en contadas ocasiones, pero sí como para que cualquiera se diera cuenta de nuestra tremenda incapacidad mental. Amira, por ejemplo, difícilmente le atinaba a algo después de la tercera botella de Jack Daniel’s. De haber tenido un putching ball con la cara de Omar Vega tampoco le habría atinado. En fin que Amira tenía pésima puntería. Por otro lado, Ferrada, por muy malo que fuera, tenía a su favor el hecho de ser el único que había tratado a Omar Vega un poco de deferencia. Lo había tomado del brazo y cuando una ventisca se llevó su peluquín apenas si se rió. De hecho fue a buscarle el peluquín. A diferencia de Saavedra que quería meterlo en un choripán. Eso seguramente declararía Ferrada luego de salir del coma. Diría: a este señor yo lo llamé abuelito.

Y sería verdad.

———————-

Como Omar Vega era un hombre muy importante, mientras se resolvía el juicio, nos encerraron en la cárcel de alta seguridad Costanera center. Curiosamente la cárcel de alta seguridad Costanera center había sido diseñada por el mismo Omar vega, basados en principios creíbles y tecnológicos para que fuese imposible de vulnerar. Era uno de los edificios mas altos del mundo y nosostros estábamos en la cima misma, justo debajo de la mega antena y por las ventanas veíamos las ventiscas y el cielo cargado de electricidad.

–Nosotros no matamos a ese abuelito –dijo Saavedra.

Saavedra acababa de salir de la ducha y tenía la cara con espuma. Siempre se estaba lavando la cara pues el pene que le habían dibujado en la cárcel no se le borraba. Si se lo habían tatuado estaba frito porque no tenía plata para la operación con láser. Pero nadie sabía si el pene era tatuaje o tinta indeleble porque Saavedra no dejaba que se lo vieran. Se cubría la cara con una máscara del Hombre araña. Un poco por vergüenza pero también porque le gustaba mucho el Hombre araña. A lo mejor el pene era una excusa para andar con la máscara de Hombre araña. Ya lo decía yo que le gustaba mucho. La máscara se la había prestado Sergio Amira.

–Eres un estúpido – le dije.

Saavedra se puso la máscara del Hombre araña y entonces enseñó las palmas de la manos y luego se tocó las muñecas con los dedos y dijo:

–Shium, shium. Nosotros no matamos al abuelito.

Amira, que estaba durmiendo, se despertó y se sentó en un cajón de verduras (por alguna razón, en vez de sillas nos habían dado cajones de verduras). Iba desnudo y llevaba una botella de Jack Daniel’s. Le dio un sorbo y eructó, iba a decir algo, pero se desmayó. Cuando recobró el sentido miró a Saavedra y le dijo que le devolviera la máscara. Entonces Saavedra se puso a gritar y a dar saltos con su máscara de Hombre araña por toda la celda, como un imbécil, mientras Amira lo perseguía tropezándose con los cajones de verduras.

– Shium shium.

Encendí un cigarro y me asomé por la ventana. Afuera había unos 25 gendarmes. 25 gendarmes para nosotros tres que no éramos, lo que se dice, unos criminales brillantes. En eso se gastan nuestros impuestos los políticos. Los gendarmes estaban atados a las barandas de la cornisa y no nos quitaban los ojos de encima. Parecían robots y, de hecho, quizás lo fueran, ya que Omar Vega había diseñado el recinto. De pronto los gendarmes voltearon hacia el vacío y uno de ellos se dobló por la cintura. Cuando se incorporó tenía a un hombre tomado por el pecho. Era un hombre con chaqueta de cuero y cabello cano. Cargaba un maletín. El hombre hizo una reverencia a los gendarmes y se alisó la chaqueta y me miró a los ojos. Sonreía. Caminó hacia nuestra celda y las ventanas se abrieron cuando se acercó al umbral.

Cuando el hombre entró Saavedra y Amira dejaron de pelear. El hombre los señaló con el dedo, guiñando un ojo y luego se sentó con las piernas abiertas sobre un cajón de verduras y abrió su maletín.

–Mi nombre es Jorge Baradit – dijo – y soy su abogado.

Se puso a revolver los papeles del maletín y cuando encontró el papel que buscaba le dio un gopecito con el dedo y leyó:

–Miguel Angel Ferada ha despertado del coma.

–Oh – dijo Saavedra –, que alegría.

–¿Podría quitarse la mascarita? – dijo Baradit.

–Bueno, sí señor.

Saavedra se quitó la máscara.

–¿Por qué tiene un pene dibujado en la cara?

Saavedra se encogiuó de hombros: – Nosotros no matamos al abuelito.

Baradit miró Saavedra.

–Bueno– dijo–, ahora que Ferrada ha despertado piensa declarar sobre ustedes.

–¿A favor? – dijo Amira

–No, en contra– dijo Baradit–. Ferrada los demandó por ochocientos millones de dólares y como no tienen dinero se quemarán en la carcel.

–¿En la cárcel? – pregunté.

–Quise decir, silla eléctrica. Ferrada es un hombre influyente. Y poderoso, demasiado poderoso, quizás.

–No quiero morir – dijo Saavedra.

–Bueno, pero yo soy su abogado y haré todo lo posible por que les rebajen la pena.

–O sea, que no nos matarán– dijo Amira.

–Bueno si, matarlos si, sin duda que si, es un hecho. Lo harán.

Baradit iba a decir algo mas, pero al parecer se arrepintió. Cerró la maleta y se puso de pie.

–Bueno, tengo una reunión con mi quiropráctico. Pero no olviden que soy su abogado. Lo que sea que necesiten aquí estoy yo.

–¿Podría traernos cigarrillos?– dijo Saavedra

Baradit lo miró y meditó:

–No.

–Bueno, gracias.

Baradit tronó los dedos y las mamparas se abrieron.

–Recuerden que Ferrada es un hombre poderoso.

–Chao, men– dijo Saavedra.

————–

Cuando Baradit salió Amira se puso a gritar: no quiero morir, no quiero morir. Rompió su botella de Jack Daniel’s y se puso a saltar de un cajón de verduras a otro haciendo extrañas morisquetas. Oh, dios santo, decía, por qué matamos al viejito.

–Nosotros no matamos al abuelito – dijo Saavedra.

–Deja de decir eso – gritó Amira–. Moriremos.

Saavedra estaba jugando con el elástico de la máscara del Hombre araña y la miraba sonriendo tiernamente. Parecia un niño.

-Es que nosotros no matamos al abuelito– dijo.

–Cállate , imbécil.

Amira se arrodilló junto a Saavedra y lo amenazó con el gollete roto.

– Te mataré, antes que me maten a mi, te mataré.

Blandió la botella a un tris de la cara de Saavedra, pero yo no me entrometí, pues todo el tiempo Amira hacía lo mismo y así todo Saavedra seguía vivo.

–Te mataré, te matare, te mataré.

–Es que nosotros no matamos al abuelito.

–Es que ustedes no mataron al abuelito.

–¿Quién dijo eso? – pregunté.

Nos quedamos en silencio. La voz que acababa de hablar venía de algún lugar de la celda, aunque no sabía precisamente de dónde. Miré hacia fuera: no se veía ningún guardia.

De pronto una figura cayó revoloteando del techo y se instaló de espaldas ante nosotros. Estaba totalmente desnudo y tenía una enorme cabeza calva de forma ovoide. Había puesto los brazos alrededor de su pecho y ahora los abría. Eran brazos musculosos que terminaban en garras. De pronto la figura se deslizó por el piso y se apareció frente a Amira y le quitó la botella de Jack Daniel’s y con ella cortó la garganta de Saavedra. Así sin mas. Saavedra se tomó la garganta con ambas manos, girando sobre si mismo y desmoronándose lentamente hasta caer al suelo. Dijo: Shium, shium.

La figura se puso de pie. Era un hombre, pero un hombre extraño, miserablemnete extraño. No tenía órganos sexuales. Abrió los brazos y luego se abrazó a si mismo y apoyó la cabeza sobre un hombro. Tenía los ojos intensamente azules, mas azules que el espacio sideral. Sonrió.

–Ustedes no mataron al abuelito – dijo Ferrada.

————————–

Amira y yo nos quedamos helados.

–Mataste a Saavedra – dijo Amira.

–Sí –dije yo –, siempre lo estás matando. Yo no sé porque seguimos juntándonos contigo.

–Basta – bramó Ferrada.

No había abierto su boca. Las palabras flotaban por la habitación igual que extraños murciélagos fantasmas. Ferrada dijo:

–Saavedra tenía razón, ustedes no mataron al abuelito.

–Tú lo mataste– le increpé.

–No– dijo Ferrada –Omar Vega está vivo.

—————————–

Ferrada se sentó en un cajón de verduras con las piernas cruzadas femeninamente. En el pecho le había aparecido una extraña abertura de la que salía una luz pálida y mortuoria que teñía toda la habitación. Ferrada se metió las manos en la abertura del pecho y tiró con fuerza de ella. La luz me cegó. Me paralicé. Hubo un corte y a negro. Entonces aparecimos en la cima de la cárcel de alta seguridad Costanera center. Ferrada estaba colgando de la mega antena y los rayos de una tormenta eléctrica eran atraídos por la abertura de su pecho. Ferrada reía a carcajadas.

–Han sido condenados a muerte, pero el verdugo soy yo.

–¿Quién eres?– gritó Amira.

–Lo sabes, lo he respondido en muchas ocasiones, en casi todas las historias de Erizo. Lo importante es que ustedes no mataron al abuelito. Y yo tampoco lo maté. El abuelito está vivo. Pero hay un problema con el abuelito.

–Deja de hablar del abuelito.

–Es que el abuelito es lo importante – Ferrada se tomó de la antena con las dos manos y quedó flameando como una extraña bandera hecha con los retazos de un pájaro antiguo y amargo cuya labor fuera cazar humanos para arrojarlos al vivo pantano del averno –. Mi vida es una miseria, pues nadie ha sido mi digno adversario.

–¿Qué quieres decir? – dijo Amira. Tenía restos de sangre de Saavedra en la cara y se los limpió con el dorso de la mano.

–Que en todas vuestras historias gano. Siempre gano. Mato a Saavedra, me apodero del mundo, controlo el universo, ¿y por qué? Porque nadie es digno oponente de mi poder. Pues yo soy el mal.

Miré el vacío y sentí vértigo. La ciudad no se veía. Solo había luces fantasmales y vertiginosas que giraban a nuestros pies, miles de kilómetros mas abajo.

–Tu poder se ha desatado – dije.

–Sí, y es por eso que quise crear a un rival a mi altura. Quise que fuera el hombre mas inteligente del mundo.

–Omar Vega.

–Si – Ferrada se soltó de la antena y cayó frente a nosotros. Ahora era enorme. Su tamaño se había triplicado.

–Sí, con mi poder preparé una pócima que mezclaría la mega inteligencia de Omar Vega con súper fuerza. De ese modo Omar Vega sería mi adversario. Mi némesis. Y así yo dejaría de estar triste. Pero como siempre, ustedes, erizos, lo arruinaron.

– ¿Pero cómo? – dijo Amira –, cómo, si estábamos borrachísimos.

–Por vuestra estupidez –bramó Ferrada–. Cuando estaba inoculando la pócima a Omar Vega, ustedes lo tomaron de pies y manos…..

Algo crujió en mi cabeza y entonces recordé. A Omar Vega le habíamos echo un manteo, varios manteos, varias veces, muchas veces, pues estábamos celebrando sus años. Uno, dos , tres, setenta, ochenta, noventa años……

–Otra vez lo arruinaste, Calamares – dijo Amira– Él fue, Ferrada, él fue el que tiró al abuelito a la parrilla.

Dicho esto, Amira se fue corriendo a la escalera de escape pero entonces Ferrada hizo un movimiento circular con una mano y Amira comenzó a girar sobre si mismo irremediablemente hasta desaparecer en un pequeño torbellino.

–Ya está– dije–, mataste a Saavedra y ahora a Amira. ¿No te bastaba con una disculpa?

Ferrada me tomó de la mandíbula. Te haré sufrir, dijo, y tu dolor será largo e indecible, largo, larguísimo, mas largo que….

–Déjalo.

Aquello que había hablado se abalanzó sobre Ferrada y lo tomó por el cuello. Aquello gruñía y jadeaba. Era algo enorme, un ser inflamado por su propia musculatura sobrenatural y deforme, pero su rostro no se distinguía porque estaba oculto tras las sombras del edificio. Ferrada lo miró a los ojos y gritó espantado. Estás libre, le dijo, oh, yo te había encarcelado. Entonces el ser levantó a Ferrada por sobre su cabeza y, dando pasos atronadores, llegó al borde de la cornisa y desde ahí lo lanzó al vacío. Aquel ser me había salvado.

-o-

Lo que me había salvado ahora estaba sentado al borde de la cornisa y podía verlo detenidamente. Era una masa enorme con brazos como troncos de árboles y toda su piel estaba calcinada horriblemente como una hamburguesa. Pero yo sabía quien era. Me senté junto a él.

–Gracias, Omar Vega– le dije.

Le puse una mano en el hombro, pero Omar me la sacó de encima. Gruñó y luego se cubrió la cara con el antebrazo.

–No me mires– dijo.

–Pero, Omar, si a Julio César Rodriguez pudieron quitarle la papada seguramente a ti también podrán componerte.

Entonces Omar Vega se incorporó y dijo:

–¿Omar Vega? ¿Quién es Omar Vega?. Omar Vega no existe porque ha muerto. Si quieres llamarme de alguna manera, llamame…..Quemadura.

Y entonces Omar Vega se arrojó al vacío.

Me sostuve de la antena, con mis ropas flameando al viento, y vi como el héroe se perdía en el vacío. Pero yo sabía que volvería a verlo. Sabía que donde fuera que el mal acechara la justicia llegaría de la mano de ese hombre. De ese hombre llamado Quemadura. Un nuevo héroe ha nacido.

Epílogo

Un vagabundo llena su carretón con cartones y cachivaches que encuentra en las calles de Santiago. En un basurero ve a un hombre quemado. Aquel hombre está herido aunque debería estar muerto pues ha caído de un enorme edificio. Sin embargo es súper poderoso y por eso se ha salvado. El vagabundo lo sube a su carretón para sanar sus heridas. El vagabundo se llama Tué Tué.

Continuará…

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