Noche de Brujas 2013: Bonus (ficción)

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Rod Serling

Rod Serling

En la Galería Nocturna de Erizo hay muchos cuadros. Algunos mejor ejecutados que otros. Algunos demuestran las pulsiones internas de sus autores y otros la visión externa de mundos terribles. Pero todos son dignos de admirar.

Por Luis Saavedra

Lord Saavedra escapaba de las fauces de la muerte, a través del bosque nocturno. Más adelante estaba su salvación. Entre la espesura, la luz de la cabaña le indicó que estaba habitada. Más atrás, escuchó los gruñidos que querían su sangre y apuró el paso. Solo escuchaba su propia y agitada respiración.
Entró en el claro y vio al campesino robusto y con cara de anacoreta y una hoz tan alta como su estatura.
—¡Gracias a Dios que estáis aquí, buen campesino!
―Mi nombre es Amira, mi Lord. ¿Por qué venís tan agitado?
―Huyo de bestias del infierno. ¿No las oís?
―Son perros, señor.
―Mmmh, me pregunto, ¿no estaréis vos emparentad o con estas bestias? ¿No sois un hombre lobo, verdad?
―Afortunadamente para vos, no.
―¡Qué lástima! Yo sí. ―Y saltó a la garganta del campesino.
Chan-chan-cháaaaan.

Era una tarde radioactiva de colores vívidos en medio de las ruinas. Las nubes cargadas de lluvia ácida pasaban sobre sus cabezas y en la noche el viento las borraría del cielo. Ah, la noche, la violenta demostración de una naturaleza fuera de foco. Mientras tanto, la última mujer se acercó lentamente al último hombre de la Tierra, que leía un cómic de los X-Men.
―¿Sergio?
―¿Sí, querida?
―Sé que soy la última mujer de la Tierra y tú el último hombre de la Tierra, pero es que ya no te soporto. ¡Quiero el divorcio!
Chan-chan-cháaaaan.

En el cofre, la momia abrió sus ojos e Indiana Calamares se acercó.
―Dime, amortajado, ¿cuál es el secreto de la eterna juventud?
―Gran Buscador de Tesoros, no existe tal secreto.
―Entonces, ¿me pasé la vida buscando en vano?
―Cada quien se arruina la suya como quiere.
―La existencia ya no tiene motivos para mí.
E Indiana Calamares ingresó al Grupo Erizo.
Chan-chan-cháaaaan.

Lord Calamares llegó al claro de la cabaña. Qué terrible noche en el bosque pasó. Vio al campesino Amira y su hoz y su cuello ortopédico.
―¡Gracias a Dios que estáis aquí, buen campesino!
―Esta escena me parece conocida. ¿Qué buscáis, mi lord?
―Huyo de unas bestias infernales, ¿no las oís?
―Ah, ya caí en esa trampa, ¿me consideráis un idiota?
―No entiendo, noble campesino.
―”No entiendo, noble campesino”. La rutina de preguntar si soy un hombre-lobo y yo que respondo que no y vos que sí y me saltáis encima.
―Ah, sufrido hombre, pero es que yo no soy ningún hombre-lobo.
―¿Ah, no?
―Soy un vampiro.
―¡Maldita sea, lo sabía!
Chan-chan-cháaaaan.

La nave espacial Atómica se posó en el planeta Gamma-Kapauri 9 y quemó la vegetación a su alrededor. Los pilares de aterrizaje se hundieron en la fértil superficie y finalmente sus motores dejaron de rugir. El capitán Amira abrió la escotilla y pisó el primer escalón. Bajó y comprobó la composición del aire. Todo en orden.
―Al fin, el exótico Gamma-Kapauri 9. ¡Oh, pero quién viene a recibirme, un adorable gatito! ―y extendió la mano para acariciar la adorable cabecita.
Pero no era un adorable gatito. En Gamma-Kapauri 9 no existían.
Chan-chan-cháaaaan.

El conde Patricio Alfonso caminó por los lúgubres pasillos de su castillo, en compañía de Sergio Amira, el valiente reportero.
―¿Así que queréis entrevistarme?
―Conde Alfonso, tiene una gran fama que le precede en el mundo del vampirismo.
―Ya lo veo, querido Sergio. Puede sacarse el collar de ajos.
―Oh, muchas gracias. Pesaba una tonelada.
Amira dejó el collar en una adorable mesita junto a una calavera.
―Mi vida como vampiro es pasado. ―Suspiró.
―Pero tendrá muchas cosas que contar.
―Sí, pero ahora soy vegano. ―El Conde abrió las puertas de su mazmorra.
―Debo insistir, Conde, no vine desde tan lejos para nada. La mona aunque se viste de seda, mona queda.
―Cierto, cierto. Pase por aquí. ―dándole la pasada al valiente reportero.
―Las cosas no se dejan de un día para otro.
―Vos sois muy sagaz. No obstante que ya no soy vampiro…
―Por supuesto que soy sagaz.
―…jamás dejé de ser un sicópata.
Y el conde Alfonso cerró las puertas de la mazmorra.
Chan-chan-cháaaaan.

Lord Emiliano vio al humilde campesino, en la cabaña del claro y se dirigió hacia allá. El campesino tenía una hoz de su tamaño, un gesto desconfiado, un cuello ortopédico y un brazo en cabestrillo.
―Saludos, artesano de la tierra.
―Déjadme adivinar. Sois un Lord muy importante y venís huyendo de bestias infernales.
―Er, la verdad es que no.
―¡Entonces, preguntadme, maldito, quién soy yo!
―Me asustáis asustando, campesino, con tu actitud desquiciada.
―¡Ésta debería asustaros! ―Y le clavó la hoz limpiamente en el pecho. Lord Emiliano cayó muy forondo.
―¡Y ahora transformaros, alimaña, en un hombre-lobo!
Nada.
―¡Entonces en vampiro!
Nada.
―Mmh, ¿monstruo de la laguna negra? ¿Criatura de Frankenstein? ¿Godzilla? ¿Vengador Tóxico?
Nada.
―Traeré la pala.
Chan-chan-cháaaaan.

[CC 2013, Luis Saavedra]

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