Noche de Brujas 2013: El último cómic de la Tierra (ficción)

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Time Enough at Last

Por Luis Saavedra

He aquí Remigio Aras. Un hombre normal en un mundo normal. Encajaba bien. Leía cómics, tomaba whisky en pantuflas. Nunca imaginó que esta vida de normalidad pudiera tener un final. Nunca imaginó que un placer tan sencillo como leer X-Men se volviera tan complicado. Porque nada es fácil y la vida es impredecible. Aquí, en la dimensión Eriza.

Entre las ruinas de la gran ciudad, una sombra avanza. Sortea los escombros, mientras se moja con la llovizna radioactiva. Pero está acostumbrado a estas alturas. Silba una melodía que dejó de escuchar hace un par de años, cuando la última batería de su reproductor se agotó: Triplanetario, de Monje Loco. Pasa delante de María, la maniquí en el mostrador de la tienda en la tercera avenida, a quien saluda todas las mañanas cuando se dirige a la Biblioteca Pública. Que sepa, ella nunca le ha devuelto el saludo. En las escalinatas, debe correr porque otra vez se acerca una tormenta y los vientos que azotan los techos y las calles son cada vez peores. Respira profundamente cuando ingresa y cierra detrás las grandes puertas. Se saca el casco, los lentes y la bufanda, y al fin parece sentirse en casa. Remigio Aras tiene el universo del conocimiento humano a sus pies.

La Biblioteca Pública es un buen lugar, pero no es el correcto para él. Hace tiempo quiso instalar una carpa en la destruida sala de lectura, pero tenía muchas corrientes de aire y los silbidos que se producían le helaban el alma. Desistió y se instaló en un adorable edificio, de los pocos que quedaban en pie, con solo dos departamentos por piso. Se cambiaba una vez al mes para no aburrirse. Pero en cuanto a la Biblioteca, y aunque no volvería a pernoctar nunca más en ella, venía día por medio a desayunar, merendar y cenar. Como un día de campo, como en los viejos tiempos de la civilización. Va directo a la sección cómics, en la sala infantil, y nuevamente esboza una sonrisa despectiva. Para él las historietas, la bande desinée, es definitivamente un arte. El número de Kick-Ass está abierto en la página 13, en donde terminó de leer hace dos días. Cambia de canción y silba It’s worth to be me, de Antoine Saplée. Se acomoda en el banco y se coloca los lentes de lectura.

Las horas pasan. Aras nunca las siente. Es un sueño hecho realidad que el Apocalipsis acabara con todo. Un Apocalipsis nuclear que arrancó a la humanidad de cuajo, pero no a él. Cuando existía una sociedad en la que estar era un individuo, digamos, inusual. Amante de los cómics y de las figuras de colección, no tenía muchos amigos y a quien contarle sus inquietudes. Una vez, como todos, soñó que estaba solo en el mundo. Recorría las calles abandonadas, llenas de hojarasca, y entraba en las tiendas de cómics para saquearlas a su gusto. Pero no era un saqueo en lo absoluto. Cómo podía serlo si en ese sueño la propiedad privada era abolida. Recordaba ser feliz. Y ahora, desde detrás de todo lo ocurrido, su perspectiva ha variado. No mucho, es nada más que se siente solo. Lo notó el tercer mes de conocer a María. Se acercó a ella y observó sus ojos azules y su boca roja ligeramente entreabierta. Colocó una mano sobre su seno y lo acarició. Tuvo una erección. Sintió vergüenza. Se alejó un par de días, pero al tercero volvió a saludarla de camino a la biblioteca. A ella no le importa. A él tampoco ahora. Se aseguró que no volviera a pasar.

Es la hora de una merienda. Acabó con toda la colección de Kick-Ass y es el turno de Black Sad, aunque no le va el cómic europeo. Silba Cuando el viento sopla, de Seraphim, y saca un tarro de atún y un pedazo de pan que hizo hoy en la mañana. Toma un sorbo de agua y se queda mirando el rayo de sol que entra por la grieta en el techo, diez metros sobre su cabeza. Se promete arreglarla. Por décima vez. Sabe que el agua se cuela por allí y cae sobre las estanterías y sobre sus amados libros, pero es un sentimiento de urgencia que le parece ajeno. Algún día, algún día, le dice a la bruja que lleva en su cabeza.

—Por favor, no huya.

Remigio se vuelve y sorprende a la chica en una esquina de la sala. No sabe cómo reaccionar. Aunque hoy es Noche de Brujas, él no cree en fantasmas.

—Yo… estoy de paso.

La chica tiene una canción triste en su voz y en cómo inclina la cabeza. Aras vio desde lejos a tantas de ellas. En la época en que existía el mundo. Ánimas que lucían perdidas, buscando siempre un pedazo de cariño que alguien tiraba al suelo. Despierta de su letargo.

—Pero donde están mis modales. Por favor, venga, mi nombre es Remigio Aras.

Ella sonríe aliviada. Él toma nota de sus pies envueltos en harapos y su raído y sucio abrigo.

—¿Quiere un poco de atún?

Una sombra en el rostro de la chica. No es necesario repetir la pregunta, ella se abalanza y no para hasta que el pan y el atún han desaparecido.

—¡Qué vergüenza!, perdón. Es que yo no comía desde hace cinco días.

—¿Cuál es tu historia, niña?

Ella se llama Ángela. Sobrevivió por casualidad y no está orgullosa de ello. Siente que acabó con su buen karma con muchas cosas que hizo y que le repugnan. Su familia también sobrevivió, pero fue la única que logró adaptarse. Cada mes perdía a alguien en el caos. Un hermano, un padre, una abuela. No se volvió más dura, ni más fuerte. Lo lamenta, pero hay algo dentro de ella que se niega a disminuir y desaparecer. Fue de ciudad en ciudad, arrancando, buscando y finalmente solo porque había que hacerlo. Estar siempre en movimiento porque el estatismo es muerte.

—Y aquí estamos ahora, Ángela.

—Sí, qué alegría encontrar a alguien como usted. Me crucé con dos o tres hombres más y fue terrible.

—Yo no, desde que pasó lo que pasó, no volví a ver a nadie. Hasta hoy, por supuesto.

—Es curioso que nos hayamos encontrado aquí, en una biblioteca.

—Quizás no, a mí me encanta leer.

La chica abre los ojos.

—¡A mí también, justo andaba detrás de algo para leer y pasar el rato! Yo tenía toneladas de libros en mi pieza.

—Y yo en la mía. O sea, cómics.

Remigio teme por un segundo que vuelva a repetirse el escenario de las miradas condescendientes. El perro que come perro. Porque la peor segregación venía de tus propios pares. De esos moscardones intelectuales que siempre tenían la verdad sobre sus mesitas de noche y los géneros o el cómic eran solo una gran mentira.

—¿Leíste Bone?

Aras ríe. Es demasiado improbable.

La tarde pasa y el clima afuera es impredecible. Algo de lluvia ácida, algo de sol. Se siente bien volver a conversar y escuchar. Moore y Proust. Cyclops y Spinoza. La mezcla es caótica y es una llave que vomita un torrente de agua pestilente que se va limpiando y regularizando. El torrente de la chica se detiene porque ya no hay más que decir. Pero el de él simplemente sigue fluyendo con fuerza. Ella lo observa y sonríe y asiente a cada palabra.

—Remigio, usted en sí mismo es una biblioteca.

—Ah, querida, muchas gracias, pero yo no diría eso. Es tan solo que estos años han sido para mí estar en esta sala de lectura y leer.

Ella mira la bóveda y los ángeles trayendo el conocimiento de Dios al hombre.

—Qué envidia. En ninguna ciudad me tocó ver algo así.

—No hay muchas bibliotecas como esta. En realidad viajé desde mi pueblo hasta acá solo para verla.

—Y decidió quedarse.

—¿En dónde más podría estar mejor?

—Tiene suerte porque el mundo fuera de esta ciudad es terrible. Casi no queda nada y la naturaleza no existe.

—Me las arreglo bien aquí.

La chica de pronto baja la cabeza. La sube y sus ojos están llenos de agua salada.

—Una vez maté a un chico.

Él no se mueve. No sabe si preguntar o cambiar de tema. No tiene que decidir.

—Yo estaba buscando un lugar para pasar la noche y encontré una vieja casona que era la única del pueblo en pie. Pero dentro había un hombre que tenía un perro. Yo no lo vi altiro porque estaba haciendo una fogata. El perro era enorme y el hombre también. Me dijo que hacía tiempo que no veía a alguien como yo y me echó el perro encima.

Se detiene y Remigio siente una bola de hielo en el estómago que baja por sus intestinos.

—Me inmovilizó y se puso encima mío y comenzó a moverse y era tan asqueroso y olía tan mal. Me dijo que si yo me volvía su querida, me daría comida y una cama. Pero yo tenía un puñal y lo saqué y se lo enterré miles de veces. Y estaba tan enojada que le hice lo mismo al perro y los maté a los dos. La hoja del puñal se me quebró.

Hay un silencio después. Como no podría haberlo.

—Ángela, ¿por qué no se queda acá? O sea, no tengo problemas de espacio y hay suficiente comida y agua para los dos.

Ella lo mira y hay algo en su mirada que vuelve a estar vivo. A él le gusta. Es algo que se remueve entre los dos.

—Tal vez, solo tal vez, podamos ser amigos.

—Sí, tal vez, Ángela.

—Yo podría cocinar para usted.

—Yo no lo sé. Es muy pronto.

—¡Y usted me podría contar todas esas historias maravillosas que ha leído!

—Le insisto, Ángela, que es muy pronto.

—Puedo ser alguien que usted quiera…

—¡No, deténgase!

Remigio Aras siente una sensación agrietándolo por dentro.

—Mire, Ángela.

—Por favor, no me diga que me vaya.

—No, no lo haré, solo quiero decirle que…

—¿Recuerda la conversación entre el zorro y El Principito?

—Sí, pero no continúe. Usted no entiende.

Ella se acerca con algo de esperanza. No está segura, pero aún así avanza. Extiende una mano hasta casi tocar su cara. Habla suavemente. Su voz es tan seductora.

—¿Qué hay que entender, Remigio? Usted está solo y yo también.

—¡Usted no entiende!

Aras rechaza la mano y la aferra por los hombros. La remece violentamente. La boca de la chica se abre en un gesto de miedo.

—¡Me asusta, Remigio! ¡Es como los otros hombres!

—¡Usted no entiende!

Agarra el cuello de la chica y presiona. “No, no”, dice ella, pero no hay sonido en su garganta.

—¡Usted no entiende!

Ahora la estrangula con sus dos manos. Ella lucha y ambos caen al piso, pero Remigio es un perro de presa que no se aferra. Ángela rasguña la cara del hombre y da patadas y golpes. Ve la imagen de su rostro en la mirada de él. Una mirada enloquecida y que no puede alcanzar. Pero poco importa porque siente que el mundo se vuelve negro.

—¡No entiende, entiende! ¡Yo ya no puedo amar!

El hombre sigue presionando y le duelen los músculos de los brazos. Pero no puede parar. María lo mira y se agita debajo suyo. La puta María que le hizo saber que no podía transformarse nunca más en un hombre. Su mirada gélida, despectiva. Todos los días desde que encontró la biblioteca. Observándolo pasar, llamándole, desnuda ante él. María, la puta que se muere debajo de él.

—¡No entiendes lo que pasé por ti, lo que hice por ti!

El cuchillo. Sobre sus genitales. La noche de una tormenta. Los meses que siguieron. Caminando con cuidado y dolor. Delante de María. Y María dejó de llamarlo.

—¿Ángela?

Ángela ya no se mueve. Sus dedos blancos sobre el cuello de la mujer dejan una marca oscura cuando se retiran. No queda mucha luz. Aras no siente nada.

No sabe cuánto tiempo pasa, pero vuelve a ir a la biblioteca. Una mañana después de la estación de tormentas. Silba Walking on Sunshine, de Katrina and The Waves. Dobla por la tercera avenida y la ve.

—Buenos días, María.

María no devuelve el saludo. Pero siempre ha sido así.

[CC 2013, Luis Saavedra]

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