Solsticio (ficción)

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Por Luis Saavedra.

Comencemos.

Calamares tenía diez años cuando encontró el saltamontes en el suelo ardiente del cemento, un mediodía de verano. Sabía que era verano porque lo había descubierto en una revista de geografía que traía un artículo sobre las estaciones del planeta Tierra. La revista se la había traído su padre un día que llovía, pero él la dejó en la pila de lectura durante los próximos dos meses. Por mientras, agotaba las aventuras de Kalimán que su mejor amigo Sergio le había prestado. Cuando finalmente abrió la primera página, se inundó de un conocimiento que no sabía que existía hasta ese bendito instante. Y para la hora del almuerzo, Calamares ya conocía los primeros seis movimientos del planeta y por qué existían cuatro transiciones de clima en el año. Por eso el 21 de diciembre se levantó muy rápido, mientras su madre le gritaba que tenía que desayunar. “¡No puedo, hoy es el solsticio de verano!”, y salió corriendo por la puerta delantera de la casa tratando de ponerse la camiseta. Sergio y Luis lo esperaban en la plaza, a la sombra del pino gigantesco que el comité de la vecindad tuvo la idea de plantar hacía veinte años. Nada crecía bajo el pino, obviamente, así que para remediar esa miopía, el comité instaló bancas y una mesa de damas chinas, con el deseo de que al menos fuera un lugar de reunión bajo el árbol. “¿Y para qué dijiste que nos juntáramos?”, preguntó Saavedra, detrás de sus anteojos que hacían que sus ojos desbordaran. Calamares no respondió, se paró y tomó el aire que había consumido en su carrera. Sergio le cedió el asiento y cuando estuvo mejor sacó de su bolsillo el papel celofán. “Hoy es el primer día del verano”, pero ninguno de sus amigos entendió, “¡vamos a mirar el sol cuando lleguen las doce porque será el día en que esté más alto!” Sus amigos se miraron para saber si alguno había entendido, pero no era así. “¿Y qué?”, Sergio se sentó al lado de Calamares y sacó un masticable de plátano de su pantalón que partió en tres y lo repartió. “A mí me prohiben mirar el sol porque mi mamá me dice que uno se queda ciego”, dijo Luis moviendo con la lengua el masticable que se le quedaba en el paladar. “¡Y por eso traje el celofán, asopao!”. Sergio insistió: “¿Pero y para qué vamos a verlo?”. “Porque es científico, Sergio”. “Qué aburrido. Mejor te esperamos en la casa del Lucho”. “¿Y por qué en mi casa?”, pero ya Sergio se iba y Luis detrás de él. “¡Váyanse mejor!”, les gritó con resentimiento. Y luego más bajito: “Porque cuando yo sea un gran científico ustedes no van a ser mis amigos”.

El pedazo de celofán se lo había quitado a su hermana más chica, a un trabajo que ella hizo para la escuela. Las ventanas de la casa dibujada tendrían que quedarse sin el rutilante color rubí porque cuando llegó la hora, lo alzó, entornó los ojos y probó contra el sol. El astro apareció como una pelota rojiza sin rasgos en su superficie. Nada espectacular y en realidad no sabía qué tenía que esperar porque la información en la revista era bien clara: el día en que el sol está más alto en el cielo. Nada más. Continuó su observación un rato más sin parpadear hasta que apareció la imagen de sus amigos jugando en el patio con los nuevos autitos Majorette que la mamá de Luis le había comprado. Bajó la vista y el fantasma rojo del sol le siguió hasta el suelo. Si cerraba los ojos allí estaría como un coágulo de sangre y neón en el centro. Se sintió estúpido. Pensó en qué decir cuando se apareciera por la casa de Luis. Su estrategia era nunca mencionar de nuevo lo del primer día de verano. Entonces sintió el golpe leve en su cabeza y luego el saltamontes que caía sobre su lomo en el suelo a sus pies. Un saltamontes amarillo que pataleaba espasmódicamente y era tan grande como su propia mano y, aunque nunca le había temido a los insectos, retrocedió dos pasos y se quedó mirándolo con ojos muy abiertos. No fue hasta que las patas delanteras se retrayeron y las antenas dejaron de moverse que se inclinó a mirarlo. Amarillo como el mismo sol tenía doce centímetros de largo y las patas serradas, los ojos hinchados y negros, calzado en una armadura de oro puro. Era un mensajero que el dios Sol le había enviado. Lo envolvió en el papel celofán y el insecto apenas protestó. Corrió hasta su casa y su madre le gritó que tenía que ordenar su habitación antes de venir a almorzar. Recorrió el pasillo esquivando a su hermana que jugaba a las muñecas, llegó a su cuarto y cerró la puerta detrás de sí. Dejó al saltamontes sobre la cama para que se estirara, pero se quedó quieto. Con un dedo lo empujó y el insecto movió las patas traseras. En su poca experiencia, solo una cosa podía explicar la falta de movimiento y eso era la muerte. El insecto se moría y no podía remediarlo. No como se habían muerto su perro y su gato, que un día fueron atropellados y esa fue una muerte violenta. Sino más bien un lento deslizarse hacia la negrura o aquello que Juan creía que tenía que ser la muerte. Y como todo lo relacionado con la vida es un misterio, sintió una infinita compasión por la forma en que el insecto se despedía. ¿Qué se hacía cuando algo moría? Ponerse triste y decir lo siento, y preparar un lugar cómodo para reposar. Eso lo vio con su abuela materna. Sus tíos compraron un ataúd de una madera negra y lustrosa. Su madre lo alzó para ver a su “lela” a través del cristal y le dijo que se despidiera. La “Lela” parecía muy tranquila con los ojos y la boca cerrados, estaba elegantemente vestida y entre las manos tenía una rosario. Si así uno se tenía que sentir en aquel momento, entonces el insecto merecía un lugar de descanso como aquel.

A tres días de navidad caminó hacia la sala de estar y se paró en frente del pesebre navideño. A su padre jamás le gustó el árbol de navidad porque creció cerca de la Cordillera, hacia el interior del campo chileno y esas raíces le dijeron que el pesebre, con sus vacas y sus arrieros, iban más acorde al estilo de la familia. El niño Jesús se encontraba ausente de la cuna. La figurita solo aparecía cuando daban las doce del día veinticuatro. Verlo antes era presagio de mala fortuna. Escondió al insecto entre la paja, lejos de los protagonistas del pesebre, detrás del buey que con su aliento calentó al niño. Las patas traseras se estiraron lentamente y se replegaron. “Aquí te quedas, es un bonito lugar y hay animales y está María que es la mamá de Jesús. Ella te va a cuidar”. Cuando se dio vuelta, vio a su hermana que lo observaba. “Te voy a acusar a mi mamá que le estas poniéndole basura a diosito”. Y luego una respuesta equivocada para una pregunta equivocada: “¡Cállate, weona!”, y le tiró el pelo para salir corriendo de nuevo por la puerta. Corrió lo más rápido que pudo para no escuchar los gritos de la niña y los de furia de su madre. Fue a parar a la cancha de fútbol de dos villas más allá, en donde se quedó toda la tarde sentado en una de las bancas del público. A veces venían con otros chicos más grandes que él a jugar partidos con el equipo de esta villa, pero no conocía a nadie y tuvo un nudo en el estómago. Cada vez que veía salir a alguien desde una de las casas, bajaba la mirada y pedía al cielo que nadie se acercara a preguntar. Durante horas que se arrastraron por el cielo junto al sol, tuvo la efímera compañía de un quiltro muy viejo que se echó a su lado sin mucho solicitar cariño, y que luego resolvió que ya era suficiente compañía y se alejó. Dio vueltas con el pie en la tierra y dibujó círculos sobre círculos, mientras sudaba y se preguntaba cómo volver a la casa sin que lo asesinaran. Golpear a la Maca, su hermana y la joya de la corona de los Calamares, significaba seguro una muerte lenta en la olla grande que tenían para hacer curanto o el pulento navegao de invierno que los dejaba a todos alegres cuando llovía. Pero ella tuvo la culpa porque siempre andaba detrás de las cosas de Juan y se las contaba a la mamá. Nunca lo dejaba tranquilo, siempre quería estar encima y que jugaran. Se echó sobre la banca y miró al Sol por entre el follaje escuálido de los árboles que languidecían ya a principios del verano. A esa hora caía sobre el horizonte y las ráfagas de viento le dejaban destellos de la esfera solar, cambiando de amarillo a anaranjado. Finalmente, el emisario del Sol no le dijo nada, no tenía un mensaje especial para él, la ciencia no servía de nada. Lloró un rato con las manos en la cara para que nadie lo viera y los sollozos se los tragó bien profundo. Quería irse a la casa y no podía, era una de esas situaciones límites que se atraviesan por una estrecha franja de tierra flanqueada de abismos.

—Aquí estabas. Tu papá te anda buscando.

Juan saltó de la banca y se secó los ojos. Sergio y Luis estaban a su lado. Sergio sacó un masticable de frutilla y lo partió en tres y lo pasó a cada uno.

—¿Por qué no fuiste pa’ mi casa? —le preguntó Luis.

—¿Cómo me encontraron?

—El Rafa vive en esa casa —Sergio apuntó a un lugar sin especificar en el contínuo frontón de residencias. Juan no sabía quien era Rafa y por qué Sergio lo conocía, pero Sergio solía traer esa clase de sorpresas—. Su mamá llamó a mi mamá.

—¿Pero no le avisaron a mi mamá, verdad?

—Te están buscando —respondió Luis—, tu mamá estaba muy enojada y mandó a tu papá a buscarte. ¿Por qué andabas por acá? Con el Sergio armamos una guerra nuclear.

—Andaba… con un amigo.

—Mentiroso.

—¡A ustedes no les interesa!

—A mí sí me interesa, mi mamá me dice que uno nunca debe irse de la casa.

—Ya, déjalo tranquilo, Lucho. Tu papá viene allí, Juan. Nosotros nos vamos.

—Puta’, por qué no se quedan.

—¿Y por qué nos tenemos que ir cuando tu lo dices, Sergio?

—Porque sí.

—Bueno ya. Chao, Juan.

Vio a su padre venir caminando detrás de sus amigos. Lo saludaron cuando se cruzaron con él, pero el hombre apenas movió la cabeza y volvió a clavar la mirada sobre Juan. Su padre no era de meterse en cosas de mujeres y la crianza de los niños lo era. Parecía serio, pero no enojado, lo que era imposible en una situación así. Cuando estaba a unos dos metros, se detuvo y colocó sus manos en los bolsillos. Así parecía un bloque moreno de granito, cuadrado e impenetrable. Juan comenzó a temblar y la garganta se le cerró. Vio a sus amigos que allá lejos, dejando la cancha de tierra, se volvían y miraban un par de segundos y seguían caminando hasta meterse en uno de los pasajes hacia su villa.

—Hola, Juanito. ¿Sabes qué hora es?

Y a continuación lo iban a matar.

 ***

 No sucedió, pero no fue bonito. Y ahora eran las tres de la mañana y sin poder dormir de la humillación. Su madre finalmente montó en cólera, mientras su padre se retiraba hacia el patio para continuar con la lectura del diario con la poca luz de la tarde. Cinco largos minutos de preguntas eternas y respuestas monosilábicas que lo único que hicieron fue aumentar la furia de la mujer. Lo único que quedó fue inundarse en llanto y estarse quieto como una tabla y esperar a que amainara la fuerza de la naturaleza. Se fue a la cama sin cenar ni lavarse los dientes.

La luna estaba semi llena y entraba por la ventana. Hacía calor y afuera la perra le ladraba a los gatos de los tejados. Finalmente venció el temor y se levantó, abrió la puerta y fue directo al baño. Nadie estaba despierto porque la casa estaba a oscuras. La excepción era la pieza de su hermana que tenía siempre la luz del sueño encendida. Orinó y se lavó las manos. Caminó hasta el pesebre y encendió las luces navideñas que no parpadearon al instante. Les tomaba un minuto de calentamiento hasta que comenzaban los ciclos de apagado y encendido. Buscó entre la paja al insecto, detrás del buey, y encontró su cuerpo amarillo, que se translucía con un díodo rojo justo detrás. Parecía haber cambiado, una de las patas se había separado del cuerpo y tenía la contextura de papel. La hemolinfa se había secado y dejado una cáscara liviana, pero como Juan no sabía aún esto, supuso que su alma abandonó el cuerpo como se había planeado. Al final, los insectos eran setenta por ciento alma y treinta por ciento órganos. En la mañana ya no encontrarían rastros de patas ni antenas. Serían parte del polvo de las estanterías, los muebles y sobre el diario de papá que quedó abierto en la mesa del patio. Lo cubrió de nuevo y apagó las luces navideñas. Volvió a la cama y se deslizó hacia una tristeza infantil que lo tomó y lo hundió en la almohada. Se quedó dormido.

Soñó. O no. Eso todavía está en discusión en la cabeza de Juan.

Lo principal de sus sospechas es que no recuerda ninguna transición en el sueño. Sino estar mirando a través de la ventana hacia la luna. La que siempre tenía el rostro de un borracho un poco inclinada hacia la derecha. Comenzó a temblar en la habitación, pero se quedó congelado en la cama. No tuvo miedo y sus juguetes cayeron de las repisas. El temblor continuó con una vibración perceptible y el sonido de un silbido que ascendía en la escala de agudos. Ahora sí tuvo miedo y se refugió entre las sábanas, ahora sí sintió el temblor hasta dentro de su pecho y fue una sensación invasora que amenazaba con detener su corazón. Abrió la boca para expulsar el grito de ayuda que volaría hasta la habitación de sus padres, y ellos lo traerían de vuelta al mundo del no-sueño. Pero se atascó en su garganta y jamás llegó a nacer. Sin embargo, se atrevió a mirar la luna que se hacía más grande en la ventana hasta llenarla toda y llenar la habitación de una luz selenita que es blanca y mortecina, y hace parecer tu piel translúcida. Y luego los juguetes cayeron hacia arriba a la velocidad de nacimiento de una estrella. Y también todo lo demás, incluso su cama y él mismo, que notó que se separaba lentamente del colchón. Las sábanas se dividieron y ondearon al mínimo movimiento de sus pies. La ventana se expandió hasta alcanzar las dimensiones de la muralla y allá afuera estaba la Luna.

Y el espacio.

La curvatura del satélite y su superficie agrietada de impactos de meteoritos, y el espacio sin estrellas, negro como la pluma de un tordo. La habitación derivó y sacó de cuadro a la Luna y se precipitó hacia el sol. La tonalidad de la luz cambió y ahora era cálida y furiosa sin necesidad de quemar la retina. Las lenguas de plasma se levantaban y lamían los kilómetros, el gas sometido a presiones monstruosas se retorcía en laberintos candentes. Y todo en el silencio más definitivo de la creación. Una burbuja se inflamó hasta estallar en una tormenta electromagnética que bañaría Mercurio y Venus y reventaría circuitos justo fuera de la atmósfera de la Tierra. La violencia más extrema y cósmica que es sinónimo de caos y vida. “¡Esto es real!”, pensó Juan con la sangre galopando y golpeando en sus oídos, “¡estoy aquí!”. Porque la idea era tan absoluta que no se atrevía a reconocer que le gustaba. No, que le erizaba de gusto.

—Tan real como tú en estos momentos —dijo el saltamontes—. Esta es la corte del Sol, Juanito. Bienvenido.

Era el mismo saltamontes amarillo a una potencia cien veces mayor. Podía ver sus antenas vivaces y su armadura que tomaba luz iridiscente y la reflejaba. Como un astronauta de discoteca. Juan no saltó de la cama porque ya estaba fuera de ella, pero se enredó en las sábanas con sus propios movimientos y fue a parar a una esquina de la habitación como una de las arañas de patas largas. Desde allí lo observó un segundo para preguntar.

—¿No te moriste?

—Las noticias sobre mi muerte son, como tu ves, exageradas. Pero gracias por dejarme detrás del buey.

—Era un bonito lugar. Yo pensé que te iba a gustar.

—Soy el embajador del Sol.

—¿Y por qué estás aquí?

—Por ninguna razón en particular. Tú me llamaste y yo vine.

—¡Te caíste!

—El resultado fue el mismo. Pero no estoy aquí para discutir mis fracasos.

—¡Pero me castigaron por tu culpa!

—En realidad fue tuya. No debiste pegarle a tu hermana.

Era un buen argumento que Juan no pudo rebatir.

—Nuestro señor Sol te vio observándole. Siempre se ocupa de sus súbditos que miran los cielos y cuantifican los bordes de su reino.

—No te entiendo lo que dices.

—No es necesario, criatura, esto es puro protocolo y lo que entiendas o no, no modificará el resultado.

—Pero es que necesito entenderlo porque mi papá me va a preguntar cuando vuelva a la casa.

—Créeme, tus padres no se van ni a enterar.

—Es que tú no conoces a mi mamá, ella lo adivina todo.

—Entonces diles que todo se resume en tu interés en las cosas pequeñas y grandes en el Reino del señor Sol. En la observación de la música de las esferas y en tu pasión por saber cómo funciona la mecánica de las partes.

—Mi mamá no me va a creer.

El insecto movió rápidamente las antenas.

—Dile a tu mamá que al insecto no le interesó justificarse y te raptó.

—Eso tampoco…

—¡Ya basta! Este es el regalo mayor que el señor Sol da a uno de tu especie. ¡Acéptalo y ya!

Juan se replegó en su esquina: —Bueno, ¿pero qué es?

—Una aventura. Un viaje de millones de pársecs.

El centro de la galaxia posee un agujero negro que dobla el espacio ente las estrellas y las estrellas solo pueden gritar y dejarse arrebatar. Sus gritos se transforman en luz en todo lo ancho de la banda del espectro electromagnético. El centro galáctico es una incubadora lumínica y caos. Cerca, pero no tanto, un sistema solar binario posee una civilización que vive bajo la costra de su planeta y sueñan con la oscuridad que no conocen, e imaginan mitos y canciones para ella. Y al lado opuesto, rodeando el núcleo galáctico, un pequeño satélite de un planeta gigante acuna una raza de adoradores ciegos de las ondas electromagnéticas, y se mueven en masa siguiendo el centro en el cielo y gritan de terror cuando el planeta gigante los oculta en su sombra. Encuentran una esfera de musgo que es un único ser, en el espacio entre estrellas y no es súbdito de ningún astro. La esfera se mueve por la expulsión coordinada de gases y salta de un sistema solar a otro, consumiendo toda la materia que entra en su órbita. Y luego, en una rápida órbita en un gigante estelar, se catapultan fuera de la galaxia hacia el vacío que no alcanzan los objetos. El tiempo se ralentiza. Las dimensiones pierden sentido. El vacío es tan absoluto que el alma se refugia bien adentro de la cabeza de Juan. Divisan tres galaxias sentientes que se atacan colisionando y devorándose. Generan alianzas y contralianzas en el tiempo en que un átomo da vuelta sobre su eje. Sus estrellas componentes gritan en la violencia, mientras un puño hecho de gas se interna en una galaxia desgarrándola. La guerra ha durado once mil millones de años, desde que las tres nacieron desafortunadamente demasiado cerca. Se alejan cuando una extiende un brazo de cien mil estrellas para intentar atraparlos. Caen en la gravedad de una máquina de materia. Está allí desde dos segundos después del Big Bang, encargándose de generar polvo cósmico para controlar el delicado equilibrio entre colapso y expansión. No pueden acercarse más cuando se cierran cinturones de asteroides que les niegan el paso. La fábrica no puede ser visitada, es un decreto del Demiurgo. Vuelven sobre la senda del vacío absoluto e ingresan en una galaxia muy vieja y roja. En su centro también hay un agujero negro que ya no tiene nada cerca para consumir. La galaxia se mantiene unida gracias a la fuerza de atracción del antiguo agujero negro. Llegan a las inmediaciones del centro, ven la cara de un astro titánico y rojo. El señor Sol es apenas un docemillonésimos de la masa de este gigante. Es el Emperador, una anomalía en la vida de las estrellas que ha crecido sin colapsar para convertirse en el objeto más antiguo del universo. El Emperador regula la música de las esferas.

—Pero me dijiste que el rey era el señor Sol.

La cabeza amarilla de antenas nerviosas se volvió hacia Juan: —No lo dije. El Demiurgo lo es. El señor Sol es mi señor y el tuyo, pero aquí, lejos de su calor, es solo un vasallo.

—Todo esto me confunde.

—Incluso El Emperador es solo un funcionario regulador —y luego se volvió al astro—. Sin ofender a su señoría.

—¿Hay alguien más grande?

Se alejaron y la curvatura del astro se redondeó y completó. Salieron de la galaxia y la luz se fue extinguiendo. Todas las luces, los débiles rastros de la presencia estelar en el universo, se extinguieron. La gravedad encerraba el universo en una circunferencia negra y sin reflejos rodeada del iris. Un ojo observante, detenido, autotestimonio de su existencia. En un rostro humano. Juan vio su propio rostro.

—El viaje terminó, Juan.

 ***

 Otra vez en la casa. Otra vez de día. Específicamente una mañana de verano. Su mamá en la cocina y su hermana Maca jugando en el pasillo con las muñecas. Ningún rastro de viajes y Juan seguía en pijamas. Juan tenía hambre, pero pasó de largo, y luego caminó por sobre las muñecas. Su hermana apenas lo notó. Estaría así todo el día hasta que se le olvidara la ofensa. A Juan no le importó y continuó hasta detenerse en el pesebre. El Niño-Dios seguía ausente. Buscó detrás del buey, pero no encontró nada; quizás cerca de uno de los reyes magos. Nada.

La Maca le tiró la manga del pijama: —La mamá lo limpió.

—¿Y dónde está?

—Lo tiró a la basura.

Juan se quedó mudo.

—¿Estás enojado conmigo?

—No, Maca.

—Porque yo te quiero mucho.

—Bueno.

Se vistió y salió a la plaza. Se preguntó si sería prudente mirar al sol sin el papel celofán porque estaba seguro que se le había caído en la cancha de fútbol ayer. Bajo el pino le esperaban sus amigos.

—Hola.

—Hola —contestaron al mismo tiempo.

—¿Te retaron? —dijo Luis.

Antes de responder ensayó un acento despreocupado: —Sí, poh. ¿Tienen candys?

Sergio sacó un masticable y lo dividió en tres, lo repartió. Juan se sentó en la banca. Las mañanas de verano le gustaban mucho.

—¿Leíste el Kalimán que te presté?

—Sí. Tuve un sueño muy bacán.

—¿Con Kalimán?

—No, era más bacán.

—Cuenta, entonces.

[CC 2014, Luis Saavedra]

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