La columna gorda del Gordo Vimana: “Tuiques en Arsenarl”.

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unrelatedLee la primera parte, la segunda parte y la tercera parte.

Hola, ya me conocen. Soy el Gordo Vimana. O sea, si no han leído mis episodios anteriores entonces esta es la oportunidad para conocerme. O sea, estoy en una misión que me encomendó un viejito que no tengo la más puta idea en donde lo conocí, pero insiste en que le escriba un “algo” para su libro. O sea, yo no tengo idea de escribir, pero la gente insiste en que lo haga. Y me pagan por ello. O sea sí, les digo que soy crítico y toda la vaina, y la gente es tan weona que me cree. O sea, estoy en aprietos.

Estaba en mi cama, que es king size, comiéndome una sandía con este calor de puta-que-hace-calor, reflexionando sobre los acontecimientos de los capítulos anteriores. Realmente no me bastó, así que me levanté y fui a buscar otra cuando sonó el teléfono. Lo más raro es que yo no tenía hasta ese momento, razón suficiente para sospechar, ¿pero quién piensa en estos días?

—¿Aló, residencia Vimana? —Me gusta cómo suena eso. Lo repito cada vez que levanto el auricular, aunque sé perfectamente que vivo en un departamento de un ambiente, en un block de Puente Alto, que es como decir que vivo en el culo de Satán.

—¿Hablo con Salvador Vimana?

—Un momento por favor —me demoro un minuto completo—. ¿Aló?

—Es raro, pero usted suena igual que la otra persona.

—Eso me dicen siempre, ¿quién habla?

—Mi nombre es Sergio Amira.

—No le conozco.

—Eso no importa. Tengo información importante para usted.

—Lo siento, pero no tengo tiempo para nuestro señor Jesucristo.

—Se equivoca.

—¿Tiempo compartido?

—No.

—¿Enciclopedias?

—Si me dejara hablar.

—¿Chame ya? ¿Abdominizer 2000? ¿Enlarge your penis?

—El Principito.

—¿De Saint-Exupéry?

—Quien otro. ¿Conoce el Ciro’s que queda en Bandera?

Cómo olvidarme, hacía siete años me fui sin pagar y el mesero, un vejete muy chico, me persiguió cuatro cuadras.

—Er, sí, pero preferiría otro.

—Mañana a las ocho de la tarde.

Y el hijo de puta cortó. Eché una puteada tan audible que la vecina de arriba pateó el piso. “¡Métete en tus asuntos, vieja de mierda!”, le grité y me fui al refrigerador por la sandía. La ataqué con violencia y después escupí las pepas en el suelo. No me quedaba otra que ir, no podía sacarme esa weá del Principito de mis espaldas.

Me bajé en la esquina y pasé un par de veces por fuera. No vi al viejo chico ni a nadie que pudiera reconocerme. Había un tipo sentado al fondo, de barba y con el pelo tan liso que parecía un casco, o el corte de He-man. Se comía un completo y me pareció una buena idea. La posibilidad de un completo gratis siempre me calienta el hocico, así que entré.

—Hola, soy Vimana. ¿Tú debes ser Sergio Mamiña?

—Casi, no tengo nada de ascendencia aymara, pero sí árabe, que es de donde proviene mi apellido: Amira. En 1873, mi tatara…

—Sí, sí, sí. ¿Me puedo sentar?

—En realidad, ya está usted sentado y comiendo de mi completo.

—Pero no bebiendo de su bebida, amigo.

—Así era, pero ahora está tomándosela.

—Es que me pongo ansioso con estos días de calor. Los gordos solemos sufrir mucho de la presión arterial.

—Podría, no sé, adelgazar para evitarlo.

—¿Tiene algo contra los gordos? En este país tenemos leyes contra la discriminación.

—Y leyes contra la gente que se apropia de las cosas de otro, como mi completo.

—¡Blá, blá, blá! Esta charla me ha dado hambre. ¡Mozo, dos completos y una fanta!

—Supongo que uno será para mí.

—La verdad es que no, un hombre de mi tamaño necesita mucho combustible. ¡Mozo, un completo más y otra fanta para mi amigo! ¡Él paga todo!

—Ya me habían advertido contra usted, Vimana. Soy efectivamente Sergio Amira.

—¡¿Quién habrá sido esa rata que habló en mi contra?! —dije escupiendo miguitas de pan en la barba de mi amigo.

—Un tal Bisama.

—No lo conozco. —Bueno, tal vez sí, pero conozco tanta gente a la que le debo un par de billetes que prefiero el olvido indiscriminado.

—Él le dio la dirección de un cierto librero que le contaría sobre la primera edición de El Principito, que tengo entendido usted tiene.

¿Sí, pasó eso? Mi vida sucede simultáneamente en dos o tres mundo paralelos, es la única conclusión a la que he llegado porque nunca me acuerdo de nada en este mundo.

—Sí, por supuesto. Ese librero era un tipo excepcional, me contó muchas cosas del libro.

Además de olvidadizo, soy un gran artista de la mentira.

—No es cierto. Yo soy el librero.

¿Por qué me suceden estas cosas? Dios, aunque no crea en él, debería darme una tregua en la vida para comer tranquilamente mi humilde completo diario y dejar de romperme los huevos.

—Pero yo hablaba de Bisaña.

—Usted dijo librero y es Bisama.

—¡Ah, un nazi de la gramática!

—Lo noto un tanto atragantado con la miga del completo, tome de mi vaso, ya no me importa mucho.

—Muchas gracias. —Me eché a la garganta el resto de la bebida en un gesto profesional.

—Quisiera hacerle notar que ese ejemplar es muy raro y me gustaría llegar a un acuerdo que pueda convenirnos a usted y a mí.

—Eso suena interesante. No es que me importe el dinero, ese ejemplar del Principito ha estado en mi familia durante doscientos años.

—¿Cómo? Pero.

—Usted comprenderá el cariño que le tengo.

Entonces Mamiña me dijo algo inquietante:

—¡Ah, claro que comprendo! Usted es un hombre inteligente, Vimana.

Qué raro. Qué le habré dicho.

—Así soy yo. ¿Dónde estarán mis completos? No hay clientela y se demoran en una simple orden.

—Deje eso. Concentrémonos en lo importante. El libro.

—El libro está en mi… —Afortunadamente me detuve aquí. Muy idiota no soy, aunque seguro que encuentro por allí un par de colombianas que dirán lo contrario. Empezó a hacer un calor de mierda allí dentro—. Está en un lugar seguro, en la casa de mi familia: la mansión Vimana en Quillota.

—Supongo que querrá una compensación de algún tipo.

—Oh, no, no. Separarme de él es inimaginable.

—Algo así como diez millones de pesos.

—En realidad, no es tan difícil imaginarlo.

¡Por la puta, no podía respirar en ese calor! Me desabotoné la camisa, total estábamos solos. Justo ahora que tenía que concentrarme. Podía sacar un par de billetes de todo eso e irme de cafeteras.

—¡Pero qué descortés soy con usted, Vimana, hablando de dinero en relación a una delicada pieza de arte!

—Pero, por favor, hable. Hablar es gratis. No le permito no hablar.

—Muchas gracias. Estoy dispuesto a una negociación sincera con usted y su distinguida familia. ¿Posee usted un abogado?

—Mmmh, no. —No me llevo bien con los abogados. Siempre tratan de mantenerme alejado de las mujeres que me gustan.

De la nada, mira tú, me bajaron ganas de cantar una milonga. Terminé de sacarme la camisa, no sé cómo Mamiña soportaba el maldito calor.

—¿No le importa, verdad, Mamiña?

—¿La camisa? Es lo que menos me importa en este instante. ¿Seguro bebió todo mi vaso?

—Así fue y todavía no me traen mi orden. ¡Mozo, donde cresta están mis completos!

Pero no había nadie en la barra. Y eso que un minuto atrás estaba un viejo chico con el parrón raleado, secando una copa.

—Vimana, se ha puesto muy colorado. ¿Seguro que está usted bien? Tal vez no sea el momento.

—Tonterías, Mamiña.

—Amira.

—Lo que sí tengo es ganas de cantar —dije y me paré en la silla sacándome el cinturón. Pobre silla que resistió mis ciento veinte. Mamiña ni se inmutó, pobre desgraciado que no sabía lo maravillosamente alto que se sentía allí arriba.

—Le sugiero que se baje.

—Váyase a la mierda. —Y me saqué los pantalones.

—Entonces le sugiero que cante La Medallita de Chico Trujillo.

—¡Nada de eso! Milonga es lo que yo canto.

Y canté:

Por una cabeza
de un noble potrillo
que justo en la raya
afloja al llegar,
y que al regresar
parece decir:
No olvidés, hermano,
vos sabés, no hay que jugar.

Y dejé de cantar porque me cansé y caí como un saco sobre la silla. Me sentía como el orto y la presión arterial me hacía ver todo rojo como en el café con piernas, pero sin las minas. La cabeza de Mamiña parecía un balón con ojitos pequeños y un ridículo cuerpecito que estaba como a un kilómetro.

Y en eso entró un tipo con polera que decía “Baradit rules!” y unos pantalones cortos de esos militares que ya no se usan como hace cinco años. El tipo era moreno y tenía la cabeza como una bola perfecta con una barbita sin cortar, un poco regordete, que es una palabra que soñé usar en alguna ocasión que es ahora. Venía el muy pelotudo bailando con un pie atrás y dos pasitos para adelante, pero no había música. Se acercaba haciendo a un lado las sillas y las mesas.

—¿Ve e-se hom-bre que re-cién en-tró? —le pregunté a Mamiña con mi último aliento.

—¿Cuál? ¿El de los pantalones cortos y la barba descuidada? Por supuesto que no. Nunca lo he visto.

Y yo me quedé preguntándome por qué alguien prefería bailar sin música, pero resultó que nadie puede hacerlo a menos que la música esté en su cabeza. Cosas raras que pienso yo nomás. Bueno, resultó que la música no estaba en la cabeza, sino que venía retrasada porque en eso entra otro tipo tocando un saxofón. No me pregunten qué era porque aparte de la milonga y dos ritmos más, me he perdido todos los otros. A mí me sonaba que un gato triste se había perdido su culeada en el techo.

—¡Patricio Alfonso! Tan eximio nos halaga en este establecimiento —dijo Mamiña, levantando los brazos al cielo como si fuera a separar las aguas.

Los tres se unieron a mi alrededor y yo me hundí en la silla sin poder hacer nada más que babear. Un pasito para atrás, dos para adelante y el gato en el saxofón que se hacía la paja. Era el infierno de los milongueros, papá.

—Tuiques en arsenarl —me dijo el chico moreno, chistando los dedos, llevando el ritmo—. ¡Voicoi!

Mamiña aplaudía y el saxofonista no paraba. A esas alturas, me di cuenta que los completos no iban a llegar y que mi destino más probable era despertar en un microbasural con el ojete más dilatado que el de Liberace en su época de gloria. Eso me asustaba más que me sacaran las córneas o el hígado para venderlo en el mercado negro. Si iba a perder mi virginidad con esos malnacidos, entonces por lo menos que supieron mi opinión sobre el asunto.

—Jos-d-pta.

—Ah, mi querido Vimana —respondió Mamiña—, me dijeron que era un idiota sibarita, pero ahora puedo comprobarlo. Tomar todo ese vaso de estimulante para caballos pasará al mito como una idiotez legendaria.

—Sepa usted que está siendo raptado para una buena causa —me dijo el saxofonista—. Ser sacrificado a Baal es la mayor de las veleidades.

—No, no, no, Patricio —otra vez Mamiña—, nada de tonterías esotéricas esta vez. Esto solo es negocio.

Los tres estaban sobre mí y bailaban con verdadera alegría, y yo no podía mover un músculo para sacarles la madre a todos esos hijos de puta que me habían hecho eso. De concentrarme un poco, podría hundirle la nariz de un mamporro a uno de ellos, pero eso sería todo. El corazón me mandó mensajes urgentes de que se iba de vacaciones por un rato y yo no podía decirle que no, reducido como estaba a un idiota babeante.

Por supuesto, no entendí nada.

—¿Por qué mejor no descansa? Esto da para largo.

Y Mamiña me pasó una mano por la cara y no me acuerdo de nada más.

[Continuará]

CC LSV 2014

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