Desolación (ficción)

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Mars: Adrift on the Hourglass Sea – Desolation and the Sublime on a Distant Planet – Nicolas Kahn and Richard Selesnick

Mars: Adrift on the Hourglass Sea – Desolation and the Sublime on a Distant Planet – Nicolas Kahn y Richard Selesnick

Por Luis Saavedra

Me habló y me trajo recuerdos de un mar que ya no existía, al interior de Eurasia. Un idioma que se movía en convoluciones lentas en mi cerebro, levantando imágenes de rostros pétreos. Desvié la mirada, pero ya era muy tarde.

—¿Sigues despierta?

No podía moverme, estaba muy cansada. Cansada de todo. Cerré los ojos más fuertemente, pero la frialdad de su presencia se intensificó.

—¿Sigues despierta? No deberías verme.

—¡Voy a gritar! —dije y lo enfrenté. Mi pecho bajaba y subía, sudaba.

El ser azul iluminaba la habitación del hospital, las frías estadísticas de monitores, las sondas que colgaban de mis brazos como venas externas. Su cuerpo largo y delgado remataba en una cabeza como un bulbo. Iba desnudo, pero no parecía una desnudez, sino un algo sin rasgos, una piel sin características. No tenía edad, no en el sentido de saber si era muy viejo o un niño. Su boca diminuta no tenía dientes y apenas habían dos orificios en donde tenía que aparecer la nariz. Tenía ojos de lechuza y estaban fijos en mí con desconcierto y curiosidad.

Finalmente dijo: —No lo harás.

—Alguien me escuchará.

Miró hacia mi compañera de cuarto que dormía dándome la espalda. Ella siempre lo hacía, no quería despertar y verme con los ojos abiertos fijos en el cielo. Ya no soportaba mirarme. Los primeros días me hablaba de su madre muerta en el accidente y de las cosas que haría cuando saliera del hospital. Pero yo no quería seguir su parloteo, no tenía fuerzas para hacerlo. Con el tiempo sus ganas de incluirme en su vida se extinguieron y ahora solo nos quedaba el saludo matinal sin energía.

—Ella no va a despertar. Ambas deberían estar en mi poder. ¿Por qué estás despierta?

Yo no dormía mucho. Mis sueños eran campos infértiles de tristeza. Intenté acabar con esos sueños, pero no fui suficientemente valiente. Por eso estaba aquí, débil, triste y con las muñecas vendadas.

—A mí no me toques. Llévatela a ella. Yo no tengo nada dentro.

Eso se acercó un paso y mi estómago se hizo un puño: —Pero te elegí a ti.

—Yo no tengo nada que ofrecerte. Por favor, ándate.

Intenté alcanzar el timbre de la cama, pero estaba tan débil. Los párpados querían cerrarse, pero yo no dormía, ya lo dije. Y mis músculos, era demasiada coordinación y yo no quería. De no ser por el miedo, me habría dejado llevar por Eso. No sabía a donde, pero sería un final para mí.

Me deslicé hacia la cabecera, nadando lentamente entre las sábanas en un movimiento de piernas y brazos que parecía que no eran míos. Eso ya estaba a los pies de la cama y leía con atención mis estadísticas. Desde allí lo miré con rencor.

—¿Por qué yo?

—Porque no tienes esperanzas.

Alcancé el timbre y lo apreté una vez. La segunda vez sentí el agudo dolor de mis muñecas.

—Nadie vendrá. Es la hora extraña. Es el tiempo que nos pertenece.

—Voy a gritar hasta que venga un enfermero. —Pero Eso solo inclinó la cabeza, y sus ojos horribles me inyectaron esa angustia que conocía tan bien. El mundo era un tornado informe, sin asidero en nada, que giraba en mi corazón tan vacío. Corazón como una caverna que reverberaba con ecos ininteligibles.

Estaba expuesta. Mi mandíbula se aflojó y el reflejo de mi cuerpo abrazó mis piernas, me mantuvo unida. Era un faro en una tormenta y las olas de veinte metros rompían contra mí, y yo me estremecía.

—Ya no hay nada que te mantenga aquí. —Eso alzó sus manos de cuatro dedos largos como varillas de coligüe, que vibraron en el aire. Parecía el crepitar del fuego—. Invítame.

—No hay nada para ti, solo siento tristeza —contesté—, pero no te la puedes beber. No sé quién eres y no puedo invitarte.

Eso replegó los dedos y sus manos se apoyaron en la cama. —No vengo de muy lejos, pero sí de muy temprano. Aprendimos a beber de los monos cuando se pusieron de pie, y entonces ya éramos viejos. El mono se volvió exitoso y nosotros no. No estamos lejos, pero hay una grieta profunda entre nosotros.

Era la misma grieta entre la cabecera y los pies de la cama. Deseaba que no me alcanzara. No como lo sentía con el resto de mi especie que a cada rato, y sin mi autorización, violaba mi espacio personal. Había allí algo mortal, mi esencia en juego. Podía venir a las fronteras que mi cuerpo emitía, pero no lo dejaría traspasarlas. Era un extranjero en todo lo profundo de la palabra. Vino de la oscuridad, se sentaba en la oscuridad, esperaba por mí.

—¿Quieres mi sangre?

—La sangre es vida para especies inferiores.

—¿Entonces?

—Invítame y lo sabrás.

Sonaba seductor. Eso fue lo que pensé, y luego me pregunté cómo fue que llegué a ese pensamiento. ¿Tan autodestructiva me había vuelto? Sabía que la invitación era navegar hacia el vortex desde el límite de donde no se vuelve, pero de alguna forma quería saber qué había más allá del vortex.

—¿Voy a morir?

—Los monos piensan en matar siempre. —Y luego de un momento—. Invítame.

¿Era cierto eso, que siempre pensábamos en matar? Incluso en extinguir la propia vida, y yo sabía algo de eso. La vida me parecía tan sobrevalorada. Cuando era pequeña encontré un hormiguero y miraba las pequeñas máquinas entrar y salir, siguiendo la misma rutina y casi los mismos caminos. En frenesí. En una cadena de eventos eterna. Comencé a aplastar las máquinas y otras máquinas los reemplazaban. Y nada se detenía. Solo más frenesí. Terminé con los dedos manchados de patas y antenas. Tal vez fue la primera vez que se me coló la sensación de que la vida y la muerte eran informes espacios sin sentido.

¿Había algo más allá del vortex? Quería aceptar. Podía ser una respuesta y el olvido. Algo era claro: el miedo no podía ser la respuesta porque ya lo había intentado y solo te dejaba agotada.

—No voy a morir, ¿verdad?

Eso se estremeció con anticipación: —No, lo prometo.

—Estás invitado.

Desplegó los dedos que crepitaron en el aire. Su figura pareció alargarse en un arco que llegó al techo y pronto estaría bajo su luz de sombra. Me retraje y me oculté entre el frondoso cabello. Apreté los párpados para que el miedo no se metiera más adentro. Escuchaba el sonido de las varillas de sus dedos y algo que parecía el rechinar de dientes. Mi imaginación hizo el resto. Iba a ser devorada como una piedra y caería a la maquinaria de su estómago. Alambicada, adornada de pozos de lava y tecnología refinada durante eras para desgarrar.

Pero no ocurrió nada. Los dientes dejaron de rechinar. Los dedos dejaron de crepitar. Solo quedó la respiración profunda de mi compañera. Abriría los ojos y podría seguir con mi contemplación sin sentido del techo.

Abrí los ojos. Sus ojos me miraban desde menos de veinte centímetros. Me devoraron con un solo movimiento.

En la estepa estaba sola. La luz era diferente, suave como de un escenario, falsa. Las distancias eran intangibles porque no tenía puntos de referencia. En el suelo agrietado como un mosaico solo crecía una mezquina hierba de pocas hojas y nulo color. El cielo era un cuenco azul opaco rayado de retazos de nubes y hacía un frío que no era inclemente, pero se me pegaba a la piel desnuda. Me sentía aplastada y, en mi corazón caverna, los ecos sonaban a un viento que me decía la palabra que yo siempre busqué. Mi nombre era Desolación.

Caminé un rato hacia ninguna parte. Todo era exactamente igual, sin siquiera una brisa que moviera el polvo o la hierba, y la sensación era de estar siempre en el fondo de un acuario sin agua. La tristeza me fue agostando y me senté sobre mis talones, y me encerré en la fortaleza de mi cabellera que caía sobre mi cara. No lloré. Era otra de las cosas que ya no haría más. De mi boca goteaba un líquido dorado que caía al suelo. Se deslizaba entre las grietas. Me llevé lentamente las manos para hacer cuenco y vi cómo se acumulaba la secreción espesa y cristalina. Mi cerebro animal me gritaba que eso no era mi sangre, sino algo más precioso, pero yo no reaccionaba. Estaba cansada, tenía sueño. Cerré la boca y entonces goteó por mi nariz, pero el flujo era demasiado y se acumulaba para no dejarme respirar. Sentí nauseas y me arquée cuando el vómito estalló como un río interior. Dolía con cada espasmo, se me hinchaba el cuello como si el líquido dorado buscara las vías de mis venas para correr. Ni siquiera noté que el suelo cuarteado bajo de mí se volvía verde, y la hierba renacía y se enraizaba alrededor de mis muñecas y tobillos. Descansé sobre la tierra con aroma a lluvia, y los zarcillos avanzaron dentro de mi boca y nariz. La mancha verde se fue extendiendo por la estepa hasta que toda quedó cubierta de clorofila. Y eso me hizo sentir más triste porque siempre supe que la vida proviene de la muerte, pero no quería que viniera de la mía. Me acosté sobre mi espalda y observé el espacio, Eso me había prometido no morir y allí estaba yo queriéndolo. Me sentía tan vacía, mi corazón caverna ya no tenía ecos.

Aspiré una gran bocanada para llenar la cáscara que era yo y me dejé llevar. Espere que Eso me devolviera a mi habitación. Aspiré de nuevo y el cielo latió con un pulso que llegó a la tierra como una brisa que agitó la hierba. Me quedé un instante atenta, pero no ocurrió nada más. Mi tercera bocanada fue más profunda y la bóveda y el suelo se derritieron para entrar a mis pulmones. Los zarcillos que me retenían, se secaron y cayeron hechos cenizas. Aspiré de nuevo y me corrió fuego por dentro. Otra vez y el cielo vino hacia mí como una pintura que se derretía, y el torrente azul llegaba directo para llenar mi corazón caverna con un rugido. Volví a sentir que el tiempo de la existencia tenía alguna forma, que los colores dejaban de estar muertos y, de alguna forma, la tristeza se convertía en un diamante muy pequeño, relegado a mi patio más interior. Tormentas eléctricas me rajaban las piernas, los brazos, y mi sexo se abría húmedo. Me sentía viva y quería beber todo el cielo, y la tierra llevarla a mi útero con toda la hierba para que existiera un nuevo mundo allí. Con desesperación me incorporé y alcé los brazos para aspirar con más profundidad, sintiéndome gozosa y excitada. Quería dejar de ser virgen y todo el mundo era mi amante. Desmenucé las piedras, consumí las nubes. La estepa se convertía de nuevo en terracota. El líquido dorado me mojaba y volvía a ser mío. Un punto de luz se acercaba en mi cénit, se expandía hasta convertirse en los ojos de Eso. Grité que no era justo. Grité que yo no me iría.

Los ojos de Eso me devoraron.

Desperté de nuevo en mi cama. La respiración de mi compañera subía y bajaba. Eso permanecía parado cerca de la puerta. Tenía los hombros hundidos y parecía triste. No supe qué decir.

Finalmente Eso me habló, lentamente como si cada modulación doliera: —Los monos pueden cambiar. Tu palabra no es Desolación, sino Hambre.

Y se fue, se fundió con la oscuridad y la habitación se quedó tan sola que sentí un tirón muy adentro mío. Esa palabra no era la mía, ¿o sí?

—Carmen —llamé—, despierta.

Mi compañera se dio vuelta, tenía los ojos abiertos, pero su expresión era ausente.

—¿Qué quieres?

¿Podría ser mi palabra, mi verdadera palabra? ¿Yo sería eso?

—Tengo miedo —dije.

—¿Qué quieres?

—Invítame.

—Ven.

Y me asomé sobre Carmen para tomar su esencia. Y dejé de ser triste y débil.

Me vestí y salí del hospital todavía sin aclarar el día. Dejé a Carmen durmiendo. Pocos me vieron, me ignoraron como su fuera invisible. Traspasé las puertas cristalinas. Por primera vez en mucho tiempo, fui feliz.

[CC 2014, Luis Saavedra]

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