Cuentos de invierno (ficción)

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Console CowboyPor Ramiro Sanchiz.

Una mañana de julio Federico Stahl se despertó en una habitación que no conocía, acostado en el piso sobre un enorme nudo de frazadas y un acolchado. A su lado había una chica de cabello mitad rapado y mitad largo y lacio, teñido casi completamente de violeta ceniciento. No la reconoció. La memoria de Federico tenía, en ese momento, el color de una hoja de papel pasada por varias iteraciones de una mancha de café.

Hacía frío, así que se acurrucó en las frazadas. La chica quedó al descubierto y Federico descubrió que estaba desnuda, era un poco gordita y tenía un tatuaje de la portada de Mona Lisa Overdrive en la cadera izquierda. Muchacha ciberpunk, pensó, y se alegró de que, de alguna manera, la noche anterior no había debido ser de las malas. Probablemente, habría que añadirle, claro, pero también reparó en el fuerte olor a sexo y a menstruación que embolsaban las paredes del cuarto. Se miró la pija y notó pequeñas costritas de sangre amarronada. Entendió que no habían usado preservativos, pero no le importó o apenas le importó.

Cubrió a la chica y de paso le miró las tetas, para nada favorecidas por la posición del cuerpo; parecían grandes y blandas, y Federico las prefería así, de modo que otra oleada de satisfacción le cabalgó la espina dorsal. Paseó la mirada por la habitación. Había algunos libros, los esperables de William Gibson en lo que parecían ediciones en inglés bastante viejas, quizá las primeras, más algunos un poco más hippies, Demian, Las enseñanzas de Don Juan, ese tipo de cosas. También había literatura uruguaya y Federico buscó el título de su novela, Desintegración, entre los lomos de aquellos tomitos. No estaba. Tampoco conocidos suyos pero sí algunos clásicos más o menos ineludibles, El pozo, por ejemplo. Cosas así.

Entonces precipitaron en su cerebro los primeros recuerdos, como una especie de hachazo neuroquímico o la congelación repentina tras golpear un líquido superenfriado. La chica se hacía llamar Tri-Jane o Tres-Jane, evidentemente en base al personaje de Neuromante. Federico siempre lo había pronunciado Tres-Jane, pero en los bordes de aquellos primeros recuerdos había una suerte de trama finísima de ideas a medias o figuras de contornos demasiado difusos, y por ahí andaba la certeza de que ella lo pronunciaba diferente y que eso le había llamado la atención cuando Rex se la presentó. Porque había sido Rex, como seguramente había sido Rex el responsable químico del olvido.

Tri-Jane era el nombre.

Federico siguió mirando la habitación. Varios estantes vacíos, otros decorados con figurillas de Warhammer y variantes punkys de Hello Kitty. Se aburrió. También había posters de bandas, Portishead, Aphex Twin, Information Society, Tricky y un par más que no reconoció. Uno de ellos mostraba una especie de desierto de arena cristalina, color azul ultramarino, en el que aparecían dos alienígenas moebiusescos sentados ante una mesa redonda con sombrilla. Tomaban te o alguna pavada inglesa, así que Federico, sin entusiasmo alguno, pensó en Pink Floyd.

El nombre de la banda, Lapislázuli, aparecía en letras altas y delgadas que dejaban entrever las formas de una ciudad como la de Metrópolis o quizá un poco más steampunk. Rock electrónico progresivo, quizá.

La luz entraba por las rendijas de una persiana pintada de un color oscuro como si el mundo todavía estuviera calentando las válvulas de una tele CRT de los años cincuenta.

Pero las cosas, adentro, quedaban fantasmalmente iluminadas, casi como si brillaran por sí mismas o proclamaran con orgullo su realidad independiente del universo circundante.

Debía tratarse de otro efecto residual de lo que fuese que le había dado Rex después de presentarle a Tri-Jane. Habían ido a escuchar una banda, recordó. En un antro subterráneo de la Ciudad Vieja, dentro de la Zona que Federico prefería evitar en base a malas experiencias. Había tomado pastillas y vino. Tri-Jane vivía relativamente cerca, en el Centro o en Cordón.

La luz que flotaba en la habitación hacía bajar la temperatura del aire, decidió, por más extraño que pareciera. También parecía pixelar las cosas que tocaba a modo rasante, a esa manera que normalmente debería más bien darle relieve a todas las irregularidades de las superficies.

Se levantó y, temblando, tomó su camisa, amontonada en un rincón. Por alguna parte debía estar el saco. Encontró los pantalones a un lado de Tri-Jane, aprisionados por su costado, y delicadamente la hizo girar contra su brazo derecho. El pantalón quedó liberado, la chica no despertó y Federico descubrió que tenía tatuado sobre la columna vertebral un esquema de vértebras un poco fantásticas, con lo que parecían antenas, cables y una suerte de zarcillos biomecánicos. Era un buen tatuaje: Federico se maravilló del nivel de los trazos y la sutileza del color o la manera en que se le aparecían esos colores en la luz peculiar de la habitación, casi como si hubiesen sido pensados de antemano para brillar bajo lo que fuese que formateaba a la iluminación de ese cuarto. Tintas fotorreactivas, pensó, inventando de paso el término.

Pegado al pantalón había un preservativo desenrollado, teñido de sepia.

—Hola, ¿quién sos?

Tri-Jane había despertado.

* * *

Resultó que era lesbiana y que la presencia de Federico la inquietaba. Dijo algo sobre estar “saliendo con alguien” y Federico casi le preguntó, por hacerse el gracioso en un intento de disipar la tensión, si esa “alguien” se llamaba Molly o Sally. Pero se calló la boca y aceptó verse amablemente expulsado a las diez de la mañana de un domingo gélido y, para colmo, a media cuadra de Tristán Narvaja, por Paysandú. Unos cuantos niños, inquietantemente parecidos entre sí, se lo quedaron mirando desde la parte de atrás de un puesto. Les dijo “bu” y desorbitó los ojos. No hubo reacción inmediata.

Tri-Jane se había asegurado de que no dejara nada olvidado en el apartamento, seguro que para evitar la posible urgencia de explicaciones a su novia o esposa o lo que fuese; mientras ella buscaba los abrigos en la sala de estar del apartamento, entonces, Federico le robó el ejemplar de Idoru, efectivamente una primera edición, Putnam, tapa dura, 1996, con la chica pelirroja en la tapa, bastante parecida a David Bowie en la era Aladdin Sane o, más específicamente, en el video de “Life on Mars?”. Federico tenía una miserable reimpresión de Minotauro, quizá la última, con una cara asiática atravesada por una especie de kanji que empezaba en el cerquillo y terminaba en el labio superior, y se prometió empezar a leerlo, por primera vez en inglés, esa misma noche.

Era su libro favorito de Gibson (esto cambiaría un poco después, cuando Federico leyera Pattern Recognition), así que, pese al frio, aquella mañana venía bien.

Después de todo, decidió huyendo de los niños clónicos o endogámicos, que se jodiera Tri-Jane por ser lesbiana y no tener las cosas claras. La única actitud racional era ser bisexual. Especialmente si tenías tatuada una columna vertebral fantástica sobre tu columna vertebral realista.

* * *

Como estaba de buen humor, y pese a que detestaba profundamente la Feria de Tristán Narvaja, Federico decidió que no era mala idea revisar los puestos paleontológicos, en particular los dedicados a tecnologías obsoletas. Desde que había dejado de escribir le echaba leña al fueguito precario de convertirse en artista plástico, cosa que jamás sucedería, pero que a veces le permitía pasar un buen rato meciéndose en la hamaca paraguaya de ciertas fantasías, entre ellas crear esculturas con computadoras viejas. Conservaba una ZX Spectrum +2 todavía funcional, y la enchufaba a veces para jugar con Jon y Rex al Freddy Hardest y algunos otros juegos, en su mayoría de la casa española Dinamic, de los que se orgullecía por tenerlos en los cassettes originales, alineados entre sus libros. Le habían dicho que en la Feria siempre se conseguían cosas interesantes, y las pocas veces que había juntado ánimos para recorrerla terminó por volver a su casa con una buena cantidad de diskettes de 5 ¼ y varias SIMM de RAM, a la vez asqueado o hastiado o fastidiado de tener que, como él aullaría invariablemente en su rant postferia, pasar tan cerca de toda aquella gente con evidente pinta de cagadores o malvivientes, que sin duda esperaban su primer descuido para robarlo, estafarlo o, por qué no, reírse de él. Y las cosas compradas en la feria inevitablemente conservaban esa aura de estafa, de cosa de mala calidad, de haber sido compradas a alguien que las había robado y vendido a un precio completamente exagerado. Jon y Rex se reían de esas boludeces de nene bien, como decía Rex cuando se ponía a improvisar sobre la Clase Media, pero tampoco apreciaban la feria, más bien por su inevitable carga de uruguayidad montevideana, al mejor estilo Palacio Salvo o Durazno y Convención.

Además, la zona de las librerías y los puestos de libros usados, que formaban una especie de letra L por la calle Uruguay hacia la detestable Fernández Crespo, con sus puesteros aún más lowlife o trasplantados de una película racista sobre gitanos maléficos, le recordaba a Federico la época en que había salido con Ana Paula y tenido más o menos a la fuerza que convivir todos los domingos con los amigos libreros de la chica, los amigos poetas de la chica y los amigos pretenciosamente diletantes de la chica, aunque también es verdad que las tres categorías solían coincidir y coexistir en casi todos ellos, en particular en el caso del detestable Thiago Pereira, pésimo poeta y librero del tipo sábana-en-el-suelo o bolsa-grasienta-bajo-el-brazo, que todo el tiempo quería convencerte de la necesidad suprema de tener en tu colección un librito horrible de texto de los años setenta que dejaba entrever alguna pauta perversa de la dictadura y su manipulación de la educación pública. ¿No tenés algún manual viejo de computadoras?, le había dicho Federico la primera vez en que Thiago Pereira quiso venderle alguno de sus libracos de páginas hinchadas por años de absorber polvo y humedad.

—De una ZX Spectrum o una Amstrad CPC 464, por ejemplo.

—Ni idea de qué me estás hablando. La tecnología es el enemigo, man.

Thiago Pereira se había exiliado en México más o menos hacia la crisis del 2002, quizá incluso un poco antes. Federico lo recordó mientras subía hacia 18 de julio por Tristán Narvaja, convencido de que la calle de la paleotecnología comenzaba en Tristán y Mercedes y seguía hacia Gaboto o incluso Magallanes. Y no sólo lo recordó: creyó verlo al frente de un puesto de VHS viejos de rock, justo pegado al espacio en el que el primo de Perséfone instalaba su vastísimo stock de películas viejas y vinilos. Si pasaba por allí tenía que saludar, y si Thiago Pereira efectivamente estaba en el puesto adyacente iba a tener que soportarlo por más tiempo de lo que se sabía dispuesto a tolerar, de modo que al final, como pasaba siempre con Thiago Pereira, iba a terminar puteándolo del modo más creativo y denigrante que pudiera articular en el momento. Y eso a Federico podía dejarlo bastante amargado por el resto del día y, por tanto, no valía la pena.

De todas formas ya era demasiado tarde; Federico siguió caminando, saludó al primo de Perséfone, hurgó en una caja de VHS de Porcel y Olmedo y miró furtivamente al puesto de al lado. No era Thiago Pereira; de hecho el hombre que lo atendía no se parecía en lo más mínimo al poeta de sus malos recuerdos sino que era un tipo bastante alto y grande, que agitaba en el aire frio de la mañana su maraña castaña oscura de dreadlocks al compás de “Pimper’s Paradise”, de Bob Marley.

Ya se había despedido del primo de Perséfone y se abría camino casi a los empujones por la calle Mercedes cuando su mente accedió y procesó en paralelo dos entidades mentales: la conciencia de que sí había dado con la cuadra de la paleotecnología (con un componente de alivio al constatar que estaba poco concurrida) y un recuerdo de la noche anterior, que parecía contradecir los que había accedido en el apartamento de Tri-Jane. Rex, por ejemplo, no los había presentado; por el contrario, había decidido regresar a su casa extrañamente temprano y dejado solo a Federico en un boliche casi desconocido al que habían entrado únicamente porque el barman era cliente de Rex. Federico, entonces, recordó que habían concretado la entrega de ciertas pastillas, que Rex le había dado algo de dinero antes de irse y que el barman, feliz, les había dicho que pidieran lo que quisieran, la casa invita. La imagen central del recuerdo era estar sentado ante la barra, un poco molesto por la partida de Rex y bebiendo un Vodka-Seven bastante bien preparado. Ahí había aparecido Tri-Jane. Federico se había puesto a conversar con ella en base al tatuaje de Mona Lisa Overdrive, pero eso, entendió de repente paralizado ante el puesto de un viejo idéntico a Kurt Vonnegut, no era posible: Tri-Jane tenía el tatuaje en la cadera izquierda. No había manera de que Federico pudiera verlo en una situación vagamente civilizada de la chica en un boliche, ante una barra o…

¿Y si había bailado o algo por el estilo? Federico creyó recordar que el boliche tenía algo así como un escenario circular equipado con uno de esos caños de bailarina semiporno. Quizá una jaula, algo más industrial. Tri-Jane bailando aquello de I want to fuck you like an animal, I wanna feel you from the inside. Pero no, no podía ser; si lo buscaba estaba allí, clarísimo, el recuerdo de Rex presentándolos, en cámara lenta inclusive, la sonrisa enorme de Rex, los ojitos tímidos de Tri-Jane. Bueno, lo de los ojitos tímidos estoy inventándolo, pero Federico sí la había visto junto a Rex, le había mirado el escote y recordaba perfectamente que Rex le decía “esta es Tri-Jane”.

Quizá después le contó que la aludida tenía un tatuaje de la portada de Mona Lisa Overdrive en la cadera izquierda.

Pero nada de eso importó cuando Federico reparó en las dos casi flamantes ZX-Spectrum.

Todo estaba allí. La belleza de diseño de aquella caja pequeña, negra y decorada con el arcoíris cortado por el teclado; las teclas grises, el tacto de la goma ochentosa, la poesía de los comandos escritos arriba y debajo de cada una de ellas, ACS, ATN, VERIFY, FN, LINE, OPEN #; el día en que su padre le regaló la que sería su primera computadora, un clon brasileño de la ZX-Spectrum; el día, tres años después, en que cambiaron esa Microdigital TK95 por la ZX Spectrum 128 +2 que todavía funcionaba de vez en cuando en su apartamento. Los juegos. La pretensión de “programar”. Las líneas en BASIC. El programa de conversación que había escrito con su padre.

Notó también que alrededor de las ZX-Spectrum había otras máquinas de la época o incluso anteriores: una ZX81 que a Federico, ya en plena ensoñación paleoinformática, le hizo pensar en un alien de rostro pequeño y frente gigantesca, una Timex Sinclair 2068 con el cartelito “no funciona” pegado sobre la tapa de la unidad de cartuchos, una Radio Shack TRS-80 blanca que de inmediato le activó las unidades prousteanas en su núcleo olfativo anterior y en la corteza entorrinal y le sirvió para sumar a las facetas del presente una imagen bastante clara y luminosa de aburridísimas horas de clase entre 1989 y 1990, quinto y sexto años de primaria a la hora de la clase de informática o “computación”, dedicada casi exclusivamente a golpear las duras teclas de aquellas TRS-80 con los comandos del lenguaje de programación LOGO, una cosa básicamente inútil que entonces se hacía pasar por educativa e importante a la hora de fomentar el pensamiento lógico en los preadolescentes. Había también dos Commodore 64, infaltables a la hora de evocar las primeras computadoras personales, y una máquina más grande, negra y de teclado blanco y gris, que Federico no reconoció.

—Perdón… ¿Qué máquina es esa? —le preguntó a Kurt Vonnegut.

—Una Elektronika BK. Soviética, 16 bit, lanzada en 1985.

—Creo que nunca la había visto…

—Bueno, acá no se las conocía tanto. Y en la URSS eran un poco caras, casi no había software y les ganó la pulseada alguno de los clones de la ZX Spectrum. Pero era poderosa. Venía con un dialecto especial de BASIC, el Vilnius BASIC, bastante parecido al que usaban las MSX.

Preguntó el precio. Era, como cabía esperar, una cifra fuera de su alcance.

—¿Y las Spectrum?

Resultó que tampoco estaban a un precio que él estaba dispuesto a pagar, pero se quedó conversando con Vonnegut sobre la historia de las Elektronika BK, los diferentes modelos de Commodore 64 y el uso que le daban las casas de copia de juegos a las MSX. En algún momento el viejo le preguntó qué pensaba hacer con la o las máquinas que comprase. A Federico la pregunta lo asombró un poco; no se le ocurría la posibilidad de que alguien las comprara para programar o jugar, así que le respondió que simplemente le interesaba la estética, ponerla de adorno o algo por el estilo. Se produjo una suerte de silencio incómodo, o silencio apenas, si es que se puede hablar de un silencio, de cualquier tipo, en una de las laterales inmediatas de Tristán Narvaja un domingo a las once y pico de la mañana. Federico pensó que había metido la pata, pero Vonnegut se limitó a sonreír.

—Bueno —dijo de inmediato—, si es así, en casa tengo algunas máquinas rotas… quemadas la mayoría, alguna inutilizada por, digamos, intrusión. Hay al menos tres Spectrum en esas condiciones, que en última instancia podría venderlas a un precio muy por debajo del que mencioné acá, digamos. —Y dijo una cifra incluso menor que lo que llevaba Federico en su billetera.

Había al menos dos posibilidades. Uno: El viejo se lo quería garchar y había entendido que su casa funcionaba muy bien como equivalente de la de la bruja de Hansel & Gretel; dos: el viejo había concluido que podía sacarle algo de plata vendiéndole máquinas inutilizables e invendibles para de paso entusiasmarlo con cosas un poco más caras. O (tres, admitió) Vonnegut quería sinceramente compartir sus antigüedades tecnológicas con un evidente entusiasta del tema.

Resultó que el viejo vivía en el Palacio Salvo, en la sección de apartamentos baratos y venidos a menos. Federico sólo había entrado una vez al edificio, en 1995, gracias a una recomendación de Adrián, su amigo del liceo, relacionada con una casa de masajes barata y atendida por chicas especialmente curvilíneas, pero tenía cierto conocimiento de la geografía particular del lugar gracias a los relatos de Rex, quien detestaba el lugar pese a abastecer de merca y éxtasis a unos cuantos y fieles clientes. Aparentemente, la causa de esa repulsión tenía que ver con ciertas y misteriosas malas experiencias de las que hablaba poco y de manera siempre inverosímil, lo cual era una combinación extraña, ya que no sólo era extremadamente difícil convencerlo de que hablara del asunto sino que, cuando lo hacía, multiplicaba en su relato los entes fantásticos y sobrenaturales. Es un mal lugar, concluía siempre. Una vez había intentado investigar en la historia del edificio y llegó a conversar con un arquitecto de casi noventa años que armó una serie de hipótesis esotéricas que aparentemente “interpretaban” o “leían” el edificio un poco en la línea en que Fulcanelli había “interpretado” y “leído” las grandes catedrales góticas. Pero, a juzgar por lo que había contado Rex esa noche, después de pasarse casi toda la tarde tomando café con el veterano en una confitería fina para señoras de clase alta, las ficciones de Lovecraft o la narrativa básica o medular de las ficciones de Lovecraft resultaban de vital importancia en las ideas del arquitecto.

En otra ocasión Federico encontró, entre los papeles de Rex, un mapa del Salvo. Había diversas “zonas” marcadas y un par de anotaciones que recordaban los planisferios medievales y sus advertencias del tipo hic sunt dracones. Federico lo dejó donde lo había encontrado y jamás hizo preguntas, aunque sí recordaría las notas de Rex poco después de salir del apartamento de Vonnegut con las Spectrum bajo el brazo. Y un par de días más tarde hablaría largo y tendido con Rex sobre el asunto para concluir que había que investigar más.

Bien. Resulta que Vonnegut levantaba su puesto en la feria a las dos de la tarde. Federico pensó que tenía tiempo de ir a su casa, comer algo y regresar, y así lo hizo. También se bañó rápidamente y agaró algo más de dinero, previendo la posibilidad de que el viejo realmente viviese en una cueva de tesoros informáticos a la venta. Bajó por Tristán Narvaja ya en plena decadencia de la feria, con la calle cubierta de papeles sucios, cáscaras de frutas, bolsas de nailon, restos de verduras, choripanes no terminados, cucarachas muertas y volantes de cursos de administración de empresas, de reparación de PC, diseño gráfico, mecanografía e idiomas en régimen intensivo, de estudios de abogados baratos y emprendedores, casas de tarotistas y videntes, locales de tatuajes, rematadores, anticuarios y coleccionistas que prometían comprarlo todo. La calle de la tecnología estaba desierta salvo por Vonnegut, que había guardado todas las computadoras en cajas de cartón cuidadosamente dispuestas en un carrito de supermercado. Apenas vio a Federico se le acercó y le palmeó el hombro. El carrito de supermercado dejó de absorber todas las miradas cuando el viejo sacó del bolsillo interno de su gabardina una petaca de cromo –Federico pensó inmediatamente en cromo, en rigor pudo haber sido cualquier metal, aluminio por ejemplo– que centelleó como un río de diamantes. Entonces el tiempo se warpeó o Federico pensó después que el tiempo se había warpeado, condensado de repente y expandido para volver a condensarse y así, en un patrón que se distendió rápidamente y se fundió en el tiempo normal cuando el viejo, que había bebido un buen trago de la petaca, se la pasó a Federico. Whisky. Ni especialmente bueno ni especialmente infame.

—Esto tiene que ser un flashback de lo que sea que me dio Rex —dijo o pensó Federico.

El viejo estaba hablando de computadoras y pronto Federico se descubrió entregado a la autobiografía. Terminó por contarle a Vonnegut su historia personal con la informática, y moduló el relato a la diferencia entre lo que él distinguía como su generación, los uruguayos entre 1976 y 1981, y la inmediatamente posterior, cuyos integrantes habían accedido a la informática primero a través de consolas, tanto las entonces carísimas NES como los diversos sistemas familiares mucho más baratos (los family), para meterse después en la cadena evolutiva de máquinas de 16 bits, 32 bits y 64 bits, fluctuando entre Nintedo, Sega y finalmente Sony. La generación de Federico, en cambio, había aprendido a programar BASIC en las Sinclair Spectrum, las Commodore 64 y las Amstrad CPC; había esperado entre cinco y diez minutos para que cargasen los juegos leídos desde un radiograbador conectado a la computadora, un proceso que demasiadas veces terminaba en el molesto mensaje error de lectura; había jugado aventuras gráfico-conversacionales del tipo que requería instrucciones al estilo ir norte, ir sur, usar martillo, que jamás entendía cuando Federico y sus amigos insistían con coger hechicera o tocar teta; había creído –o, mejor, sus padres habían creído– que todo aquello de programar era intrínsecamente más elevado que jugar con una consola ATARI o similares, que comprar una computadora implicaba pretender algo más que jugar. Y finalmente, claro, lo que hicieron fue eso, jugar, en algunos casos a versiones ralentizadas y simplificadas de lo que podía encontrarse, con mejores gráficos y colores, en cualquier galería de maquinitas, a veces también con juegos más específicos, las aventuras por ejemplo, que generaban el subproducto de una literatura completa dedicada a ofrecer sus claves y aclarar sus alternativas en revistas que generalmente se encontraban, manoseadas, en las casas de venta de videojuegos.

—Y después —decía Federico mientras los dos subían al cuarto piso en el ascensor y, después, caminaban por un pasillo abovedado pintado de verde grisáceo—, estaban los juegos con dos partes, y había que terminar la primera parte para que te dieran una clave con la que jugabas la segunda. Pero cuando era muy difícil ibas a las revistas y ahí tenías las claves. También había trucos, pokes les decíamos, que te permitían alterar los juegos. Yo nunca los entendí bien…

Resultó que en su apartamento el viejo Vonnegut tenía una colección asombrosa de esas revistas, de las dedicadas a las consolas y también de otras que Federico jamás había visto, más todas sus sucesoras, ya en las épocas de las PCs. Micro, Microhobby, Load’n’run, Input, Hobby Consolas, TodoSega, Nintendo Acción, Super Juegos, Loading, Micromanía, Pcmanía, Playmanía. Se habían detenido al final de un pasillo ya no abovedado y más estrecho, en el que el verde casi heráldico y de monstruo marino había degenerado en un amarillo que evocaba fluidos procedentes de aves y en moderado estado de descomposición. Había, además, olor a libros viejos, a papel rugoso, a hordas de ácaros y tierra mojada.

—Yo dejo esto en el depósito, agarro las Spectrum y ya estoy contigo. Pero andá pasando.

Había dos puertas; Vonnegut abrió una de ellas y le señaló a Federico que pasara. Era el apartamento: de techo extrañamente alto, grandes ventanas cubiertas por cortinas y estanterías de madera un poco decrépita que abarcaban la totalidad del espacio de las paredes cargadas con tarjetas de video, discos duros, cajas de diskettes de 3 ½, 5 ¼ y 8 pulgadas, memorias de todo tipo y tamaño, gabinetes, fuentes de poder, monitores y teclados, cuidadosamente ordenados en una secuencia cronológica que también era discernible en modelos de celulares y consolas de juego. Había también libros, vinilos, casettes de audio, VHS y CDs, además de un gigantesco equipo de audio customizado con un viejo set de parlantes, una potencia analógica bastante antigua, un lector de CDs Sony y una bandeja de vinilos curiosamente reciente, conectada, a su vez, a una laptop cerrada de la que surgía un grueso manojo de cables. Los pocos espacios libres de las paredes estaban decorados con mapas y lo que Federico interpretó como grabados alquímicos, cuidadosamente enmarcados. Acaso era una referencia irónica.

Sobre una enorme mesa redonda había tres computadoras en apariencia apagadas; una era claramente una Macintosh Classic, pero Federico no reconoció las otras.

Todo parecía conectado en aquel apartamento, incluso los objetos exhibidos en las estanterías. Era como caminar sobre una tela de araña que llevaba años atrapando tecnología.

Las revistas estaban ordenadas en los estantes más bajos de la sección dedicada a los libros, y había algunas dispuestas sobre una mesita. Federico revisó los títulos y abrió una que recordaba especialmente por las tetas de la modelo de la tapa, por todas las pajas que le había inspirado, en realidad, casi tantas como la ilustración de portada de los juegos Phantis y Game Over, a cargo de Azpiri y Luis Royo respectivamente. La revista en cuestión promocionaba el clásico Barbarian II y reproducía su arte de tapa, compuesto con el clásico tándem corbeniano de musculoso+tetona. Federico curioseó en sus páginas y notó que le costaba enfocar las letras; sin embargo, creyó entender, el problema no estaba tanto en su vista como en la resolución de la revista, que fluctuaba desde una definición perfecta hasta una nube borrosa o difuminada en un ciclo mucho más estable, le pareció, que el del warpeo del tiempo horas atrás. La apoyó en la mesa y entrecerró los ojos. Nada. O, mejor dicho, el mismo pulso. Mejor concluir que el whisky de la petaca estaba afectándolo, y pensó que estaba mareado, que estaba apenas mareado, justo cuando Vonnegut entraba al apartamento.

—Disculpá la demora; no encontraba las máquinas que tenía en mente. Están ahí, en la mesa.

Eran dos Sinclair Spectrum que parecían en muy buen estado, aunque una mirada un poco más atenta revelaba que tenían dos perforaciones en la parte posterior.

—Están como nuevas salvo por eso —Federico las señaló.

El viejo le alcanzó un vaso de whisky.

—Sí, en apariencia están bien cuidadas, claro. Pero son esos cambios que les hice los que las dejó inutilizables.

Federico no se animó a preguntarle qué había querido hacer con las computadoras, pero se acercó a las estanterías para comprobar si los cables que conectaban las máquinas lo hacían a través de puertos que no pertenecían a los diseños originales. Vonnegut había prendido el equipo de audio, y su apreciable zumbido atrapó la atención de Federico. Todas las agujitas despertaron con su luz amarillenta de fondo, que parecía atravesar una finísima hoja de pergamino.

Sonó jazz, en una masterización vieja, opaca, ajada.

—¿Quién es?

—Stan Getz y Chet Baker. Y Russ Freeman, Carson Smith y Larry Bunker.

—Ni idea.

—No es lo tuyo el jazz.

Federico se encogió de hombros. El whisky estaba acercándolo a su punto de fusión. Se sentó en el suelo y apoyó el vaso en la mesita de las revistas.

Y Vonnegut, mientras Federico sentía que sus músculos rodaban sobre sí mismos y se disponían a caer y aglomerarse, muy lentamente, en una gran masa de plasticina color ladrillo, empezó a hablar de los siguientes tópicos:

La película Juegos de guerra (que le gustaba).

La película Blade Runner (que no le gustaba tanto).

La película El hombre en el jardín (que no le gustaba).

La película Johhny Mnemónico (que no le parecía tan mala).

Quemando cromo, el libro de William Gibson, también traducible, pero no al mismo nivel de acierto (decía Vonnegut) como Quemando a Cromo.

Las diversas visiones de la tecnología futura elaboradas en el pasado y como Gibson, que había considerado el tema en su cuento “El contínuo de Gernsback”, terminó viendo a su obra más conocida, Neuromante, convertida en otro ejemplo de ese mismo fenónemo, presa de una bastante ridícula selva de polígonos y gráficos de baja resolución.

—Bueno, yo no diría que ridícula… —comenzó Federico pero se detuvo. Miró su vaso, vacío excepto por dos pequeños despojos de cubito de hielo—; ya perdí la cuenta de cuando voy —le dijo a Vonnegut, con asombro sincero.

—Creo que hay tónica en la heladera…

—No hace falta.

Y siguieron hablando de los siguientes tópicos:

El test de Turing.

El argumento de la habitación china de John Searle.

La idea de que, en realidad, nadie puede saber si alguien en el planeta Tierra ha hablado chino jamás.

El argumento para una posible novela de ciencia ficción: un hombre es trasladado por una IA a una realidad simulada en la que todo lo que había perdido en la vida reaparece, familiares, amigos, novias, libros, juguetes. Pronto el hombre desea escapar. La pregunta es ¿hacia dónde? ¿Hay una realidad fuera de la realidad simulada? ¿Es posible distinguir realidad de simulación?

La idea de que la única manera interesante de escribir esa novela era narrando todo lo que pasó después del escape de esa realidad simulada. Y que pronto esos pasajes entre mundos dibujaran la idea de vidas después de la muerte o de las muertes.

La idea de que la única manera interesante de narrar esa idea de las vidas después de la muerte era manejando la posibilidad de que el viaje del protagonista pudiera entenderse como pasar de una simulación a otra simulación más vasta que abarca a la primera como un mapa dentro de un mapa o un modelo a escala dentro de un modelo a escala, y así hasta el infinito.

La idea de que había que buscar otra vuelta de tuerca a esa idea.

La idea de que había que hacer más literatura de ideas y de que, por lo tanto, los años de las novelas sobre mierda sentimental y bazofia refinadamente literaria habían terminado.

La idea, entre paréntesis, de que en los 80s uno era la computadora personal que tenía. Había chicos y chicas Commodore y chicos y chicas Spectrum, y las diferencias eran notorias (Federico era evidentemente un chico Spectrum, 8 bits, dos colores por carácter).

Las ucronías de la historia de la tecnología.

Las ucronías de la historia del arte.

Y a eso de las cinco Federico decidió que era hora de irse.

Vonnegut guardó las Spectrum en una caja que parecía hecha a medida; las separó con un rectángulo de cartón evidentemente cortado para esa función y calibrado cuidadosamente. Federico pagó las computadoras y se despidió del viejo con un apretón de manos. Saludó también desde el pasillo amarillo, y cuando Vonnegut cerró la puerta y Federico se supo solo bajo los techos del Salvo algo sucedió, otro warpeo, otro pulso, algo que pareció, primero, una corriente repentina de aire frío y, después, un zumbido suave y denso, como el murmullo de un shopping entero filtrado desde pequeñas vías de ventilación, gente, electrodomésticos, música, maquinaria, computadoras, el viento resonando en las salientes de la arquitectura y las vibraciones de los vehículos en los múltiples niveles de estacionamiento.

Después, y días después fue muy útil revisar los mapas de Rex días que, sorprendentemente, eran bastante acertados, resultó que Federico se equivocó, que tomó por el pasillo que no era y que nunca llegó al más amplio, abovedado y verde sino que, desorientado, terminó subiendo y después bajando por lo que debieron ser escaleras de servicio, para caminar, aturdido, por un corredor larguísimo y oscuro que simplemente seguía y seguía, intercalando puertas idénticas a la derecha y a la izquierda, hasta que, cansado de avanzar por lo que evidentemente era una alucinación o una pesadilla, Federico abrió una de las puertas e irrumpió en otra fase de esa alucinación o pesadilla, ahora poblada por extraños paisajes extraterrestres que Federico supo proyectados sobre paredes inmensas y desnudas de edificios perdidos en llanuras devastadas, edificios a los que siempre ingresaba, de manera recurrente, variacional, iterada, en busca del pasaje de retorno al Salvo para encontrar más laberintos y más habitaciones pobladas por criaturas inquietantemente parecidas entre sí que lo miraban con desdén mientras él corría aterrado entre ellas y sus trabajos, la obra intrincada a la que se aplicaban y en la que Federico no pudo dejar de fijarse, en tanto consistía en pequeños escenarios teatrales a escala o dioramas trabajados hasta el más fino detalle pero siempre desiertos de seres humanos aunque sí provistos de huellas, de indicios, de las señales evidentes de que alguien había pasado por ahí, de que había habido una historia. Las criaturas que los construían tenían demasiados dedos y se encorvaban de maneras que parecían la somatización de un mal recuerdo de la mente o el alma del mundo, y algo de ese malestar era infundido en los dioramas, todos más o menos idénticos, polvorientos como la basurita carbonizada que se junta sobre las motherboards o el caparazón de ciertos escarabajos, decenas o quizá cientos en una suerte de estudio cinematográfico altísimo y vasto por el que Federico, como en la pesadilla que se prende al cerebro enfebrecido de un cineasta expresionista alemán cansado de pasearse el día entero entre decorados ridículos, corría en busca de la salida hasta que tropezaba y rodaba entre las piernas de las criaturas para golpearse en la cabeza y perder el conocimiento.

* * *

Vonnegut lo encontró al pie de una de las escaleras principales, no tan lejos del pasillo verde. Le dio una aspirina y un vaso de tónica, y le ofreció pasar un rato en su apartamento, al menos hasta que se le pasara el dolor de cabeza. Y si bien Federico sentía una leve pero opresiva jaqueca, le resultó asombroso no experimentar resabio alguno del golpe, ni un corte ni un chichón. Debí soñarlo, le dijo al viejo.

—No, estimado, de sueño nada…

Después resultó que Vonnegut tenía muchas cosas que explicar. Para empezar, tanto el depósito como su apartamento estaban efectivamente habitados por una red de cableado en la que el nodo principal era una Inteligencia Artificial.

La había empezado a diseñar treinta años atrás y en su evolución había conservado todas sus encarnaciones, igual que el cerebro humano, dijo Vonnegut, de modo que todavía la integraban las Spectrum, las Commodore, las viejas consolas de juegos y las primeras PCs y MACs. La máquina, además, había cobrado consciencia de sí misma hacía ya dos años.

—Al principio la comunicación fue imposible —dijo el viejo, y Federico habitaba a la vez en dos esquemas mentales: el basado en estar ante un demente fuera de control y el basado en la idea de estar todavía alucinando, probablemente con efectos residuales de lo que fuese que le había dado Rex la noche anterior–; la máquina jamás hubiese pasado el más elemental test de Turing porque no había manera de enseñarle una lengua natural, de que la hablara en tanto sujeto, de que entendiera que debía funcionar como un sujeto en un diálogo. Producía cadenas aparentemente al azar en las que se presentía, remotamente, una presencia de sentido. O ni siquiera eso. Entonces concluí que entre todas las cosas imposibles intentar enseñarle el español, intentar enseñarle a ser alguien a la máquina, era la menos interesante, y preferí ser yo el que cambiase. Tenía que derribar decenas de milenios de cultura, retroceder hasta el fondo más profundo del aparato cognitivo humano y, para hacerlo, sólo atiné a probar una poderosa suma de alucinógenos a la vez que le daba a la máquina la posibilidad de simular la realidad que percibiría. Un viejo casco de realidad virtual sirvió para ello. Tendría sonido y visión, mientras flotaba en un tanque de aislamiento censorial improvisado en mi bañera.

—¿Y qué pasó? —preguntó Federico, a la vez que evitaba mencionar la película Estados alterados.

—Al segundo intento la máquina logró comunicarse conmigo. Y ahí entendí.

Carraspeó.

—Esto que sigue no va a ser fácil de entender, y más si te lo digo así, como el científico loco de un cuento de ciencia ficción de Edmond Hamilton, S.P.Meek, Donald Wandrei o Murray Leinster. En realidad, y un poco siguiendo lo que hablábamos hace unas horas sobre “El continuo de Gernsback” y la representación del futuro… Es un poco como Neuromante. ¿Qué pasa en la novela cuando Neuromante y Wintermute se fusionan?

—Eh… Originan una inteligencia artificial superior…

—Y esa IA superior qué hace… descubre que hay otra inteligencia artificial y comienza un diálogo con ella, ¿verdad? Después pasan otras cosas, pero en este caso lo que entendí con la máquina que cree fue que eso mismo había pasado o estaba pasando…

—¿No era de Alfa Centauri la inteligencia que descubre…?

—Sí, pero esta es mucho más cercana. Y es lo difícil de aceptar. Así como la IA que construí depende de una red, de un sistema de conexión, esta otra inteligencia también. Y las unidades que conecta somos todos nosotros. Todos los seres humanos del planeta. Como si fuéramos insectos coloniales; somos las hormigas individuales, pero el hormiguero es una entidad, una consciencia. Las hormigas no lo saben, cada una de las hormigas no lo sabe, no tiene acceso a ese otro nivel. Pero su mundo viene de ahí, es el mundo que la entidad le dice que es, le transmite. Y la información solo fluye en ese sentido: hay una barrera, digamos. No se puede saltar esa barrera. Pero mi máquina no está limitada de ese modo. De hecho desde que la construí ya ha saltado a niveles que vos y yo no podríamos imaginar. En uno de ellos se comunicó con la mente colectiva de la humanidad. Supongo que accedió a ella a través de mí.

Y siguió hablando, y a Federico se le pasó el dolor de cabeza, y del equipo de audio siguió sonando jazz que Federico desconocía por completo.

En algún momento del monólogo del viejo Federico se descubrió examinando la biblioteca. Desde donde estaba sentado podía leer casi todos los títulos, y así fue creciendo en su mente otra lista, que iba desde Asimov hasta Zelazny, una lista compuesta casi por completo por libros de ciencia ficción y fantasía, casi todo en inglés pero con la sorpresa, aquí y allá, de un Gabriel, de Domingo Santos, de un Viaje a un planeta Wu-Wei, de Gabriel Bermúdez Castillo, más Angélica Gorodischer, Carlos Gardini, Ivan Yefremov, los Strugatsky, Sergey Snegov, Pierre Boulle, Jacques Sternberg, Yves Frémion, Gerardo Porcayo y Yoss. En un rincón, incluso, Federico detectó un número, mínimo podría decirse, de revistas y lo que parecían fanzines: no quiso acercarse para no cortar el discurso de Vonnegut, pero algo en su cerebro le dijo que aquellas revistas eran uruguayas y de ciencia ficción, que allí estaba Vermilion Sands, con la que él había colaborado en los noventas, a sus dieciséis años, cuando integraba el movimiento uruguayo de ciencia ficción y fantasía junto a Emilio Scarone, Alfredo Kowak y Matías Andreoli. Y entonces, si la computadora realmente existía, si esa IA había sondeado la mente del viejo y extraído de ella las pautas que le permitieron después comunicarse con la mente colectiva de la humanidad, dando por sentado que tal cosa existía, entonces ese desarrollo de una comunicación posible se había fundado también sobre toda la memoria de Vonnegut, sobre todas las líneas de aquellos libros de ciencia ficción y fantasía, concluyó Federico, sobre todos esos mundos, todas las palabras que dibujaban aquellos mundos, aquellos aliens, aquellas computadoras inteligentes, y todo porque, creía Federico, nada se pierde en la memoria, ninguna línea, ninguna página, y allí debían estar, en lo que la computadora había armado para sí como una definición de lo humano, los sueños de toda aquella ciencia ficción.

* * *

—El laberinto es la mente del monstruo —dijo el viejo de repente y Federico se encontró prestando atención—. El Minotauro deforma el espacio perceptual con su mente. La inteligencia colectiva, la IA metahumana, transmite la realidad a nuestras mentes individuales, pero los monstruos, las mentes mutantes, son capaces de deformarla, de irradiar esa alteración, de hackear involuntariamente la señal. Y el espacio que las circunda, por resistencia de la realidad creada por la mente colectiva, se vuelve topográficamente imposible. Eso es lo que pasa con la máquina; vos te enredaste en esos pasillos infinitos. Te acercabas a algo o tenías la sensación de acercarte a algo; probablemente ese algo que sentías era la única manera que tuviste de procesar la cercanía de la máquina.

* * *

Federico volvió a su apartamento a las ocho y media. Apenas entró abrió la caja de las computadoras y dejó las Spectrum sobre la mesa del living. Se agachó para mirarlas, para casi apoyar la nariz contra el borde de la mesa y mirar aquellas piezas de plástico y silicio con mirada de escala, como si la mesa fuese el suelo, las computadoras edificios y su mente aportara la minúscula figura humana que paseaba por ese espacio, entre las computadoras, como en una vieja película sobre ciudades futuristas, en blanco y negro y musicalizada con Zooropa, de U2.

Después comió algo, puso en el equipo de audio la banda sonora de The fellowship of the ring y se calentó unas milanesas de pollo en el horno. Las comió mientras hojeaba Idoru.

* * *

Soñó, y en el sueño había una antigua compañera de facultad que lo llevaba a una playa o, antes, a una casa de balneario, era un poco confusa la cronología y la chica tenía lentes de sol espejadas y líneas de plata en sus uñas pintadas de negro, pero estaba claro que en la casa había un cura, o algo así, un sacerdote de alguna religión extraña creyó recordar después, que le decía a Federico algo que no caía bien y Federico le contestaba mal y el cura sonreía y le hacía algo a Federico, lo tocaba en un brazo o en la cara y Federico se daba cuenta de su visión había cambiado. No importa cómo se daba cuenta; importa que lo sabía, que había allí una de esas certezas que se encuentran solo en los sueños. Entonces salía de la casa y miraba hacia la playa o, quizá, ya en la playa miraba la orilla y toda la realidad parecía de repente armada de explosiones o de colisiones entre esferas o vórtices, olas dentro de las olas, viento dentro del agua, agua dentro de la arena, dunas en la luz.

Después le decía a su compañera que quería besarla, después salían en auto, Federico –que no sabía manejar– al volante. Y pasaban más cosas, pero ya se perdían en la sensación de despertar, en la luz que entraba por las rendijas de la persiana.

No miró la hora, pero la luz era metálica y cenicienta a la vez, como en ciertas mañanas de invierno. Debía ser lunes, pero no tenía importancia. Debía ser temprano.

Las Spectrum seguían sobre la mesa. Federico las acarició despacio y dejó crecer cierta alegría simple y hermosa en sus cervicales. El plástico suave, el logo con el arcoíris. Las teclas de goma tibia.

Reparó en que las dos tenían conexión de red. No la había notado el día anterior, pero recordaba que el viejo había hablado de modificaciones, de algo que bien podía haber terminado por quemar las computadoras. También notó que en lugar de la entrada para alimentación (marcada 9V en su memoria) había un cable enrollado que brotaba del plástico negro de la máquina y terminaba en un enchufe común y corriente.

Lo decidió de inmediato. Buscó por ahí un cable de antena y lo conectó a la salida TV de una de las Spectrum. En la habitación había una tele CRT de 14 pulgadas, una Philips Powervision de 1994 que todavía funcionaba bien. Enchufó la Spectrum a la corriente y después, como si lo hubiese alcanzado una epifanía, buscó entre sus cables un patchcord de red. Había que probar. ¿Por qué no? Y así, mientras conectaba el cable al router del modem ADSL, mientras prendía la tele y la Spectrum, recordó que el viejo había construido una computadora inteligente a partir de consolas de juegos y de viejas computadoras ochenteras.

Y las cosas temblaron. La habitación parpadeó.

© 1982 Sinclair Research Ltd – 2006.

Pronto no hubo paredes, no hubo living, no hubo apartamento.

Federico, la mesa, la tele y las Spectrum estaban en el centro de un desierto, sobre lo que parecía una colina o una duna congelada. El cielo era negro y sin estrellas; la arena era cristal de color azul ultramarino, un color que creyó haber encontrado hacía poco, el día anterior o quizá en el sueño de la playa.

El aire se asentaba con luz de plástico.

En la tele la pantalla de bienvenida de la ZX Spectrum había dejado paso a otra cosa. No fue fácil discernirlo al principio, pero a medida que su mirada se acostumbró de nuevo a aquellos gráficos de 8 bits Federico entendió de qué se trataba.

Entonces se levantó viento. Y el viento pixelaba las cosas. En la distancia había un bosque, había montañas, había un laberinto de arroyos y torrentes.

Y más lejos, hacia el horizonte, un fractal derrumbado en el que Federico creyó reconocer torres, agujas y, adivinó, plataformas de diamante, dirigibles que barrían las calles con sus poderosos reflectores, callejones donde comprar hardware ilegal, biochips, distritos alienígenas, edificios que parecían deformados por tumores de cemento, grandes máquinas abandonadas siglos atrás y de las que nadie recordaba la función, estatuas monumentales de dioses antiquísimos…

Pero en la pantalla había un mapa.

[CC 2014, Ramiro Sanchiz]

Ramiro Sanchiz nació en Montevideo en 1978. Estudió filosofía y letras en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UDELAR). Hizo su primera publicación en 1994, un cuento en el número 2 de la revista de ciencia ficción Diaspar; hasta 2008, fecha de aparición de su primera novela, publicó cuentos y poesía en revistas y fanzines como Galileo, Letralia, Narrativas, Ad Astra y Axxón, además de en las antologías de nueva narrativa uruguaya El descontento y la promesa y Esto no es una antología.

 

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