Estudio sobre la pareidolia en la borra del café (ficción)

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Chitra-Samael

Por Luis Saavedra.

—Extraño tener alas.

—Un querubín, un santo y un ángel entran en un bar…

—No quiero escuchar otro de tus chistes de ángeles.

—Es lo único que me interesa en estos días. Pero no hay muchos de esos ahora.

—Pero es curioso, nunca me gustó el halo. Era incómodo y me picaba en la nuca todo el día.

—¿Por qué no te gustan mis chistes? Bien, algunos son mejores que otros, pero al menos hablan de nosotros?

—Volvería a usar el halo si con eso me devolvieran las alas.

Chitragupta terminó el café y removió la borra del fondo para adivinar el futuro, pero no vio nada. Nada había vuelto a la normalidad.

—Tus chistes no me gustan simplemente, Samael. No tengo sentido del humor.

—Y yo ya no tengo mayores ocupaciones. Tú sabes. —Samael se levantó y tomó las dos tazas de la mesa. Fue hasta la barra y comenzó a contar un chiste a la chica que atendía. Chitra esperó un rato hasta que regresó con las tazas llenas otra vez.

—¿Y, cuál fue esta vez?

—Y a ti qué te importa, ¿no era que no tenías sentido del humor?

—Pero soy curioso.

Samael se arrebujó en el asiento y fingió indiferencia mirando por el ventanal. Chitra tomó un sorbo del aguado café de esa hora. Afuera la luna ya empezaba a bajar, y un vagabundo con su perro atravesaban en diagonal la calle. Samael dejó de mirar.

—Entra un ángel en el despacho de un doctor. El ángel con gran alegría dice: “¡Traigo buenas nuevas que anunciar!”, pero el doctor lo mira con una cara muy triste y dice: “Buenas no pueden ser porque ha llegado usted demasiado tarde”.

—No lo entiendo —dice Chitra, y Samael cierra los ojos y aferra la taza de café como si se fuera a escapar.

—No sé cómo te encargaron registrar la obra de los hombres en los Libros si no entiendes nada de su cultura.

—No es necesario entenderla, solo basta ser curioso, y a mí me gustan los humanos. No puedo decir lo mismo de ti.

—El que sea el Ángel de la Muerte no dice nada de mí, solo es mi trabajo. Y sí, a mi también me gustan los humanos. Todo ángel que se precie adora la creación de Dios, todas sus creaciones. Pero ahora es diferente.

—¿Por qué es demasiado tarde?

—No, no es tarde, es solo diferente.

—Me refiero al remate del chiste.

—Ah. El doctor cree que el ángel era alguien que ya se había muerto. ¿Quieres oir otro?

—Dale.

—¿Cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler?

—En Bizancio, el cónclave dijo que…

—No, no es una pregunta, es parte del chiste.

—¿Entonces?

—Ninguno, ¡por que no existen!

—Eso es triste.

Chitra sorbió lentamente el café. No había nada como el sabor del café negro en ningún otro lugar. Para los tiempos que corrían, era un agradable refugio.

Samael se sintió incómodo ante el silencio de su compañero y soltó uno nuevo:

—Ángeles y demonios juegan el partido anual de fútbol. Uno de los ángeles le dice a uno de los demonios. “Vamos a ganar porque tenemos a los mejores jugadores”. Y el demonio le replica: “¿Ah, sí? Pues nosotros tenemos los árbitros.”

—¿Crees que alguna vez va a volver?

—Ese último no era un gran chiste, ¿verdad? El problema con los chistes de ángeles es que los humanos realmente no saben nada de nosotros.

—Samael, te hice una pregunta.

—¿Qué es un político con alas de ángel, halo de ángel, arpa de ángel y canta como ángel? ¡Un hijo de puta muy bien disfrazado!

—¡Samael!

—¡No lo sé! No lo sé. Ello se marchó del Universo y no dijo adónde iba ni qué debíamos hacer mientras regresaba.

El café se acabó y Chitra miró la borra que se removía como un pantano aromático en el fondo, pero nuevamente no vio nada. Movió la cabeza con cansancio.

—No tiene mucho sentido todo esto. Para qué registrar lo que hace la humanidad. Tú ya solo coleccionas chistes de ángeles, que son casi como historias de sirenas y dinosaurios de plástico. ¿Para qué escribir en los Libros, entonces? Estamos paralizados, Samael.

—Tú, yo, y unos cuantos millones más a lo largo del Universo. Eso no es novedad.

—A veces se me hace insoportable.

—Chitra, la verdad es que el resto de la Creación funciona muy bien sin la presencia de Ello. Solo somos nosotros los disfuncionales.

—¿Quieres oír una historia?

—¿Qué?

—Bueno, tú coleccionas chistes. Ahora yo colecciono historias humanas.

—¿Y desde cuando es eso?

—Hace unos años, cuando escuché a una niña en la cama. Creí que estaba orando, pero en realidad estaba inventando historias. Esa fue la primera para mi colección, la niña que se contaba historias a sí misma debajo de las sábanas.

—¿Entonces tú..?

—Sí, los Libros están sellados hasta nuevo aviso. ¿Quieres o no quieres escuchar mi historia?

Samael pestañeó un par de veces confundido: —Mmh, sí.

—Entonces consígueme otra taza de café.

* * *

—Bueno, Chitra, cuéntame esa historia.

Chitragupta tomó un sorbo largo. Esta vez era un café más fuerte, y el homólogo del sistema límbico que tiene un ángel incrementó los niveles de algo parecido a la seratonina. Dio un golpe de nudillos sobre la mesa. El equivalente a un “Vamos”.

—Adriana está en su casa de Cerrillos, es un día cualquiera.

—¿Quién es Adriana?

—¿Acaso importa, Samael? Adriana está en su casa de Cerrillos, y es todo lo que necesitas saber.

—¿Qué andabas haciendo allá?

Chitra levantó las manos en señal de molestia.

—Yo nunca te interrumpo con tus chistes.

—¡Pero es una nueva y completamente desconocida faceta tuya para mí! Y además es interesante, cosa novedosa en ti.

—Los humanos no nos ven y puedo husmear en donde quiera. No elijo a donde ir, solo me dedico a aparecer. Y aparecí en la casa de Adriana, que vive en Cerrillos. ¿Puedo continuar contando la puta historia?

—Adelante, estamos en Cerrillos.

—Gracias. Ella tiene un boliche al que no entran ni las moscas. La cosa es que su economía se ha estado viniendo abajo desde hace meses, desde que los colectiveros que almorzaban se fueron a otros recorridos. Pero es una mujer acostumbrada a la vueltas de la fortuna. Cuando usualmente son los padres los que se van, para ella y sus hermanas fue más duro cuando la madre resultó ser la que se fue. En su soledad de madre soltera, sin medios ni tiempo para un niño, tuvo que entregar a su primer hijo a un internado, y ahora él siempre le saca en cara su abandono. Tuvo que sobrellevar la muerte de su marido con tres chicas de una anterior relación, y dos más de esa unión. Su hija está acostumbrada a la marihuana y es madre soltera.

—Un caso de éxito.

—Sí, su situación siempre es un filo de navaja, pero se sobrepone a todo. Adriana es una heroína gótica. Su nieto tiene un año y se llama Carlitos. Cuando aparezco, él juega en el patio, al lado de la perra que dormita. Su hija duerme la siesta. Alguien toca el timbre de calle y Adriana se asoma por la puerta de enfrente. Ve a un hombre con calendarios bajo el brazo, mirando ligeramente hacia arriba y nunca hacia el frente. Es bajo, moreno y medio calvo.

»Como es época de fin de año, todos los días pasan vendedores ambulantes. “No necesito calendarios, muchas gracias”, le dice al hombre, pero sin embargo él no se mueve y responde: “¿Está la señora Adriana?”. Con desconfianza contesta que es ella. “La señora del kiosko de la esquina me dijo que aquí podía encontrarla. Aquí hay un niñito, ¿verdad?” El niño juega como a cinco metros, es fácil verlo. Recién allí cae en la cuenta que el hombre es ciego. “Usté tiene una hija que fue mamita soltera. Sabe, vengo a verla”. “¿Y pa’ qué la quiere, oiga?”, es la respuesta automática. “Sabe, yo busco a las mamitas solteras para regalarle pañales y le pregunté a la señora de la esquina.”

Samael rió con una risita aguda: —¡Lo estás inventando todo! Es tan gracioso verte poner palabras en boca de tus personajes.

Pero Chitra lo ignoró y bebió otro largo sorbo de la taza.

—Adriana se pregunta qué daño puede hacer un ciego, y lo deja pasar al jardín. Ella se mete en la casa y despierta a su hija Carola. La señorita no tiene muy buen humor, así que le dedica un rosario que te pondría rojo.

—Eso es difícil, fui uno de los siete que gobernaron este mundo.

—La cosa, Samael, es que convence a su hija para que salga a ver al ciego. Carola se peina y las dos aparecen de nuevo en el jardín. El aspecto de la hija amenaza. Quien fuera que osara molestar el sueño de la princesa lo paga con su bilis. Pero no ocurre así. El ciego vuelve a repetir el cuento de los pañales y las madres solteras, y se queda sonriendo ante Carola. Al verlo tan desarmado, su ánimo se aplaca y dice: “Ya, poh, donde firmo”, y se pone a reír. El ciego dice que pasará en unos días más y agrega que no se le ocurra llevar al niño a la meica, que es una especie de doctora local. Si las cosas ya son extrañas para Adriana, le sorprende saber que Carola va a llevar al niño para que le quiten el mal de ojo sin su consentimiento. “No me dijiste que ibas a llevar al niño pa’llá”. “Nooo, era una idea nomáh”, responde la hija. Y el ciego echa más leña: “Señoras, no lo lleven porque el niño está bien, no está ojeao, y si lo llevan puede quedar inválido”.

—¿Y lo estaba?

—Sí, el chico tenía una obstrucción intestinal. Un buen purgante hubiera bastado.

—¿Y cómo lo supo el ciego?

—La trama se complica. El ciego agrega: “Además el niño tiene las rodillitas mal formadas y la meica se las puede dañar. ¿Quiere que la santigüe, mijita?” Habiéndose ganado la confianza de Carola, ella accede. Adriana ya no sabe en qué creer. ¿Desde cuándo su hija es tan sumisa? ¿Es la misma que rugió a diez hombretones, los colectiveros, cuando el niño se arrancó a la calle y ninguno estiró un dedo para detenerlo?

»El ciego le toma un brazo, y con las manos hace unas maniobras en el aire. Repite lo mismo para el otro brazo, todo con el gesto concentrado. Obviamente nadie lo ve, pero yo sí estoy atento. —Y Chitra derramó azúcar sobre la mesa y la esparció regularmente. Con un dedo escribió la palabra “vida” en un lenguaje que desapareció hace cientos de miles de años. Sintió un secreto placer observar la mirada de Samael arqueándose en confusión.

—Adámico.

—La lengua que ni siquiera yo puedo escribir. —Acabó con el café y sostuvo la mirada de Samael—. Déjame terminar la historia.

»El ciego pone las manos sobre la cara de Carola y la recorre suavemente, armándose un bosquejo mental. La forma de los labios, las cavidades de los ojos, los pómulos altos. Y concluye: “Usté está muy cargada, mijita”. Coloca sus manos sobre el cráneo, como un manto, y ella en un gesto automático inclina la cabeza. Rezan. Adriana también. La energía corre libremente entre ellos, siento el cosquilleo en mi nuca, como cuando Ello estaba presente. Cuando terminan, el ciego las mira alternativamente. “Va a estar bien, mijita, créame, pero tiene que ponerle más empeño”, remata.

»El ciego cuenta que sufrió un accidente. Era operador de máquina en una industria metalmecánica. La fresadora que operaba daba cinco mil rpm. y no tenía mantención. Dejó caer un lápiz en el cabezal y después ya no supo más. Despertó en el hospital, en la oscuridad. Claro, al principio fue el derrumbe de todo, pero se acostumbró a la ceguera. Se encomendó a la Virgen María y Dios. Dice que vende calendarios en el Mall Alto Las Condes todos los martes y jueves, y algún que otro día lo dedica a su labor social. También dice que los calendarios están a doscientos pesos, baratos en comparación con los mismos que están a quinientos, pero que él solo intenta vivir, no hacerse rico. Es bien conocido por allá en el Mall, y que mucha gente va y le solicita consejo.

Pero Samael solo miraba el símbolo sobre la mesa.

—¿Me estás escuchando?

—Sí, no hay problema.

—Bien. Es el turno del niño. Nuestro héroe lo toma en sus brazos, y el niño mira y encuentra esa nariz de antología, roja y llena de cráteres, que al instante quiere alcanzar la inmensa nariz de su cara. Adriana se extraña, su nieto no es de los que confían en extraños, pero ahí está, embelesado, mientras el ciego habla sobre lo malas que son las ventas del último mes. “El niño no está ojeado ni ná, tiene un empacho, ¿cierto?”, dice tiernamente al niño. Cosa que ya sabía. Le soba el estómago, hunde un dedo por aquí y por allá. Sus manos recorren el estómago en un masaje y le hacen cosquillas. El niño se ríe mostrando los dos dientes que están saliendo, él también ríe. “Ya está, ahora tiene la guatita blanda. Con eso se va a mejorar.”

»Por supuesto pensé que todo quedaría allí, pero en eso entra una chica al negocio. ¿Te conté que Adriana tenía un boliche?

—No estoy seguro, pero no me importa.

—“¿Hay otro niño acá?”, pregunta el hombre. “No, el Carlitos es el único que hay”, responde Adriana, pero se le ocurre pensar que no habla de niños sino de madres, “pero ella tiene una niñita de diez meses”. El hombre se acerca donde está la chica hablando por teléfono, pero se detuvo a medio camino. “La guaguita va a estar bien, señora Adriana. Dígaselo cuando pueda.” Y a continuación: “Bueno, ahora le toca a Usté santiguarla”. El ciego, con gesto concentrado y sin hablar, comienza por los brazos hasta terminar en la cara. Tenía los manos callosas pero las uñas impecablemente bien cortadas. Adriana se deja llevar y descubre que todo lo que la preocupaba, se aleja a un rincón y de allí observa lo pequeños que son. “Señora Adriana, Usté también está muy cargada, y no se preocupe que todo va a estar bien, muy bien”, concluye con una mezcla tan amalgamada de despreocupación y convencimiento que ella no tiene más remedio que creer.

Chitra miró por última vez el fondo de la taza y el resultado fue el mismo de siempre. La borra seguía siendo borra.

—Es una escena extraña, pienso. Dos mujeres alrededor de alguien que apenas conocen y que solo viene a dar, no a reclamar. En algún momento imagino que el ciego termina siendo un vendedor de pañales que tiene una estrategia de ventas, digamos, peculiar. Pero hasta el final, él mantiene su papel. Dice que tiene que visitar una casa más antes de atravesar medio Santiago hasta el mall. Dice que incluso Dios tiene que ganarse los porotos. ¿No crees que es una frase curiosa, Samael?

Samael levanta una mano y apunta: —No sé, dímelo tú que tienes esa estúpida sonrisa en la cara.

—El ciego lanza un par de recomendaciones de última hora (“No llevar al niño a la meica”, “Confiar en Dios padre todopoderoso”, dos mandamientos de tono bíblico) y los calendarios se van de nuevo bajo el brazo, y se pone en camino. Medio desorientado, le tienen que indicar la salida. “Van a estar bien”, repite y Adriana lo ve doblar en la esquina donde varios chicos juegan a la pelota.

—Para qué te voy a preguntar si ya sé la respuesta. ¿Lo seguiste?

—No, pero pasó a mi lado antes de desaparecer. Se volvió e hizo un gesto en el aire. —Chitra se reclinó y esperó por la impaciencia de Samael.

—¡Ya, dímelo!

Chitra esparció el azúcar y escribió el nuevo símbolo: “Protección”.

—Eso también es adámico —dijo Samael.

—¿Qué podemos concluir, entonces?

—El adámico solo fue usado para la comunicación entre Ello y la primera pareja en el Edén. —Le tembló la voz a Samael—. Lo único que quiero concluir es que Ello ha vuelto.

—Sí.

Se quedaron mirando. Chitra siguió la evolución del sentimiento en el rostro del otro ángel. Desde la duda, la excitación, esperanza, duda de nuevo, y finalmente algo parecido a la suspicacia. Cuando fue suficiente, Chitra se compadeció.

—Pero no. —Le pasó la taza de café y Samael miró la borra del fondo sin mucho entusiasmo.

—¿Qué estoy viendo, Chitra?

—Nada, precisamente. Lo que veo todos los días. Y lo que vi ese día en la noche.

—En la borra del café se solía ver el futuro.

—¿Y que se necesitaba para eso?

—Magia, que es un reflejo de Su Gloria.

Samael dejó de mirar el fondo. Chitra se hundió de hombros y se preguntó:

—¿Y entonces?

—Tú contabas la historia, esa pregunta es mía.

—He pensado lo siguiente: si los humanos recuperaran la condición antes de la expulsión del Edén, podrían recordar la lengua con que hablaban a Ello. Así como hablan de su condición darwiniana, también podrían llegar a un estadio equivalente al del origen. Sería un acontecimiento gozoso, y nosotros nos convertiríamos en objetos de museo.

—¿Crees que el ciego lo sepa?

—No lo sé.

—Pero podrías ir al mall, encontrarlo y preguntarle.

—Supongamos por un momento que fuera verdad. ¿No sería terrible para ti y para mí?

—¿Lo de quedar desempleados, Chitra? ¿No es más o menos lo mismo que hacemos ahora?

—No, o sea, más terrible aún, que nos convirtamos en parte del polvo.

—Pero eso ya no está en tus manos. Y hasta que no ocurra, podré seguir recopilando mis chistes y tú, tus historias. —Samael miró las primeras luces del día—. Va a ser un bonito día.

—Quiero otro café.

—¿Quieres escuchar otro chiste, Chitra?

—Para qué preguntas si lo contarás de cualquier modo.

—¿Por qué los ángeles se ríen tanto? Por la gracia de Dios.

Chitra sonrió: —Realmente necesito ese café.

[CC 2014, Luis Saavedra]

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