Compañías discográficas, ¿son imprescindibles?

Compañías discográficas
Malvadas compañías discográficas

Por Andrés Silva Odellober

No es extraño que, en la actualidad, muchos seguidores acérrimos del cuarto arte crean que encontrar buena música sea sinónimo de utopía y es, en efecto, una acción frustrante.  Y es que poco o nada se sabe de originalidad y calidad en estos tiempos, pues la solitaria sombra de esta marginada disciplina ha desaparecido casi por completo, producto de una invasión comercial que ha devorado todo a su paso. Hay quienes acostumbran a alabar la mediocridad de lo que la moda impone, cayendo en un inevitable trance, para luego terminar perdiéndose en ese mezquino y moderado mundillo lleno de limitaciones y carente de sentido, aquel maldito mundillo que atenta  de a poco contra nuestra asustadiza autenticidad.  A su vez, nuestras raíces musicales han sido sepultadas por un cataclismo de infaustos y astutos depredadores, que buscan acabar con la verdadera entrega del artista, destruyendo su esencia y su genio.

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Lovecraft y sus 1001 noches

Las Mil y Una Noches, ilustrado por Edward Julius Detmold
Las Mil y Una Noches, ilustrado por Edward Julius Detmold

Por Sergio Fritz

H. P. Lovecraft es el maestro del horror numinoso. Sus poemas y prosa nos sumergen en espacios y ambientes únicos, de arcana memoria.

Amante de la historia, la geografía y los nombres exóticos, no es casual que  sintiera – incluso, a muy temprana edad – atracción por el Medio Oriente y ese laberíntico imaginario llamado Las Mil y una Noches, a los cuales deberá mucho.

Desde ya, el ambiente onírico de sus relatos. El Ciclo de Randolph Carter (colección de cuentos referidos al homónimo personaje, un viajero del mundo de los sueños) es legatario de Las Mil y una Noches. Esa mezcla de magia y viajes que encontramos en el texto clásico árabe es común también a H.P.L.

Las referencias lovecraftianas a Irem, “la ciudad de los pilares”, tienen su origen en el Qur´an y en ciertas traducciones de Las Mil y una Noches. Según el Islam, Irem fue maldita por el pecado de sus habitantes. Esta connotación ominosa será rescatada por Lovecraft.

Ávido lector, su conocimiento, sin embargo, era autodidacta. Esto lo llevará a cometer errores, como llamar al autor del temible Necronomicon (otra invención suya) como Abdul al-Hazred (un demente poeta yemení que vivió durante la dinastía omeya). Nuestro autor ignora elementales normas gramaticales del árabe, pues dicho nombre lleva dos veces la preposición “ul” o “al”. Pero no solo yerra allí, sino que incorpora una palabra de lengua desconocida: “Hazred”.  El término ´Abd (siervo) siempre debe acompañarse de la preposición “ul” o “al” (en castellano: de) y de uno de los 99 nombres de Dios (entre los cuales ¡no existe ningún Hazred!).

Otro término que incorpora en sus escritos es “Al azif”, nombre original del Necronomicon. Pero este término otra vez no es árabe, aunque Lovecraft dice haberlo tomado de una nota hecha por Henley  a una edición de la novela Vathek – cuya fuente principal son Las Mil y una Noches-, y que se referiría al susurro nocturno que hacen ciertos insectos. Esta interpretación no nos parece segura y quizás H.P.L. pensó referirse al término “al-Aziz”, pero cuyo significado no es terrorífico, como nuestro escritor hubiese querido, sino que significa “el victorioso” y es uno de los nombres que el Qur´an (Corán) da a Dios.

Por fin, nombres usados por Lovecraft en sus escritos como Irem, Kuranos, Iranon, Kadath, Nyarlathotep, monte Aran o Sinara tienen la misma sonoridad y magia arábigas que la empleada, noche tras noche, por Scherezade, y que aún siglos después nos sigue encantando.

[CC 2012, Sergio Fritz]

Con Lovecraft en los espacios del miedo

Cthulhu en New England
Cthulhu en New England

Por Patricio Alfonso

Se podría consignar que el horror lovecraftiano es en buena medida un horror arquitectónico. Dan cuenta de ello tanto la ciudad de errónea geometría que emerge impíamente del mar en La Llamada de Cthulhu como las casas leprosas de los callejones de New England, donde se guarecen espantos sin nombre. Para  que mencionar The Nameless City, donde el tema es precisamente una urbe ajena a cualquier patrón humano.  Sigue leyendo “Con Lovecraft en los espacios del miedo”

¿Por qué escribir ciencia ficción en Chile?

¡Un héroe de la ciencia ficción!
¡Un héroe inmortal, un premio Nobel para él!

Por Juan Calamares

Uno se hace la pregunta con cara de circunstancia, metiéndola inmediatamente al canasto de los cuestionamientos serios, pero después de darle unas vueltas al asunto, uno se da cuenta de su estupidez, de su profunda vaguedad y torpeza. Frustrado, uno la almacena para siempre en la categoría de las preguntas imbéciles del tipo ¿Se puede vivir en un mundo donde Dios ha muerto? Pero la pregunta sigue ahí y si se hace, es por algo. Esto, a raíz de la profunda ignorancia, de la confusión entre el tema y los elementos con los que se trata, que ha relegado la CF al plano de lo estrictamente tecnológico. Robots, naves espaciales, viajes en el tiempo, manipulación genética, etc., son recursos que (según quienes hacen la pregunta) invalidarían moralmente a los autores nacionales para sumergirse en el género. ¿Cómo escribes CF en un país con tan solo un satélite en el espacio, puesto en órbita por otro país?

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De los extremos del bien y el mal

Pablín antes de ser violado.
Pablín antes de ser violado.

Por Pablo Andrés Silva

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