Archivo de la categoría: Crónicas de Calamares y Saavedra

El Bueno, el Malo, el Feo y Sapiola (ficción)

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Por Juan Calamares  

– Todas estas tierras me pertenecen –dijo Sapiola.

Juan Calamares miró las extensas llanuras, las montañas,  las rocas suspendidas a kilómetros de distancia. Extrañas formaciones y símbolos  escritos en idiomas milenarios. Miró la sequedad, la tierra baldía.

– ¿Y que piensas hacer con todo esto?

– Cosechar  verduras, cientos de verduras, miles y miles de verduras. Tomates, lechugas, berenjenas, zanahorias.

–  ¿Paltas?

–  ¿Paltas?,  ¿y para que quiero paltas?

Montaron sus caballos y recorrieron la estepa. En el horizonte se asomaban los viñedos de otros señores,  señores exitosos, con hijos petimetres, una larga descendencia de inútiles. Calamares dijo:

–  ¿Cuando comenzarán los trabajos?

– Apenas pueda reunir  al personal. Y entonces haré lo que siempre he soñado

–  Ser escritor de ciencia ficción

– Bah,  ya no me interesa la ciencia ficción, ahora escribiré sobre el hombre común, sobre el esforzado hombre de la tierra. Solo necesito una mujer que me acompañe ….  o un buen amigo…..

Sapiola le guiñó un ojo a Calamares y este se puso incómodo.

– Mira, Saaevedra, digo, Sapiola, alguien viene

–  Es mi capataz, un indio, un originario de estas tierras

Era una sola silueta, jinete y caballo, moviéndose bajo las ondas de radiación solar. Cuando el hombre llegó junto a los amigos se apeó del caballo.

– Ooooh, tranquilo. – Le dijo al caballo –   ¿Como le va, don Sapiola?

Sapiola miró al hombre e hizo una serie de gestos incómodos, señalando a Calamares. El hombre se encogió de hombros y dijo con resignación:

–  ¿Como irle  usted hombre blanco?

– Ves – dijo Sapiola –  Es un indio pura sangre. Vamos, di algo en tu idioma indígena.

–  Si camino no hablar, ser Firestone radial sport que venir. Correr

– Exceleeeente –  Sapiola se puso contento y sacó su pipa, pero se le cayó y rodó por la ladera. Se fue tras la pipa.

–  Discúlpalo – dijo Calamares – no es un hombre malo Lee el resto de esta entrada

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EL NECRONOMICLÓN

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Por Juan Calamares

El universo es una ilusión (o mas visiblemente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables, porque lo multiplican y lo divulgan

Borges

Primera parte: Miguel Ferrada se opone a Sapiola y las consecuencias son graves

El año pasado Sapiola trajo de Buenos aires un incunable de Teobaldo Mercado. Era un libro viejo, de solapas de cuero, de letra minúscula, con diagramas y abundante en pies de página, bastante inusual dentro de la obra del susodicho. Cuando lo tuve en mis manos sentí un espasmo. “Dale una hojeada”, dijo Sapiola, “dale una hojeada y dame tu opinión”.

Cuando Sapiola se fue me dio sueño; dejé el incunable junto a mi colección y me dormí. Tuve un sueño rarísimo: La mitad de los habitantes del mundo colgábamos de un extremo de la tierra y la otra mitad nos miraba y se divertía señalándonos. Cuando desperté sudaba y recordé el libro; había desaparecido y todos mis Teobaldos Mercados estaban en blanco. Miles de páginas de cero información como libros de intervención artística. Llamé a Sapiola.

―¿Porqué me cambiaste los libros, idiota?

En lugar de responder se rió. Partí, furioso, a su casa, pero cuando estaba en la esquina vi que la calle se inclinaba. Algo se retorció en mi estómago y me fui a negro. Desperté en casa de Sapiola.

―¿Que estoy haciendo acá?

―Te dormiste, idiota

Me fui trastabillando hacia un librero hecho de cajones de verduras. Encontré el incunable de Teobaldo y dejé pasar las hojas. Parecía haber aumentado de volumen.

―¿Me dormí frente a tu casa? ―dije.

Sapiola asintió. Había en el centro de la habitación un brasero (Sapiola es muy pobre) y Sapiola sacó su pipa y la encendió con una brasa. Comenzó a expulsar círculos de humo, circulos deformes que se derretían en la sala.

―¿Qué te pareció el libro?

―Deja de hacerte el imbécil ―le puse un dedo en la punta de la nariz―. ¿Qué hiciste con mis libros, cerdo?

Sapiola sacudió las cenizas de la pipa en su mano. No quería ensuciar el piso; según el lo limpiaba a diario, lo cual era mentira, porque siempre estaba lleno de manchas de vino y cajas de pizza.

―¿Hace cuanto que te pasa eso?

―¿Dormirme? ¿No, sé, un año?

―¿Te está viendo el médico?

Sapiola juntó tres cajones de verduras y los cubrió con una sábana. Me dijo que me recostara. Lee el resto de esta entrada

El Padre Erizo elige a Sapiola (Tragedia en un acto)

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Por Juan Calamares

Dramatis personae:

Padre Erizo (Dios primigenio, místico, orate, creador de una secta de imbéciles)
Saavedra (Filósofo)
Sapiola (Tonto)
Perromelón (Cancerbero)
Ferrada (Nihilista)
Amira (Amira)
Teobaldo (Científico)
Sofía (Venus)
Calamares (Un gran hombre)

(El limbo. Un escenario hecho de roca. El piso está mojado, hay cosas vivas que serpentean en la superficie. En un trono de huesos humanos está Padre Erizo. A sus pies Perromelón. A su derecha Sapiola. Saavedra cae por un agujero del techo)

Saavedra: ¿Dónde estoy?

Padre Erizo: Hijo mío…

(Saavedra corre donde Padre Erizo y le besa el anillo. Abraza a Perromelón)

Saavedra: ¡Oh, Padre Erizo,! ¡el mundo real es cruel, tan cruel! Afuera conocí a un hombre terrible, llamado Juan Calamares. Me humilló, Padre Erizo. No respetó mi filosofía y me humilló (Saavedra mira a Sapiola, es su doble exacto. Su piel es su piel, sus huesos son sus huesos) ¿Y éste quien es, Padre Erizo?

Padre Erizo: Su nombre es Sapiola. Es tu doble opuesto. Un mal reflejo. Tú eres sabio, él es tonto, tú eres atractivo a las mujeres, él las repele.

(Saavedra escruta a Sapiola. Le retuerce la cara)

Saavedra: No es una máscara. Pero juro como que me llamo Luis Saavedra que es un tonto, ¡ja!, un gran tonto.

(De un agujero del techo cae Ferrada) Lee el resto de esta entrada

Las crónicas de Calamares y Saavedra: El falaz manipulador Luis Saavedra

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Por Juan Calamares

¿Por qué la fuerza (la faz del león) se apresta a hacer el mal? Su propósito era herirme y robar la luz que había en mí.
Pistis Sophia. El evangelio de Valentino

Mi nombre es Juan Calamares y soy músico y escritor. He grabado varios discos y estoy pronto a publicar una novela. Tengo una tienda de anteojos y pertenezco al grupo literario Erizo, junto a los escritores Sergio Amira, autor de “Identidad suspendida”, y Luis Saavedra, editor y novelista, publicado en diversos idiomas. Esto es así y es inmutable y constitutivo de buena parte de mi biografía. Pero pasemos a los hechos.

Un día estaba en mi tienda cuando llamó Saavedra. Luis es un tipo extrañísimo con una personalidad fragmentada entre el sabio y el payaso, muy ad-hoc a una hipotética carta del tarot llamada el hermafrodita. Luis quería que lo ayudara a cambiarse de casa el fin de semana. Yo no tenía nada mas que hacer así que accedí.

Estábamos a lunes y por alguna razón pasé toda la semana pensando en la mudanza, como un obseso o como un depravado que tuviese a las casas como fetiche sexual. Algo muy raro, ya que por lo general no le doy muchas vueltas a esa clase de cosas. En fin, el sábado partí a casa de Saavedra.

Quien haya leído mis historias “Calamares-Saavedra”, sabrá que la casa de Saavedra es un rectángulo minúsculo, hecho de latones, pero principalmente de cajones de verduras y que está enclavada en una torre de escombros que domina un gigantesco basural. El lector igualmente, sabrá que la casa de Saavedra no está necesariamente ahí, sino en ninguna parte, o bien en otra dimensión, pues muchas veces sus vecinos no saben que Saavedra existe o bien lo ignoran o se niegan a aceptar su existencia. Como sea, cuando llegué al basural, la casa de Saavedra no estaba.

—¿Qué mierda —dije.

Estaba tan turbado que me puse a dar vueltas en el mismo sitio como un loco, cuando de pronto cuando apareció una turba Lee el resto de esta entrada

La transfiguración de Pepe Yeruba (Ficción)

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La Transfiguración de Pepe Yeruba

La Transfiguración de Pepe Yeruba

Por Juan Calamares

Dicen que el mono es tan inteligente que no habla para que no lo hagan trabajar”

René Descartes

 

A las diez de la mañana de un día lunes me despertó una llamada de teléfono. Yo quería seguir durmiendo, pero el que llamaba insistía, así que tuve que levantarme. Era Luis Saavedra; por cierto, se había metido en un lío. Mi amigo siempre se está metiendo en toda clase de líos rarísimos, pues desde que conoció el fracaso, su vida no tiene sentido y es cada vez mas desbordante. Como yo no pensaba ir a trabajar. decidí ir en su auxilio. Por el camino me pasaron una serie de cosas absurdas que tomé como una suerte de predestinación: me salió persiguiendo un rottweiler de cabeza enorme, una cabeza tan grande como la de Don Francisco. Nada es casual en esta vida.

Cuando llegué a casa de Saavedra (su casa está enclavada en la cima de una torre de escombros y es tan aterradora y triste como la misma vida de mi dolorido amigo), me puse a sudar y a morderme las uñas. Me sentía raro, más raro que de costumbre, y confuso. Por un momento, vi el brillo de algo que se expandía, una explosión o un milagro. Saavedra se asomó a la puerta.

—Pasa —dijo—, pero pasa lentamente.

La habitación estaba a oscuras y las ampolletas reventadas. Había silencio, pero era el mismo silencio de las películas de miedo: un murmullo subrepticio que reside en la sugestionada cabeza del espectador.

—Está en la cocina —dijo Saavedra.

—¿Quién? —dije.

Saavedra me tomó de un brazo y me condujo a la cocina. Me miró, los ojos desorbitados y el sudor corriéndole por las mejillas. Cuando le puse una mano en la espalda dio un salto.

—Vamos –dije—, abre la puerta.

Lo hizo lentamente, con mucha parsimonia, como un mago que está a punto de revelar un truco impresionante. Adentro todo volaba: ollas, cajones de verduras, cucharas, restos de comida, el mobiliario infame de la cocina de Saavedra girando en un extraño torbellino y estrellándose en las paredes, en el suelo y en el techo. Un caos primigenio y total. Di un grito.

—¡Qué hace ese mono ahí!

En efecto, sentado en la despensa había un mono comiendo un plátano. Cerré de un portazo.

—¿Qué haces con un mono, Saavedra?

Saavedra se puso a dar vueltas con las manos en la cabeza. A veces se detenía, pero entonces volvía a dar vueltas. Estaba desesperado. Le costaba centrar su atención en las cosas del mundo.

—¿Te acuerdas de mi vecina? —dijo.

—La de las tetazas.

—Oh, qué machista eres Calamares. Sí, la de las tetazas.

Saavedra me acercó un cajón de verduras (un cajón que hacía las veces de silla, sofá, taburete y en ciertas ocasiones, de guardarropa) y se sentó en él. Con un gesto me indicó que me sentara, pero como no vi ningún cajón de verduras, me senté en el suelo.

—Como bien sabes, hace 6 años que estoy tratando de tirármela, pero ni siquiera me dirige la palabra. Cuando me ve cruza la calle y sale corriendo. Al principio yo pensé que era su forma de coquetearme, pero después me di cuenta (y me costó mucho, Calamares, mucho) que no quería nada conmigo. Así que olvidé el asunto. —Saavedra se puso de pie y se sirvió un vaso de Coca Cola, el vaso estaba sucio. Se puso de perfil y se bebió el contenido de un sorbo, igual que un modelo de comercial de Coca Cola, pero un modelo extraterrestre o mutante. Si Coca Cola hiciera comerciales con ese tipo, nadie compraría sus productos—. Lo cierto es que ayer llamaron a la puerta, ¿y a que no adivinas quién era? La vecina. Se veía increíble, Calamares, la mini a ras de culo, las tetazas saltándole del minúsculo sostén. Ay, Calamares, la carne es débil.

—Te acostaste con ella.

—Ni por asomo. La chica quería que le hiciera un favor. Me dijo: “Don Luis, necesito que me ayude, estoy tan complicada”.

—Depravado.

—¡Bah!, yo le dije “pero por supuesto, lo que se le ofrezca”. Y la mina me miraba con esos ojos y se pasaba las manos por la cintura y.. cuento corto: me pidió que le cuidara a su niño.

Saavedra me quedó mirando con expectación. Yo me incorporé, prendí un cigarrillo y me puse tras él. Le puse las manos en los hombros y le dije al oído:

—Saavedra, ¿y cuando viste que era un mono, no pudiste decirle que no?

—¡Pero si estoy en plan de conquista!

Boté el humo por la nariz. Ahora que me había acostumbrado a la penumbra, distinguí los estragos del mono. Aquello parecía la habitación de Spiniak. Ay, Saavedra y sus cosas.

—Bueno, ¿y para qué me quieres?

—Es que yo no puedo más con este mono. Con decirte que se comió todos mis libros. “Sonrisas estelares”, de Teobaldo Mercado, se lo zampó a la primera.

—No te vayas por las ramas, Saavedra.

—Pero es que ese mono aprecia la buena literatura.

—Ya, me voy. No soporto tus idioteces.

Caminé a la puerta, pero Saavedra se adelantó y se puso frente a mí.

—Escucha, necesito que vayas donde la vecina y le digas que venga a buscar a su mono.

—¿Y por qué no vas tú?

—Ah, es que no entiendes. Estoy calculando mi jugada. —Saavedra hizo como que me daba un puñetazo y cerró un ojo—. Estoy así de cerca.

Puse los ojos blancos y dije:

—Está bien, ¿donde vive?

—En la casa de al lado.

—¿Y cómo se llama?

—Sofía, se llama Sofía Yeruba.

2

Es curioso, pero cada vez que uno sale de la casa de Saavedra siente que ha salido de un mundo extraño e infernal. Todo lo que rodea su casa es normal, al punto de la mediocridad, y aunque uno se esfuerce, no se percibe el menor indicio de la locura que habita a escasos metros. Así pues, la casa de Sofía Yeruba es una casa corriente, color damasco, con un simpático antejardín sembrado de gladiolos y rosas. Hay un bello perfume que exhala del jardín de Sofía Yeruba y dan ganas de cortar las flores, aspirar su aroma y enardecerse con la luz primaveral. El mundo es raro.

Llamé a la puerta y apareció Sofía. Estaba toda mojada y llevaba un vestido blanco que se le pegaba al cuerpo y se le traslucía. Iba sin ropa interior. Antes que yo dijera algo, me cogió de un brazo y me llevó adentro. Al menos 5 centímetros de agua inundaban la casa. El agua escurría por la puerta como un pequeño tsunami y objetos de los más diversos flotaban a la deriva.

—¿Qué pasó acá?

—No sé, estaba bañándome y cuando salí, la casa estaba así. Se debe de haber roto una cañería.

—¿Y por qué no llamó a un gásfiter?

—¿Confía usted en los gásfiter?

No. Así que me fui a la cocina y me metí debajo del lavaplatos. Había un montón de botellas de cerveza, de vino y una que otra de pisco. Las tuve que sacar una a una hasta dar con la llave de paso.

—Está atascada —dije—, necesito un alicate.

Sofía fue por uno. Mientras se alejaba, observé cómo el vestido se le pegaba a las nalgas. En realidad, hubiera sido igual si vistiera una tanga o un hilo dental o nada. Cuando regresó, yo todavía fantaseaba. Cerré la llave.

—Ya está —dije—, ahora sí que tiene que llamar a un gásfiter.

Suspiró y deslizó la espalda contra la pared hasta sentarse en el piso.

—No sabe cómo se lo agradezco.

—No tiene nada que agradecer, pero yo vine acá por otra cosa.

—¿Ah, sí?

—Se trata de su vecino.

—¿El idiota? ¿Y qué quiere ahora? ¿Que envuelva un pedazo de tortilla en papel de chocolate?

Sacudí la cabeza, aturdido.

—No, quiere que vaya a buscar a su mono.

—¿A Pepe?

—¿El mono se llama Pepe?

—Sí, ¿y por qué quiere que lo vaya a buscar?

—Porque el mono es de usted.

Sofía barrió la idea con un gesto de la mano.

—Ese idiota me lo compró. Yo no quería, pero insistió tanto que me dio pena.

—¿Y para qué quería Saavedra un mono?

—Qué sé yo, es un idiota.

—Supongo que no es mi problema, pero Pepe está destruyendo la casa de mi amigo.

—¿Es su amigo?

—No, bueno, sí. Es, como le dijera, un asunto complicado.

—Bah, yo creo que lo que le pase a ese idiota se lo tiene bien merecido. Por mi parte, yo tengo mucho trabajo que hacer aquí. —Sofía se paró de un salto y se alisó lentamente el vestido con las manos, mientras se sonrojaba y expelía vapor—. Si usted quiere me puede ayudar.

—¿Yo?

—Sí, primero secamos el piso y después nos tomamos algo. Mi marido anda de viaje, ¿sabe?

Me costó mucho cerrar la mandíbula, pero al final lo hice y logré articular palabra:

—Perfecto, la ayudo. Vuelvo enseguida.

3

Cuando regresé a casa de Saavedra, vi un espectáculo dantesco. Saavedra estaba sentado sobre un cajón de verduras, completamente desnudo y sostenía un mazo de cartas frente al mono, que a su vez sostenía otro mazo. El mono observaba a Saavedra atentamente con expresión de tahúr y Saavedra transpiraba y se rascaba la cabeza con patético nerviosismo.

—Estamos jugando al strip poker. Pepe es un jugador excelente.

Me llevé la mano a la frente. Tomé a Saavedra de un brazo y lo arrinconé.

—Sofía dice que le compraste el mono a ella.

—Bueno, sí, pero yo no sabía…

—Cállate. ¿Qué vas a hacer con ese mono?

—Por el momento, me encanta. Es tan inteligente. —Saavedra miró al mono y lo saludó—. Míralo, es una especie de mono radiactivo. ¿Por qué estás mojado?

—Me caí a un río. Saavedra, ¿dónde guardas el Viagra?

Saavedra abrió bien los ojos y levantó un dedo cómplice, pero después se cortó.

—¿Y para qué quieres Viagra?

—¿Y a ti que te importa?, ¿dónde los guardas?

—¿Dónde crees?, en cajones de verduras.

Se metió a la cocina y yo me quedé observando al mono. A ratos parecía un hombre, pero no un hombre cualquiera, sino un hombre condenado, un hombre solo. Se parecía a esos gorilas viejos que parecen haber acumulado mucha sabiduría, pero que a la hora de los quiubo, apenas son capaces de abrir un periódico sin comérselo y que, sin embargo, tienen un adiestrador cretino que los celebra, como si hubieran resuelto el manuscrito Voynich o hubieran mandado al hombre a Júpiter.

—¿Cuántas necesitas: una, dos?

Acababa de salir de la cocina y estaba abriendo una caja. Yo sabía que aquel tacaño tenía cajas y cajas acumuladas, cajas que aguardaban el momento del desahogo de su triste y mancillada virilidad.

—Las quiero todas —dije y le arrebaté la caja—, por seguridad.

Se quedó helado, con las manos extendidas, pero luego se encogió de hombros y regresó con Pepe que se había puesto a barajar las cartas con mano experta.

—Bueno —le dijo Saavedra, sobándose las manos—, creo que merezco una revancha.

4

Como la puerta de la casa de Sofía estaba abierta, entré sin llamar. Como no estaba, me puse a secar el piso con las toallas que encontré en el baño y como daba por hecho que regresaría pronto, me tomé un Viagra. Sin embargo, a las cuatro de la tarde la chica todavía no llegaba. A las 5, yo me había tomado una cantidad de viagras suficientes como para hacer revivir a Marlon Brando y tenía una erección que difícilmente se disiparía dentro de las próximas semanas, y que por cierto me dolía como la muerte.

—¡Imbécil! —me dije.

Así que le puse hielo a aquella cosa y me tumbé en el sillón a ver la tele. Había un montón de programación de primera línea, o sea, documentales y conciertos de jazz, pero a mí toda esa mierda me importaba menos que la deuda externa o la nacionalización del cobre. Así que me decidí a dormir, pero como no tenía sueño, saqué un lote de DVD’s que había en una caja, pensando que quizás tendrían grabaciones eróticas de Sofía (al menos) y puse uno al azar. Pero en lugar de Sofía apareció algo que me impresionó tanto que hasta el pene se me puso flácido: Era una grabación de Pepe, el mono:

“Mi nombre es Pepe Yeruba y durante X años fui el coanimador del programa más popular del mundo, Sábados Gigantes. Mi papel nunca fue protagónico. Mi destino fue ser el segundo. La sombra del infame animador Mario K, el mago judío pendía sobre mi cabeza. Al final todo su peso cayó sobre mí. Es por eso que ahora soy esto, por la maldición del rabino negro que castigó mi alma. Fui el elegido para perder mi alma, fui el elegido para vivir en un mono. Ahora soy un mono”.

Por cierto la grabación seguía y era aburridísima y uno se preguntaba qué clase de idiota perdería el tiempo en doblar a un mono con la voz de Pepe Yeruba. Yo había visto doblajes mucho mejores en Lancelot Link o en Mr. Ed y me irritaba que nuestra actual tecnología digital fuera utilizada en esos despropósitos. La grabación se cortó con un chasquido. Volteé y vi que Sofía tenía el control en la mano.

—Bla-bla-bla —dijo—. Mi marido es aburridísimo.

—¿Tu marido?

—Sí, Pepe Yeruba, por eso me llamo Sofía Yeruba.

Sofía se sentó a mi lado y del escote se sacó una botella de vino.

—Me la robé del supermercado —dijo.

Como soy muy imbécil, en lugar de soslayar las declaraciones de esa loca y seguir con el juego de los amantes, no pude resistirme a preguntar por el video.

—¡Ah, eso! Lo grabó Pepe.

—¿Por qué?

—Si quieres vemos el video completo.

—Prefiero que me lo expliques tú.

—Es su testamento, por así decirlo. —Sofía abrió la botella y de un solo trago la dejó a la mitad—. El plan era que tu amigo… Se supone que no debo hablar de eso.

—¿De qué plan hablas?

—No me acuerdo, estoy borracha, ¿por qué no lo hacemos ahora?

—No, dime qué está pasando acá.

—Se supone que para que Pepe pueda salir del cuerpo del mono, debe asesinar a alguien. Así se acaba la maldición y así Pepe puede habitar en el cuero de la víctima. Como un titiritero.

—¿Quién inventó esa locura?

—Pepe, y yo no quería que lo hiciera, te lo juro. Con decirte que ayer por la noche cuando me contó su plan (ah, estoy tan borracha), se enojó tanto conmigo que se puso a darle de navajazos a los muebles. Ah, ahí está la cosa, fue Pepe el que rajó la tubería.

Sofía levantó un dedo como pidiendo una pausa y las mejillas se le inflamaron y se puso verde. Vomitó. Después se limpió con el dorso de la mano, me tomó por los hombros y me dio un beso. Se puso a horcajadas sobre mí, se quitó el vestido y empezó a subir y bajar con las manos detrás de la nuca. Yo sentía la sangre acumulada en mi vientre y de pronto grité y ella también gritó y al rato estábamos fumando cabeza contra cabeza y mirando al techo, como se miran las estrellas. Entonces, cuando todo estaba en calma, recordé a Saavedra y al mono con navaja y vi a Luis herido por el cuchillo, destrozado bajo el ataque infame del mono armado. Saavedra muerto.

5

Aquel era el peor (o casi) de los líos de Saavedra. El pobre idiota jugando Strip poker con un mono asesino, con un mono que cortaba tuberías. Corrí a casa de Saavedra y la abrí de una patada.

—¡Cuidado, Saavedra, el mono!

Pero Saavedra no estaba. En su lugar había un montón de cartas desparramadas (eran cartas del tarot: el loco, el rey, el ahorcado) y en el centro de aquella alocada disposición había una mancha de sangre. Entré cautelosamente a la cocina y vi al hombre tirado en el piso, de espaldas, retorciéndose como un gusano. El cuerpo desnudo y pálido. Se arrastraba por los codos y dejaba un reguero de sangre negra. Cuando giró, vi su cara, la cara de Saavedra, sus ojos desorbitados y el tajo en la garganta. Un tajo que parecía vivo, como una ventosa o como una vagina en el mismo momento en el que Dios la creó. Un tajo dentado del que salieron palabras.

—¿Quién eres?

(La voz de Pepe Yeruba).

El tajo parlante.

—Hazme un favor, ¿quieres? Trae hilo y aguja.

Fui al cajón de verduras correspondiente y traje lo que Yeruba requería. Le entregué los utensilios con mano temblorosa. Pepe se cosió el cuello, lentas puntadas que derramaban más sangre. En el suelo estaba tirada la navaja.

—¿Por qué hiciste esto?

—¿Y tú no lo harías? Mario me maldijo, fue una maldición judía, me condenó a estar en el cuerpo de un mono. Me envidiaba.

—¿Qué hiciste con Saavedra?

—¿Qué crees tú? Lo maté.

Yeruba terminó de coserse la herida. Giró la cabeza y la acomodó hasta que  quedó en una posición satisfactoria. Se estaba riendo.

En eso apareció el mono. Ahora era el típico monito simpático y querendón, casi un bebé. Le hice gestos para que se acercara y el mono caminó tímidamente hasta que saltó a mis brazos. Le dije:

—¿Luis?

El mono asintió y gritó de felicidad y se golpeó la cabeza con las manos. Parecía contento, muy contento de su transfiguración a mono.

—Me voy y me llevo al mono —dije, pero antes de llegar a la puerta, me detuve y respiré profundamente, apretando los puños. Volteé: —He hecho el amor con tu esposa, Yeruba, y quiero que sepas que me gusta y que si algún día te acercas a nosotros te mataré.

Se encogió de hombros y dijo:

—A mí me da igual. Además, dudo que con este aspecto vaya a tomarme en serio.

Ahora se observaba el cuello para comprobar si tenía algún espacio abierto. Era tan extraño mirar eso.

—¿Qué piensas hacer ahora? —dije.

—Supongo que vengarme del que me hizo esto. Regresar a la televisión. ¿Quién sabe? ¿Aún se habla de mí en los medios?

Negué con la cabeza.

—Bueno, entonces el tiempo lo dirá. Siempre quise ser cantante. Tal vez triunfe siendo un cantante.

Entonces, con mucha dificultad, se puso de pie y ensayó unos pasos de baile, pero se cayó y se le descosió la cabeza.

—Oh, mierda —dijo—. Ahora tendré que coserla de nuevo.

Y mientras seguía quejándose, regresé con el mono al jardín de Sofía.

[CC 2012, Juan Calamares]

1

 

La maldición de Teobaldo Mercado (Ficción)

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Odacrem Odlaboet

Odacrem Odlaboet

Por Juan Calamares y musicalizada por él mismo.

“Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”.

Jonathan Swift

1

La vida está llena de tropiezos y esta historia no es la excepción. Yo trabajaba en el departamento de estudios parasicológicos con Teobaldo Mercado y Luis Saavedra. En realidad, solo trabajaba con Luis Saavedra, pues Teobaldo había desaparecido en misteriosas circunsancias. Tan de repente que nadie nunca se explicó el por qué. Así son las cosas, imprevistas, y uno nunca sabe lo que le depara el futuro. Una noche, Saavedra y yo nos quedamos trabajando hasta tarde. El torpe Saavedra había descompuesto el portal dimensional, aquel oscuro artefacto diseñado por el genio de Teobaldo, y no podía componerlo.

¡Qué imbécil eres! —dije. Lee el resto de esta entrada

La maldad del Erizo

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Sonic The Monster

Sonic The Monster

Por Juan Calamares

Siempre quise ser escritor, aunque tuve que conformarme con el periodismo. A muchos les pasa. A mí no me salió tan mal porque logré colocarme en una revista literaria. Escribíamos artículos sobre ciencia ficción y literatura fantástica; la revista estaba enfocaba a esos temas. Era una especie de suicidio por parte del editor, que también era el dueño de la revista, y aunque rara vez nos pagaba a tiempo, había que alabar su iniciativa. Al menos yo la alababa. En los tiempos de gloria de la revista -tiempos de gloria es una bonita frase que difícilmente podía aplicarse a nuestra situación-, me había tocado entrevistar a los grandes: Hugo Correa, Antoine Montagne, e incluso visité la casa de Bioy Casares. Habían sido años fructíferos, pero yo echaba de menos una entrevista: la entrevista a Luis Saavedra. Siempre había admirado a ese viejo. Era lo que se dice, un escritor serio. Pero mi editor opinaba lo contrario y lo consideraba cualquier cosa menos serio. Creo que le tenía un poco de desprecio. Saavedra estaba loco, chiflado, o es lo que decía la gente, aunque pocos habían tenido ocasión de verlo durante el último tiempo. Además estaba olvidado. Yo no veía nada de malo en que un escritor estuviera olvidado -salvo para el escritor, claro está- porque muchas veces un buen síntoma de calidad es el olvido. Como sea, nunca entrevisté a Saavedra y seguí con mis actividades al interior de la revista. Un buen día, sin embargo, me llegó un correo:

Querido Juan Calamares: estoy trabajando en un nuevo libro.

Así era de escueto el mensaje. Pero estaba firmado por Luis Saavedra. Corrí donde mi editor y lo puse sobre su escritorio. El tipo arrugó el entrecejo y gruñó:

—Parece que saliste ganando.

* * *

Yo sabía que Saavedra había tocado fondo, pero nunca me imaginé que viviera en una población marginal. Me sentí un poco disgustado cuando salí del auto. ¿Cómo era posible caer tan bajo? La vida nos enseña que cuando estamos en la cima debemos ser previsores; todo gira, y ese es el secreto de la existencia, pero Saavedra al parecer no había comprendido la máxima.

La población se llamaba ” El Cañón” y estaba situada sobre una quebrada que desembocaba en un asqueroso basural. La gente me miraba con recelo. Era verdaderamente aterrador: niños corriendo semidesnudos por las calles o durmiendo a pleno sol sobre la tierra mojada y viejos acalorados, sentados en las puertas, contemplando aquellas minúsculas calles. Igual que villanos salidos de alguna película de David Lynch. Yo trataba de demostrar relajo, pero la gente advertía mi temor y era inútil. No comprendía cómo un hombre que había tenido fama -claro, la fama relativa que se le otorga a los escritores de ciencia ficción- pudiera convivir con aquellas gentes. ¿Cómo se las arreglaría aquel escritor cultivado para salir de su casa, sin ser vilipendiado o agredido?

Me detuve en el cité de Saavedra y contuve el aliento. Cuando llamé a la puerta, esta cedió con un crujido y se abrió lentamente. Adentro todo estaba oscuro. De improviso, salió un perro muy viejo, que caminaba apenas. Se paró en el umbral y me miró con somnolencia. Luego se dio la vuelta y se tiró un pedo. Yo me quedé ahí, pasmado.

—Adelante —dijo una voz.

Pasé. La habitación era minúscula: un cuadrado de 4 por 4 como mucho. Adentro no había prácticamente nada, salvo la cama del perro, un colchón y un montón de cajones de verduras que resolvían el tema del mobiliario.

—Por favor, acérquese.

Todavía no me acostumbraba a la penumbra, pero sabía que el hombre que estaba sentado en el cajón de verduras era Saavedra. Su sombra estaba delineada por un rayo de luz que entraba por una ventana de plástico, y él se mantenía ahí, inmóvil y esperando a que yo me acercara. Me adelanté y le estreché la mano.

—Es un honor —dije.

Ya me había acostumbrado a la penumbra y vi a Luis Saavedra, o lo que quedaba de él. Tenía la cabeza cubierta de canas, el rostro arrugado y cetrino y, en lugar de pantalones, llevaba dos sacos de arpillera amarrados con cinta de embalar. No usaba zapatos y llevaba una roñosa camiseta de “Sonic el erizo”.

—Asiento —dijo Saavedra.

Supuse, y con razón, que debía sentarme en un cajón de verduras. Busqué uno de tomates y le pregunté a Saavedra si estaba bien. Saavedra respondió con un cariñoso gesto de aprobación. Me senté.

—¿Se sirve un tecito? -—dijo Saavedra.

—Oh, no faltaba más.

—No tengo. Lo que tengo es café brasileño, hecho en Colombia.

Miré a Saavedra.

—Es un excelente café.

—Me imagino.

Saavedra iba a decir algo, pero se calló. Acercó su cara a la mía y me estudió, sonriéndome. Yo me alejaba instintivamente, pero Saavedra continuaba en su observación. No tenía ninguna gana de sonreírle, pero lo hacía de todos modos, para no ofenderlo.

—¿Sí?

Saavedra agitó el dedo índice:

—¿Usted no será Mario Velasco?

—No, soy Juan Calamares, periodista.

—Porque su cara se me hace familiar.

Saavedra sacó un trozo de periódico de sus pantalones de arpillera y lo puso a la luz para observarlo. Después me miró a mí y volvió a mirar la foto del periódico. Estuvo así un buen rato.

—Usted es Mario Velasco —sentenció.

Negué con la cabeza. Saavedra se quedó en silencio. El rostro contraído en una mueca que mostraba desconfianza. Un gesto muy teatral, como aprendido. Se frotaba la barbilla, asintiendo, sin quitarme la vista de encima. Como un pájaro curioso en observación de su presa.

Iba a hablar de la entrevista, pero el hombre se puso de pie y fue hasta un rincón. Se puso a escarbar entre un montón de cachivaches hasta que encontró un lavatorio. Luego salió de la habitación y se puso a gritarle a alguien. Cuando regresó, el lavatorio estaba lleno. Lo puso en el suelo y metió los pies adentro.

—¡Ah, qué delicia! —dijo.

Yo miraba a Saavedra sin comprender lo que pasaba, sintiendo que me había equivocado de casa. Porque, la verdad, ¿quién me aseguraba que ese tipo fuera Saavedra?

—Dígame una cosa, ¿que lo trae por acá?

—Su mensaje.

—¿Qué mensaje? Yo escribo muchos mensajes. ¿No sería un mensaje destinado a Mario Velasco?

—No, el mío era un mensaje suyo que decía que estaba trabajando en un libro.

—Libro, ah ¿y de qué se trata el libro?

Entonces Saavedra se hizo de un alicate y se empezó a cortar la uñas de los pies. Como había sacado los pies del lavatorio, el agua chorreaba al piso, así que el perro se acercó y empezó a beberla. Aspiré profundo y dije:

—Usted me citó para hoy aquí, en su casa.

—¿Qué, cómo, cuándo?

—Vine a hacerle una entrevista.

—Un momento.

Saavedra se quitó la camiseta de Sonic y se arrancó la cinta que le sujetaba la arpillera. Se quedó ahí totalmente desnudo, luego tomó el lavatorio y se lo derramó encima. A continuación, cogió la cama del perro, la sacó de un tirón y empezó a secarse con ella. El perro, que se había caído de lado, lo quedó mirando inexpresivamente y entonces se fue a acostar al colchón de Saavedra y se tiró un pedo.

Sacudí la cabeza. Yo estaba decidido a hacer la entrevista. Me lo había propuesto hacía mucho y ningún contratiempo -aunque ese contratiempo fuese el mismo entrevistado- iba a sacarme de mi propósito.

—Señor Saavedra, ¿cuáles fueron sus primeras lecturas de ciencia ficción?

—¿Ciencia ficción? A mí me gusta el karate, mis lecturas siempre fueron de karate.

—¿Karate?

—Karate. ¿Conoce usted a Richiu Mishameni?

—¿Quién?

—Es una larga historia. Verá usted.

Pero Saavedra no dijo más y cruzó la habitación. Levantó el colchón en el que ahora dormía el perro y sacó un hueso de pollo. Se lo metió a la boca y sin quitárselo, habló.

—¿Le molesta que me lave los dientes?

Yo estaba espantado. Realmente Saavedra estaba loco. Habían oscuras leyendas que giraban alrededor de su persona, pero ninguna daba cuenta de lo que yo estaba observando.

—¿Sabía usted que los primeros cepillos dentales se hicieron con huesos de pollo?

—¿De qué me está hablando?

—Del pollo. Pero también de las aves de corral. Por ejemplo el pato: había una vez un pato muy talentoso que insistía en escribir excelentes novelas, aunque ninguna editorial lo apoyara. Se llamaba “El patito feo de la ciencia ficción”.

—¿Me está tomando el pelo?

—No, ni mucho menos. Déjeme que le explique.

Entonces, de un cajón de verduras que estaba colgado en la pared a modo de repisa, sacó un libro. Lo puso sobre sus piernas y lo abrió.

—Teobaldo Mercado —dijo—: “El capitán Smith hirió de gravedad al coronel Anderson y entonces le pegó una patada en el culo”.

—¿Qué?

—Espere, esta es la mejor parte: “Sin embargo, el coronel Smith tuvo que reconocer que su oponente era un guerrero formidable”.

—Eso no lo escribió Teobaldo Mercado.

—¿Cómo que no?

—¡No!

—”El valiente coronel Franklin O`Connor, Jr. corrió al puerto de mando y desde ahí observó la destrucción del universo”.

—Oh, no.

— “Y el universo se expandió, pero todo esto fue estudiado con gran atención por el profesor Christopher Araya, el más sabio de los físicos termoluminicénticos”.

—¡Ay , Dios, usted está enfermo!

—¿¡Enfermo!? —Saavedra había gritado. Cuando se lo proponía le salía una voz cavernosa y potente. La habitación quedó reverberando con la vibración característica de los espacios donde se ha producido un estallido. Había que reconocer que alguna cualidad tenía ese loco

—¿Cuál es tu nombre?

—Se lo dije en el correo: Juan Calamares.

Saavedra me estudió detenidamente. Yo temía que me fuera a salir con alguna travesura, del tipo: “Te voy a salpicar con el agua inmunda de un lavatorio en donde me acabo de lavar los pies”. Pero no lo hizo. En lugar de aquello, siguió observándome con interés. Un interés extraño, como el que mostraría un extraterrestre frente a un hombre insignificante. ¿Sería este el momento de revelación en el que el viejo loco, el inofensivo estúpido, el tonto del culo, el payaso ridículo e insignificante, se muestra como el gran maestro? ¿Sería este el momento?

—¿Juan Calamambo?

—¿Qué?

—Usted dijo llamarse Juan Calamambo.

—No.

—¿Calamarístico?

—No.

—¿Calamar Hipersónico Laserultra Maestro?

Entonces no pude más.

—¡Oh, te mataré imbécil! —dije, al tiempo que me arrojaba sobre el que había sido mi héroe, con los brazos extendidos, las manos crispadas y el cabello revuelto de loco asesino (lo recuerdo tan vívidamente). Y caí sobre él con todo mi peso. Mis manos apretujando el cuello del payaso. Sus ojos demenciales girando y saliendo de las órbitas, rojos, con la sangre revoloteando en las córneas, la cara hecha una mueca que era la misma mueca del alarido y del dolor. Yo me regocijaba. ¿Qué se creía aquel imbécil para no ser lo que yo quería que fuera?

Saavedra me dio un rodillazo en la ingle. Caí y me golpeé el costado contra un cajón de verduras. Él se puso de pie de un salto y me dio una patada en el cuello, y luego se alejó medio metro para darse impulso y me dio otra patada. La tercera fue en el rostro. Me había desintegrado la boca y la sangre se derramó igual que un grito. Entonces me cubrí la cara con las manos, mientras el otro disfrutaba con el castigo infligido. Por el rabillo, vi cómo celebraba con los brazos en alto, entre patada y patada, y vi cómo el perro saltaba en dos patas, creyendo que todo era un juego -quizás era un juego-, muy feliz de la vida.

—Ganaste Saavedra —dije—, ganaste.

Saavedra se detuvo. Me sentó en un cajón de verduras y encendió una pipa. Me tendió la mano y me incorporé. Me senté frente a él en un cajón de verduras. El perro continuaba hiperventilado y quería seguir participando del juego (en su mundo de perro, él era el protagonista). Yo miré a Saavedra y al perro. Ambos parecían de la misma especie, uno era más inteligente que el otro; no me pregunten cual, pero era así; eran miembros de una misma raza, que era diferente de la mía o de la tuya o de la de, por ejemplo, Rodrigo Hinzpeter.

No sé qué mierda impidió que tomara lo primero que tenía a mano (en este caso, un cajón de verduras) y golpeara a Saavedra con todo. O bien que saliera huyendo de esa casa de locos. Insisto, no sé qué me lo impidió (en realidad, sí lo sé, ahora) , así que me quedé ahí, viendo fumar al viejo baluarte de las letras espaciales.

—Buena pelea —dijo Saavedra y sonrió. Era una mueca desprovista de toda alegría, como la sonrisa de un fanático de la cirugía cosmética. Un gesto petrificado que comunicaba una suma de estados emocionales; una expresión gestalt. Tuve un escalofrío.

—¿Qué está pasando acá?

El loco se encogió de hombros. Nada quedaba de aquel triste payaso que había visto hacía un rato; había quedado en el pasado. Estaba olvidado, para siempre jamás, relegado al vacío, o al menos eso fue lo que pensé en aquel momento.

—¿Saavedra?

No espero que crean lo que pasó a continuación. Aún para mí y después de todos estos años me es difícil aceptarlo como un hecho real. Sin embargo, lo cuento tal cual como sucedió: una historia sin falacia, limpia de toda mentira, perfecta en su absurda brutalidad.

La vista se me oscureció. Luego vi un flash y a continuación una suerte de mancha de fosfato bailando en mi espectro visual, un chorreo de pintura girando encima de mis ojos. La cabeza me dolió y me la sostuve entre las manos. Gruñí, temblé, grité, sufrí espasmos, todo al mismo tiempo y sin un orden jerárquico, como si todas mis malas sensaciones hubiesen estado coreografiadas de antemano. Saavedra rió, pero no vi que moviera los labios. Se estaba riendo dentro de mi cabeza.

—¿Algún problema, Juan?

No abría la boca, se había colado al interior de mi cabeza.

—No entiendo nada.

—¿Qué cosa no entiendes, qué tendrías que entender?

—Oh, me siento fatal.

El piso giraba. Parecía que de un momento a otro, todo sería tragado y todo caería por un abismo que estaba mucho más abajo de mis pies, donde una pirámide maya invisible se alimentaría de mi sangre y mi miedo.

—Tú no eres Saavedra.

—¿Ah, no?

—¿Donde está Saavedra?

—Lo puse a dormir. Lo dejo libre unas horas al día para que haga de las suyas, solo unas horas y luego lo pongo a dormir.

No había movido para nada los labios. Seguía ahí bien erguido, con las manos sobre los muslos y con aquella falsa sonrisa dibujada en el rostro.

—Es bueno dejarlo libre un rato, pero ahora el que está libre soy yo.

No podía quitarle la vista de encima. Estaba tan mareado, tan alterado, pero aún así, no era capaz de quebrantarme. Seguía con la vista fija en el objeto (no sé llamarlo de otra manera) en que se había convertido Saavedra. Sentía que me habían fijado la cabeza con un torno.

Lo que vi después me sobrecogió: Saavedra dejó la cabeza a un lado y la carne del pecho se le inflamó y le aparecieron sendos bultos, mientras los huesos le crujían y se movían bajo la piel como si estuviesen buscando una disposición más propicia. Las carnes se le llagaban y abrían repetidamente, como si un látigo las mordiera, y esas heridas eran como los párpados de animales muertos, que hubiesen quedado en esa posición, luego de una cruda agonía. Era atroz, ahí había algo que se estaba reconfigurando, había algo que pugnaba por nacer. La voz en mi cabeza daba alaridos y eran alaridos de dolor, pero también eran interjecciones de placer sexual, porque el que estaba debajo de la piel de Saavedra era feliz de salir al mundo, pero también sufría locamente.

—Por Dios, ¿qué es esto?

Por encima de la piel de Saavedra se formó una carne horrible, en disputa con la carne de su portador. Era un rostro con boca, ojos, nariz, pero estaba oculto bajo la piel del que le servía de cobijo. Era otro ser.

-¿Quién eres?

-El Erizo.

No dije nada. Apenas me salía la voz. Era intolerable contemplar aquella cosa. El tumor que había salido del interior de Saavedra parecía un niño monstruoso que no acaba de nacer, pero que al mismo tiempo atormenta a su progenitor y lo deja en colapso.

—Primero que nada dejémonos de tonterías. El que te citó aquí fui yo, nada tuvo que ver Saavedra.

—Ya.

—El que estés aquí es importante, muy importante y cualquiera que vaya a ser la decisión que tomes con respecto a lo que te pienso proponer deberás tomarla ahora.

—¿Decisión?

—Además, tu decisión será inapelable e irreversible y todo estará debidamente certificado por medio del contrato que Perromelón se dispone a hacerte entrega.

Algo me estaba tirando del pantalón; era el perro. Estaba ahí, con sus ojos de viejo y sostenía un turro de papeles en el hocico. Los cogí y le di las gracias. Por respuesta, Perromelón se limitó a tirarse un pedo.

—No necesitas leerlo, es una mera declaración de compromiso.

—¿Quién mierda eres tú?

—Ya te dije que soy el Erizo.

—Eso a mí no me dice nada.

—No tengo que definirme, pues soy indefinible. No tengo que demostrarme, pues soy indemostrable. No tengo que convencerte, pues soy incomprensible.

El Erizo se movió bajo la piel de Saavedra haciendo todo tipo de sonidos que recordaban los de la licuefacción. Pero su voz no provenía de él. Su voz era ubicua.

—¿Tienes miedo de mí?

Por más que sintiera terror por esa cosa, no dejaba de pensar que se parecía a un títere de calcetín y yo nunca he sentido miedo ante un títere de calcetín. Era totalmente contradictorio. De a poco las sensaciones que había experimentado como un conjunto se estaban exponiendo una a una con total independencia.

—Oh, qué analogía más tonta —dijo el Erizo

(Se refería al títere calcetín).

—¿Así que puedes leer mi mente?

—Puedo leerte como un libro abierto, y no solo tu mente, también tu tu alma, tus contradicciones, tu pasado, tu presente y tu futuro. A ti, en su totalidad y en una fracción de segundo. Pero basta de cháchara. Esta es mi proposición, es igualmente mi explicación, en tanto seas capaz de comprender cierta parte de mi naturaleza: soy una entidad, pero una entidad corpórea, soy una entidad viva, de carne y de infinito poder, pero que está incompleta sin su caparazón, sin el abrigo de una coraza de hueso. Saavedra fue mi receptáculo, pero el idiota se muere y ahora necesito un nuevo receptáculo.

—¿Un receptáculo?

—Limítate a pensar y no te molestes en abrir la boca ni ocultar tus sensaciones negativas, pues mi voz rebota en tu cerebro, que es una mera antena receptora construida para captar, que no comprender, mis pensamientos.

Saavedra se había vuelto ausente. No estaba. Había dejado abandonado su cuerpo en aquel sitio y nadie podía asegurar que en ese instante el universo contuviera alguna mísera partícula de su mísera existencia.

—Saavedra es un tonto. Le ofrecí riquezas y las dilapidó, le ofrecí el mundo y no supo qué hacer con él. No era apto para el summum de existencia que representa el Erizo.

Le transmití esta pregunta: ¿cómo creo yo en tu palabra?

—La cree fervientemente.

Y yo la creía fervientemente. No por nada era un crítico de ciencia ficción. Estaba preparado para no prejuzgar ninguna teoría, por alocada que fuera siempre y cuando pudiera ser sujeta a comprobación. Y al Erizo lo estaba comprobando con mis propios ojos. A menos que estuviera loco de remate.

—¿Así que fama y fortuna?

—Y HONOR Y GLORIA.

—¿Y cómo le hago para no terminar como Saavedra?

—Nadie termina como Saavedra. Saavedra es lento de entendimiento.

Miré atentamente al Erizo. El solo hecho de que un ser como él pudiera habitar en el universo me estremecía. ¿Pero qué se puede hacer con ello que está más allá de la comprensión?

—¿Dónde firmo?

Perromelón recogió los papeles con el hocico y dijo:

—Aquí, Calamares.

La piel de Saavedra se extendió hasta el límite de sus capacidades. Vi cómo una docena de dedos estiraban la carne y luchaban arduamente por traspasarla. Escuchaba chillidos parecidos a los de las ratas, pero al unísono, millones de ratas enfadadas gritando bajo la piel de Saavedra. Lo primero en emerger fueron los dientes del Erizo: filosos y diminutos, sujetos a una grotesca mandíbula sonriente. Retrocedí cuando vi que aparecía la cabeza. Aquella cabeza calva coronaba un cuerpo manchado de pelusa, gris y mugrienta. Todo el ser estaba bañado en sangre y tiras de carne y continuaba en la tarea de salir al mundo en aquel parto de pesadilla.

El Erizo cayó al suelo. Aquella bola amorfa no podía incorporarse y resbalaba porque estaba grasienta. Daba un paso y caía, chapoteando sobre el líquido que lo había contenido. Al final, logró equilibrarse y lo vi: sus ojos diminutos de rata y el cuerpo amorfo de hombre degradado, mezcla de animal y de cosa. El Erizo.

Chilló. Los cajones de verduras se remecieron. El perro le ladró, pero el Erizo le gritó; un grito intolerablemente agudo y sibilante. El pobre Perromelón se aterró y corrió a buscar refugio, metiendo la cabeza bajo el colchón.

¿En qué mierda me había metido? ¿Tenía escapatoria, podía renegociar lo firmado? El Erizo saltó sobre mí y empezó a escarbarme la carne. No podía quitármelo de encima. Era tan diminuto y tan fuerte, mucho más fuerte que yo. Con las garras hizo un agujero en mi pecho, arrojando trozos de carne viva tras de sí. No podía tolerar el dolor. Se me introducía de forma “inapelable e irreversible”. Al final, solo quedó a la vista su nuca. Ahí fue cuando me desmayé.

Desperté atolondrado, sin saber dónde estaba. Me costó mucho trabajo reconocer la situación, los objetos y al perro. Lo que terminó de despabilarme fue Saavedra. Yacía ahí tirado, cual despojo hecho una montaña de jirones de carne sanguinolenta y músculos desnudos y puntas astilladas de hueso. Había muerto con una sonrisa en la cara, al fin libre.

Me toqué el pecho y sentí la protuberancia, el otro ser.

—¿Estás preparado? —dijo el Erizo (no me hablaba, me arrojaba sus pensamientos, ahora sus pensamientos eran míos).

Asentí. Oíd mi palabra: estaba preparado para todo. Tomé al perro en brazos y salí a la calle desierta. Parecía un cuadro de hecatombe, los objetos metálicos del basural relucían como un aro de plata robado de un palacio embrujado y el cielo era crepuscular y silencioso. La gente me observaba y retrocedía ante mis pasos. Oíd mi palabra: inclinaban la cabeza en señal de respeto. Oíd mi palabra: desviaban la mirada en señal de sumisión. Me abrían un camino como las aguas del mar muerto. Oíd mi palabra: lloraban emocionados ante el desafío que era yo mismo: el transfigurado, el loco, el abominable. Ahora tengo al Erizo.

[CC 2012, Juan Calamares].