Archivo de la categoría: Los Plosoms

Los Plosoms: Epep Aburey (Ficción)

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the summer queen, by michael whelan

the summer queen, by michael whelan

Por Andrés Odellober

Después de horrorosos días y desafortunadas aventuras, ya nada me provocaba temor. Había pasado de dimensión en dimensión, para buena o mala fortuna –tómenlo como quieran–, pero esta vez no sabía cómo diablos volver a mi realidad. Desperté con un fuerte dolor de cabeza y, después de frotar mis ojos, pude divisar en lontananza las montañas oscuras que me rodeaban; enormes titanes que hendían el cielo en largas filas destartaladas que terminaban en pequeñas sombras al horizonte, donde el alba hacía su aparición. Estaba en una planicie seca y desolada. La tierra rojiza era tan suave y fina que los ventarrones hacían que se metiera por entre mi ropa, incluso en mis ojos, dejándome –en muchas ocasiones– durante varios minutos sin visión. Lee el resto de esta entrada

Los Plosoms: La Extraña Dimensión Mercadia (Ficción)

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El Rey Teobaldo, monarca de la dimensión Mercadia

El Rey Teobaldo, monarca de la dimensión Mercadia

Por Andrés Odellober

Los que desprecian a Teobaldo,
En Europa serían un chiste.
Con suerte los conoce su madre,
Se supone que son la vanguardia.
Canción feliz para Teobaldo, por Juan Calamares


El escenario no estaba a mi favor. Después de varias horas, aún me perseguían. Eché a andar dunas abajo, hasta llegar a una planicie seca y rocosa, y me escondí allí. Estaba sediento y exhausto, y el calor era insoportable. Necesitaba líquido urgente, o moriría deshidratado. De cuando en cuando, insultaba en silencio al maricón de Martínez. Todo este confuso incidente era culpa suya. Yo podría haber estado de vacaciones, sí, vacacionando en Hawai o en México. Embriagándome, drogándome y cortejando a alguna damisela de baja reputación. Pero no, me hallaba en una dimensión sin sentido, con seres feos y estúpidos y con ganas de matar a ese imbécil. Como deseé estar frente a ese conchesumadre. Lo hubiera derribado con una combinación de derechazos e izquierdazos, y luego de dejarlo inconsciente, hubiera meado su fea cara. Pero el pobre diablo debía estar en el estómago de algún monstruo con cabeza de rana o de vaca o de polilla, qué se yo. Eso me devolvía la tranquilidad. Lee el resto de esta entrada