Archivo de la categoría: Pepe Yeruba Award

Erizo: principios de Agosto (Especial “Pepe Yeruba” Award 2012)

Estándar

Ёжик в тумане

Al fin, después de un larguísimo Julio, hemos llegado. Hay que reconocer que Saavedra tuvo la culpa y merece la muerte, pero esta vez no será expulsado. Los actos de bondad como este prestigian a los grupos civilizados. Pero ya basta de asuntos internos y vamos a lo que nos convoca porque el “Pepe Yeruba” Award fue otorgado y celebrado entre vítores y bacanales en alguna parte del mundo, pero en Chile fue más humilde. Para ello tenemos un reportaje gráfico que da cuenta de la celebración.

Ceremonia de premiación del “Pepe Yeruba” Award 2012. Un reportaje gráfico de la feliz reunión de Emiliano Navarrete, el ganador del concurso, con sus héroes intelectuales, los miembros del Grupo Erizo. Invitados a esta ceremonia fueron I.C. Tirapegui y Teobaldo Mercado.

Yeruba on fire (Ficción), por Emiliano Navarrete. Ganador del Pepe Yeruba Award 2012. Navarrete gana con justicia este año y lo celebramos publicando su historia sobre la reconciliación aparente entre Don Francisco y Pepe Yeruba. Traiciones en esta historia crepuscular.

¿Qué fue de Pepe Yeruba?, la culpa no es del perro, por Remigio Aras. Hastiado de las imposiciones que le exige Erizo, Aras escribe con ganas de pegarle un combo a la mismísima barbilla del mundo. Pepe Yeruba es una excusa para hablar sobre lo que hay de aparente en el brillante mundo.

Los Plosoms: Epep Aburey (Ficción), por Andrés Odellober. Influenciado por el viejo Edgar Rice Burroughs, Odellober mete a nuestro científico, que no es aventurero ni guerrero, sino científico en una aventura que lo llevará a una ciudad misteriosa, regido por un rey misterioso con una hija misteriosamente bella.

El rapto de las Meninas por el Conde Demediado (Ficción), por Luis Saavedra. Una fábula moral sobre el poder de los medios y su efecto sobre las mentes débiles de los ciudadanos menos preparados. Cuando Juan Calamares se ve atrapado, su respuesta es la extorsión y el estupro.

La transfiguración de Pepe Yeruba (Ficción), por Juan Calamares. Una fantasía oscura en donde las pulsiones salvajes agarran a los personajes y los conducen a revolcarse en el asqueroso sexo. ¡Hasta donde vamos a llegar!

Y ahora sí a lo doméstico. Este mes anunciamos que Andrés Odellober ha reconsiderado sus ofensas hacia el Grupo Erizo y se disculpó vistiendo un tutú rosado y bailando El Lago de los Cisnes. Las disculpas fueron aceptadas por su increíble performance. Pero mientras Odellober saltaba y se estiraba como una prima donna, Luis Saavedra aprovechó de reprocharle a Calamares su odio hacia él. “¿Por qué muero en todos tus relatos, Calamares?”. “No, amigo, es una licencia artística”. “Pero cada vez que edito tus cuentos, tengo que sacar tus ‘¡te odio, Luis Saavedra!’ y tus ‘Luis Saavedra debe morir de la peor forma!'”. “No tengo respuesta a eso”. “¿Realmente sientes todo eso que escribes?”. “No tengo respuesta a eso”. “Creo que yo te gusto, Calamares. Si es así, no me respondas”. “No tengo respuesta a eso”. Entonces, Luis Saavedra decidió levantarse y anunciar su retiro del Grupo Erizo y salió disparado por la puerta, llorando. Lleva desaparecido tres semanas, publicamos su relato como un homenaje a su persona.

Ceremonia de premiación del “Pepe Yeruba” Award 2012

Galería

Yeruba on fire (Ficción). Ganador del Pepe Yeruba Award 2012

Estándar
Yeruba on fire

Yeruba on fire

Por Emiliano Navarrete

José Pizarro está cansado, no quería ir a la quinta reconciliación del nostálgico personaje “Pepe Yeruba” con su antiguo patrón “Don Francisco”. Pizarro creía que ya con cuatro reconciliaciones bastaba para la prensa de espectáculos, pero no, era jueves 1 de noviembre de 2018 y tanto la prensa como los políticos habían hecho mucho alarde con el bicentenario de la declaración de independencia al imperio español, pero nada importaba. Sólo querían una foto de Pepe Yeruba diciendo “Adelante, estudios” mientras Don Francisco miraría horrorizado al campesino embutido y moribundo.

Apenas se puede su cuerpo, la fatiga lo consume, la indiferencia lo gobierna, no sabe qué hacer Pepe Yeruba, o José Pizarro, o quien sea que habite ese cuerpo obeso y desgastado. Su nombre no importa, solo su patético disfraz. Arrastrando sus pies, muy lentamente mete su disfraz a la lavadora, le agrega aguarrás y un poco de diluyente. Nadie advierte de la estupidez de don José.

Ya es Viernes 2, son las 22:45 horas, en momento clave del quinto reencuentro con Don Francisco, don José grita “Adelante, Don Francisco”, enciende un fósforo en su zapato y se quema a lo bonzo. Lo que él no sabía era que sus nietos estaban disfrazados como él y que iban a abrazarlo, en vez de eso la producción se acerca con extintores, el ex-presidente Golborne salta despavorido hacia Pepe para Salvarlo y Florcita Motuda, actual presidente, intenta calmar a la gente con un poco de comedia obsoleta y ochentera.

Finalizando el acto, Pepe Yeruba reingresa al estudio del Teatro Teletón como minusválido y Don Francisco hace un lastimero resumen de su trayectoria. “Debí tomarme la pastilla de cianuro”, fue lo último que dijo Pepe Yeruba al aire.

[CC 2012, Emiliano Navarrete]

Los Plosoms: Epep Aburey (Ficción)

Estándar
the summer queen, by michael whelan

the summer queen, by michael whelan

Por Andrés Odellober

Después de horrorosos días y desafortunadas aventuras, ya nada me provocaba temor. Había pasado de dimensión en dimensión, para buena o mala fortuna –tómenlo como quieran–, pero esta vez no sabía cómo diablos volver a mi realidad. Desperté con un fuerte dolor de cabeza y, después de frotar mis ojos, pude divisar en lontananza las montañas oscuras que me rodeaban; enormes titanes que hendían el cielo en largas filas destartaladas que terminaban en pequeñas sombras al horizonte, donde el alba hacía su aparición. Estaba en una planicie seca y desolada. La tierra rojiza era tan suave y fina que los ventarrones hacían que se metiera por entre mi ropa, incluso en mis ojos, dejándome –en muchas ocasiones– durante varios minutos sin visión. Lee el resto de esta entrada

El rapto de las Meninas por el Conde Demediado (Ficción)

Estándar
Don Francisco llorando el secuestro de su amigo.

Don Francisco llorando el secuestro de su amigo.

Por Luis Saavedra.

Es mejor ser rey por un día que un imbécil toda la vida

El rey de la Comedia (1983)

—Si tú no me paga’ antes de las doce de mañana, yo te corto la yugula’, chico —y luego el prestamista se fue, dejando a Juan Calamares sumido en un ataque de nervios. ¿Cómo pudo caer tan bajo? Pedir un préstamo informal era peligroso, lo decían en la tele. Habría salido mejor pedirle a Luis Saavedra, ese cándido idiota, y deberle toda la vida, pero recordó que ya no tenía crédito con él. No tenía salida, aunque no era mucho problema tampoco. Podría desaparecer un par de años, dejarlo todo e irse a Australia a vivir con los dingos y su gran amigo, el Sr. Musita, que se había largado huyendo de una esposa opresiva. Salió de su box, en donde vendía sus anteojos de sol, y fumó lentamente un cigarrillo en la baranda del mall del tercer piso, pensando que sus días como ser humano en esta Tierra se volvían insostenibles. El humo lo tranquilizó y cuando volvió, se quedó observando un buen rato la pequeña hoja impresa que había colocado con tachuelas en el muro con el rostro de I.C.Tirapegui, un escritor de novelas juveniles que conoció alguna vez en una reunión y del cual opinaba que era absurdamente hermoso. Su luminosa sonrisa no lo dejaba tranquilo desde entonces y se había convertido en un remanso de paz al que acudir para escapar del mundo. Lee el resto de esta entrada

La transfiguración de Pepe Yeruba (Ficción)

Estándar
La Transfiguración de Pepe Yeruba

La Transfiguración de Pepe Yeruba

Por Juan Calamares

Dicen que el mono es tan inteligente que no habla para que no lo hagan trabajar”

René Descartes

 

A las diez de la mañana de un día lunes me despertó una llamada de teléfono. Yo quería seguir durmiendo, pero el que llamaba insistía, así que tuve que levantarme. Era Luis Saavedra; por cierto, se había metido en un lío. Mi amigo siempre se está metiendo en toda clase de líos rarísimos, pues desde que conoció el fracaso, su vida no tiene sentido y es cada vez mas desbordante. Como yo no pensaba ir a trabajar. decidí ir en su auxilio. Por el camino me pasaron una serie de cosas absurdas que tomé como una suerte de predestinación: me salió persiguiendo un rottweiler de cabeza enorme, una cabeza tan grande como la de Don Francisco. Nada es casual en esta vida.

Cuando llegué a casa de Saavedra (su casa está enclavada en la cima de una torre de escombros y es tan aterradora y triste como la misma vida de mi dolorido amigo), me puse a sudar y a morderme las uñas. Me sentía raro, más raro que de costumbre, y confuso. Por un momento, vi el brillo de algo que se expandía, una explosión o un milagro. Saavedra se asomó a la puerta.

—Pasa —dijo—, pero pasa lentamente.

La habitación estaba a oscuras y las ampolletas reventadas. Había silencio, pero era el mismo silencio de las películas de miedo: un murmullo subrepticio que reside en la sugestionada cabeza del espectador.

—Está en la cocina —dijo Saavedra.

—¿Quién? —dije.

Saavedra me tomó de un brazo y me condujo a la cocina. Me miró, los ojos desorbitados y el sudor corriéndole por las mejillas. Cuando le puse una mano en la espalda dio un salto.

—Vamos –dije—, abre la puerta.

Lo hizo lentamente, con mucha parsimonia, como un mago que está a punto de revelar un truco impresionante. Adentro todo volaba: ollas, cajones de verduras, cucharas, restos de comida, el mobiliario infame de la cocina de Saavedra girando en un extraño torbellino y estrellándose en las paredes, en el suelo y en el techo. Un caos primigenio y total. Di un grito.

—¡Qué hace ese mono ahí!

En efecto, sentado en la despensa había un mono comiendo un plátano. Cerré de un portazo.

—¿Qué haces con un mono, Saavedra?

Saavedra se puso a dar vueltas con las manos en la cabeza. A veces se detenía, pero entonces volvía a dar vueltas. Estaba desesperado. Le costaba centrar su atención en las cosas del mundo.

—¿Te acuerdas de mi vecina? —dijo.

—La de las tetazas.

—Oh, qué machista eres Calamares. Sí, la de las tetazas.

Saavedra me acercó un cajón de verduras (un cajón que hacía las veces de silla, sofá, taburete y en ciertas ocasiones, de guardarropa) y se sentó en él. Con un gesto me indicó que me sentara, pero como no vi ningún cajón de verduras, me senté en el suelo.

—Como bien sabes, hace 6 años que estoy tratando de tirármela, pero ni siquiera me dirige la palabra. Cuando me ve cruza la calle y sale corriendo. Al principio yo pensé que era su forma de coquetearme, pero después me di cuenta (y me costó mucho, Calamares, mucho) que no quería nada conmigo. Así que olvidé el asunto. —Saavedra se puso de pie y se sirvió un vaso de Coca Cola, el vaso estaba sucio. Se puso de perfil y se bebió el contenido de un sorbo, igual que un modelo de comercial de Coca Cola, pero un modelo extraterrestre o mutante. Si Coca Cola hiciera comerciales con ese tipo, nadie compraría sus productos—. Lo cierto es que ayer llamaron a la puerta, ¿y a que no adivinas quién era? La vecina. Se veía increíble, Calamares, la mini a ras de culo, las tetazas saltándole del minúsculo sostén. Ay, Calamares, la carne es débil.

—Te acostaste con ella.

—Ni por asomo. La chica quería que le hiciera un favor. Me dijo: “Don Luis, necesito que me ayude, estoy tan complicada”.

—Depravado.

—¡Bah!, yo le dije “pero por supuesto, lo que se le ofrezca”. Y la mina me miraba con esos ojos y se pasaba las manos por la cintura y.. cuento corto: me pidió que le cuidara a su niño.

Saavedra me quedó mirando con expectación. Yo me incorporé, prendí un cigarrillo y me puse tras él. Le puse las manos en los hombros y le dije al oído:

—Saavedra, ¿y cuando viste que era un mono, no pudiste decirle que no?

—¡Pero si estoy en plan de conquista!

Boté el humo por la nariz. Ahora que me había acostumbrado a la penumbra, distinguí los estragos del mono. Aquello parecía la habitación de Spiniak. Ay, Saavedra y sus cosas.

—Bueno, ¿y para qué me quieres?

—Es que yo no puedo más con este mono. Con decirte que se comió todos mis libros. “Sonrisas estelares”, de Teobaldo Mercado, se lo zampó a la primera.

—No te vayas por las ramas, Saavedra.

—Pero es que ese mono aprecia la buena literatura.

—Ya, me voy. No soporto tus idioteces.

Caminé a la puerta, pero Saavedra se adelantó y se puso frente a mí.

—Escucha, necesito que vayas donde la vecina y le digas que venga a buscar a su mono.

—¿Y por qué no vas tú?

—Ah, es que no entiendes. Estoy calculando mi jugada. —Saavedra hizo como que me daba un puñetazo y cerró un ojo—. Estoy así de cerca.

Puse los ojos blancos y dije:

—Está bien, ¿donde vive?

—En la casa de al lado.

—¿Y cómo se llama?

—Sofía, se llama Sofía Yeruba.

2

Es curioso, pero cada vez que uno sale de la casa de Saavedra siente que ha salido de un mundo extraño e infernal. Todo lo que rodea su casa es normal, al punto de la mediocridad, y aunque uno se esfuerce, no se percibe el menor indicio de la locura que habita a escasos metros. Así pues, la casa de Sofía Yeruba es una casa corriente, color damasco, con un simpático antejardín sembrado de gladiolos y rosas. Hay un bello perfume que exhala del jardín de Sofía Yeruba y dan ganas de cortar las flores, aspirar su aroma y enardecerse con la luz primaveral. El mundo es raro.

Llamé a la puerta y apareció Sofía. Estaba toda mojada y llevaba un vestido blanco que se le pegaba al cuerpo y se le traslucía. Iba sin ropa interior. Antes que yo dijera algo, me cogió de un brazo y me llevó adentro. Al menos 5 centímetros de agua inundaban la casa. El agua escurría por la puerta como un pequeño tsunami y objetos de los más diversos flotaban a la deriva.

—¿Qué pasó acá?

—No sé, estaba bañándome y cuando salí, la casa estaba así. Se debe de haber roto una cañería.

—¿Y por qué no llamó a un gásfiter?

—¿Confía usted en los gásfiter?

No. Así que me fui a la cocina y me metí debajo del lavaplatos. Había un montón de botellas de cerveza, de vino y una que otra de pisco. Las tuve que sacar una a una hasta dar con la llave de paso.

—Está atascada —dije—, necesito un alicate.

Sofía fue por uno. Mientras se alejaba, observé cómo el vestido se le pegaba a las nalgas. En realidad, hubiera sido igual si vistiera una tanga o un hilo dental o nada. Cuando regresó, yo todavía fantaseaba. Cerré la llave.

—Ya está —dije—, ahora sí que tiene que llamar a un gásfiter.

Suspiró y deslizó la espalda contra la pared hasta sentarse en el piso.

—No sabe cómo se lo agradezco.

—No tiene nada que agradecer, pero yo vine acá por otra cosa.

—¿Ah, sí?

—Se trata de su vecino.

—¿El idiota? ¿Y qué quiere ahora? ¿Que envuelva un pedazo de tortilla en papel de chocolate?

Sacudí la cabeza, aturdido.

—No, quiere que vaya a buscar a su mono.

—¿A Pepe?

—¿El mono se llama Pepe?

—Sí, ¿y por qué quiere que lo vaya a buscar?

—Porque el mono es de usted.

Sofía barrió la idea con un gesto de la mano.

—Ese idiota me lo compró. Yo no quería, pero insistió tanto que me dio pena.

—¿Y para qué quería Saavedra un mono?

—Qué sé yo, es un idiota.

—Supongo que no es mi problema, pero Pepe está destruyendo la casa de mi amigo.

—¿Es su amigo?

—No, bueno, sí. Es, como le dijera, un asunto complicado.

—Bah, yo creo que lo que le pase a ese idiota se lo tiene bien merecido. Por mi parte, yo tengo mucho trabajo que hacer aquí. —Sofía se paró de un salto y se alisó lentamente el vestido con las manos, mientras se sonrojaba y expelía vapor—. Si usted quiere me puede ayudar.

—¿Yo?

—Sí, primero secamos el piso y después nos tomamos algo. Mi marido anda de viaje, ¿sabe?

Me costó mucho cerrar la mandíbula, pero al final lo hice y logré articular palabra:

—Perfecto, la ayudo. Vuelvo enseguida.

3

Cuando regresé a casa de Saavedra, vi un espectáculo dantesco. Saavedra estaba sentado sobre un cajón de verduras, completamente desnudo y sostenía un mazo de cartas frente al mono, que a su vez sostenía otro mazo. El mono observaba a Saavedra atentamente con expresión de tahúr y Saavedra transpiraba y se rascaba la cabeza con patético nerviosismo.

—Estamos jugando al strip poker. Pepe es un jugador excelente.

Me llevé la mano a la frente. Tomé a Saavedra de un brazo y lo arrinconé.

—Sofía dice que le compraste el mono a ella.

—Bueno, sí, pero yo no sabía…

—Cállate. ¿Qué vas a hacer con ese mono?

—Por el momento, me encanta. Es tan inteligente. —Saavedra miró al mono y lo saludó—. Míralo, es una especie de mono radiactivo. ¿Por qué estás mojado?

—Me caí a un río. Saavedra, ¿dónde guardas el Viagra?

Saavedra abrió bien los ojos y levantó un dedo cómplice, pero después se cortó.

—¿Y para qué quieres Viagra?

—¿Y a ti que te importa?, ¿dónde los guardas?

—¿Dónde crees?, en cajones de verduras.

Se metió a la cocina y yo me quedé observando al mono. A ratos parecía un hombre, pero no un hombre cualquiera, sino un hombre condenado, un hombre solo. Se parecía a esos gorilas viejos que parecen haber acumulado mucha sabiduría, pero que a la hora de los quiubo, apenas son capaces de abrir un periódico sin comérselo y que, sin embargo, tienen un adiestrador cretino que los celebra, como si hubieran resuelto el manuscrito Voynich o hubieran mandado al hombre a Júpiter.

—¿Cuántas necesitas: una, dos?

Acababa de salir de la cocina y estaba abriendo una caja. Yo sabía que aquel tacaño tenía cajas y cajas acumuladas, cajas que aguardaban el momento del desahogo de su triste y mancillada virilidad.

—Las quiero todas —dije y le arrebaté la caja—, por seguridad.

Se quedó helado, con las manos extendidas, pero luego se encogió de hombros y regresó con Pepe que se había puesto a barajar las cartas con mano experta.

—Bueno —le dijo Saavedra, sobándose las manos—, creo que merezco una revancha.

4

Como la puerta de la casa de Sofía estaba abierta, entré sin llamar. Como no estaba, me puse a secar el piso con las toallas que encontré en el baño y como daba por hecho que regresaría pronto, me tomé un Viagra. Sin embargo, a las cuatro de la tarde la chica todavía no llegaba. A las 5, yo me había tomado una cantidad de viagras suficientes como para hacer revivir a Marlon Brando y tenía una erección que difícilmente se disiparía dentro de las próximas semanas, y que por cierto me dolía como la muerte.

—¡Imbécil! —me dije.

Así que le puse hielo a aquella cosa y me tumbé en el sillón a ver la tele. Había un montón de programación de primera línea, o sea, documentales y conciertos de jazz, pero a mí toda esa mierda me importaba menos que la deuda externa o la nacionalización del cobre. Así que me decidí a dormir, pero como no tenía sueño, saqué un lote de DVD’s que había en una caja, pensando que quizás tendrían grabaciones eróticas de Sofía (al menos) y puse uno al azar. Pero en lugar de Sofía apareció algo que me impresionó tanto que hasta el pene se me puso flácido: Era una grabación de Pepe, el mono:

“Mi nombre es Pepe Yeruba y durante X años fui el coanimador del programa más popular del mundo, Sábados Gigantes. Mi papel nunca fue protagónico. Mi destino fue ser el segundo. La sombra del infame animador Mario K, el mago judío pendía sobre mi cabeza. Al final todo su peso cayó sobre mí. Es por eso que ahora soy esto, por la maldición del rabino negro que castigó mi alma. Fui el elegido para perder mi alma, fui el elegido para vivir en un mono. Ahora soy un mono”.

Por cierto la grabación seguía y era aburridísima y uno se preguntaba qué clase de idiota perdería el tiempo en doblar a un mono con la voz de Pepe Yeruba. Yo había visto doblajes mucho mejores en Lancelot Link o en Mr. Ed y me irritaba que nuestra actual tecnología digital fuera utilizada en esos despropósitos. La grabación se cortó con un chasquido. Volteé y vi que Sofía tenía el control en la mano.

—Bla-bla-bla —dijo—. Mi marido es aburridísimo.

—¿Tu marido?

—Sí, Pepe Yeruba, por eso me llamo Sofía Yeruba.

Sofía se sentó a mi lado y del escote se sacó una botella de vino.

—Me la robé del supermercado —dijo.

Como soy muy imbécil, en lugar de soslayar las declaraciones de esa loca y seguir con el juego de los amantes, no pude resistirme a preguntar por el video.

—¡Ah, eso! Lo grabó Pepe.

—¿Por qué?

—Si quieres vemos el video completo.

—Prefiero que me lo expliques tú.

—Es su testamento, por así decirlo. —Sofía abrió la botella y de un solo trago la dejó a la mitad—. El plan era que tu amigo… Se supone que no debo hablar de eso.

—¿De qué plan hablas?

—No me acuerdo, estoy borracha, ¿por qué no lo hacemos ahora?

—No, dime qué está pasando acá.

—Se supone que para que Pepe pueda salir del cuerpo del mono, debe asesinar a alguien. Así se acaba la maldición y así Pepe puede habitar en el cuero de la víctima. Como un titiritero.

—¿Quién inventó esa locura?

—Pepe, y yo no quería que lo hiciera, te lo juro. Con decirte que ayer por la noche cuando me contó su plan (ah, estoy tan borracha), se enojó tanto conmigo que se puso a darle de navajazos a los muebles. Ah, ahí está la cosa, fue Pepe el que rajó la tubería.

Sofía levantó un dedo como pidiendo una pausa y las mejillas se le inflamaron y se puso verde. Vomitó. Después se limpió con el dorso de la mano, me tomó por los hombros y me dio un beso. Se puso a horcajadas sobre mí, se quitó el vestido y empezó a subir y bajar con las manos detrás de la nuca. Yo sentía la sangre acumulada en mi vientre y de pronto grité y ella también gritó y al rato estábamos fumando cabeza contra cabeza y mirando al techo, como se miran las estrellas. Entonces, cuando todo estaba en calma, recordé a Saavedra y al mono con navaja y vi a Luis herido por el cuchillo, destrozado bajo el ataque infame del mono armado. Saavedra muerto.

5

Aquel era el peor (o casi) de los líos de Saavedra. El pobre idiota jugando Strip poker con un mono asesino, con un mono que cortaba tuberías. Corrí a casa de Saavedra y la abrí de una patada.

—¡Cuidado, Saavedra, el mono!

Pero Saavedra no estaba. En su lugar había un montón de cartas desparramadas (eran cartas del tarot: el loco, el rey, el ahorcado) y en el centro de aquella alocada disposición había una mancha de sangre. Entré cautelosamente a la cocina y vi al hombre tirado en el piso, de espaldas, retorciéndose como un gusano. El cuerpo desnudo y pálido. Se arrastraba por los codos y dejaba un reguero de sangre negra. Cuando giró, vi su cara, la cara de Saavedra, sus ojos desorbitados y el tajo en la garganta. Un tajo que parecía vivo, como una ventosa o como una vagina en el mismo momento en el que Dios la creó. Un tajo dentado del que salieron palabras.

—¿Quién eres?

(La voz de Pepe Yeruba).

El tajo parlante.

—Hazme un favor, ¿quieres? Trae hilo y aguja.

Fui al cajón de verduras correspondiente y traje lo que Yeruba requería. Le entregué los utensilios con mano temblorosa. Pepe se cosió el cuello, lentas puntadas que derramaban más sangre. En el suelo estaba tirada la navaja.

—¿Por qué hiciste esto?

—¿Y tú no lo harías? Mario me maldijo, fue una maldición judía, me condenó a estar en el cuerpo de un mono. Me envidiaba.

—¿Qué hiciste con Saavedra?

—¿Qué crees tú? Lo maté.

Yeruba terminó de coserse la herida. Giró la cabeza y la acomodó hasta que  quedó en una posición satisfactoria. Se estaba riendo.

En eso apareció el mono. Ahora era el típico monito simpático y querendón, casi un bebé. Le hice gestos para que se acercara y el mono caminó tímidamente hasta que saltó a mis brazos. Le dije:

—¿Luis?

El mono asintió y gritó de felicidad y se golpeó la cabeza con las manos. Parecía contento, muy contento de su transfiguración a mono.

—Me voy y me llevo al mono —dije, pero antes de llegar a la puerta, me detuve y respiré profundamente, apretando los puños. Volteé: —He hecho el amor con tu esposa, Yeruba, y quiero que sepas que me gusta y que si algún día te acercas a nosotros te mataré.

Se encogió de hombros y dijo:

—A mí me da igual. Además, dudo que con este aspecto vaya a tomarme en serio.

Ahora se observaba el cuello para comprobar si tenía algún espacio abierto. Era tan extraño mirar eso.

—¿Qué piensas hacer ahora? —dije.

—Supongo que vengarme del que me hizo esto. Regresar a la televisión. ¿Quién sabe? ¿Aún se habla de mí en los medios?

Negué con la cabeza.

—Bueno, entonces el tiempo lo dirá. Siempre quise ser cantante. Tal vez triunfe siendo un cantante.

Entonces, con mucha dificultad, se puso de pie y ensayó unos pasos de baile, pero se cayó y se le descosió la cabeza.

—Oh, mierda —dijo—. Ahora tendré que coserla de nuevo.

Y mientras seguía quejándose, regresé con el mono al jardín de Sofía.

[CC 2012, Juan Calamares]

1