Archivo de la categoría: Ficción

Solsticio (ficción)

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Por Luis Saavedra.

Comencemos.

Calamares tenía diez años cuando encontró el saltamontes en el suelo ardiente del cemento, un mediodía de verano. Sabía que era verano porque lo había descubierto en una revista de geografía que traía un artículo sobre las estaciones del planeta Tierra. La revista se la había traído su padre un día que llovía, pero él la dejó en la pila de lectura durante los próximos dos meses. Por mientras, agotaba las aventuras de Kalimán que su mejor amigo Sergio le había prestado. Cuando finalmente abrió la primera página, se inundó de un conocimiento que no sabía que existía hasta ese bendito instante. Y para la hora del almuerzo, Calamares ya conocía los primeros seis movimientos del planeta y por qué existían cuatro transiciones de clima en el año. Por eso el 21 de diciembre se levantó muy rápido, mientras su madre le gritaba que tenía que desayunar. “¡No puedo, hoy es el solsticio de verano!”, y salió corriendo por la puerta delantera de la casa tratando de ponerse la camiseta. Lee el resto de esta entrada

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Noche de Brujas 2013: El último cómic de la Tierra (ficción)

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Time Enough at Last

Por Luis Saavedra

He aquí Remigio Aras. Un hombre normal en un mundo normal. Encajaba bien. Leía cómics, tomaba whisky en pantuflas. Nunca imaginó que esta vida de normalidad pudiera tener un final. Nunca imaginó que un placer tan sencillo como leer X-Men se volviera tan complicado. Porque nada es fácil y la vida es impredecible. Aquí, en la dimensión Eriza. Lee el resto de esta entrada

Noche de Brujas 2013: Bonus (ficción)

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Rod Serling

Rod Serling

En la Galería Nocturna de Erizo hay muchos cuadros. Algunos mejor ejecutados que otros. Algunos demuestran las pulsiones internas de sus autores y otros la visión externa de mundos terribles. Pero todos son dignos de admirar. Lee el resto de esta entrada

El Trámite, por Armando Rosselot (ficción)

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Salimos todos a hacer trámites. Fáciles, bonitos, con olor a armijo y lavanda. Me acompañaban el abogado, la sana y mi gran amigo y confidente: Perro.

Al comienzo no sabíamos qué hacer con la fila interminable de gatos pardos que cruzaba la primera calle. Perro pensó en saltar, yo en patearlos lejos, pero el abogado insistió en consultar con el Manuel de leyes, pero sólo traía el de José. Buscamos en varios lugares y rincones hasta que dimos con un artículo que suprimía de raíz a los conejos blancos y gatos pardos en caso de toparse con grupos de más de tres individuos en modo trámite, como éramos cuatro, los gatos se fregaron rápidamente.

La sana, esperó que los pobres animales fuesen consumidos por la naturaleza y yo le miraba el sano trasero mientras ordenaba los restos. Amigo Perro, cansado de esperar, la obligó a desistir de su noble tarea, ya que los trámites no esperan, y por lo general las ventanillas están repletas de cabecillas, humo y lapicillos con poca paciencia y rostro de insomne.

Seguimos.

Perro no dejó de marcar el camino hasta llegar a la cumbre borrascosa, donde al parecer tanto yo como el abogado no sabíamos por cual sendero proseguir, salvo la sana. Ella nos llevó hasta los hermanos Karámasovi. El camino fue largo y a veces tedioso. Antes de llegar al final del sendero la sana no aguantó más y se metió con uno de los hermanos, Perro y yo esperamos un momento, el abogado por su parte, se dedicó a discutir acaloradamente con un búho respecto a los alcances de la muy particular ley de la selva.

A medio día nos encontramos con algunas migas de pan centeno en la mitad camino por el cual íbamos, mientras seguíamos su rastro, el abogado tenía que mantener a la sana a raya, ya que se las quería comer todas con yogurt y miel, al final, el atajo nos envió a una espiral que desembocaba hasta el centro mismo de la gran ciudad. Ahí todo se complicó. Lee el resto de esta entrada

El Fin de Erizo (3era. parte): Interludio.

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¡Al fin te has vuelto loco, Remigio!

¡Al fin te has vuelto loco, Remigio!

Por Juan Calamares y Luis Saavedra

Leer 1era. parte, 2da. parte.

Estaban en la casa de Luis Saavedra.

—No me gusta que Omar tenga que explicar las cosas.

—Pero, Amira, es solo un recurso argumental para decirle a los lectores, que son todos idiotas, hacia donde se dirige la trama —dijo Juan Calamares y Saavedra hizo un disimulado gesto de impaciencia.

—Pero es un recurso tan demodé y yo soy un vanguardista. Lee el resto de esta entrada

Celebración del Parque Arbolado (ficción)

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celeb_parque_arbolPor Armando Rosselot.

Entré en la celebración del parque arbolado. No sin antes encontrarme en mi alcoba, tratando de hacer que el perro de mi novia no siguiera disminuyendo de tamaño a raíz de la leche barata que le di.

—Floopy —le dije—, no te reduzcas más.

Y de ser un gran mastín quedó convertido en un pequeño pequinés.

Luego, lo quise tomar con mis manos, para lo cual me puse unos guantes de piel humana con uñas y venas de trabajo. Pero se redujo más aun, mucho más; ya no parecía perro, si no solamente una especie de hurón con rayas a lo cebra, pequeño, con los ojos de bolitas de cristal, hasta que la puerta se abrió y me esforcé por llegar lo más rápido posible donde mi amada.

El horror fue total cuando ella se fijó en mis manos y lo que traía, ya ni siquiera parecía animal; ya que el perro no era perro y no era animal. Ya no era.

En mis guantes de mano verdadera habían dos semillas, las cuales ella tomó cuidadosamente.

Lloró desconsolada, mientras los amigos le acariciaban su cabellera y me miraban con gran disgusto. Lanzó las semillas rojas contra la muralla al borde del camino, las cuales, luego de dar varios tumbos, quedaron esparcidas al medio del jardín.

Al cabo de unos minutos, un brote floreció de aquel lugar y me sentí desdichado, enfermo, agónico y corrí para destruir lo que quedaba del perro hecho semilla, que fue hurón y en un momento pequinés.

Llegué tarde. El árbol brotó y lanzó sus frutos con ira al suelo: pequeños grandes perros desfilaban por el lugar y me movían la cola alegremente. Ella encontró mi mirada y rió, me besó y los perros siguieron llegando como una gran ola de energía, los amigos almorzaban en la gran celebración del jardín, y mi novia me llevó tras el muro a comer algo de torta.

La puerta de mi habitación quedó abierta y los perros fueron a dormir bajo la alfombra.

La torta era de lúcuma. Mi amada quiso más.

Todavía, después de quince años, siguen brotando perros como mala hierba y el árbol se corroe cada vez más. Yo no puedo entrar a mi pieza y los perros se mueren atropellados por buses eléctricos cada treinta segundos. Y duele mucho.

El dolor se expande como ondas en el agua. Y ya no hay más agua a la cual culpar.

[CC 2013, Armando Rosselot]